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Comienzo el ciclo “Intersección entre la crítica cultural y la materialidad de lo ordinario”. Mi propósito será determinar el espacio de la crítica en un panorama saturado, en el que las ubicaciones de privilegio han desaparecido y la crítica clásica debe emplear tácticas que le son ajenas.

La ubicación de la crítica clásica

La crítica ha ocupado una posición central en el desarrollo del pensamiento estético, mediante una serie de marcos conceptuales con los que aún se analizan las manifestaciones culturales.
Desde que Aristóteles estableciera un canon lírico en “Poética” (c. 335 a.c.), el desarrollo de la crítica ha caminado en paralelo al del pensamiento, definiendo las bases de lo que supone el logro cultural. Su ocupación ha sido, por tanto, la de canonizar formas y estilos, estableciendo criterios de armonía, verosimilitud y proporción, que han guiado la producción artística durante siglos.
Más allá de los vaivenes propios de la evolución del pensamiento, la crítica se ha mantenido incólume desde el origen de la perspectiva griega, incluso cuando se ha vuelto hacia sí misma como objeto de estudio.

La visión desde la atalaya

Recurriendo a la imagen aristotélica de elevación como lugar desde donde se contempla y aprehende la razón, la crítica puede entenderse como una atalaya, desde esta posición de autoridad, la crítica se convierte en un instrumento de legitimación que ordena el canon y determina qué obras merecen reconocimiento dentro de la tradición cultural.
A diferencia de la crítica clásica, centrada en la mímesis y en la armonía formal, la crítica moderna surge en la Ilustración como un ejercicio racional que busca definir criterios universales para el juicio estético. El origen de la crítica actual se encuentra en figuras como Denis Diderot y Samuel Johnson, quienes sentaron las bases de un análisis literario reflexivo y sistemático, no basado exclusivamente en la mímesis, como propugnaba la crítica anterior.
Diderot, en sus “Salones” (1759-1781), inauguró la crítica del arte tal como la entendemos hoy, combinando observación estética y análisis filosófico. Johnson, por su parte, consolidó la crítica literaria en “Vidas de los poetas” (1779-1781), evaluando la obra de grandes escritores con evidente profundidad psicológica. A estos se suman Edmund Burke, quien introdujo la noción de lo sublime, y Gotthold Ephraim Lessing que, en “Laocoonte” (1766), reformuló la relación entre las artes plásticas y la reflexión.
Estos pensadores dieron forma a una crítica que no solo describe o juzga, sino que construye un discurso que influye en la percepción del arte. Al definir valores estéticos y establecer categorías interpretativas, la crítica moderna actúa como un filtro desde el cual se organiza el pensamiento cultural, marcando las pautas con las que se han analizado las obras hasta nuestros días.

La protección del bastión

Manteniendo la metáfora de la atalaya desde la que trabaja el crítico, la perspectiva privilegiada de la que se valieron los analistas de la Ilustración se conservó largo tiempo sin que sus cimientos se pusieran en cuestión. La crítica ilustrada se sostuvo sobre varios factores que actuaban como divisa ante potenciales arremetidas.
Por una parte, la crítica se justificó a sí misma. Antes del violento metaanálisis del XX, encabezado por la Escuela de Frankfurt y el Postestructuralismo, la crítica clásica ya se tenía como objeto con dos fines: ubicar nuevos espacios de análisis y crear una justificación que mantuviera su privilegiada posición.
El trabajo subyacente de la crítica hacia sí misma provocaba que sus objetos no formularan un cuestionamiento manifiesto hacia su existencia. Han sido muchos los creadores que han atacado el contenido crítico, pensemos en el paralelismo que estableció Nietzsche entre el mosquito y el crítico, cuya sed de sangre sería similar, sin embargo, la cultura ha acogido habitualmente al crítico como árbitro más o menos necesario para el refinamiento cultural.
A la racionalización de la propia labor del crítico, y a la aceptación si no de sus juicios, sí al menos de su existencia por parte del resto de la esfera intelectual, hay que sumar la absoluta indolencia del consumidor hacia el trabajo del crítico. Estas cuestiones son las que han protegido su posición privilegiada.

La conversión de la opinión en código

La prerrogativa del crítico era su capacidad para trocar opinión en código, es decir, la mirada subjetiva se hacía ley si esta se sustentaba en otras subjetividades también facultadas.
La autorización de la que disponía el crítico no solo tenía un fin metaobjetivado, además suponía una guía material y espiritual para quien afrontaba un proceso creativo. La posibilidad de partir desde una serie de códigos culturales comunes, lo que se ha llamado tradicionalmente canon, supone para el creador un camino desbrozado que puede recorrer con cierta seguridad, explorando nuevas vías si así lo desea, que serán a su vez juzgadas para que otros puedan también seguirlas.

La construcción del canon

Las constantes aportaciones de la crítica forman el canon al que acabamos de referirnos. El canon es mucho más que “El canon occidental” de Harold Bloom (1994), se trata de un acervo inabarcable, que nos permite explicarnos y comprendernos más allá del resultado material de la expresión cultural. Disponer de un canon tamizado por la crítica supone esgrimir un plano estético que nos define en multitud de direcciones.

La asimilación del canon

El artista crea, el crítico juzga y gesta un subproducto que es asimilado tanto por los creadores en un movimiento bidireccional, como por personas ajenas a la producción cultural.
Los primeros suelen estar de acuerdo con el producto crítico cuando es tomado en conjunto, y suelen ser escépticos, cuando no hostiles, ante el dictamen individual. En cualquier caso, la síntesis interesante es la que produce el creador desde el conjunto de la crítica, para reinterpretar tanto su propio tiempo como las expresiones culturales anteriores, extraídas estas del canon.
Respecto al consumidor, habitualmente ha creído en el canon como una pontificación surgida más o menos espontáneamente, que debía si no respetarse, sí al menos permanecer ignorada. Independientemente de la experiencia del consumidor respecto a la obra, lo que prevalecía era el juicio del canon.

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La estética como criterio

El concepto griego κριτήριον (kritérion) significa «norma de juicio», «pauta». En origen, se deriva de κρίνω (krínō), que significa «juzgar», «distinguir», de este vocablo surge la palabra “criterio”.
También la palabra «crítico», que proviene del griego κριτικός (kritikós), se deriva de κρίνω (krínō). En la antigua Grecia, κριτικός se refería a quien tenía la capacidad de analizar y evaluar con criterio.
El término κριτήριον (kritérion) fue utilizado en la filosofía griega, especialmente por Platón y Aristóteles, para referirse a los fundamentos que permiten distinguir lo verdadero de lo falso, lo bello de lo feo o lo justo de lo injusto. Posteriormente, los filósofos escépticos y los estoicos se plantearon la cuestión del criterio de la verdad (κριτήριον τῆς ἀληθείας / kritérion tēs alētheías) como centro del debate epistemológico.
Uno de los signos que otorgan criterio es la forma en la que se expresa el juicio.

La forma de la crítica

La crítica no se define únicamente por el contenido de sus juicios, forzosamente mutables, sino por la forma y la expresión con las que estos se articulan. El contenido de la crítica es, por naturaleza, voluble, ya que depende del contexto, de las sensibilidades de la época y de las tendencias culturales en constante cambio, sin embargo, la manera en la que un crítico formula sus ideas determina, en muchos casos, su impacto y reconocimiento. La crítica no solo transmite ideas, sino que las modela a través del estilo, la estructura y la retórica, otorgándoles un peso intelectual que trasciende la mera opinión.
Es precisamente en la forma donde reside gran parte de la distinción del crítico. Un pensamiento sin un lenguaje preciso y una expresión cuidada pierde su capacidad de persuasión y se diluye en la banalidad. La crítica se eleva cuando emplea un lenguaje claro, evocador o incluso provocador, estableciendo un tono que no solo informa, sino que también seduce y desafía al receptor.
La forma no es un simple vehículo del pensamiento, sino un elemento constitutivo del acto crítico en sí, igual que en el arte es de una importancia superior a la que tiene el contenido. Para crear el arco estético que define el canon es imprescindible que el crítico adopte también un código estético que acompañe al juicio.

La medida estética

La estética no solo es, por tanto, el objeto de la crítica, sino también una medida para juzgar su propia labor. La crítica no puede limitarse a una evaluación fría y técnica, debe poseer además una forma que se adecúe al código crítico, pues un juicio pobremente expresado se reduce a una opinión sin distinción. La forma de la crítica no es un simple accesorio, sino un criterio esencial para valorar su validez e impacto.
Más allá del estilo, la conclusión de una crítica debe también ajustarse al criterio estético del canon. No se trata de seguir invariablemente la dirección del canon, de ser así, las vanguardias artísticas de principios del siglo XX nunca habrían sido canonizadas, lo que debe buscar el análisis cultural son nuevas manifestaciones que contengan una belleza intrínseca que, a su vez, sea correctamente expresada.
El concepto de belleza debe tomarse aquí con sentido de verdad, no como capacidad para agradar al ojo.

Lo sublime como aspiración absoluta

El concepto de lo sublime ha sido tradicionalmente asociado a la estética, atribuyéndolo a una manifestación que va más allá del goce contemplativo para llegar a abarcar lo filosófico, lo emocional y lo experiencial. Immanuel Kant establece una sublimación que no se refiere solo a la belleza, sino a aquello que sobrepasa nuestra capacidad. En sus ensayos publicados bajo el título “Observaciones sobre lo bello y lo sublime” (1764), el filósofo alemán distingue lo bello, lo que es capaz de proveer armonía y placer, de lo sublime, asociado a lo grandioso e ilimitado, aquello que desafía nuestra razón y genera una experiencia intelectual y emocional especialmente intensa.
Edmund Burke, en “Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y de lo bello” (1757), enfatiza el impacto emocional de lo sublime. Para Burke, lo sublime está vinculado al miedo y a lo que despierta una sensación de peligro sin ser realmente amenazante. Mientras la belleza genera placer, lo sublime nos provoca una emoción intensa, casi paralizante, por su grandeza y poder.
Filósofos contemporáneos también han evaluado lo sublime en relación con las manifestaciones postmodernas. Jean-François Lyotard nos legó una serie de ideas muy interesantes que parten del concepto kantiano de sublimidad, trasladado a una fenomenología cotidiana.
Potencialmente, lo sublime sería el objetivo de una obra artística, literaria, filosófica o musical, la persona capaz de crear buscará que el receptor se pliegue ante la magnificencia de su obra, algo complicado en extremo. El crítico deberá poseer la integridad suficiente como para reconocer lo sublime y ser capaz de expresarlo mediante el código propio de la crítica.

La metacrítica como elipsis y adecuación

La edificación del canon a partir de un criterio determinado había permanecido más o menos invariable desde la Grecia clásica hasta los primeros Ilustrados, a finales del siglo XVIII el análisis cultural de intensifica, creando nuevas expresiones antes obviadas que, desde entonces, se integran en las categorías de la consideración crítica, baste la novela como ejemplo.
Con el siglo XX se impone una nueva perspectiva, la crítica crea una ultraconciencia de sí misma que se plantea tanto su labor, como sus fundamentos desde múltiples facetas.

Postestructuralistas y Escuela de Frankfurt

La Escuela de Frankfurt y el Posestructuralismo marcaron un punto de inflexión en la crítica, al convertirla en un ejercicio de autocuestionamiento constante. Previamente, la crítica operaba bajo la premisa de que podía emitir juicios objetivos sobre la cultura, el arte y la sociedad, pensadores como Adorno, Horkheimer y Marcuse desmantelaron esta idea al señalar que toda crítica estaba inscrita en estructuras ideológicas y económicas que limitaban su capacidad para ser neutral. En su análisis de la industria cultural, argumentaron que la crítica podía ser cooptada por el sistema capitalista, funcionando más como un mecanismo de legitimación que como un espacio de resistencia.
El Postestructuralismo, encabezado por Michel Foucault, Jacques Derrida y Roland Barthes, llevó la autoconciencia crítica aún más lejos al cuestionar los fundamentos epistemológicos de la crítica misma. Derrida, mediante la teoría de la deconstrucción, mostró que los textos no tienen significados fijos y que cualquier intento crítico de interpretarlos está atrapado en un sistema arbitrario de signos. Foucault, por su parte, problematizó el papel de la crítica como productora de verdades, estableciendo que el conocimiento es inseparable de las relaciones de poder.
Ambas corrientes transformaron la crítica en un proceso de metacrítica, donde el acto de analizar se somete a su propio escrutinio.

Las consecuencias del metaanálisis del siglo XX

El mínimo resumen anterior es suficiente para vislumbrar el origen de una nueva estética de la crítica, en la que el objeto artístico y la forma quedan en un segundo plano, alzándose la propia crítica como objeto principal. Lo que se produce es una elipsis forzosamente temporal, durante la cual el canon queda en cuarentena hasta que el metaanálisis de la crítica aporte unas conclusiones suficientes.
El objetivo de los teóricos anteriormente citados fue adecuar la crítica a los nuevos paradigmas que surgen de la capacidad acaparadora del último capitalismo, de la influencia del poder como concepto general (relacionado con la idea anterior) y, en última instancia, de la imposibilidad de objetivar un conjunto estable de leyes críticas.
A pesar de la influencia de las teorías alemanas y francesas, la crítica mantuvo su carácter arbitral hasta el cambio de milenio, sin que realmente existiera un desafío lo suficientemente poderoso como para despojarle de criterio.

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El canon de lo viral

A partir del cambio de milenio, lo que conocemos como crítica en el sentido más amplio sufre una serie de variaciones obligadas por el mercado y la tecnología, la viralidad constata ahora parte de lo que anteriormente derivaba del criterio del crítico especializado.

La cultura cuantitativa

Lo viral ha transformado radicalmente la manera en la que se construye la cultura común en el siglo XXI, desplazando en ocasiones a la crítica clásica como principal autoridad en la legitimación del arte, la literatura y la cultura en general. El fenómeno de la viralidad ha descentralizado el proceso crítico, permitiendo que el público masivo tenga un rol activo en la consagración cultural, el éxito de una obra ya no depende exclusivamente de la validación de expertos, sino de su capacidad de circular rápidamente, generar interacciones y convertirse en tendencia. Lo viral ha sustituido la evaluación crítica por métricas, lo que ha llevado a que el impacto cuantitativo determine, cada vez más, lo que es considerado relevante.
El algoritmo de los principales contenedores sociales filtra y amplifica ciertos contenidos de acuerdo con patrones de consumo y preferencias colectivas, estas plataformas han convertido la viralidad en el nuevo criterio de legitimación, donde lo que se impone es lo que genera una respuesta emocional inmediata y es susceptible de ser replicado.
Este cambio ha permitido una democratización del consumo cultural, incluso del producto completamente desligado de la cultura popular, propiciando una lógica donde lo efímero prima sobre la reflexión.
A diferencia del canon tradicional, sustentado en la perdurabilidad, el canon viral se rige por una lógica de reemplazo constante. Las tendencias algorítmicas surgen y desaparecen con rapidez, lo que genera un archivo compartido más dinámico pero menos estable, que cuestiona la adecuación de “canon” como concepto aplicable a una nueva cultura inmediata.
Estos juicios fragmentan la construcción cultural, dando como resultado comunidades capaces de crear sus propios referentes sin necesidad de una validación superior. Lo que para un sector es fundamental, puede ser completamente irrelevante para otro, haciendo que el nuevo canon sea ahora un mosaico de microculturas, más que una estructura unificada.
El cambio ha generado una crisis en la crítica tradicional, que lucha por mantener su relevancia en un entorno donde la opinión colectiva se impone sobre el juicio individual del experto. Los críticos se ven obligados a participar en dinámicas de lo viral, a través de plataformas digitales que obligan a adaptar discursos para competir con la inmediatez de los contenidos que dominan la cultura. El análisis crítico es ahora una voz más dentro del ruido digital, dominado por la cantidad.

Lo antiestético en el análisis viral

Si la crítica clásica se define por establecer lo estético a partir de lo estético, el canon viral ignora esta condición, cuando no la rechaza abiertamente.
En relación al contenido, el canon viral no se tiene a sí mismo en cuenta debido a que no dispone de tiempo, además, este constructo se desvanece constantemente. La belleza que persigue el canon clásico se constata con las formas anteriormente dadas, para el canon viral la obra es suficiente por sí misma, no tiene necesidad de contraste con manifestaciones anteriores.
De esta incapacidad parte la imposibilidad de establecer una crítica comparativa originada en lo viral más allá de lo superficial. Una manifestación viralizada toma un criterio cuantitativo, una vez llegado a los criterios de cantidad popularmente aceptados, la obra se convierte en canónica y, a la vez, se retira para dar paso a otras. El canon viral no reserva su contenido para establecer comparaciones, porque no lo necesita.
Una de las consecuencias de la simplificación del canon viral es que no será posible desarrollar un criterio estético real, mucho menos llegar a lo sublime tal y como lo expresa la élite crítica tradicional. Lo que obtiene el público viralizado es una sucesión de impactos infinitos que no producen una imagen estética mayor, ni siquiera sostienen una estructura mínimamente estable, debido a su transitoriedad.

El yo como poseedor de la verdad y el desprecio al canon

Apuntamos anteriormente que la crítica clásica creaba una pantalla defensiva mediante un autoanálisis cuya profundidad ha variado sensiblemente a lo largo de diferentes etapas teóricas, pero además, su posición era respetada por quienes la consideraban necesaria o la obviaban.
El canon viral adopta una postura diferente, la teoría viral trata de desbaratar el anterior canon para su propia culminación.

El desgaste del canon clásico

El discurso viral deteriora el canon clásico desafiando sus estructuras y principios estéticos tradicionales. El proceso tiende a fragmentar el canon, reduciéndolo a elementos fácilmente reconocibles y transformables, permitiendo que sea parodiado o descontextualizado, para generar impacto momentáneo en audiencias masivas. Una imagen antes considerada exclusiva puede ser ahora parte del consumo popular, perdiendo en el proceso gran parte de su significado y complejidad.
En realidad, lo viral no busca destruir el canon, sino utilizarlo para su propio beneficio. La viralidad se apoya en referencias reconocibles para asegurar su éxito, reciclando y reconfigurando elementos clásicos para atraer atención y generar participación. Al hacerlo, vulgariza la cultura clásica, resignificándola mediante simplificaciones.

Mi decisión como absoluto

La principal piqueta del canon viral sobre el canon clásico es la primacía del yo. La cultura la han construido tanto creadores como críticos, estos últimos han actuado en espacios confinados, no amenazados, esos vértices parecen ser ahora mucho más estrechos y han sido silenciados por el poder de la opinión propia.
La cultura viral ha convertido la opinión en un producto de consumo inmediato, cualquier persona puede emitir juicios sin necesidad de conocimiento, reflexión o análisis. Lo que importa no es la validez del argumento, sino su capacidad de generar reacciones, esta dinámica incentiva un discurso basado en la impulsividad y la emoción, donde la verdad y el criterio quedan relegados a un segundo plano, frente a lo que resulta más llamativo, polémico, o lo que simplemente opina el sujeto.
Lo viral no exige fundamento ni rigor. La formación y la experiencia han sido requisitos para que una opinión tuviera peso, hoy, las opiniones sin respaldo tienen el mismo alcance si son capaces de generar una relevancia suficiente. Además, una vez alcanzada la exigencia cuantitativa, la voz puede volverse hacia el canon clásico para despreciarlo y desgastar su criterio ante el público viralizado.

¿Está el canon clásico en peligro?

No, el canon cultural no tiene nada que temer ante lo viral. En el desarrollo de este texto he hecho referencia a dos cánones, uno clásico y otro viral, sin embargo, distinguir ambas construcciones asimilándolas es un error.
Anteriormente había cuestionado la idoneidad de referirme a la cultura viral con el concepto de canon, efectivamente, no podemos hablar de un canon referido a la amplísima cultura derivada de lo viral.
El siglo XX comienza con un ataque furibundo hacia los estándares del canon, sin embargo, este resiste. A pesar del trabajo deconstructivo constante de Derrida, las hijas de Lear siguen constituyendo un discurso autorizado que debe seguir siéndolo, a pesar de que aceptamos que su influencia pueda provenir de un constructo logocéntrico, tal y como lo expresa Derrida, o eurocéntrico, tal y como lo expresa la teoría revisionista actual.
La cultura viral ni es canónica ni forma una estructura. La inmediatez de sus partes provoca su constante colapso, un derrumbamiento que permanece invisible debido a los fragmentos que se adhieren sin cesar a un centro que, en realidad, no existe. Así, la cultura viral no sería una construcción vertical, sino un espacio centrífugo siempre en veloz movimiento, en el que no podemos distinguir unos compuestos excéntricos que son absorbidos y expulsados de forma constante. El tambor viral se ha puesto en movimiento y parece que no va a cesar en mucho tiempo, pero comparar su grisáceo contenido con las brillantes ventanas del canon es abusivo.

El crítico y lo viral

El canon puede mantenerse, pero ¿será posible renovarlo si los críticos no encuentran una ubicación adecuada? El planteamiento dicotómico al que se enfrenta el crítico actual parece resumirse en la propuesta de Umberto Eco: solo es posible integrarse en lo viral o aceptar una situación apocalíptica que borra todo rastro de una opinión que, en otras circunstancias, habría sido significativa.
En base a esta propuesta, lo viral no serviría como canon, pero sí como un nuevo campo para el desarrollo del discurso crítico. Trataré de resolver esta cuestión en “El fin del crítico como árbitro cultural: Fragmentación del discurso”. Además, evalúo la posibilidad de una crítica desde más allá del contexto general en “Crítica líquida, opinar sin contexto” y la posición del sujeto en el juicio cultural actual derivado de la autoficción en “Hipersubjetividad, la autoficción como crítica”.

 

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