El hombre-masa ha cumplido el pronóstico del propio Ortega, sin embargo, existen espacios que todavía escapan parcialmente a su ocupación. Es interesante comprobar la trayectoria del hombre-masa ya desde cierta perspectiva, evaluando la defensa de la alta cultura frente a la hiperapropiación del colectivo.
El concepto de hombre-masa en Ortega
En el pensamiento de Ortega, la masa no se refiere únicamente a un grupo numeroso de personas, sino a una actitud espiritual y cultural. La masa es el conjunto de individuos que, al no destacar por ningún rasgo especial, se diluye en la homogeneidad de la colectividad.
Es un concepto cualitativo más que cuantitativo, pues incluye a quienes renuncian a la exigencia de superación personal, dejando de lado el esfuerzo por diferenciarse. La masa se caracteriza por el conformismo, la falta de reflexión crítica y la comodidad de seguir lo que otros determinan. En este sentido, el hombre-masa puede encontrarse en cualquier clase social, ya que no depende de su posición económica, sino de una actitud vital.
El hombre-masa es el individuo que acepta pasivamente la civilización, disfrutando de los beneficios del progreso sin comprender ni valorar el esfuerzo que conlleva. Se siente satisfecho consigo mismo, con sus opiniones y con sus creencias, sin cuestionarlas ni tratar de trascenderlas. Este hombre-masa vive guiado por el impulso de la mayoría, rechazando toda noción de responsabilidad individual o autocrítica. Ortega lo describe como alguien que no se siente en deuda con las generaciones pasadas, ni comprometido con el futuro.
El hombre-masa simboliza el triunfo de la mediocridad, pues desplaza a las minorías selectas, aquellas personas que aspiran a liderar y contribuir al desarrollo cultural y social. Este fenómeno tendría, según Ortega, consecuencias negativas para la sociedad, ya que la uniformidad y el conformismo limitan el progreso y el enriquecimiento colectivo.
Los precedentes de la masa en la obra de Ortega y Gasset
El concepto que tratamos a continuación se desarrolla esencialmente en “La rebelión de las masas” (1930), sin embargo, es interesante rastrear la presencia de ideas previas en la obra de Ortega.
Podemos identificar rasgos que preceden a la construcción intelectual de la masa en Ortega en al menos dos de sus textos más célebres, “Meditaciones del Quijote” (1914) y “El tema de nuestro tiempo” (1923). En la primera de estas reflexiones, Ortega nos ofrece una vida como realidad radical, una alternativa que fuerza la reacción del individuo ante su entorno, abandonando la actitud pasiva que implica la inclusión del individuo en la colectividad. Sin utilizar aún el concepto de masa, Ortega anima al lector a esforzarse por trascender la vida cotidiana desde un punto de vista positivo, contrario al discurso negativo centrado en la perspectiva en el individuo ya engullido por el grupo.
En cuanto a “El tema de nuestro tiempo”, lo que Ortega expone es un análisis profundo sobre las tensiones entre lo individual y lo colectivo, y la relación minoría-mayoría. De nuevo define Ortega a las mayorías como masas incapaces de decidir, ahora además privadas de criterios morales que les sirvan de guía. La solución para el filósofo es incentivar la aparición de una minoría capaz de liderar el avance cultural.
Democracia y autoritarismo
Valga esta sección como breve excurso al guion principal.
Existe un debate en torno a la aplicación política de los principios de Ortega por su posible derivación autoritaria, llegando en algunos casos a acusar al filósofo de sustentar intelectualmente regímenes de cariz dictatorial. Para rebatir esta perspectiva, solo es necesario repasar su biografía para conocer su implicación con la Segunda República, Ortega llegó a ser Diputado en las Cortes Constituyentes. También cabe reseñar su constante crítica a la dictadura de Primo de Rivera, o su exilio desde el 31 de agosto de 1936 hasta 1945. Una vez de vuelta a España, Ortega evitó colaborar de cualquier forma con el régimen franquista.
En términos generales, es posible afirmar que todos los principios teóricos de Ortega se expresan en términos democráticos, es decir, son los mecanismos del sistema democrático los que deben incentivar tanto el progreso del individuo, como el bloqueo de la masa ante la toma de espacios que no le corresponderían. Estas ideas son trasversales en la obra de Ortega.
“La rebelión de las masas”, el desarrollo pleno del hombre-masa
Con la publicación en el año 1930 de “La rebelión de las masas”, Ortega despliega al hombre-masa en toda su amplitud. Los principios de indolencia, satisfacción injustificada e inmovilidad inherentes al hombre-masa lo caracterizan, sin embargo, Ortega no critica la esencia del hombre-masa, cuya condición es tal y como debe ser, sino los movimientos que provoca la masa y la toma de ciertos espacios que no le corresponden.
La cuestión de los espacios
La posición de la masa es más importante que sus cualidades. El hombre-masa mantiene una pasividad granítica ante su entorno y no existe ninguna posibilidad de rectificar tal disposición, sin embargo, Ortega advierte acerca de una oscilación a principios del siglo XX, cuyo efecto es la toma de espacios antes vedados.
Los ámbitos de las élites
Podemos identificar cuatro ámbitos generales que Ortega identifica en su obra y que estarían preservados de la intromisión de la masa, quedando accesibles únicamente para las élites. Son los siguientes.
- Poder político: La masa no tendría ni la preparación ni la visión suficiente como para tomar el poder de forma unilateral. No se trata de los perjuicios de la democratización, la toma del poder por parte del hombre-masa se puede producir en cualquier entorno político.
- Dirección cultural e intelectual: Los espacios culturales, en un sentido amplio, también empiezan a ser conquistados por una masa que ve a la élite como parte de un complot, cuyo objetivo sería proteger una posición muy debilitada. La masa rechaza el esfuerzo intelectual y promueve la mediocridad generalizada, amenazando un progreso que solo puede sustentarse en una reflexión profunda, a la que el hombre-masa no puede acceder.
- Ámbito científico-técnico: El hombre-masa aprovecha todos los avances de la ciencia y de la técnica, pero no valora su existencia ni los esfuerzos previos a su desarrollo. La masa obvia el conocimiento y lo ve como algo dado.
- Debate público: Finalmente, la masa se apodera de un debate público que no le pertenece. El filtro que genera la élite a la hora de configurar la conversación común se elimina, generando un debate simplista, muy alejado de la comprensión profunda de cualquier idea, por elemental que esta sea.
En términos generales, se trata de un rechazo a la acción práctica de la vulgaridad, contrario al beneplácito con el que Gomá toma este concepto décadas después. Si bien esta comparación es relativamente desigual, al tomar ambos filósofos puntos de partida diferentes.
Me refiero aquí, de nuevo, al excurso anterior acerca de las ideas democráticas de Ortega. Es posible percibir estas conclusiones como una defensa del líder antidemocrático y una cámara de notables a su servicio, sin embargo el sentido es el contrario, el manoseo de la masa sobre las instituciones democráticas es lo que produciría las circunstancias apropiadas para que aparecieran tendencias dictatoriales que acabarían imponiéndose.
Las consecuencias culturales de los desplazamientos de la masa orteguiana
La toma de espacios por parte de la masa tendría graves consecuencias para la estructura general de la sociedad.
En lo que respecta a los ámbitos culturales, la presencia de la masa significa la imposición de la mediocridad. La masa rechaza la excelencia, el esfuerzo creativo y la innovación, privilegiando productos culturales simplificados y de fácil consumo, esto erosiona la riqueza cultural debilitando el arte, la literatura y la filosofía como motores de crecimiento espiritual y humano.
La consecuencia principal es que la cultura se trivializa, perdiendo su capacidad de elevar y transformar al individuo. De igual manera, los templos culturales reservados a quiénes eran capaces de descodificar su contenido, se colman de individuos que son incapaces de asimilar ni una mínima parte de su significado.
El museo como espacio de combate entre la élite y la masa
La idea de espacio cultural ocupado por la masa es muy amplia, es imposible reducirla a espacios concretos, debido a que se trata tanto de lugares físicos como intelectuales. Sin embargo, para este análisis podemos tomar como ejemplo los museos, entendidos como lugares de pugna entre el hombre-masa y el hombre-élite.
Los museos son espacios finitos que custodian los baluartes de la civilización que representan. Lo normal sería que todos ellos hubieran sido tomados por una masa fascinada por el valor de la imagen exclusiva que representa la obra de arte, sin embargo, en la mayoría de los casos no ha sido así.
La protección de las élites del entorno expositivo
Las élites han cedido espacios ahora comunes, sin embargo, la masa no ha logrado colonizar el museo. La solución proviene de una mezcla de ocultación y alternativas, tanto propias del ámbito artístico como externas.
Desde las posibilidades que provienen del ámbito cultural, las exposiciones de consumo fácil, los horarios gratuitos y la escasa publicidad han contribuido con éxito a mantener el libre tránsito por el museo.
Cada vez son más los espacios que ofrecen experiencias inmersivas, mediante actividades basadas en el uso de medios digitales y soluciones similares. El objetivo es que una persona pueda acercarse a la obra de arte sin que esta esté presente. Para el individuo que opta por esta alternativa, se trata de un producto fácil de interpretar, muy digerible y presto a ser compartido mediante diálogo o red social. Lo que supone para los museos es que las tasas culturales de la masa son satisfechas, sin tener que pasar por los grandes depósitos de arte.
Otra de las claves son los horarios reservados para visitas gratuitas. La mayoría de los grandes museos públicos reservan ciertos horarios para visitantes que desean conocer una parte muy concreta de la colección, y no desean alargar la visita más de una hora. La solución es sencilla y garantiza una experiencia óptima para quienes buscan un impacto muy concreto. Para el resto de los visitantes es también un alivio.
Finalmente, la cultura ultraconsumista es la que produce un innecesario interés en acceder a manifestaciones culturales que no están al alcance de todo espectador, pero su reverso también ofrece una de las claves para proteger el museo. A pesar de su capacidad, los grandes museos no invierten en excepcionales campañas de publicidad, en su mayoría se conforman con llevar a cabo campañas gráficas urbanas, invisibles para el público general, rematadas por la presentación de los datos brutos de visitantes a final de año. Esta invisibilidad en el entorno publicitario hace que la masa no haya priorizado el museo como alternativa de ocio.
Todavía es posible pasear con cierta holgura por la mayoría de las grandes salas expositivas del mundo, exceptuando la sala 711 del Louvre y algunas estancias del MoMA. El lector podrá pensar que soy optimista en mi análisis, pero hoy en día sigue siendo sencillo elegir horarios que permiten evitar las aglomeraciones.
El centro comercial
Y por supuesto, el centro comercial. Para los museos públicos, multiplicar el número de visitantes temporada tras temporada no es una prioridad, para los museos privados, se trata de una compensación entre la demanda cualitativa y la potencial demanda a granel, esta última rentable a corto plazo, pero cuyo triunfo acabaría desvirtuando la colección. Las alternativas populares de ocio permiten que los museos puedan mantener un aumento muy sostenido de las visitas año a año, evitando competir con el centro comercial y ofertas similares.
La oferta mercantil es amplísima, cada vez son más las grandes superficies comerciales que permiten disfrutar del fin de semana en familia o en soledad, este modo de ocio es el que disuade a muchos de los que el martes piensan fugazmente en Rafael, y el viernes se encuentran con compromisos comerciales infinitamente más importantes.
Las alternativas mercantiles a los grandes museos evitan un competidor poderoso, que rinde en parte sus capacidades para seguir ofreciendo experiencias útiles al visitante. De momento, son las élites que rigen las grandes colecciones las que han decidido hasta dónde pueden crecer, en el futuro, la gestión podría cambiar y someter al museo al mismo estrés que se aplica a otros productos, mediante visitas cronometradas o reservando ciertas salas a quiénes pecuniariamente lo merezcan.
La ocultación de los espacios culturales
Además de los museos, existen otros centros de cultura que, en base a diferentes estrategias, mantienen con cierto éxito aforos aceptables. Los teatros, las óperas, los yacimientos abiertos al público y la mayoría de las fundaciones siguen siendo capaces de evitar las acumulaciones, salvo excepciones.
Arrojar a la masa de los espacios tomados
La alta cultura ha conseguido preservar sus espacios más sacros de la irrupción multitudinaria, pero en otros ámbitos no ha sido posible. Tanto el debate público como los centros políticos, entendido este término en su sentido más amplio, han sido purgados de la misma manera que sucede en “Casa tomada” de Cortázar, en la mayoría de las ocasiones sin violencia, con una aceptación tácita de los ocupantes anteriores, que se han retirado por lo general a gestionar patrimonios particulares.
Respecto a la condición moral de esta ocupación, es beneficioso que tanto en la conversación pública como en los centros de decisión exista una tensión constante entre la masa y la élite, no así en el ámbito científico-técnico, donde cualquier intervención improvisada por el hombre-masa debe ser censurada.
La respuesta de Ortega ante la ofensa a la masa
Por último, probablemente en la actualidad sea necesario justificar la ofensa que se inflige a la sociedad acusándola de ser una amalgama informe más o menos homogénea, la respuesta está de nuevo en Ortega.
En «La deshumanización del arte» (1925), Ortega y Gasset reflexiona sobre el cambio radical en la creación artística moderna. Sostiene que el arte contemporáneo se ha alejado deliberadamente de las emociones humanas y de las formas tradicionales de representación, centrándose en lo puramente estético y conceptual. Este arte se vuelve «inhumano» porque renuncia a reflejar la realidad o a apelar a los sentimientos comunes de las masas, optando por una abstracción que sólo puede ser comprendida por una minoría intelectualmente preparada.
Para Ortega, esta transformación no es un defecto, sino una evolución necesaria. El arte moderno, al rechazar la imitación de la realidad y los elementos sentimentales, exige del espectador un esfuerzo interpretativo mayor. Ya no busca conmover emocionalmente, sino invitar a la contemplación intelectual, situándose en un plano de doble creación donde las formas, los colores y los conceptos en sí mismos adquieren protagonismo. Este distanciamiento convierte al arte contemporáneo en una experiencia elitista, excluyendo a las masas a partir del desinterés por generar concesiones emocionales.
Ortega defiende que esta «deshumanización» no debe verse como una decadencia del arte, sino como un avance hacia su verdadera esencia. Al abandonar las expectativas tradicionales de belleza y representación, el arte se libera y explora nuevas posibilidades expresivas. Para Ortega, el arte deshumanizado refleja una nueva sensibilidad cultural y marca el surgimiento de un público minoritario capaz de apreciarlo, mientras las masas quedan al margen, incapaces de comprender su esencia.
Sirva esta breve reseña para considerar el veto que establecen ciertos círculos culturales. Ya se trate de Pollock, de Beckett o de Arendt, es estéril plantear un debate en el que se decrete la universalidad de toda manifestación cultural.
José Ortega y Gasset, biografía y obras escogidas
José Ortega y Gasset (1883-1955) fue uno de los filósofos más influyentes de la España contemporánea y una figura clave en el desarrollo del pensamiento europeo del siglo XX. Su obra, que abarca filosofía, política, estética y sociología, ofrece un análisis profundo de la condición humana, la cultura y la modernidad.
Los primeros años y formación académica
Ortega y Gasset nació el 9 de mayo de 1883 en Madrid, en una familia acomodada y vinculada al periodismo. Su padre, José Ortega Munilla, fue director del periódico El Imparcial, lo que expuso a Ortega a las ideas y debates intelectuales contemporáneos desde una edad temprana.
Ortega estudió en el Colegio de San Estanislao de Kostka, un centro de educación jesuita en Málaga, e ingresó posteriormente en la Universidad Central de Madrid para estudiar filosofía, aunque el año anterior se había matriculado en la facultad de Deusto.
Tras completar su licenciatura, continuó su formación en Alemania, asistiendo a las universidades de Leipzig, Berlín y Marburgo. Allí entró en contacto con las ideas del neokantismo, que marcarían profundamente su pensamiento. Filósofos como Hermann Cohen y Paul Natorp fueron figuras centrales en su desarrollo intelectual durante este periodo.
El retorno a España y su papel como intelectual público
A su regreso a España en 1908, Ortega se incorporó como profesor de metafísica a la Universidad Central de Madrid. Desde este puesto, comenzó a desarrollar sus primeras ideas filosóficas y a escribir en revistas y periódicos, incluyendo El Imparcial. En poco tiempo se convirtió en una de las voces más destacadas del panorama cultural español, combinando su labor académica con un papel activo como divulgador.
En 1914, publicó «Meditaciones del Quijote», su primera obra importante, donde empezó a esbozar su concepto de razón vital. Según Ortega, la vida es la realidad fundamental, y toda filosofía debe partir de la experiencia vital del ser humano en su contexto histórico y personal.
Pensamiento filosófico, razón vital y perspectivismo
Uno de los mayores aportes de Ortega a la filosofía es su idea de la razón vital, que supera las limitaciones de la razón pura kantiana. Según Ortega, la vida no puede ser comprendida únicamente desde un punto de vista lógico o abstracto, pues debe ser entendida como un proceso dinámico y concreto. Cada individuo está situado en un contexto específico («yo soy yo y mi circunstancia»), lo que significa que la existencia humana está inevitablemente condicionada por factores históricos, sociales y personales.
Otra de sus ideas centrales es el perspectivismo. Ortega rechaza la idea de una verdad absoluta y universal, proponiendo en su lugar que cada individuo accede a la realidad desde una perspectiva única. Aunque estas perspectivas son parciales, juntas pueden contribuir a una visión más completa de la verdad.
Vida política e influencia en la sociedad
Ortega fue más que un filósofo, también tuvo un papel importante en la política y el debate público de su tiempo. En 1923 fundó Revista de Occidente, que se convirtió en un vehículo clave para la difusión de ideas europeas modernas en España. A través de esta publicación, presentó a autores como Freud, Heidegger y Husserl a un público hispanohablante.
Ortega participó activamente en el debate público, especialmente durante la Segunda República española (1931-1939), llegando incluso a ser Diputado de las Cortes. Defendió inicialmente el nuevo régimen, pero más tarde expresó su descontento con su desarrollo, criticando tanto a la izquierda como a la derecha. Durante la Guerra Civil Española, Ortega optó por el exilio, viviendo en Francia, Países Bajos, Argentina y Portugal.
Exilio y últimos años
El exilio marcó una etapa difícil en la vida del filósofo madrileño. Aunque continuó escribiendo e impartiendo conferencias, la experiencia de la guerra y la dictadura franquista le alejaron del ámbito político español. En 1945 regresó a España, pero permaneció relativamente alejado de la vida pública.
Durante sus últimos años, Ortega se dedicó a consolidar su legado filosófico y a reflexionar sobre las grandes transformaciones del siglo XX. Murió el 18 de octubre de 1955 en Madrid, dejando tras de sí una obra fundamental que sigue siendo objeto de estudio y debate.
Las siguientes son algunas de las principales obras de Ortega y Gasset no reseñadas anteriormente.
“España invertebrada” (1921)
Ortega y Gasset analiza las causas históricas, sociales y políticas que explican la decadencia de España como nación. Para él, España es una sociedad desarticulada, donde las distintas regiones, grupos y clases no están unidas por un proyecto común. Ortega introduce la metáfora de una nación «invertebrada», donde falta cohesión interna, algo esencial para el progreso.
Ortega identifica la ausencia de una élite verdaderamente dirigente como uno de los principales problemas. En su opinión, la función de esta élite sería guiar a la sociedad hacia metas comunes, pero, en España, la élite ha renunciado a su tarea principal abandonando el país a una suerte que no ha sido favorable.
“Meditaciones del Quijote” (1914)
El filósofo madrileño expone su concepto de razón vital, una de las piedras angulares de su pensamiento filosófico. A través de esta obra, reflexiona sobre la relación entre el individuo y su entorno, resumida en su famosa frase: «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo».
El libro parte de una interpretación de Quijote como un símbolo del idealismo que se enfrenta a la realidad. Ortega utiliza esta figura para explorar cómo los seres humanos deben enfrentar su vida desde su propia perspectiva, situados en un contexto histórico y personal. Para él, la vida no es una abstracción, sino un fenómeno concreto y dinámico que cada persona debe comprender desde su propia circunstancia.
Además, Ortega propone una nueva manera de entender la cultura, como un medio para trascender la mediocridad de la vida cotidiana.
“Ideas sobre la novela” (1925)
El contenido aborda el género literario de la novela como un reflejo de la evolución cultural y social de la humanidad. Considera que la novela moderna, en su esencia, es un arte profundamente subjetivo que nace de la necesidad de expresar la vida tal como la experimenta el individuo.
Ortega distingue entre dos tipos de novelas, las novelas de aventuras, que se centran en la acción y los hechos externos, y las novelas psicológicas, que exploran la interioridad del personaje. En su opinión, la novela moderna se inclina hacia lo psicológico, reflejando la creciente complejidad de la vida contemporánea y la importancia del individuo en la construcción de la realidad.
El filósofo también subraya el papel de la novela como herramienta para explorar las distintas perspectivas que configuran la vida humana, ligando esta forma literaria al perspectivismo.
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