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El texto al que me refiero a continuación, “La función de las ideologías” de Max Horkheimer, fue publicado en castellano por primera vez en 1966, sin embargo, no se trata de un texto independiente, forma parte de “Sociológica”, publicado originalmente en dos volúmenes en 1955 y 1962. La obra íntegra es una recopilación de ensayos de Max Horkheimer y Theodor Adorno.

Un breve apunte previo

Todas las citas en castellano han sido consultadas en la edición original de Taurus de 1966 antes mencionada.
Esta edición la supervisa Jesús Aguirre, personaje polifacético que desempeñó un papel importante en la introducción del pensamiento de la Escuela de Frankfurt en España. Tras estudiar Teología y Filosofía en Múnich, Aguirre entró en contacto directo con las ideas de pensadores como Theodor Adorno, Max Horkheimer, Herbert Marcuse y Jürgen Habermas. Esta corriente filosófica, también conocida como Teoría Crítica, proponía una visión valorativa de la sociedad capitalista, denunciando los mecanismos de alienación, dominación cultural y pérdida de libertad propios de las democracias modernas.
Aguirre encontró en esta filosofía herramientas intelectuales para analizar la realidad española desde una perspectiva más moderna, en un momento en que el país todavía vivía bajo la dictadura franquista y sufría un aislamiento cultural importante.
Como editor en Taurus, Aguirre impulsó la publicación de obras fundamentales de la Escuela de Frankfurt incluyendo “La función de las ideologías”, texto apenas difundido de manera independiente en otros idiomas, a pesar de su carga teórica.

Y una breve introducción

Max Horkheimer, cofundador de la Escuela de Frankfurt, desarrolló a mediados del siglo XX una aguda crítica de la ideología como fenómeno social. En “La función de las ideologías”, Horkheimer examina el papel de las ideologías y su relación con las condiciones materiales e históricas.
Para Horkheimer, el concepto de ideología implica que el pensamiento humano no es “puro” ni autónomo, sino que está condicionado por factores extra-intelectuales, de hecho, señala que bajo la rúbrica de ideología “no se suele pensar en algo independiente, algo que exista en sí mismo, sino en lo intelectual tomado en su dependencia de lo extraintelectual, de lo material”​. En otras palabras, las ideas, creencias y sistemas de valores surgen dependiendo de la realidad social en la que se inscriben, por lo que ninguna ideología puede comprenderse al margen de las fuerzas históricas y materiales que la engendran.
Horkheimer ofrece una breve guía para entender el papel que desempeñan las ideologías como función adaptativa en contextos de crisis o cambio social. En momentos de convulsión, las ideologías actuarían, según Horkheimer, como mecanismos de adaptación, ofreciendo interpretaciones del mundo que ayudan a las sociedades a racionalizar la realidad y a sobrellevar (o explotar) la incertidumbre.

Ideología y crítica*

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Ideología y crítica*

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Ideología y crítica*

Ideología y crítica*

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Desarrollo teórico: Ideología y crítica según Horkheimer

Horkheimer inicia su ensayo aclarando el concepto de ideología y rescatando su sentido crítico original. Observa que, en el uso cotidiano moderno, la palabra “ideología” se ha vuelto difusa y omnipresente –aplicada a casi cualquier sistema de ideas, desde doctrinas políticas hasta visiones del mundo–, incluso “ha formado parte […] del idioma del nacionalsocialismo”. No obstante, pese a esta dilución conceptual, Horkheimer subraya que el término conserva un núcleo teórico contundente: cuestiona la pretensión de que el pensamiento sea algo absoluto e incondicionado​.
El concepto de ideología, incluso en su forma más trivializada, niega la perspectiva idealista según la cual las ideas existen por sí mismas, y nos recuerda que las ideas dependen de contextos sociales, económicos y materiales. En frase de Horkheimer, “el espíritu no es absoluto”​ sino que está históricamente condicionado.

Desarrollo histórico de la ideología

En la reconstrucción histórica de su significado, Horkheimer identifica dos momentos clave en los que el concepto de ideología produjo un impacto filosófico notable. Primero, a finales del siglo XVIII, tras la caída de la monarquía absoluta francesa, la Ilustración perdió su función política transformadora y dio paso al positivismo​. Se reveló entonces que incluso el pensamiento ilustrado más puro (Voltaire, Diderot, etc.) tenía un alma práctica, basada en el interés por ordenar racionalmente el mundo y resistir presiones sociales que habían devenido irracionales​.
Con la victoria revolucionaria y la disolución del Antiguo Régimen, las ideas ilustradas se secularizaron y se convirtieron en doctrinas académicas que examinaban las ideas en función de factores naturales y fisiológicos​. En ese periodo, la ideología pasó a designar explícitamente el estudio de ideas que derivan de las condiciones materiales (tanto corporales como sociales), sentando un precedente científico y político para su uso posterior​.
El segundo gran momento histórico viene de la adopción del concepto de ideología por parte de Karl Marx y Friedrich Engels en el siglo XIX​. Estos pensadores materialistas radicalizaron la noción, la ideología ya no era simplemente la dependencia del pensamiento respecto a procesos naturales, sino la dependencia respecto a la estructura socioeconómica.
Marx y Engels entendieron la ideología como el conjunto de ideas, valores y creencias dominantes en una sociedad, quedando determinada, en última instancia, por las relaciones de producción y la posición de clase.

El juicio de Horkheimer

Horkheimer acepta en gran parte la tesis materialista señalando que, bajo el nombre de ideología, no se alude al pensamiento individual aislado, sino a “la esfera toda de la cultura: política, derecho, Estado, arte y religión”, cuya forma viene condicionada no por la mente de cada persona, sino por “la especie [humana] en las condiciones que prevalecen” en cada época​. Así, la conciencia colectiva de una sociedad –sus valores morales, su visión del mundo, su arte, su religión– refleja la estructura social existente.
La jerarquía social y el desarrollo de las fuerzas productivas moldearían las ideas de cada era: “la jerarquía social, que se configuraría en cada caso de un modo diferente según la clase de medios técnicos de trabajo […] determinaría a fin de cuentas sus ideas de Dios y del mundo, del bien y del mal, de lo bello y lo feo”​.
La ideología sería función de la historia, variando con las transformaciones materiales y justificando el orden social vigente. Cabe destacar que, para Horkheimer y para la Teoría Crítica en términos generales, la función de la filosofía se basa principalmente en criticar las ideologías en tanto que expresiones parciales, muchas veces distorsionadas, de la realidad social. No se trata de rechazar toda idea por estar condicionada, sino de analizar ese condicionamiento y oponerse a las ilusiones perjudiciales que pueda generar.
La filosofía social crítica debe entonces trascender la sociedad​ en lugar de simplemente administrarla. Este proyecto entronca con la misión de la Escuela de Frankfurt de desenmascarar la “falsa conciencia”, es decir, las ideologías hegemónicas que ocultan las contradicciones de la sociedad y presentan un orden injusto, como si fuera algo natural o necesario​.
En el texto que analizamos, el propio Horkheimer explica que la teoría social auténtica conlleva una intención que “no ceja contra los tiempos y está escrita con caracteres sociales”, manteniendo vivo el impulso de resistencia frente al engaño.

La ideología y su función adaptativa en tiempos de crisis

Horkheimer vivió las grandes crisis del siglo XX, incluyendo la Primera Guerra Mundial, la Gran Depresión, el ascenso del fascismo, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, sus análisis están marcados por estas experiencias. En “La función de las ideologías”, describe cómo las crisis históricas transforman y ponen a prueba las ideologías existentes, a la vez que generan nuevas formas ideológicas para lidiar con cada circunstancia.
Horkheimer afirma que la fe en el progreso armonioso de la sociedad liberal burguesa quedó hecha añicos por las catástrofes de la primera mitad del siglo XX: “la armonía liberal quedó liquidada en crisis y guerras como una ilusión”, y con ella “se fueron desvaneciendo […] las expectativas de un paso a un orden en que las contradicciones colectivas quedasen suspendidas”​. Las promesas de la Ilustración liberal –razón, libertad, bienestar general creciente– fueron desmentidas por la realidad de las guerras mundiales y la inestabilidad económica. La idea de que la humanidad avanzaba linealmente hacia un orden cada vez más perfecto se tornó insostenible.
En su lugar, emergió un mundo convulso: “La economía de los países adelantados, desencadenada, seguía […] dando origen […] a luchas sin fin. [Este] proceso ha conducido a los armamentos y a las alianzas, y finalmente a las guerras mundiales”​.
Las crisis generalizadas socavaron la vieja ideología liberal y abrieron paso a nuevas racionalizaciones ideológicas para explicar y afrontar el desorden. Frente a esta situación, las ideologías cumplieron una función adaptativa crucial, tanto para mantener la cohesión social en medio de la tormenta, como para canalizar las fuerzas de cambio, entonces, la producción de ideas se aceleró y se puso al servicio de la supervivencia del sistema.

Consecuencias inmediatas más allá de la economía

Horkheimer observa que, desde el momento en que la sociedad liberal pasó a “conducir y administrar” activamente la vida económica para evitar su colapso, también “las autoridades de la sociedad han tomado a su servicio incluso el pensamiento que se ocupa de esta”​. Esto significa que el saber social queda cooptado por los dirigentes para gestionar la crisis y preservar el orden.
En lugar de permitir que el pensamiento crítico desarrolle su labor frente al sistema, se exigió que dicho pensamiento se orientara a “la administración, el progreso y el orden”​. La ideología dominante pasó a exaltar el orden sobre la crítica radical, la prioridad era estabilizar la sociedad, no realizar “la fe original” de los ideales ilustrados, basados en la libertad y en la igualdad plenaria​. En épocas de peligro, la función de muchas ideologías (especialmente las oficiales) es justificar la obediencia y adaptar las expectativas de la población a las realidades, antes que alimentar esperanzas utópicas de transformación inmediata.
No sirva esta idea como fundamento de designios lunáticos que, especialmente desde 2020, agrupamos como negacionistas.

El Crack del 29 como prototipo

Un evidente ejemplo histórico de esta función adaptativa es la forma en que, tras la Gran Depresión de 1929, numerosas sociedades abrazaron ideologías nacionalistas para salir adelante.
En los países más capitalistas se combinó la expansión del consumo interno con el gasto militar (producción para la “destrucción”) a fin de reactivar la economía​. Esa estrategia –que más tarde se afianzaría en la posguerra con el Estado de Bienestar y el pacto fordista– venía acompañada de un discurso ideológico legitimador: la promesa de prosperidad a través de la industria, la idea de un mundo libre en lucha contra amenazas externas, etc. Mientras tanto, en otras latitudes, la irrupción de proyectos totalitarios ofrecía orden y seguridad a sociedades devastadas por la crisis.
Horkheimer señala con preocupación que, en aquellos años, “en lugar de decisiones libres de hombres […] plenamente desarrollados, se adelantan camarillas totalitarias y espectros de terror”, cuya fuerza proviene tanto del trastorno social, como del apoyo de poderosas élites atemorizadas​. Esas “camarillas totalitarias” describen perfectamente los regímenes fascistas de Europa, que capitalizaron el descontento popular y el miedo de las clases dominantes ante posibles revoluciones. La ideología fascista cumplió una doble función adaptativa: para las masas empobrecidas fue un relato simplificador y movilizador (nacionalismo extremo, exaltación del líder, xenofobia contra chivos expiatorios) que ofrecía identidad; para las élites amenazadas por la agitación social, fue un dique de contención que garantizó la continuidad del sistema capitalista bajo una forma autoritaria.
Horkheimer identifica estas dinámicas mostrando que tales ideologías no buscan, realmente, resolver las contradicciones de fondo, sino readaptar la sociedad: “el engaño de que el mantenerse a salvo de crisis merced a la manipulación y a la espiral inflacionista coincida con el crecimiento de lo humano”​.

La ideología capitalista y la contrapartida socialista

En la última frase de la sección anterior, Horkheimer apunta al posible centro de la ideología del capitalismo tardío, la creencia de que con simples ajustes técnicos (inyectar dinero, estimular el consumo, manipular la economía) se puede evitar el colapso y, a la vez, progresar humanamente.
Horkheimer lo trata de “engaño”, esas medidas pueden aplazar o suavizar las crisis económicas, pero no equivalen a un desarrollo auténtico de la humanidad, ni a la superación de las injusticias estructurales. Del mismo modo, critica “la grosera mentira según la cual la violenta industrialización de Oriente […] sea simplemente el socialismo”​, esta afirmación se refiere a la propaganda ideológica socialista que presentaba el rápido desarrollo industrial como la realización del ideal socialista, cuando en realidad estaba muy lejos de la emancipación humana que el socialismo prometía.
En ambos casos –tanto en el capitalismo occidental como en el socialismo práctico– Horkheimer ve ideologías adaptativas que, en contextos de tensión histórica, ofrecen racionalizaciones tranquilizadoras, pero que encubren graves costes humanos y éticos.

La acción de la Teoría Crítica

La tarea de la Teoría Crítica será desenmascarar estos relatos complacientes, para confrontar a la sociedad con su situación real. De nuevo cabe resaltar que Horkheimer no sostiene que toda ideología sea engañosa o negativa, en situaciones de crisis también pueden surgir ideologías emancipadoras, ideas críticas que impulsen cambios que asienten una mejora social sólida.
Él mismo reconoce que cuando la razón teórica ilumina la realidad de un peligro, –por ejemplo, en una situación utópica en la que “el conjunto de la humanidad está al borde de quedar apresado por sistemas totalitarios, menospreciadores del hombre”– es posible obtener una ventaja, pero, en la mayoría de las situaciones, habrá que vencer la resistencia social impuesta por la ideología dominante​.
Las ideas de libertad, justicia e igualdad, ligadas a la tradición ilustrada y democrática, pueden servir de sustento ideológico a la rebelión contra la opresión. Horkheimer señala que la resistencia individual frente a la tiranía a menudo se deriva “de ciertas ideas –o se refuerza gracias a ellas–, especialmente en el caso de ideas que estén ligadas tradicionalmente al progreso de la humanidad y sus instituciones”​, por tanto, conceptos como dignidad humana, derechos inalienables o solidaridad pueden cobrar nueva vida en tiempos oscuros para motivar una mejora social.
En definitiva, la función adaptativa de la ideología no sería unívoca, pudiendo servir tanto para afianzar el statu quo ante la crisis, como para articular proyectos de cambio que ofrezcan transformaciones profundas. La diferencia radica en los intereses que representan las ideologías, de dominación o emancipación, y en si racionalizan la circunstancia presente o plantean una superación.

La aplicación de la Teoría Crítica en el contexto actual

Partir de una doctrina casi centenaria y ampliamente popular para evaluar situaciones vigentes es, al menos, resbaladizo, pero Horkheimer nos ofrece en su análisis algunas claves que podemos tener en cuenta en el contexto actual.
Las sociedades capitalistas presentes se enfrentan a nuevas crisis y cambios vertiginosos, algunos tan acuciantes como el colapso ecológico o las pandemias, que se suman a los flujos migratorios masivos, las crisis económicas periódicas y una desigualdad creciente. Frente a estas condiciones, proliferan ideologías adaptativas.

El discurso ideológico contemporáneo

Persiste, en términos generales, una ideología dominante clásica neoliberal que busca tranquilizar a la ciudadanía asegurando que, con ajustes técnicos y fe en el mercado, las crisis se controlarán y el progreso continuará. A partir del discurso de la “no alternativa”, se dota de racionalidad a decisiones que ocultan motivaciones basadas en soluciones inmediatas, a consecuencia de acrecentar las crisis futuras.
Los grandes medios de comunicación, ya activos durante el desarrollo de la Teoría Crítica, y los discursos oficiales, enmascararían la realidad para impedir una crítica estructural. La consecuencia es una ciudadanía confundida o resignada, en la que la atomización individualista y el consumismo debilitan la capacidad colectiva.
Por otro lado, y de manera más inquietante, es posible que haya cobrado fuerza a nivel global una ideología reaccionaria que, aunque se presenta como alternativa contestataria, opera también como mecanismo de adaptación (y defensa) hacia las crisis del capitalismo actual.
El auge y desarrollo de movimientos de extrema derecha no es contemporáneo, se basa en principios clásicos que se apoyan en nacionalismos xenófobos, populismos y fundamentalismos tradicionalistas. En sociedades sacudidas por la inseguridad económica y el cambio social impredecible, tales movimientos ofrecen explicaciones que parecen responder al planteamiento de Horkheimer, sin embargo, el discurso está vacío de crítica, se trata de un mecanismo ineficaz que desvía la ansiedad popular hacia objetivos falsos.
La ideología ultra-conservadora, con su retórica de cambio drástico, en realidad tiende a fosilizar la sociedad en jerarquías rígidas, conservando la mayor parte de la estructura existente, de ahí que se le permita ejercer un discurso crítico libre en el entorno neoliberal.
Aplicando la teoría de Horkheimer, los discursos de ultraderecha serían dominantes y su fin sería racionalizar unas circunstancias absolutamente asentadas.

Una última idea

Es tan manifiesta la tensión entre la realidad y la idea, entre la organización del mundo y cómo éste debería ser, que el lenguaje que quiera especificarla sólo subrayará su propia superfluidad.” Es posible que esta frase de “La función de las ideologías” resuma, en gran parte, el sentido básico del texto de Horkheimer.
Los marcos antinaturales en los que nos movemos son tan evidentes que ni siquiera el lenguaje puede acertar a describir la injusticia que imponen. En esta idea queda patente la diferencia entre lo racional y lo que debe ser racionalizado; entre lo que, según el filósofo alemán, se autojustifica, y la capacidad de las ideologías para racionalizar algo que es antiético, antinatural, irracional.

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Max Horkheimer

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Max Horkheimer, biografía y obras escogidas

Max Horkheimer nació el 14 de febrero de 1895 en Stuttgart, Alemania, en el seno de una familia acomodada de origen judío. Su padre, Moritz Horkheimer, era un exitoso empresario textil que esperaba que Max le sucediera en la dirección del negocio familiar, desde joven, sin embargo, Horkheimer mostró más interés por la filosofía, la literatura y la música que por el mundo empresarial. Estudió en una escuela secundaria humanista, pero abandonó la educación formal en 1911 para trabajar durante un tiempo en la fábrica de su padre, lo cual le permitió conocer de cerca la estructura jerárquica del trabajo industrial.
Durante la Primera Guerra Mundial, fue llamado al servicio militar en 1917, aunque su participación fue breve debido a problemas de salud. Esta experiencia marcó profundamente su visión del mundo. Al terminar la guerra, decidió retomar su educación formal con mayor compromiso.
En 1919, ingresó en la Universidad de Múnich y luego en la de Frankfurt, donde estudió filosofía y psicología. Allí conoció a importantes figuras académicas que influirían en su desarrollo intelectual.

Carrera académica y el Instituto de Investigación Social (1920–1933)

Durante la década de 1920, Horkheimer aumentó su relevancia en el ámbito académico. En 1925 se doctoró en filosofía con una tesis sobre Kant y Schopenhauer. En esos años entabló relaciones clave con otros pensadores que más tarde formarían parte de la llamada Escuela de Frankfurt. En 1930 fue nombrado director del Instituto de Investigación Social (Institut für Sozialforschung), una institución que se convirtió en el núcleo del pensamiento crítico marxista en Alemania.
Desde su puesto como director, Horkheimer promovió una visión interdisciplinaria que combinaba filosofía, sociología, economía y psicoanálisis. Reunió a pensadores como Theodor Adorno, Erich Fromm y Herbert Marcuse, con quienes compartía una preocupación común por entender las transformaciones sociales de su tiempo. El ascenso del nazismo en 1933 forzó el cierre del Instituto en Alemania, obligando a Horkheimer y sus colegas a emigrar.

Exilio, retorno y últimos años (1933–1973)

Con la llegada de Hitler al poder, Horkheimer se trasladó primero a Ginebra y luego a París, antes de establecerse definitivamente en Estados Unidos en 1934. Allí reabrió el Instituto de Investigación Social en la Universidad de Columbia, Nueva York. Durante su exilio, mantuvo una activa vida intelectual y continuó su colaboración con Adorno. A pesar de estar lejos de su país, siguió reflexionando sobre los orígenes del autoritarismo y el destino de la razón en la sociedad moderna.
En 1949, tras la caída del nazismo, Horkheimer regresó a Frankfurt y reanudó su labor como director del Instituto. Fue también rector de la Universidad de Frankfurt durante un breve período. Se retiró oficialmente en la década de 1960 y falleció el 7 de julio de 1973 en Núremberg.
Las siguientes son algunas de sus obras más influyentes.

“Teoría tradicional y Teoría Crítica” (1937)

En este ensayo, Horkheimer traza una distinción central entre dos formas de entender el conocimiento: la teoría tradicional -propia de las ciencias naturales, que busca describir el mundo objetivamente- y la Teoría Crítica -que se propone transformar la realidad social-. Para el filósofo alemán, el conocimiento no es neutral: siempre está situado dentro de relaciones de poder. La Teoría Crítica, por tanto, no se limita a analizar el mundo tal como es, sino que busca desvelar las estructuras de dominación y fomentar la emancipación humana. Esta obra es clave porque sienta las bases metodológicas y filosóficas de la Escuela de Frankfurt.

“Dialéctica de la Ilustración” (1947)

Escrita junto a Theodor W. Adorno, esta obra monumental reflexiona sobre cómo la Ilustración, nacida para liberar al ser humano mediante la razón, terminó por convertirse en una forma de dominación. Ambos autores denuncian que la razón instrumental —aquella centrada en la utilidad, la eficiencia y el control— ha conducido a nuevas formas de opresión como el totalitarismo y el consumismo. Uno de los capítulos más famosos es el que analiza la industria cultural, mostrando cómo el entretenimiento se convierte en un mecanismo de conformismo.

“Crítica de la razón instrumental” (1947)

Publicada el mismo año que “Dialéctica de la Ilustración”, Horkheimer reduce el pensamiento a mera herramienta para alcanzar fines, sin preguntarse por el valor o la justicia de esos fines. En lugar de promover el pensamiento autónomo y ético, la razón se pliega a los intereses del poder y la eficiencia. Esta crítica no rechaza la razón en sí, sino su uso limitado y deshumanizante en las sociedades modernas.

 

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