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“Rhythm” inaugura la obra performativa de Marina Abramović. Las cinco intervenciones que completan el ciclo formulan cuestiones sobre presencia, riesgo, duración, voluntad y vulnerabilidad. Su importancia reside en el desplazamiento de la performance desde el gesto experimental hacia una investigación radical sobre los límites materiales y simbólicos de la experiencia artística.

“Rhythm” -5-

Entre 1973 y 1974, Marina Abramović realizó cinco performances bajo el título “Rhythm”, cinco acciones interactivas que parten de la concepción del cuerpo como lugar de prueba y exposición.

“Rhythm 10” (1973)

“Rhythm 10” ocupa un lugar simbólico. Abramović la ha identificado como su primera performance, presentada en Edimburgo en 1973 y repetida pocos meses después en el Museo d’Arte Contemporanea Villa Borghese. La acción consistía en clavar rítmicamente cuchillos entre los dedos de su propia mano extendida, grabando cada intento. Después, la artista reproducía la grabación e intentaba repetir la misma secuencia, incluidos los fallos y los cortes, de modo que la acción presente quedaba atravesada por la huella de la acción anterior.
La importancia de esta pieza consiste en que fija, desde el comienzo, varios problemas que recorrerán toda la serie. En primer lugar, el dolor aparece como dato real y no como representación teatral. En segundo lugar, el tiempo deja de ser un simple marco y pasa a convertirse en materia de la obra, porque la repetición hace convivir pasado y presente dentro del mismo gesto. “Rhythm 10” introduce también una idea fundamental en la posterior obra de Abramović: el cuerpo del artista puede funcionar como instrumento de precisión, archivo y laboratorio. La performance ya no se limita a mostrar una acción arriesgada; se convierte en una investigación sobre la memoria, la consciencia y la posibilidad de control corporal.

“Rhythm 5” (1974)

En “Rhythm 5”, presentada en el Student Cultural Center de Belgrado y con una duración de noventa minutos, Abramović trabajó con la forma de una estrella de cinco puntas en llamas, cargada a la vez de connotaciones teológicas y políticas. Según la propia artista, la obra estaba vinculada a una “ritualización” de la estrella simbólica de los regímenes comunistas: se cortó el pelo y las uñas, arrojó los restos al fuego y, en la fase final, se tumbó dentro de la estrella en llamas. Durante la acción perdió la consciencia, debido a que el fuego consumió el oxígeno, y tuvo que ser sacada del interior por personas del público.
Lo decisivo en “Rhythm 5” es que evidencia un límite crucial de la performance: cuando la consciencia desaparece, la presencia artística puede seguir vigente. Abramović parece asimilar a partir de esta intervención que el riesgo extremo no bastaba por sí mismo; era necesario pensar con más precisión la relación entre peligro, duración y lucidez. Además, la pieza desplaza la performance hacia un terreno donde conviven autobiografía política y experimentación física; la estrella trasciende el símbolo ideológico, actuando también como dispositivo de prueba que somete al cuerpo a una situación de exposición absoluta.

“Rhythm 2” (1974)

“Rhythm 2”, Zagreb-1974, es una performance en dos partes centrada en la relación entre consciencia e inconsciencia. El núcleo de la acción consistió en la ingestión de dos medicamentos psiquiátricos distintos.
En la primera parte, Abramović tomó un fármaco prescrito para la catatonia; la reacción fue violenta, con convulsiones y movimientos involuntarios, aunque ella permanecía lúcida y observaba lo que le estaba ocurriendo. Cuando el efecto remitió, tomó una segunda medicación, empleada en tratamientos de agresión extrema o depresión; en ese momento el cuerpo permaneció físicamente estable, pero la artista quedó mentalmente ausente y no recordará el tiempo transcurrido.
Su importancia es extraordinaria porque lleva la investigación desde la herida visible hacia los estados alterados de la mente. En “Rhythm 2”, el cuerpo se explora a partir de su vulnerabilidad neuroquímica. Abramović convierte la performance en una indagación sobre la acción artística cuando la voluntad se fragmenta o se suspende.
La obra amplía así el campo del arte de acción, incorporando la farmacología, la percepción y la memoria como materiales de trabajo. También afianza una idea clave en toda la serie: el cuerpo del artista no es un soporte transparente, sino un territorio inestable donde la presencia puede desaparecer de manera inquietante.

“Rhythm 4” (1974)

En “Rhythm 4”, presentada en la Galleria Diagramma de Milán, Abramović volvió a explorar el borde entre control y pérdida de consciencia, ahora a través del aire y de la respiración. La acción la expone frente a un potente ventilador industrial, intentando inhalar cada vez más aire hasta alcanzar una situación límite.
La relevancia de “Rhythm 4” radica en su depuración extrema. Aquí desaparece el simbolismo inmediato de “Rhythm 5” y también la mediación farmacológica de “Rhythm 2”, quedando una confrontación desnuda entre organismo y elemento. El cuerpo se mide con algo tan básico como el aire, transformado en agente de desposesión.
La pieza resulta fundamental porque demuestra que la performance de Abramović no depende del espectáculo del sufrimiento, sino de la precisión con la que construye situaciones límite. En este caso, la obra interroga el umbral entre autonomía y colapso, y convierte un acto fisiológico elemental en una escena de investigación sobre la fragilidad de la presencia.

“Rhythm 0” (1974)

“Rhythm 0”, realizada durante seis horas en Studio Morra, en Nápoles, cierra la serie con una inflexión decisiva. Abramović se ubicó de pie, inmóvil, junto a una mesa con setenta y dos objetos algunos asociados al placer, otros al dolor y otros capaces de causar la muerte. La premisa era que durante el tiempo de la performance, el público podía utilizar esos objetos sobre su cuerpo como quisiera, mientras ella permanecía completamente pasiva.
“Rhythm 0” varía el eje de la investigación desde el cuerpo de la artista hacia la conducta del espectador. En las piezas anteriores, el riesgo procedía sobre todo de una decisión autoimpuesta; aquí el peligro queda delegado en una comunidad circunstancial cuyo comportamiento se vuelve parte de la obra. La performance revela, con una crudeza poco frecuente, que la pasividad del cuerpo expuesto puede activar dinámicas de dominación, sadismo, cuidado o contención.
En términos teóricos, la pieza modifica de raíz la relación entre artista y público: el espectador deja de ser observador y pasa a ser agente. Por eso, “Rhythm 0” no solo culmina la serie, abre además una de las cuestiones más persistentes del arte contemporáneo: qué responsabilidad adquiere quien mira, tanto si el impacto de la mirada recae sobre un lienzo clásico como si la obra permite actuar sobre un cuerpo real.

Cuerpo y performance*

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Dolor y resistencia, el cuerpo como experimento

Marina Abramović actúa sobre su propio cuerpo como campo de experimentación directa. La performance abandona el ámbito del gesto expresivo hacia una investigación material sobre los límites de la presencia corporal. El cuerpo no es imagen ni símbolo pasivo, es una superficie de prueba, un instrumento de conocimiento donde se verifican, en tiempo real, las relaciones entre dolor, voluntad, resistencia y control. “Rhythm” inaugura una concepción radical de la performance: la obra consiste en producir las condiciones para atravesar un límite, más allá de su mera representación.
“Rhythm 10” demuestra con claridad esta premisa. La acción convierte el cuerpo en una maquinaria de precisión sometida a una exigencia extrema. Lo importante no es únicamente la herida, sino el modo en que el error queda incorporado al procedimiento mismo. El dolor deja de ser un accidente exterior a la obra y pasa a integrarse en una imagen de repetición, memoria y autocontrol. Abramović no exhibe un sufrimiento espectacular, transforma el cuerpo en archivo: cada corte registra el desfase entre intención y ejecución, entre dominio técnico y vulnerabilidad material.
En “Rhythm 4” esta investigación aparece aún más depurada. La pieza reduce al mínimo los elementos escénicos para concentrarse en un proceso fisiológico elemental: respirar; precisamente por eso resulta tan significativa. Abramović demuestra que el cuerpo puede ser llevado al borde del colapso más allá de la obviedad de la herida visible o el impacto físico, recurriendo a la intensificación de una función orgánica básica.
“Rhythm 5” y “Rhythm 2” apelan a la duración de la voluntad. En ambos casos, el problema central no es solo cuánto puede soportar el cuerpo, sino hasta qué punto la consciencia puede sostenerse. Ambas performances convierten el cuerpo en un territorio expuesto a fuerzas que desbordan la decisión subjetiva. Abramović revela una materia inestable, vulnerable y falible; su gran aportación consiste precisamente en haber entendido que esa fragilidad constituye su potencia cognitiva más profunda.

Presencia y consciencia, la performance sin artista

En “Rhythm”, Marina Abramović lleva la performance hacia una cuestión decisiva: qué estatuto conserva la obra cuando la artista ya no gobierna plenamente su propia presencia. Este problema implica una dimensión más compleja y filosófica, ligada a la consciencia, la lucidez y la continuidad del yo. En estas piezas, estar presente no equivale de manera simple a ocupar físicamente un espacio; la presencia aparece como una condición inestable, vulnerable a la alteración, al desvanecimiento y al colapso. Por eso Abramović convierte la performance en una investigación sobre ese umbral incierto donde el cuerpo todavía está, aunque la capacidad de control, percepción o memoria quede fracturado.
“Rhythm 2” constituye un momento clave dentro de esta línea de trabajo. La ingesta de dos medicamentos psiquiátricos produce una escisión profunda entre cuerpo y mente. Durante la primera fase, la artista mantiene la lucidez mientras su organismo responde con convulsiones y movimientos involuntarios; durante la segunda, ocurre lo contrario, el cuerpo permanece relativamente estable, aunque la consciencia queda suspendida y el tiempo deja de ser registrable para ella. La obra introduce una performance que puede continuar aun cuando la artista ha abandonado cualquier acceso posible a lo que está ocurriendo. Abramović muestra que la presencia artística no depende únicamente de la voluntad consciente, dado que también se manifiesta en la exposición de un cuerpo atravesado por estados que exceden el dominio del sujeto.
En “Rhythm 5”, la artista yugoslava lleva la obra hasta un punto límite donde presencia física y ausencia psíquica coinciden de forma extrema. Lo verdaderamente perturbador de la pieza radica en que la acción no queda anulada por ese desvanecimiento, al contrario, ese instante revela con crudeza que la performance puede sostenerse sobre la paradoja de un cuerpo que continúa siendo núcleo de la obra cuando la consciencia ha desaparecido. La presencia se vuelve entonces precaria y obliga a repensar la relación entre vida, riesgo y acto.
En conjunto, estas performances revelan que “Rhythm” incluye una amplia reflexión acerca de la presencia artística como una condición inestable, pudiendo quedar expuesta a su propia desaparición.

Repetición y tiempo

Marina Abramović convierte el tiempo en uno de los materiales decisivos de la obra. El tiempo actúa organizando la experiencia, la intensifica y la modifica por completo. La acción no puede entenderse separada de su duración, de su repetición y del desgaste que produce hacia un umbral límite.
“Rhythm 10” ya plantea un ejercicio de precisión, riesgo y autocontrol. Sin embargo, adquiere una complejidad mayor cuando la artista escucha la grabación de la primera secuencia e intenta repetirla de nuevo, incluidos los errores. En ese momento, el tiempo deja de ser lineal. La acción presente queda atravesada por la huella de una acción anterior, de modo que pasado y presente conviven dentro del mismo procedimiento. La repetición no produce una copia perfecta; revela, por el contrario, la diferencia entre un gesto vivido y su retorno. Abramović introduce una temporalidad inestable, en la que repetir equivale a medir la variación, el desfase y la fragilidad del control.
La duración prolongada cumple una función igual de importante en el resto de la serie. Mantener una acción durante un tiempo extendido transforma la performance en una experiencia de desgaste y exposición. El cuerpo no permanece idéntico a lo largo de la obra: se fatiga, pierde precisión, entra en zonas de vulnerabilidad y deja ver procesos que solo aparecen cuando el tiempo actúa de forma sostenida.
Además, la performance parte de un hecho insobornable y decisivo: sucede en tiempo real. Esa condición resulta esencial, porque elimina cualquier distancia entre acto y experiencia. El público no contempla una representación ya cerrada, comparte el mismo presente de la acción, su espera, su incertidumbre y su transformación progresiva. La obra se desarrolla ante todos como un proceso abierto, sin protección.
“Rhythm” se desarrolla desde formas temporales muy precisas: repetición, suspensión, espera, resistencia y desgaste. El tiempo se vuelve materia artística, una fuerza capaz de construir la obra desde dentro y de llevarla hasta sus consecuencias más radicales.

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Marina Abramović

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La responsabilidad del espectador

En “Rhythm 0”, Marina Abramović plantea un problema decisivo: la responsabilidad del espectador cuando abandona la observación indolente. A partir de esa premisa, la obra transforma al público en agente; no basta con mirar, cada persona debe decidir qué hacer, hasta dónde llegar y qué relación establecer con el cuerpo disponible. La performance revela que la recepción nunca es completamente inocente; mirar ya supone una forma de implicación, y actuar convierte esa implicación en responsabilidad directa.
Lo más inquietante de esta performance es la rapidez con la que aparecen conductas de dominio y violencia. La situación demuestra que, en determinadas condiciones, la suspensión de límites visibles facilita la aparición de gestos que van desde la curiosidad inicial hasta la agresión abierta. El cuerpo pasivo de Abramović funciona como una superficie sobre la que se proyectan impulsos contradictorios: deseo de contacto, voluntad de control, sadismo, compasión o contención. La obra no busca una imagen idealizada del público, lo enfrenta con su propia decisión.
Donde podría haberse mantenido una relación de cuidado, emerge la posibilidad del daño. Precisamente por eso, la pieza resulta tan perturbadora: obliga a reconocer que la violencia puede surgir con una facilidad alarmante dentro de cualquier espacio social.
“Rhythm 0” habla de la psicología colectiva y de la fragilidad ética de quienes participan. La artista expone su cuerpo, pero lo que queda verdaderamente expuesto es la comunidad circunstancial que se forma alrededor de la acción. Cada gesto realizado sobre ella define también a quien lo ejecuta y al grupo que lo tolera, lo frena o lo intensifica. La responsabilidad, por tanto, no se reparte de manera abstracta: se vuelve concreta y visible.
La intervención del público en “Rhythm 5” permite entender mejor esta cuestión. Cuando Abramović pierde la consciencia dentro de la estrella en llamas, varias personas deciden sacarla. Ese gesto introduce una dimensión ética fundamental: el espectador no es solo testigo del riesgo, también puede convertirse en límite frente a él. Entre ambas obras se plantea una pregunta central: ¿qué obligación adquiere quien presencia una manifestación artística?

La obra como umbral

La verdadera propuesta de “Rhythm” no radica en haber llevado el cuerpo al límite, ni en haber expuesto la fragilidad de la consciencia o la violencia latente del público. Su gesto más profundo está en la contaminación de una obra de la que nadie sale intacto -este es también el sustrato real de la obra íntegra de Abramović-. Después de esta serie, la performance ya no puede entenderse como una acción que se contempla desde fuera con comodidad estética; se convierte en una situación real, irreversible, capaz de alterar a quien actúa y a quien observa.
En este aspecto reside su potencia histórica. Abramović no produce imágenes del riesgo; produce condiciones en las que el riesgo replantea por completo la experiencia. El arte deja de ofrecerse a distancia, deja de funcionar como espacio protegido y obliga a asumir que una obra puede ser también una prueba. Esta premisa se filtra hacia el arte moderno, pero también alcanza al arte clásico, ¿cómo puede el espectador permanecer indemne tras ser expuesto al lenguaje artístico?
Por eso la serie sigue resultando incómoda. No pertenece del todo al pasado, porque cada una de sus preguntas permanece abierta; Abramović no clausura el ciclo, deja el arte suspendido en un lugar más inestable, más exigente.

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