Skip to main content

Los murales del Seagram de Mark Rothko constituyen la sublimación del expresionismo abstracto. La instalación original de los lienzos fue, sin embargo, cancelada por el propio artista al considerar que el contexto desvirtuaba su aspiración fundamental: crear una experiencia de contemplación grave, ritual, incompatible con el consumo. Su ubicación en la Tate Modern no es un simple traslado geográfico, sino la reescritura de su sentido.
La Tate Modern, como depositaria de una parte sustancial de los murales Seagram, reserva un área expositiva que dialoga de forma directa con la intención original de Rothko. Lejos de integrarlos en el flujo neutral del museo, los murales se ubican en una sala parcialmente retirada del recorrido principal, una decisión que preserva un umbral entre el espacio público y la intensidad cerrada de la pintura de Rothko. Esta ubicación semioculta convierte la contemplación en un acto de tránsito, un pasaje hacia un ámbito donde el tiempo, la luz y el color adquieren una densidad distinta.

Una mirada hacia Florencia y Pompeya

Para comprender el imaginario espacial que subyace en los murales del Seagram es necesario situarlos en una genealogía arquitectónica que trasciende, con mucho, la modernidad.
Las referencias que el propio artista evocó -la Biblioteca Laurenciana de Miguel Ángel en la Basílica de San Lorenzo y la Villa de los Misterios en Pompeya- son dos modelos para una sola concepción del espacio como posibilidad de intensificación. En ambos casos, la arquitectura no se limita a contener la obra, sino que la encierra y la comprime, sometiéndola a una forma de presión visual y corporal que obliga al espectador a una relación frontal, ineludible, con lo que ve. Rothko reconoció en estos espacios un paradigma, dos ámbitos donde la mirada no se dispersa y donde la imagen adquiere una centralidad opresiva.

La Biblioteca Laurenciana y la arquitectura clausurada

La Biblioteca Laurenciana, proyectada por Miguel Ángel para el conjunto de San Lorenzo, no puede leerse únicamente como un edificio funcional, es además una tesis espacial sobre la disciplina de la mirada y del cuerpo. Su efecto opresivo no proviene de un único elemento, sino de una fuerza completa de diferentes tensiones: proporciones comprimidas, ritmo severo y muros que parecen avanzar sobre el visitante. El espacio no se ofrece, se impone; la Laurenciana se distancia de la idea humanista de la biblioteca como ámbito de claridad y apertura, y se aproxima más a una cámara donde el sujeto es conducido hacia un estado de obligado recogimiento.
Las ventanas desempeñan un papel decisivo. Lejos de funcionar como mediaciones con el exterior, aparecen como aperturas paradójicas: señalan la posibilidad de una salida óptica y luminosa, pero la frustran. La luz que llega es tenue, insuficiente para ventilar visualmente el recinto; el propio tratamiento arquitectónico de los falsos vanos tiende a convertirlos en signos, en elementos ornamentales que no liberan el espacio sino que lo confirman. La Laurenciana, por tanto, no se construye sobre la transparencia, sino sobre una forma deliberada de clausura.

Ventanas ciegas y frontalidad: el modelo opresivo como antecedente de Rothko

La escalera del vestíbulo intensifica la sensación de encierro. No es solo una estructura de tránsito, sino una masa que ocupa el espacio; el ascenso se convierte en una experiencia física de resistencia. El visitante no atraviesa un vacío disponible, sino un volumen que lo comprime. La escalera, como los muros, ejerce una presión: produce una sensación de proximidad forzada, como si la arquitectura se negara a ser un fondo silencioso y reclamara protagonismo.
Lo que Rothko reconoce en la Laurenciana no es un repertorio formal trasladable, sino un principio: la creación de un ámbito en el que la obra -en el caso de Miguel Ángel, el propio espacio- domina al espectador mediante clausura, frontalidad y control de la atención. Las ventanas inútiles, entendidas como aperturas sin fuga, anticipan una lógica que Rothko explota en su concepción del Seagram como galería: la sustitución de la ventana renacentista (la imagen como apertura al mundo) por un campo visual que parece abrirse y que, sin embargo, actúa como agente opresor.
Del mismo modo que la Laurenciana simula aperturas para reafirmar el cierre, Rothko construye una arquitectura pictórica que absorbe la mirada y dificulta la distancia. La obra es protagonista en sentido literal ocupando el campo visual, reduciendo el margen periférico y exigiendo tiempo y presencia.

La pintura en la Villa de los Misterios en Pompeya

La Villa de los Misterios no debe entenderse simplemente como una habitación decorada, sino como un intento de convertir la pintura en un espacio autónomo. A diferencia del mural clásico, que suele subordinarse a la arquitectura, en esta cámara la arquitectura queda absorbida por la imagen. El friso que recorre las paredes no actúa como un adorno narrativo, sino como un sistema envolvente que redefine por completo la experiencia del lugar.
La pintura ya no ofrece una ilusión de profundidad que invite a la mirada a salir del espacio, como sucede en el trompe-l’œil o en los paisajes murales romanos; al contrario, el friso de la Villa de los Misterios insiste en la superficie continua, en una presencia que trata de cerrar la experiencia visual. Las figuras se sitúan en un plano frontal y próximo, casi presionando contra el espectador. La habitación no se expande hacia el mundo representado: el mundo representado ocupa la habitación. De este modo, la pintura se comporta como un muro activo, un límite visual que impide el alargamiento de la mirada.

Encierro visual y experiencia ritual

La fuerza de la Villa de los Misterios reside en la manera en que la imagen organiza el comportamiento del espectador. Al estar rodeado por el friso, el visitante pierde la posibilidad de situarse frente a una escena como observador externo. No hay un punto de vista privilegiado desde el que dominar la composición; la escena se despliega de forma continua y obliga al cuerpo a girar, a desplazarse, a participar. La pintura no se ofrece como objeto, sino como situación.
Este encierro visual está estrechamente ligado al contenido ritual del friso. La secuencia de figuras vinculadas a los misterios dionisíacos no se presenta como una narración que pueda seguirse cómodamente, sino como una presencia que consigue someter. La repetición de cuerpos, gestos y miradas genera una atmósfera de intensidad sostenida, como si el espacio mismo estuviera consagrado a un proceso sin alternativas.
Rothko comprendió que esta forma de clausura pictórica era muy poderosa. En sus murales, los grandes campos de color funcionan de manera análoga; al repetirse y modularse, crean una envolvente cromática que actúa como un friso abstracto, cerrando el espacio y produciendo una experiencia dramática.

Four Seasons*

Four Seasons*

Four Seasons*

Four Seasons*

Four Seasons*

Four Seasons*

Four Seasons*

Four Seasons*

El espacio disponible en el edificio Seagram

El comedor del Four Seasons, concebido como elemento central del Seagram Building en Park Avenue, constituye un ejemplo paradigmático de la arquitectura modernista. Diseñado por Ludwig Mies van der Rohe con la colaboración de Philip Johnson, el restaurante se concebía como una estancia de proporciones cuidadosamente medidas, donde la pureza de los materiales y la economía de medios se erigían en principios estructurales y estéticos. El espacio se articulaba longitudinalmente entre muros portantes y pilares metálicos exentos, ofreciendo un campo visual abierto y, simultáneamente, medido por un rigor tectónico que evitaba toda saturación.
La materialidad de la estancia respondía a una lógica de densidad controlada: pavimentos de mármol de tonalidad suave, plafones de madera dispuestos en ritmos regulares, superficies acristaladas que se extendían de piso a techo y una retícula estructural que articulaba cada módulo espacial con precisión geométrica. La geometría, lejos de ser un sistema puramente formal, actuaba como un principio organizador: la repetición rítmica de los pilares metálicos y las líneas horizontales del cielorraso establecían un patrón que predisponía al visitante a una lectura homogénea del conjunto.
La iluminación natural, mediada por amplios ventanales que enmarcaban vistas urbanas, se combinaba con luminarias empotradas de intensidad moderada, generando un equilibrio delicado entre la claridad diurna y una penumbra controlada. La estructura metálica, a su vez, marcaba un ritmo visual que organizaba el espacio sin recurrir a ornamentos; la lógica del menos es más -propiedad del arquitecto alemán- se expresa aquí con absoluta claridad.
En conjunto, el comedor del Four Seasons representaba una síntesis del ideal modernista: claridad estructural, economía material y una atención rigurosa a un cuerpo en movimiento, pero regido por el orden, el equilibrio y la moderación.

La agresión de las transparencias modernistas

El comedor del Four Seasons, tal como fue concebido por Mies van der Rohe y Philip Johnson, encarna una visión espacial fundada en la transparencia, la continuidad y la neutralidad tectónica. El espacio no se cierra sobre el espectador: lo proyecta hacia la ciudad, hacia una exterioridad siempre presente.
Esta condición resulta diametralmente opuesta a los modelos que Rothko había interiorizado como matrices constructivas de su proyecto. La Biblioteca Laurenciana opera como una máquina de reducción mediante muros densos, ventanas que frustran la apertura y elementos que ocupan y comprimen el volumen. En la Villa de los Misterios, la pintura sustituye a la arquitectura y cierra el espacio mediante un friso continuo que impide toda fuga visual. En ambos casos, la experiencia se funda en la frontalidad y el encierro, el espectador queda situado dentro de un ámbito que disciplina su atención y la dirige.
La obra de Rothko -concebida como un muro cromático que debe envolver y presionar la mirada- habría quedado expuesta a un régimen óptico que privilegia la dispersión. La ciudad, los reflejos, el tránsito y el ritmo del servicio habrían actuado como fuerzas centrífugas que, necesariamente, desactivan la clausura necesaria para que el color opere como experiencia. La pintura de Rothko requiere opacidad, proximidad y un campo visual saturado que la cámara creada en la Tate Modern es capaz de asegurar.

El régimen social del espacio y la imposibilidad de la absorción

A la incompatibilidad óptica se suma una incompatibilidad programática. El Four Seasons fue diseñado como un teatro social, su organización formal produce una coreografía de cuerpos orientada al reconocimiento mutuo. La arquitectura facilita la lectura del otro y la autopresentación; es un espacio donde la identidad se expone y no cabe el recogimiento individual.
Los modelos clásicos visitados por Rothko crean un régimen de absorción. El sujeto no se ofrece a los demás, sino que es capturado por el espacio o por la imagen. Rothko traslada este principio a la abstracción, sus murales están pensados para reducir el campo social y amplificar el campo afectivo personal a partir de una penumbra.
La diferencia es, en última instancia, irreconciliable. La arquitectura de Mies define el espacio como campo continuo; Rothko concibe la pintura como límite activo. La primera busca la disolución de fronteras; la segunda, su intensificación. El Four Seasons del edificio Seagram, magnífico como dispositivo social y urbano, resulta técnicamente incapaz de sostener una obra que exige su conversión absoluta.
En 1959, Rothko acudió al Four Seasons para experimentar in situ el espacio para el que había estado trabajando durante meses. Lo que encontró fue un escenario atravesado por conversaciones, reflejos y vistas de la ciudad. La arquitectura convertía cada pared en un plano transitorio, incapaz de sostener la gravedad que sus murales reclamaban.
Rothko comprendió entonces que su pintura, concebida como envoltura ascética, quedaría reducida a decoración. Pocos días después decidió retirar el encargo y devolver el anticipo.

25 de febrero, 1970

En 1969, Mark Rothko opta por donar nueve de los murales del Seagram a la Tate Gallery de Londres. La decisión no fue meramente contestataria, el objetivo es que las obras fueran depositadas en un espacio institucional que, en palabras del propio Rothko, garantizase una experiencia de contemplación solemne y rigurosa. La donación estuvo acompañada de instrucciones específicas sobre su exposición, incluidas pautas sobre la iluminación, el color de las paredes y la disposición espacial, lo que revela el grado de control que Rothko deseaba mantener sobre la interacción del espectador con sus obras.
El 25 de febrero de 1970 los lienzos llegaron a Londres; ese mismo día, Rothko fue encontrado muerto en su estudio de Nueva York, víctima de un suicidio. La sincronicidad de los hechos convierte la decisión de Rothko en una despedida definitiva, evidenciando un conflicto que se resolvía de la manera más dramática.

Las instrucciones de Rothko

La instalación de los murales Seagram de Mark Rothko en la Tate Modern de Londres es un acto deliberado, bajo control absoluto del artista. Para Rothko, la exposición de su trabajo no era un proceso pasivo ni neutral, sino una acción meticulosa que debía generar una experiencia estética y emocional concreta en el espectador. Las instrucciones que el artista dejó para la disposición de sus murales se enfocaban no solo en la visibilidad de las obras, sino en la creación de un ambiente espacial y sensorial que encarnara la intensidad emocional que él buscaba transmitir a través de su pintura.
Uno de los elementos clave en la concepción de la exposición era la iluminación. Rothko fue muy específico en cuanto al tipo de luz que debía iluminar sus murales, un punto fundamental para él, dado que el uso de la luz en sus cuadros -pensemos en la forma en que los campos de color se disuelven y se funden- es parte intrínseca de su lenguaje visual. Las instrucciones que Rothko dejó para la Tate pedían que la sala estuviera iluminada de manera moderada y tenaz, de modo que la luz nunca fuera demasiado directa ni demasiado difusa, sino que reflejara una calidad sombría. La atmósfera que Rothko deseaba crear era de recogimiento, con una iluminación que acentuara las superficies de los cuadros sin invadir ni diluir su potencia, consiguiendo un sentido de opacidad visual que implicaba también al soporte.
El deseo de Rothko era que sus cuadros no fueran percibidos como piezas aisladas dentro de una galería convencional, sino que se constituyeran como una experiencia envolvente y total para el espectador -como sucede en el fresco de la Villa de los Misterios en Pompeya, cuyo tono básico inspira los colores de los murales de la Tate-. Con este fin, las instrucciones detallaban la necesidad de crear un espacio cerrado y en cierto modo aislado. Los murales no debían estar dispuestos de manera que pudieran ser observados desde diversos ángulos o desde otras salas, al contrario, Rothko buscaba la formación de un ámbito en el que el espectador se sintiera inmerso, rodeado por los cuadros. Esto implicaba no solo una disposición espacial estratégica, sino también la elección de un espacio físico que minimizara las distracciones visuales provenientes de otras obras. Los muros de la sala debían estar pintados con colores oscuros y neutros -tonos de gris- que favorecieran la absorción del espectador en el contenido de los cuadros, sin generar contrastes o interferencias con el entorno. Rothko deseaba que sus murales se experimentaran como un todo, una unidad inquebrantable, sin los límites visuales de un espacio anexo.
La proporción y la ubicación de las obras fueron también cruciales. Rothko, muy consciente del impacto que tenía la relación física entre el espectador y la obra, estipuló que los murales debían estar a una altura que permitiera una contemplación frontal y directa. La distancia física debía ser lo suficientemente reducida como para permitir una relación intensamente emocional y perceptiva, con el objetivo de provocar una proximidad abrumadora. Rothko trató de impedir que sus murales se convirtieran en motivos decorativos -su función original, de haber sido instalados en el Seagram-, y para ello optó por limitar su exposición a un ámbito cerrado donde el impacto de la obra no solo dependiera de la forma en que se viera, sino también de cómo se experimenta físicamente el espacio en el que se encuentra el espectador.

La creación de un ambiente ritual y meditativo a través del espacio

El concepto de espacio en la obra de Rothko es inseparable de su intención emocional y espiritual. A través de sus instrucciones detalladas, Rothko mostró su preocupación por crear un lugar donde los murales pudieran operar no solo como objetos visuales, sino como experiencias sensoriales. A diferencia de las exposiciones convencionales que buscan ofrecer una visualización clara y distante de las obras, Rothko consideraba que su arte debía inducir una sensación de trascendencia; por lo tanto, su enfoque hacia el espacio expositivo tenía un matiz cercano a lo religioso. Los murales, con sus grandes campos de color, no se ofrecerían como un campo de visión que pudiera ser procesado rápidamente, al contrario, la sala debía ser entendida como un lugar de retiro que favoreciera el aislamiento del espectador y lo condujera hacia una experiencia de concentración emocional.
Para lograr este efecto de recogimiento, Rothko tuvo en cuenta las cualidades acústicas del museo. Se sabe que sugirió que la sala debería ser lo suficientemente silenciosa y aislada de las zonas anexas para que el visitante pudiera experimentar una contemplación adecuada. No era solo la presencia física de la obra lo que Rothko quería imponer, sino también el silencio ritual en el que ese espacio debía sumergir al espectador, como si entrara en un templo donde la pintura funcionara como un agente activo en la creación de la atmósfera.
Queda a criterio de cada cual determinar si la sala Rothko del Natalie Bell Building consigue conmover al espectador; tanto Rothko como la Tate Modern hicieron todo lo posible para que así fuera.

Una idea en dos espacios

Es importante reseñar que las pinturas fueron donadas en origen a la Tate Gallery de Millbank (la sede histórica de la institución, hoy Tate Britain), que organizó su presentación en una sala específica -similar a la actual en la Tate Modern-, precisamente para favorecer una experiencia de contemplación adecuada. Esta primera ubicación ya convirtió los murales en un destino propio dentro del museo.
Años después, con la apertura y consolidación de Tate Modern como sede dedicada al arte moderno y contemporáneo, el conjunto se reubicó en Bankside. El traslado implicó una nueva arquitectura expositiva y, por tanto, una nueva forma de acceso. Fuentes contemporáneas subrayan precisamente ese contraste entre la ubicación anterior en Millbank y el nuevo encaje en Tate Modern, donde los murales pasan a dialogar con un edificio distinto y con otro régimen de circulación del visitante -si bien ambos son, en esencia, similares-. Así lo contaba Jonathan Jones en el Guardian en abril del 2000, un mes antes de la inauguración de la nueva sede de la Tate.

El efecto de la cámara oculta

La sala donde se encuentra la obra de Rothko, situada fuera del circuito circular que propone la planta del museo, no solo se aleja de la exposición convencional, sino que se configura como un espacio semioculto que obliga al espectador a un tránsito específico. Esta disposición arquitectónica genera lo que podría denominarse un efecto de cámara oculta, donde la obra se convierte en el centro único de atención, y el espectador es recompensado por la presencia de los murales en un entorno cerrado que limita toda distracción.
La ubicación de la sala fuera del flujo principal del museo, más allá del circuito continuo de la galería, refuerza la sensación de aislamiento. Al desviarse de la trayectoria común que sigue el visitante en su recorrido, la entrada implica un desplazamiento mental hacia un ámbito apartado, donde el tiempo y la luz adquieren una densidad diferente, perceptible con mayor intensidad al abandonar la cámara. Al contrario de otros espacios expositivos, donde las obras se insertan dentro de una secuencia interminable de piezas, los murales se encuentran en una zona de recogimiento, lejos de la distracción visual y cognitiva que podría generar la presencia de otras obras.
El efecto de esta disposición espacial puede compararse al de las ventanas canceladas de Miguel Ángel en la Biblioteca Laurenciana de Florencia. Miguel Ángel diseñó una serie de ventanas ciegas que anulaban el escape visual; de manera similar, la disposición de los murales de Rothko dentro de la Tate Modern funciona como un dispositivo de cancelación, donde la obra actúa como un trampantojo que clausura la sensación espacial.
Al entrar en esta sala, el visitante se encuentra rodeado por un conjunto de campos cromáticos que invaden el espacio visual, creando una sensación de saturación que, en lugar de ofrecer una experiencia inmediata y dispersa, exige tiempo y atención. Como las ventanas de la Biblioteca Laurenciana, los murales de Rothko configuran un campo cerrado que no solo aleja al espectador del mundo exterior, sino que le obliga a experimentar la obra en su totalidad, sin puntos de fuga ni distracciones, sin posibilidad de escapar de la influencia de la obra, a la que se accede a partir de un mínimo pero imprescindible ritual.

Hablemos sobre
Hablemos sobre
Hablemos sobre
Hablemos sobre
Hablemos sobre

Goya-Rothko

Goya-Rothko

Goya-Rothko

Goya-Rothko

Goya-Rothko

La cámara de las Pinturas Negras en el Museo del Prado

Las Pinturas Negras de Francisco de Goya (1820-1823) tienen su origen en los murales que el artista pintó en las paredes de la Quinta del Sordo. Estas obras fueron realizadas directamente sobre las paredes de la villa.
El contenido de las Pinturas Negras está marcado por un profundo pesimismo y una carga emocional intensa. Los temas son perturbadores y oscuros, con representaciones de figuras grotescas, escenas de locura, superstición, violencia y un ambiente general de desolación. Las imágenes parecen extraídas de una visión alucinada de la condición humana, alejándose de los ideales de la Ilustración en favor de una visión sombría y desesperanzada.

Traslado al Museo del Prado

El traslado de las Pinturas Negras de Goya al Museo del Prado fue un proceso complejo y decisivo en la historia de estas obras. Con el paso del tiempo, los murales se deterioraron debido al ambiente húmedo y a la estructura misma de la Quinta, y en 1874, poco después de la muerte de Goya, los murales fueron retirados para ser preservados y restaurados.
El proceso de traslado al Prado comenzó ya en el siglo XIX y culminó en la primera década del siglo XX. Los murales se ubican actualmente en una sala específica -la 67 del edificio Villanueva-, una disposición que mantiene el impacto visual, mediante una atmósfera recogida y controlada.

Goya-Rothko

La sala Rothko en la Tate Modern y la sala de las Pinturas Negras en el Museo del Prado se encuentran en su capacidad para crear un espacio de aislamiento, un lugar donde la obra de arte no es solo observada. Ambas instalaciones convierten al visitante en un participante activo, forzando un ritual que da lugar a un ambiente que trasciende lo visual.
Ambos espacios expositivos están cuidadosamente aislados del flujo principal de los museos, lo cual implica un protocolo particular. El aislamiento espacial en ambos casos consigue convertir el espacio en un lugar autónomo, donde el espectador debe comprometerse con la obra de forma plena.
La luz en ambos espacios es un elemento fundamental para moldear la atmósfera y la interacción con las obras. En la Tate Modern, la luz es opaca y difusa, Rothko optó por una iluminación que evitara la saturación visual. La luz en la sala crea un ambiente denso y sombrío que refuerza una opacidad que culmina en la propia obra, evitando interrumpir el flujo emocional de las pinturas; al contrario, contribuye a cerrar el espacio sobre el espectador.
En la sala que alberga la obra de Goya, la luz juega un rol diferente, ya que está pensada para favorecer la visión clara de las pinturas. La luz, aunque atenuada, se distribuye de manera más uniforme y permite que el espectador observe los detalles y los matices de los cuadros sin las sombras opresivas que Rothko emplea en su espacio. Esta diferencia en el tratamiento de la luz subraya la contraposición emocional de ambos espacios: mientras Rothko busca un efecto integral, la sala de las Pinturas Negras facilita la concentración en el detalle.
La proximidad física entre el espectador y las obras también es fundamental para ambas experiencias. Rothko exige que el espectador se acerque a los murales, que se encuentre casi absorbido por el color y la forma. En el Prado, la atmósfera cerrada y las dimensiones de la sala favorecen también una confrontación directa con las obras. El espectador queda inmerso en un espacio donde no puede escapar de la mirada penetrante de las figuras de Goya. La proximidad, en este caso, se convierte en intimidación ante los desmesurados gestos de las figuras.
El aspecto de ceremonia y ritual es la semejanza más profunda entre los dos espacios. Rothko concibió sus murales como posibilidad de inducir una experiencia trascendental en el espectador; de forma análoga, la sala de las Pinturas Negras también crea un ritual de observación. La pintura de Goya, cargada de tragedia, no es solo un objeto de estudio, sino una experiencia emocional; la violencia y la desesperación inducen una obligatoria implicación emocional, aunque de origen diferente a la experiencia que inculca la obra de Rothko.

Una experiencia dionisíaca en la sala secreta

Entweder durch den Einfluß des narkotischen Getränkes, von dem alle ursprünglichen Menschen und Völker in Hymnen sprechen, oder bei dem gewaltigen, die ganze Natur lustvoll durchdringenden Nahen des Frühlings erwachen jene dionysischen Regungen, in deren Steigerung das Subjektive zu völliger Selbstvergessenheit hinschwindet.

Ya sea por la influencia de la bebida narcótica, de la que hablan en sus himnos todos los pueblos y civilizaciones primitivas, o por la llegada de la primavera, que impregna con su fuerza toda la naturaleza, despiertan esos impulsos dionisíacos, en cuya intensificación lo subjetivo se desvanece hasta alcanzar el olvido total de uno mismo.

Así define Nietzsche en “El nacimiento de la tragedia” lo dionisíaco como experiencia vivida, superando la conceptualización en abstracto. Tras haber descrito, siguiendo a Schopenhauer, el quiebre del principio de individuación, Nietzsche introduce los detonantes sensibles de este estado a partir de la embriaguez y el impulso estacional de la primavera. Ambos funcionan como ejemplos de una misma irrupción, en la que el sujeto deja de percibirse como centro y medida del mundo. Por eso el pasaje culmina en la idea clave de la Selbstvergessenheit, la pérdida de sí, que no implica anulación, sino disolución momentánea de la conciencia individual en una experiencia más amplia.
La sensación que proponen las salas murales de Goya y Rothko puede entenderse, con precisión, como una experiencia dionisíaca en el sentido que formula Nietzsche. No se trata de una contemplación estética basada en la distancia, el análisis o el placer formal, sino de una situación que suspende el principio de individuación y obliga al espectador a una implicación corporal y afectiva. En ambos casos, el espacio expositivo deja de ser un marco neutral y se convierte en un dispositivo activo que absorbe al visitante y lo priva de una posición de dominio visual.
En la sala dedicada a Rothko, la pintura no se ofrece como imagen aislada ni inmediata, los murales funcionan como campos cromáticos que saturan el espacio. La penumbra, la escala de los lienzos y su disposición generan una experiencia en la que lo subjetivo se funde ante la actuación del color, cuyo efecto no se dirige al entendimiento, sino al cuerpo, produciendo una sensación de gravedad y de absorción que exige tiempo y silencio.
Algo similar ocurre en la sala de las Pinturas Negras en el Museo del Prado, aunque el lenguaje visual sea radicalmente distinto. A lo que se enfrenta el espectador es a figuras, gestos y escenas de una violencia simbólica extrema que, además, le interpelan directamente. Las pinturas no se presentan como episodios narrativos cerrados, sino como presencias que confrontan. La proximidad física, la escala de las obras y el carácter cerrado del espacio impiden una lectura cómoda, y el visitante queda expuesto a una acumulación de miradas, cuerpos y tensiones que no permiten refugiarse en la interpretación racional. La experiencia es directa y perturbadora.
Desde una perspectiva dionisíaca, ambas salas actúan como demandantes de una suspensión integral del yo. En ellas, el espectador deja de ser un individuo que observa desde fuera y pasa a formar parte de una situación que lo desborda. Nietzsche describe lo dionisíaco como un estado en el que lo subjetivo se desvanece hasta el olvido de sí, Schopenhauer explica el arte como posibilidad de calma frente al concepto perverso de Wille. Tanto Rothko como Goya construyen espacios que producen precisamente ese efecto, mediante una obra que no se deja dominar.
La diferencia entre ambas experiencias no reside en su estructura, sino en su tono afectivo. En Rothko, lo dionisíaco se manifiesta como gravedad silenciosa, como una intensidad contenida que roza lo meditativo. En Goya, adopta la forma de una confrontación violenta, donde el exceso, la deformidad y la oscuridad hacen imposible cualquier idealización.

Giacometti en los tanques del Blavatnik

Los denominados tanques del edificio Blavatnik, en la Tate Modern, constituyen uno de los espacios más singulares del museo londinense.
Estos grandes volúmenes semicilíndricos de hormigón armado fueron concebidos originalmente como depósitos industriales destinados a albergar el aceite de las turbinas de la antigua central eléctrica de Bankside. A diferencia de las salas convencionales del museo, los tanques no tienen ninguna relación inmediata con el exterior. El acceso implica un descenso físico, una inmersión literal en la masa del edificio. El hormigón visto, la escala monumental y la ausencia de referencias exteriores generan una sensación de profundidad y de apartamiento, una cualidad que los emparenta, en términos espaciales, con las cámaras de Rothko o con la sala de las Pinturas Negras de Goya. Sin embargo, el efecto que producen las esculturas de Alberto Giacometti en este contexto es absolutamente diferente.
Las figuras de Giacometti -cuerpos filiformes, erosionados, reducidos a una verticalidad casi espectral- no clausuran ni saturan el campo visual, al contrario, lo activan mediante una lógica de dispersión y de distancia. Giacometti introduce una experiencia basada en la separación, cada escultura ocupa un punto preciso del espacio, pero nunca lo domina; más bien parece resistirse a hacerlo. El vacío entre las figuras se vuelve tan importante como las figuras mismas.
En los tanques del Blavatnik, esta condición se intensifica. El espacio profundo y circular no actúa como una cámara de absorción, sino como un campo de resonancia. El espectador no es rodeado ni envuelto por la obra, sino que se desplaza entre presencias aisladas, que parecen mantenerse siempre a una distancia irreductible. La mirada no queda atrapada; se pierde, se desplaza, mide intervalos. La experiencia tiende a la desorientación.
La diferencia es también corporal. En la sala Rothko, el cuerpo tiende a detenerse, a asumir una posición ritual; en la sala madrileña de Goya, el cuerpo se ve forzado a sostener la intensidad de un asedio. En los tanques, en cambio, el cuerpo camina, se aproxima y se aleja; no hay un punto privilegiado ni una frontalidad obligatoria. Las esculturas, aunque profundamente humanas en su iconografía, no devuelven la mirada; parecen ausentes, retraídas, como si cada figura habitara un espacio inaccesible.
Este efecto produce una experiencia que, aun desarrollándose en un ámbito apartado y subterráneo, no puede calificarse de opresiva. El espacio no se cierra sobre el espectador, sino que se abre como una extensión silenciosa donde la soledad de las figuras se amplifica. La profundidad arquitectónica de los tanques no genera recogimiento, sino una conciencia aguda del vacío y de la fragilidad. Giacometti no busca la disolución del yo, como Rothko, ni la violencia de la interpelación, como Goya, sino una forma de tensión existencial sostenida, en este caso, por la distancia y las cualidades etéreas/matéricas inherentes a la obra del artista suizo.

Un fastuoso aniversario: 40 años de Saatchi

La exposición que conmemora el 40º aniversario de la Saatchi Gallery, The Long Now, es la perfecta antítesis de los espacios expositivos que tienden al confinamiento.
Desde su fundación en 1985, la Saatchi Gallery ha funcionado como un tribunal informal del presente, un espacio donde el arte contemporáneo se somete a prueba. La galería ha ejercido históricamente un papel a veces polémico, a veces visionario, capaz de acelerar y legitimar lenguajes o convertir ciertas estéticas en dominantes. Quizá, la principal aportación de Saatchi durante estas décadas haya sido su ánimo de confrontar al público, incluso a riesgo de saturarlo.
The Long Now -hasta finales de este mes (abril 2026)- asume plenamente esa tradición. Lejos de articular una retrospectiva cronológica o una celebración nostálgica, la exposición se construye como una constelación de obras, generaciones y medios que demuestran la autoridad de la institución en el ámbito artístico europeo.
Las salas amplias, la escala monumental de muchas obras y la convivencia de lenguajes heterogéneos son la clave de una muestra que incluye obras de Jenny Saville, Allan Kaprow (sus neumáticos están a disposición de los espectadores más audaces), Alex Katz, André Butzer (cuya primera retrospectiva fuera de Alemania pudimos disfrutar en 2023 en el Thyssen Bornemisza de Madrid) y el imprescindible Damien Hirst (la deuda con Saatchi es mutua).
La muestra acierta al recuperar piezas históricas asociadas a la identidad de la galería y ponerlas en diálogo con producciones recientes que abordan cuestiones como la automatización, la crisis climática o la transformación de la imagen. Saatchi no renuncia a su vocación de espectáculo, pero la matiza con una lectura reflexiva del presente. El impacto no es ya un fin en sí mismo -como, probablemente, lo fue en el pasado-, sino un medio para pensar la persistencia de ciertos problemas y obsesiones a lo largo de cuatro décadas.
Por último, si va a visitar la capital británica próximamente y desea disfrutar de una experiencia particular, el Gilbert & George Centre, en Spitalfields, ofrece una exposición permanente aguda y provocadora sobre la condición humana -a veces absurda, otras terrible- en technicolor.

La atención sostenida

En última instancia, lo que espacios expositivos como los anteriores (Rothko/Goya) cuestionan no es solo la forma de exhibir la obra, sino la condición misma del espectador contemporáneo. Frente a un régimen visual dominado por la velocidad, la sobreabundancia de imágenes y la circulación incesante, las cámaras pictóricas actúan como resistencias. No buscan facilitar la experiencia, sino hacerla costosa a base de tiempo, silencio y una presencia corporal que resulta casi extraña.
La clausura espacial no niega el resto de la exposición, es más bien una estrategia para restituir la posibilidad de una atención profunda que deviene práctica sostenida, desafiante, incluso incómoda.
La experiencia estética que proponen el Museo Nacional del Prado o la Tate Modern Gallery no apunta a una revelación inmediata, sino a una asimilación lenta, casi imperceptible, que transforma una mañana de noviembre en un encuentro memorable.

*PERSPECTIVACIEGA
*PERSPECTIVACIEGA
*PERSPECTIVACIEGA
PERSPECTIVACIEGA*
PERSPECTIVACIEGA*
PERSPECTIVACIEGA*

Todas las categorías

Deja un comentario