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El sueño americano constituye uno de los grandes relatos fundacionales de Estados Unidos. La literatura norteamericana del siglo XX ha reforzado el mito, pero también ha señalado sus contradicciones, mostrando cómo las estructuras sociales, económicas y culturales lo lastran.
En 1949, Arthur Miller estrenó “Muerte de un viajante”, pieza que exponía con crudeza el reverso del sueño. Su protagonista, Willy Loman, es un vendedor común que se aferra a un ideal imposible y termina destruido por el mismo sistema que lo impulsaba. Miller convirtió la tragedia del hombre corriente en un espejo de la frustración colectiva.
Coincidiendo con las celebraciones del milenio, Philip Roth concluyó su “Trilogía americana” [«Pastoral americana» (1997), «Me casé con un comunista» (1998), «La mancha humana» (2000)], donde explora el fracaso del sueño americano en clave histórica y cultural. Roth descubre las tensiones ideológicas que desgarran la cohesión nacional, revelando que la promesa de unidad y prosperidad se edifica sobre contradicciones insalvables.
Miller y Roth esbozan la ruina del sueño americano no como consecuencia de errores individuales, sino como condición ineludible de un colapso integral.

El sueño americano como mito originario

El sueño americano parte de la idea de que cualquier persona, independientemente de su origen social, étnico o económico, puede alcanzar el éxito y la prosperidad a través del esfuerzo. Más que una simple aspiración individual, el sueño americano debe analizarse como idea fundacional, se trata de un relato colectivo que ha contribuido a dar sentido a la identidad nacional estadounidense, otorgando legitimidad a su sistema político, económico y social.
El mito no debe entenderse, al menos en este caso, como una falsedad en sentido estricto, sino como un relato compartido que explica los orígenes de una comunidad y que ofrece una visión coherente de sus valores y metas. El sueño americano actúa como hecho cohesionador, proporcionando un marco de referencia común para quienes ya actúan -o aspiran a integrarse- en la comunidad.
En Estados Unidos, el sueño americano articula la aspiración de un país donde todos, sin importar el punto de partida, pueden aspirar a la prosperidad. Este mito hunde sus raíces en los orígenes coloniales y en la independencia del país. Los primeros colonos puritanos se concebían a sí mismos como portadores de una misión divina: construir una sociedad nueva, libre y justa que sirviera de ejemplo al resto del mundo. Posteriormente, desde la firma de la Declaración de Independencia de 1776, el discurso político reforzó esa narrativa al proclamar que “todos los hombres son creados iguales” y que poseen derechos inalienables como la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. De esta manera, el sueño americano quedó inscrito como una promesa constituyente no solo para los ciudadanos estadounidenses, sino también para quienes llegaban a sus costas en busca de un futuro mejor.
El sueño americano se articula a partir de varios componentes esenciales, el primero es la igualdad de oportunidades. Aunque en la práctica las desigualdades han sido notorias, el relato insiste en que Estados Unidos es un país donde el origen social no determina el destino. Esta noción ha sido clave para legitimar el sistema democrático y capitalista.
Unido a este punto de partida aparece el valor del esfuerzo individual y la meritocracia. En base a esta convicción, el éxito depende del trabajo, la disciplina y la iniciativa personal. Las historias de individuos que, partiendo de la pobreza, alcanzan grandes logros en los negocios, la política o la cultura se han repetido hasta la saciedad como ejemplos paradigmáticos. La literatura estadounidense del siglo XIX y XX -pensemos en Horatio Alger y en sus deficientes narraciones- popularizó el género basado en el joven pobre que alcanzaba la riqueza gracias a su esfuerzo.
Otro aspecto fundamental es la movilidad social y económica. El sueño americano se sostiene en la posibilidad del ascenso social, en el hecho manifiesto de que cada generación viva mejor que la anterior. La imagen de Estados Unidos como tierra de oportunidades atrajo a millones de inmigrantes, convencidos de que allí podrían prosperar mediante el trabajo y la perseverancia. A este elemento se suma la libertad individual, entendida tanto en términos políticos -democracia, Derechos Civiles y libertad de expresión- como en términos económicos, a través de la libre empresa y el derecho a la propiedad privada. El sueño americano no solo promete bienestar material, sino también la posibilidad de decidir por uno mismo. La prosperidad material se presenta como símbolo totémico de éxito, un triunfo personal basado en el consumo.
Como todo mito fundacional, la fuerza del sueño americano no reside tanto en su cumplimiento literal como en su poder simbólico. La promesa estadounidense sigue legitimando el orden político y la imagen que proyecta de Estados Unidos hacia el exterior. En este sentido, el sueño americano se mantiene como un relato capaz de movilizar, de dar esperanza y de definir el horizonte de una sociedad que sigue presentándose ante el mundo como la tierra de la libertad y de las oportunidades.

Promesa y engaño en el mito

Tras la narrativa, se esconden realidades mucho más complejas en las que subyace la exclusión de minorías, la persistencia de desigualdades estructurales y la hipocresía del mérito. Lejos de ser un terreno neutral, Estados Unidos ha reproducido a lo largo de su historia barreras que dificultan el acceso de ciertos grupos a las oportunidades prometidas.
La exclusión de las minorías ha sido el lastre más lacerante y patente. Los pueblos indígenas fueron desposeídos de sus tierras en nombre del progreso, mientras que los afroamericanos padecieron siglos de esclavitud y, después, de segregación legal y social que limitó gravemente sus posibilidades. Incluso tras la aprobación de las leyes de los Derechos Civiles en la década de 1960, ha persistido una discriminación latente.
Las desigualdades constituyen otro obstáculo central que contradice la retórica del sueño americano. La concentración de riqueza y la dificultad para acceder a la educación superior disponen una movilidad social que es cada vez más limitada. La probabilidad de que un hijo alcance una posición económica mejor que la de sus padres ha disminuido drásticamente en las últimas décadas. El precio de la universidad y la deuda estudiantil condicionan el futuro de millones de jóvenes, que parten con desventajas antes incluso de entrar en el mercado laboral.
A las condiciones anteriores se suma la hipocresía del mérito. La meritocracia, en teoría, premia el talento y el esfuerzo, pero en la práctica suele beneficiar a quienes ya cuentan con privilegios heredados. La pertenencia a una familia con recursos, la posibilidad de acceder a una buena educación o de establecer contactos influyentes son factores que pesan tanto o más que el trabajo individual.
El sistema disfraza como mérito lo que, en muchos casos, es fruto de ventajas previas. Así, quienes no logran cumplir con el ideal del sueño americano son vistos como responsables de su propio fracaso, cuando en realidad compiten desde posiciones profundamente inferiores.

El sueño americano como narrativa y enmascaramiento

El sueño americano ha sido uno de los pilares narrativos más recurrentes de la literatura estadounidense. Desde el siglo XIX, numerosos escritores se encargaron de darle forma y transmitirlo como un horizonte alcanzable, convirtiendo la ficción en un instrumento decisivo para consolidar este planteamiento como posibilidad insobornable.
Horatio Alger popularizó el género rags to riches (es posible traducir este epíteto como “del desamparo a la riqueza”), a partir de relatos en los que un joven humilde, a través de la disciplina, la honestidad y el trabajo duro, logra cambiar su circunstancia. Sus novelas trataban de demostrar que, aunque el camino podía ser difícil, el esfuerzo personal y la integridad moral aseguraban una recompensa.
La narrativa estadounidense también consolidó este mito a través de historias de mayor calidad literaria que exaltaban la movilidad social. La literatura realista del siglo XIX, con autores como Walt Whitman o Mark Twain, celebró la vitalidad, la independencia y la capacidad del individuo para forjar su destino en una nación en pleno desarrollo. En estos textos, el individuo aparece como protagonista de su propia vida, dueño de la posibilidad de reinventarse y de alcanzar la prosperidad en un país que se presenta como tierra de oportunidades.
Ya en el siglo XX, la consolidación del sueño americano siguió presente en obras que transmitían confianza en la capacidad de los ciudadanos para progresar. Muchos relatos breves, novelas populares y narraciones de carácter autobiográfico insistieron en la idea de que Estados Unidos era un espacio donde cualquier persona, independientemente de su origen, podía aspirar a una vida mejor. Incluso en épocas de dificultad, especialmente después de la Gran Depresión, se siguieron publicando textos que subrayan la esperanza y la resistencia, reforzando el mito como una fuerza cultural que daba sentido al sacrificio cotidiano.
La literatura estadounidense ha desempeñado un papel esencial en la difusión del sueño americano como una narrativa positiva y esencial. A través de ejemplos de superación personal, la literatura ha contribuido a consolidar esta ficción cultural como una promesa inspiradora. Sin embargo, existe también otra literatura que cuestiona la veracidad de los postulados del sueño americano.

Muerte de un viajante*

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“Muerte de un viajante”, el fracaso íntimo

Arthur Miller, uno de los dramaturgos estadounidenses más influyentes del siglo XX, relata en “Muerte de un viajante” el sueño americano como materia trágica. Frente a la visión triunfalista, Miller se atrevió a mostrar el desgaste, la frustración y la ruina particular de quienes, creyendo firmemente en la promesa, no logran cumplirla.
El desastre no se manifiesta como una denuncia abstracta de las desigualdades estructurales o de la exclusión social, sino como una decepción íntima, encarnada en la figura de Willy Loman, un viajante de comercio de edad avanzada que se aferra a la creencia de que el éxito depende únicamente del carisma individual.
La tragedia de Willy se entiende a partir del trasfondo. El personaje ha interiorizado hasta el extremo la lógica del sueño americano, convencido de que su vida será plena si alcanza reconocimiento y prosperidad. Sin embargo, la realidad desmiente la premisa básica: lejos de prosperar, Loman se encuentra atrapado en una existencia marcada por la precariedad económica, las deudas y la pérdida de relevancia profesional en un mundo que lo considera prescindible.
La obra pone en escena la tensión entre la promesa de movilidad ascendente y la experiencia concreta de estancamiento y pérdida. Miller demuestra la posibilidad real de que el individuo quede retenido en una prisión mental que impida aceptar otras formas de dignidad.

El hombre común atrapado en un ideal inalcanzable

Willy Loman representa de forma radical la figura del hombre común enfrentado a una exigencia que le sobrepasa. Su tragedia no se funda en grandes acontecimientos históricos, sino en el ámbito cotidiano: la rutina laboral, las relaciones familiares y los ínfimos sueños de bienestar que no se le conceden. Miller eleva esa vida aparentemente anodina a la categoría de tragedia, situando a Willy en la línea de los héroes clásicos, pero trasladando el campo de batalla hacia las fuerzas invisibles de la economía, la cultura y la ideología.
Lo que distingue a Willy es su radical incapacidad de distinguir entre sus deseos y la realidad. Su empeño por alcanzar una forma de éxito que siempre se le escapa no se debe a la falta de talento ni de esfuerzo, sino a la rigidez con la que interpreta las reglas del juego social. En vez de plantear una alternativa funcional, se aferra a un credo que lo condena a la frustración, basado en la creencia de que la simpatía personal, la amabilidad y la insistencia serán suficientes para que las puertas de la prosperidad sean abatidas.
Willy encarna una forma de alienación profundamente moderna. No es la pobreza absoluta lo que actúa como elemento destructor, sino el contraste entre la vida que imagina y la vida manifiesta. La distancia entre ambas se hace insoportable y, en lugar de revisar sus expectativas, el protagonista insiste en forzar la realidad ante un encaje imposible. El fracaso es doble: ni logra el éxito material ni consigue la serenidad que proporciona el conocimiento de los límites subjetivos.
Otro aspecto revelador de su figura es la forma en que proyecta sus frustraciones sobre sus hijos. Para Willy, el destino de Biff debía confirmar la validez de su propio arco, pues un hijo triunfador redimiría la incapacidad del padre. Sin embargo, el desencuentro entre ambos muestra con crudeza cómo la lógica del sueño americano puede heredarse como carga. La imposibilidad de Biff de adaptarse evidencia que la promesa no solo destruye a quienes la persiguen en vano, también puede erosionar los lazos afectivos y familiares.
Willy Loman, en definitiva, es el retrato de un hombre que nunca será extraordinario, y que ni siquiera podrá alcanzar una forma de dignidad privada. Su tragedia no consiste únicamente en un naufragio económico, sino en la imposibilidad de reconocerse más allá de la frustración.

Willy [with hatred, threateningly]: The door of your life is wide open!
Biff: Pop! I’m a dime a dozen, and so are you!
Willy [turning on him now in an uncontrolled outburst]: I am not a dime a dozen! I am Willy Loman, and you are Biff Loman!
[Biff starts for Willy, but is blocked by happy. In his fury, Biff seems on the verge of attacking his father.]
Biff: I am not a leader of men, Willy, and neither are you. You were never anything but a hard-working drummer who landed in the ash can like all the rest of them! I’m one dollar an hour, Willy! I tried seven states and couldn’t raise it. A buck an hour! Do you gather my meaning? I’m not bringing home any prizes any more, and you’re going to stop waiting for me to bring them home!
Willy [directly to Biff]: You vengeful, spiteful mutt!

Willy [con odio, amenazante]: ¡La puerta de tu vida está abierta de par en par!
Biff: ¡Papá! ¡Soy uno más del montón, y tú también!
Willy [volviéndose hacia él en un arrebato incontrolado]: ¡Yo no soy uno más del montón! ¡Yo soy Willy Loman, y tú eres Biff Loman!
[Biff se abalanza sobre Willy, pero Happy lo detiene. En su furia, Biff parece a punto de atacar a su padre].
Biff: No soy un líder, Willy, y tú tampoco. ¡Nunca fuiste más que un vendedor ambulante que acabó en la basura como todos los demás! ¡Soy de los que ganan un dólar la hora, Willy! Lo he intentado en siete estados y no he podido. ¡Un dólar la hora! ¿Entiendes lo que quiero decir? Ya no voy a traer ningún premio a casa, ¡y tú vas a dejar de esperar que los traiga!
Willy [dirigiéndose directamente a Biff]: ¡Perro vengativo y rencoroso!

La traducción es propia.

El valor humano como senda hacia la mercancía

Arthur Miller muestra una sociedad en la que el éxito material se erige como el único horizonte posible de realización. En la figura de Willy Loman se condensa la perversión de reducir al ser humano a un objeto cuyo valor depende, exclusivamente, de su capacidad de producir y triunfar en términos económicos. El drama no muestra la pobreza absoluta, sino la mutilación existencial de un hombre que mide su dignidad únicamente a partir de la riqueza y el reconocimiento externo.
Desde el inicio, Willy parece agotado tras años de trabajo como viajante de comercio. Sin embargo, lejos de cuestionar el sistema -un sistema en el que se siente completamente desorientado-, se aferra a la idea de que su valor depende de los ingresos que sea capaz de generar. La humanidad de Willy -la posibilidad de amar, de acompañar a su familia, de imaginar una vida distinta- queda subordinada a la necesidad de alcanzar una meta económica subjetivamente adecuada. Su esposa, Linda, encarna precisamente el valor humano que podría ser fuente de consuelo, pero que Willy desprecia.
Este desplazamiento se evidencia de forma brutal en una de sus confesiones más reveladoras:

Funny, y’know? After all the highways, and the trains, and the appointments, and the years, you end up worth more dead than alive.

Es divertido, ¿sabes? Después de todas las autopistas, los trenes, y las reuniones, y los años, acabas valiendo más muerto que vivo.

Willy reconoce que su vida solo va a adquirir el valor al que aspira a través de la póliza del seguro. La conclusión es devastadora, la posibilidad de suicidio o la muerte prematura se convierten en acto de utilidad, la única forma de asegurar un beneficio suficiente.
La relación con sus hijos, especialmente con Biff, demuestra la subordinación del éxito humano ante el éxito material.
El afecto hacia Biff está condicionado a que este cumpla con las proyecciones materiales previstas. Cuando descubre que su hijo ha fracasado en los negocios y prefiere una vida sencilla trabajando al aire libre, Willy se siente traicionado. La identidad humana se reduce así a un grito desesperado contra la insignificancia, ante la incapacidad de aceptar que la dignidad pueda existir fuera del marco económico.
La tragedia de “Muerte de un viajante” radica precisamente en que Willy nunca logra comprender que el valor humano debería ser un fin en sí mismo, y no un medio. Su lucha incansable le lleva a despreciar lo que realmente sostiene su existencia: el amor de Linda, la lealtad de Biff y la solidaridad de Charley. En vez de encontrar en esos vínculos un sentido, los rechaza y sospecha que pueden derivar en traiciones.
Miller denuncia la incapacidad potencial de una cultura entera que ubica el valor material por encima de la vida humana. El viajante muere convencido de que su último acto comercial dará sentido a su vida, pero lo que queda en escena es la constatación de un hombre que ha sacrificado su humanidad.

El derrumbe individual como síntoma social

“Muerte de un viajante” no es únicamente la historia íntima de un hombre derrotado por sus propias desilusiones, es además un espejo de una sociedad que convierte la fragilidad personal en una condena colectiva. La vida de Willy Loman colapsa, su tragedia es el síntoma visible de un sistema que se sostiene sobre expectativas imposibles y que mide el valor humano con parámetros estrictamente mercantilistas.
Lo que resulta más inquietante es que el colapso de Willy no se debe a una carencia de voluntad, sino al desgaste de un modelo social que le empuja hacia la autodestrucción.
Miller narra una historia en la que la precariedad psicológica y la angustia personal no pueden desligarse de un contexto que exige competir permanentemente, que celebra la juventud y descarta a quienes pierden vigor o no son capaces de desarrollar una capacidad de rendimiento plena.
El síntoma social se revela con fuerza en la tensión entre generaciones. Los hijos de Willy, incapaces de cumplir las expectativas asignadas, reproducen la frustración paterna, así, la herida del padre se expande hacia los hijos, forzando un fracaso compartido, una marca estructural.
El derrumbe de Willy señala que detrás de cada biografía existe un marco social que la moldea. Miller convierte la tragedia privada en denuncia pública: la soledad del viajante es la soledad de un país que ha confundido la dignidad con el éxito, y que condena a sus ciudadanos a medir su valor en cifras.

Una relación efímera. Varios apuntes

El vínculo personal entre Philip Roth y Arthur Miller tuvo diversas facetas. Comenzó con una admiración mutua que, en última instancia, se convirtió en un distanciamiento provocado por el desprecio de Roth hacia la obra del que fuera su vecino en Connecticut.
La primera interacción significativa entre Roth y Miller tuvo lugar a principios de la década de 1960 en la casa de los escritores William y Rose Styron en Roxbury, Connecticut. Durante una de sus estancias en Nueva Inglaterra, Roth conoció a Miller y a su esposa, la fotógrafa Inge Morath. Este encuentro fue el inicio de una relación que, aunque superficial, dejó una marca en la obra de Roth.
Es indiscutible la influencia de Miller en el personaje frustrado, recurrente en la obra de Roth. Este arquetipo va desde Portnoy hasta Mickey Sabbath, pasando por muchos otros.
Es reseñable también la importancia que tuvo para Roth su relación con Ross Miller, sobrino del dramaturgo. En 2004, Roth llegó a encargarle la tarea de escribir su biografía autorizada, sin embargo, la colaboración no llegó a derivar en un manuscrito final debido a diferencias en la dirección del proyecto y a la interferencia de Roth en un proceso de investigación que le parecía deficiente.
Para más información, es posible asomarse a la biografía sobre Roth-Kakutani escrita por Blake Bailey. Sepa el lector que el texto adolece de la hipertrofia de lo insustancial. Más interesante es “La part sauvage”, ensayo de Marc Weitzmann publicado en septiembre de 2025 (Grasset, en francés), en el que el escritor francés relata su relación personal con Roth.
“Ex-Libris”, de Michiko Kakutani, supone un ejercicio que, sin tratar de ser canónico, ofrece una interesante lista de lecturas que incluye, supongo que para escándalo de Bailey, “Pastoral americana” de Philip Roth.

“Trilogía americana”, el colapso social en clave histórica

Con la publicación de “Pastoral americana”, “Me casé con un comunista” y “La mancha humana”, Philip Roth llevó a cabo uno de los proyectos más ambiciosos de la narrativa contemporánea estadounidense. Estas tres novelas constituyen una visión corrosiva de la segunda mitad del siglo XX en Estados Unidos, un período en el que las tensiones históricas, políticas y culturales disuelven la sostenibilidad del sueño americano. Roth muestra un territorio desgarrado por la violencia ideológica, la represión política y una fractura moral que avanza en varias direcciones. El mito fundacional se convierte en un espejismo incapaz de resistir el peso de los acontecimientos.
La “Trilogía americana” articula una panorámica en la que lo personal y lo colectivo se entrelazan. Cada novela se centra en un individuo que, en apariencia, encarna el ideal del sueño americano: un empresario triunfador, un intelectual comprometido, un profesor respetado. Sin embargo, las circunstancias históricas y las dinámicas sociales terminan desmoronando las biografías protagonistas. Roth expone una visión crítica en la que los logros personales resultan siempre frágiles, vulnerables ante fuerzas externas que desbordan la voluntad individual y ponen en duda la validez de la meritocracia.
La “Trilogía americana” recorre una cartografía del fracaso. Cada novela aborda un período histórico distinto —los años sesenta, el macartismo, la era Clinton—, sin embargo, todas convergen en la inviabilidad del sueño americano como horizonte estable. Lejos de ser un relato de integración y ascenso, la historia de Estados Unidos aparece en la escritura de Roth como un proceso de desgaste constante, en el que los individuos quedan expuestos a merced de fuerzas que los superan.

El Sueco Levov como encarnación del mito

“Pastoral americana” es la historia del Sueco Levov, una encarnación paradigmática del sueño americano. Su biografía supone una síntesis de las virtudes del ideal estadounidense: prosperidad material, armonía familiar, reconocimiento social e integración en la comunidad. El Sueco demuestra que el mito puede cumplirse, los ideales de movilidad, esfuerzo y éxito que sostienen la narrativa colectiva de Estados Unidos son reales.
El Sueco es un individuo dotado de un carisma natural y de unas cualidades físicas excepcionales que le convierten en una leyenda local. Su carrera deportiva como jugador de béisbol y de fútbol americano le asegura un lugar en la memoria comunitaria de Newark, donde su talento se percibe como un signo inequívoco. La dimensión casi mítica de su adolescencia parte de los relatos del self-made man, en los que el individuo, a base de determinación y disciplina, alcanza un lugar de prestigio. En la figura del Sueco, Roth despliega esta misma lógica mediante una exageración paródica.
El período de juventud desemboca, de manera coherente, en un sólido éxito empresarial. El Sueco hereda la fábrica de guantes de su padre, un negocio artesanal ligado a la tradición judía inmigrante, y logra modernizarlo y expandirlo sin perder el vínculo con sus raíces familiares. Este ascenso simboliza el tránsito de la segunda generación de inmigrantes hacia la plena integración económica y cultural.
La vida familiar refuerza la imagen del Sueco como encarnación del mito. Su matrimonio con Dawn, una exreina de belleza irlandesa-católica, se convierte en el símbolo perfecto de integración interétnica. La unión representa la superación de las fronteras tradicionales entre comunidades, y proyecta la imagen de una nación capaz de absorber las diferencias bajo el paraguas del progreso común. El hogar que construyen juntos en Old Rimrock constituye la materialización espacial del sueño americano: la casa espaciosa, el entorno natural, la vida ordenada y la tranquilidad de un espacio protegido de las tensiones urbanas. La pastoral se concreta, de este modo, en un escenario inmunizado frente al caos.
Roth se esfuerza en subrayar el candor del protagonista, su incapacidad de percibir el lado oscuro de la realidad. El Sueco cree firmemente en la validez de las reglas, en la promesa de que el trabajo honesto y la disciplina conducen al reconocimiento. A diferencia del protagonista de Miller, él puede saborear el resultado del proceso. Roth no escatima en recursos para mostrar un personaje cuya existencia linda con lo caricaturesco.

El ímpetu del contexto histórico

El marco histórico desborda el destino individual de Seymour Levov y convierte su biografía en una alegoría nacional. Durante la década de 1960 se produjo una erosión del consenso social forjado tras la Segunda Guerra Mundial. El optimismo de la posguerra, vinculado al crecimiento económico y a la expansión de las periferias urbanas, comenzó a resquebrajarse ante la polarización ideológica y la violencia. El asesinato de John F. Kennedy en 1963, los disturbios raciales en las principales ciudades, la intensificación de la guerra de Vietnam y la represión de las protestas estudiantiles socavaron la imagen de una nación cohesionada.
Newark desempeña en la novela un papel decisivo. La ciudad de Nueva Jersey, que en la juventud del Sueco representaba el vigor del sueño americano para las comunidades inmigrantes, se convirtió en un escenario de ruptura absoluta. Durante las décadas de 1940 y 1950, Newark fue un espacio de prosperidad relativa para las comunidades judía, italiana e irlandesa, que encontraban en la industria ligera y en el comercio una vía de integración y ascenso social. Sin embargo, a partir de los años sesenta, Newark experimentó un profundo deterioro social y económico. La desindustrialización, el desplazamiento de las clases medias hacia los suburbios y la creciente marginación de la población afroamericana desembocaron en graves tensiones raciales.
El episodio más emblemático de este proceso fue el levantamiento de Newark en 1967, una revuelta provocada por la brutalidad policial que dejó más de dos docenas de muertos y miles de heridos y detenidos. Este acontecimiento se convirtió en símbolo de la quiebra de la convivencia urbana y del fracaso de las promesas de igualdad.
Para Roth, Newark -su ciudad natal- funciona constantemente como un microcosmos de la historia nacional. En este caso, el contraste entre el recuerdo idealizado de la ciudad en los años cuarenta y la violencia racial de los sesenta encarna el tránsito de la inocencia a la desilusión. El Sueco Levov es arrojado a la ruina por su hija Merry, sin embargo, esta evolución no puede entenderse sin trasfondo histórico.

La parábola del judío integrado

La historia de las comunidades judías en Estados Unidos a lo largo del siglo XX constituye un prototipo de integración, movilidad social y conflicto identitario. Desde finales del siglo XIX, con la llegada masiva de inmigrantes judíos procedentes del Este de Europa, se desplegó un proceso progresivo de asimilación cultural y económica que permitió a muchas familias alcanzar vidas estables. Sin embargo, este tránsito no estuvo exento de tensiones: el equilibrio entre la preservación de la identidad cultural y la adaptación al modelo dominante se convirtió en un problema recurrente.
Levov es hijo de un inmigrante judío de Newark que había fundado una fábrica de guantes, el Sueco representa la segunda generación que, partiendo de la herencia artesanal, logra consolidar el negocio familiar. El recorrido de los Levov ilustra un patrón de ascenso característico de los judíos de clase media en Estados Unidos.
El Sueco encarna un modelo de integración plena, que incluye incluso capacidades deportivas, la elección de este arquetipo no es casual si tenemos en cuenta la trayectoria cultural de Philip Roth. Como Arthur Miller, Roth era hijo de inmigrantes judíos. Ambos escritores, desde posiciones estéticas distintas, analizaron la dificultad de la integración y los dilemas identitarios derivados de la asimilación.
El Sueco Levov y Willy Loman pertenecen a genealogías judías similares, pero representan momentos distintos. Loman, ligado a una primera generación que intenta abrirse camino en la sociedad estadounidense, aparece atrapado en un espacio de desencanto. Comercial de escaso éxito, incapaz de garantizar a su familia una vida acomodada, encarna la imposibilidad de integración plena. Su tragedia no se debe solo a factores individuales, sino también a las limitaciones históricas de una generación que aún no contaba con los mecanismos suficientes para prosperar.
Es importante advertir que Willy Loman no es explícitamente judío, de hecho, su apellido se forma a partir de la expresión low man (“hombre de bajo perfil”), para abarcar a un amplio espectro social. Sin embargo, en Loman encontramos caracteres crípticos que dibujan a un judío ávido por encajar, recorrido además por una crisis de identidad que parte de una represión manifiesta.

El espejismo de la vida suburbana

Estados Unidos consiguió, a finales de los años 60, la culminación del sueño americano para la clase media-alta. Tras el auge económico de la posguerra y la expansión de la industria automovilística, millones de familias abandonaron las viejas ciudades industriales para instalarse en urbanizaciones recién construidas. Aquella migración masiva hacia los suburbios no fue solo un cambio geográfico, implicó una transformación profunda en los modos de vida y en la autopercepción de la nación.
El suburbio se convirtió en escenario de una utopía doméstica. Esta disposición no solo respondía a necesidades materiales, sino también a una poderosa dimensión simbólica: vivir en los suburbios equivalía a haber alcanzado un estatus de éxito.
Las afueras funcionaban como espacios de homogeneización social y cultural, un paradigma en el que la diferencia era percibida como una amenaza.

A beautiful wife. A beautiful house. Runs his business like a charm. Handles his handful of an old man well enough. He was really living it out, his version of paradise. This is how successful people live. They’re good citizens. They feel lucky. They feel grateful. God is smiling down on them. There are problems, they adjust. And then everything changes and it becomes impossible. Nothing is smiling down on anybody. And who can adjust then? Here is someone not set up for life’s working out poorly, let alone for the impossible.
But who is set up for the impossible that is going to happen? Who is set up for tragedy and the incomprehensibility of suffering? Nobody. The tragedy of the man not set up for tragedy–that is every man’s tragedy.

Una esposa bonita. Una casa bonita. Dirige su negocio con soltura. Maneja bastante bien a su viejo y difícil padre. Realmente estaba viviendo su versión del paraíso. Así es como viven las personas exitosas. Son buenos ciudadanos. Se sienten afortunados. Se sienten agradecidos. Dios les sonríe. Si hay problemas, se adaptan. Y luego todo cambia y se vuelve imposible. Nadie sonríe a nadie. ¿Y quién puede adaptarse entonces? Aquí hay alguien que no está preparado para que la vida le salga mal, y mucho menos para lo imposible.
Pero, ¿quién está preparado para lo imposible que va a suceder? ¿Quién está preparado para la tragedia y lo incomprensible del sufrimiento? Nadie. La tragedia del hombre que no está preparado para la tragedia: esa es la tragedia de todo hombre.

El colapso del ámbito privado. Merry Levov

Merry Levov constituye el epicentro de la catástrofe íntima. Hija de Dawn y Seymour Levov, Merry es la promesa de continuidad, la confirmación de que los sacrificios de los inmigrantes derivan en una vida segura, estable y feliz.
Merry está marcada por una ínfima anomalía: su tartamudez. Ese defecto en el habla, que la incomoda y la avergüenza, adquiere un valor simbólico de gran calado. La incapacidad para articular un discurso fluido anticipa su ruptura con el padre y con el sistema de valores que su familia encarna. El Sueco intenta protegerla, pero la tartamudez no es un simple accidente biográfico, sino la señal de una fractura más profunda.
La adolescencia de Merry coincide con el momento de mayor convulsión en la sociedad estadounidense. Mientras su padre defiende la lógica de la integración y el esfuerzo, ella se sumerge en un discurso de rechazo absoluto al sistema. Lo que para el Sueco representa la realización de un ideal colectivo, para Merry se transforma en caricatura opresiva, en símbolo de la hipocresía y la injusticia del imperialismo estadounidense.
El punto de no retorno llega cuando Merry, apenas adolescente, coloca un artefacto explosivo que mata a un inocente, un hecho que marca el tránsito definitivo de la joven hacia el terrorismo político. A partir de ese momento, la vida del Sueco se deshace irremediablemente, invadida por el caos del devenir de la Historia.
La influencia de Merry en la vida de su padre es devastadora. En primer lugar, socava la confianza del Sueco en la continuidad generacional. Su proyecto vital partía del negocio familiar y Merry rechaza el pacto.
Merry obliga al Sueco a enfrentarse a la imposibilidad de controlar la vida íntima. Acostumbrado a dominar su entorno mediante la disciplina, el esfuerzo y la racionalidad, el protagonista descubre que ni siquiera puede garantizar el orden en su entorno más inmediato. La militancia de su hija no es únicamente una decisión política, es un acto de desobediencia íntima, una negación de los valores paternos.
La ruina de Levov se agudiza cuando, tras años de búsqueda, logra reencontrarse con Merry. La joven ha vivido escondida en condiciones infrahumanas, su cuerpo está devastado, su mente es prisionera de un discurso mesiánico. Lejos de hallar redención, el Sueco experimenta la certeza de que la ruina es irreversible: el vínculo que sustentaba su vida se ha quebrado para siempre.
El arco de Merry funciona como motor trágico del sueño americano. La influencia de Merry sobre su padre no se limita al dolor personal: supone la anulación de todo el relato vital de Levov. El Sueco había creído en la promesa de la égloga, una imagen idílica de un mundo ordenado y armónico. Merry convierte el destino manifiesto en una parodia cruel.

-«Merry, you know what I’m talking about. You’re involving yourself with political radicals.»
-«Radicals. B-b-because they don’t agree with y-y-y-you they’re radical.»
-«These are people who have very extreme political ideas»
-«That’s the only thing that gets anything done is to have strong ideas, Daddy.»
-«But you are only sixteen years old, and they are much older and more sophisticated than you.»
-«Good. So maybe I’ll learn something. Extreme is blowing up a little country for some misunderstood notions about freedom. That is extreme. B-b-b-blowing off b-b-boys’ legs and b-balls, that is extreme, Daddy. Taking a b-bus or a train into New York and spending a night in a locked, secure apartment–I don’t see what’s so extreme about that. I think people sleep somewhere every night if they can. T-t-tell me what’s so extreme about that. Do you think war is b-bad? Eww–extreme idea, Daddy. It’s not the idea that’s extreme–it’s the fact that someone might care enough about something to try to make it different. You think that’s extreme? That’s your problem. It might mean more to someone to try to save other people’s lives than to finish a d-d-d-d-d-d-degree at Columbia–that’s extreme? No, the other is extreme.»

-”Merry, sabes a lo que me refiero. Te estás involucrando con radicales políticos.”
-”Radicales. P-p-porque no están de acuerdo contigo, son radicales.”
-”Son personas con ideas políticas muy extremas.”
-”Lo único que sirve para conseguir algo es tener ideas firmes, papá.”
-”Pero solo tienes dieciséis años y ellos son mucho mayores y más sofisticados que tú.”
-”Bien. Así quizá aprenda algo. Extremista es volar por los aires un pequeño país por unas ideas malinterpretadas sobre la libertad. Eso es extremista. V-v-volar las piernas y los testículos de unos ch-ch-chicos, eso es extremista, papá. Coger un au-autobús o un tren a Nueva York y pasar la noche en un apartamento cerrado y seguro… N-n-no veo qué tiene eso de extremo. Creo que la gente duerme en algún sitio cada noche si puede. Dime qué tiene eso de extremo. ¿Crees que la guerra es m-m-mala? Qué idea tan extrema, papá. No es la idea lo que es extremo, es el hecho de que alguien pueda preocuparse lo suficiente por algo como para intentar cambiarlo. ¿Crees que eso es extremo? Ese es tu problema. Para alguien puede ser más importante intentar salvar la vida de otras personas que terminar una c-c-c-c-c-carrera en Columbia, ¿es eso extremo? No, lo otro es extremo.”

La fractura generacional

Tanto en “Muerte de un viajante” como en “Pastoral americana”, la ruptura generacional aparece como un eje narrativo decisivo. No se trata únicamente de un desencuentro entre padres e hijos, sino de la constatación de que el relato del sueño americano, al pasar de una generación a otra, se resquebraja. En ambos casos, los protagonistas aspiran a transmitir un legado que otorgue sentido a su vida; sin embargo, sus hijos se niegan a perpetuar la promesa. La tragedia se manifiesta en la incapacidad de garantizar una continuidad que, a priori, el constructo social común sí será capaz de mantener.
En la obra de Miller, la distancia entre Willy Loman y su hijo Biff revela la erosión de un ideal que, ya en origen, era precario. Willy se aferra a una concepción ingenua del éxito basada en el carisma personal y en la fe ciega en la recompensa futura, pero su hijo percibe la crudeza de una realidad que no admite tales ilusiones. El choque entre ambos no es meramente afectivo, sino ideológico: el hijo desvela que el relato que sostiene la vida de su padre carece de fundamento, y que perseverar supone una condena.
Roth, en cambio, sitúa el alejamiento generacional en un contexto histórico distinto. El Sueco Levov encarna la culminación del sueño americano, Merry destruye el edificio simbólico mediante el rechazo visceral al único mundo que el Sueco es capaz de aceptar. Aquí, la brecha entre padre e hija no surge de la precariedad del sueño, sino de su aparente cumplimiento. Precisamente porque el Sueco ha alcanzado todo lo prometido, Merry se ve víctima de una farsa.
Ambos textos coinciden en subrayar que la transmisión intergeneracional es imposible cuando se construye sobre un mito corroído. En “Muerte de un viajante”, la segunda generación desvela la falacia de un sueño nunca alcanzado. En “Pastoral americana”, la segunda generación reniega del objetivo, revelando que su cumplimiento no implica plenitud.
El desencanto generacional, en ambos casos, no se circunscribe a un simple conflicto doméstico, es reflejo del fracaso de lo colectivo.

La rigidez y el sujeto atrapado

Tanto Willy Loman como Seymour Levov encarnan figuras atrapadas en la rigidez de una visión inamovible del éxito. Ambos creen con fervor en un modelo único de realización vital, lo transmiten a sus hijos y se frustran cuando la realidad contradice sus expectativas. En la incapacidad de aceptar alternativas se cifra su tragedia.
Loman se proyecta de manera directa sobre sus hijos, Levov, a diferencia de Willy, se muestra más comprensivo. El Sueco no pretende imponer con violencia simbólica un modelo de vida, sin embargo, bajo esta actitud flexible late también una insobornable rigidez.

Was he free? Was he happy? The question is absurd:
Had anything been wrong, we should certainly have heard.

¿Era libre? ¿Era feliz? La pregunta es absurda:
En caso de que algo hubiera ido mal, sin duda nos habríamos enterado.

Los versos anteriores concluyen “The unknown citizen” (“El ciudadano desconocido”), elegía compuesta por Wystan Hugh Auden poco después de trasladarse a los Estados Unidos, dedicada al ejemplar ciudadano JS/07 M 378.
La diferencia entre ambos personajes radica en el modo de ejercer su autoridad, una potestad que empieza a desmoronarse. Loman encarna una dimensión autoritaria, el Sueco se muestra abierto, pero su flexibilidad es superficial. Tanto Loman como Levov quedan atrapados y ven a su descendencia alejarse del entorno seguro que han tratado de crear. En ambos casos, el refugio queda arrasado.

La “Trilogía americana” como epitafio

Philip Roth construye un retrato implacable del desmoronamiento del mito del sueño americano. Las tres novelas de la “Trilogía americana” forman una imagen narrativa sobre la historia reciente de Estados Unidos, donde lo personal y lo político se entrelazan en una red de ilusiones quebradas que desembocan en heridas colectivas.
“Me casé con un comunista” traslada la reflexión a la experiencia personal de Ira Ringold, actor de radio y militante izquierdista, que es aniquilado por el proceso conocido como “La caza de brujas”. Roth muestra cómo la imposición de la sospecha arruina vidas y expone la hipocresía de un país que proclama la libertad mientras persigue a disidentes.
En “La mancha humana” -un relato que transcurre durante la administración Clinton- el protagonista, Coleman Silk, ve su carrera destruida por una acusación de racismo en un clima de corrección política exacerbada. La novela denuncia la manera en que la sociedad estadounidense, bajo apariencia de moralidad, perpetúa prejuicios y mecanismos de exclusión.
Roth configura un epitafio del sueño americano a partir de tres momentos diferentes, pero decisivos para el devenir histórico de los Estados Unidos.
El impacto de este ciclo es aún más inquietante si pensamos en lo ocurrido año y medio después del cierre de la trilogía: los atroces atentados del 11 de septiembre de 2001. Roth había diagnosticado una fractura íntima y cultural en Estados Unidos, que se hizo tangible en una respuesta que ha marcado el rumbo del país hasta la actualidad.

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Tres notas complementarias

Tanto “Muerte de un viajante” como “Pastoral americana” esconden detalles laterales que, por su carácter anecdótico, iluminan de manera singular la lectura de ambos textos.

La inspiración de Merry Levov

Uno de los aspectos más interesantes de “Pastoral americana” es el modo en que Philip Roth construye a Merry Levov como una figura alegórica y, al mismo tiempo, verosímil. La crítica ha señalado que Roth se inspiró en Kathy Boudin, miembro del grupo radical Weather Underground e hija del abogado Leonard Boudin, conocido por haber defendido a Fidel Castro durante los primeros procesos de nacionalización de industrias clave en Cuba.
Sin embargo, Roth sugirió que la primera imagen provino de una fuente distinta: la hija de un célebre crítico cultural estadounidense (probablemente Leslie Fiedler -tuvo tres hijas-, aunque el propio Roth nunca confirmó la identidad de manera inequívoca).

Zuckerman y el desvanecimiento del narrador

En “Pastoral americana”, Zuckerman -narrador recurrente en las novelas de Roth- aparece como testigo de la formación de Levov. Su mirada configura la primera parte del relato, sin embargo, conforme avanza la narración, Zuckerman se desvanece.
Esta decisión evoca el inicio de “Madame Bovary”, novela en la que un narrador introduce a Charles Bovary para luego desaparecer, dejando paso a una narración externa. Roth convierte así el relato en un juego de distancias, recordando al lector que toda historia es, en última instancia, una construcción.

Los nombres como clave simbólica

En “Muerte de un viajante”, uno de los hijos de Willy se llama Biff, un nombre que, en inglés, funciona como la onomatopeya de un puñetazo.
En “Pastoral americana”, Merry encarna la violencia, la culpa y la tragedia, sin embargo, su nombre significa “alegría”. Happy, el hermano de Biff (papel que Roth interpretó con el Bucknell Drama Club), comparte con Merry un cariz irónico: su nombre significa “felicidad”, pero su vida está marcada por la superficialidad y su incapacidad de enfrentarse a lo real.
A estos se suma el apellido de la familia Loman que, como ya se apuntó, hace referencia a la bajeza de cualquier hombre anónimo.

La construcción de una identidad imposible

El mito del self-made man ocupa un lugar central en la configuración del imaginario nacional estadounidense. Este arquetipo ha transmitido la convicción de que el individuo, gracias a la disciplina, puede ascender social y económicamente con independencia de su origen. Más que una simple aspiración, se trata de un modelo de identidad, la vida del ciudadano se mide en función de su proximidad a este ideal de autosuficiencia y éxito.
En “Muerte de un viajante”, Arthur Miller muestra la encarnación fallida de este mito. Loman ha interiorizado el credo del esfuerzo como instrumento suficiente, no obstante, la realidad desmiente su fe: al borde de la jubilación, Loman se enfrenta a la insuficiencia de una vida que da por agotada. Su tragedia no se deriva de la falta de voluntad, sino de la incapacidad estructural del sistema para garantizar las condiciones de ascenso a quienes no cumplen una serie de condiciones previas, o para los que no se cruzan con una dosis suficiente de suerte.
La identidad de Willy se construye de manera negativa y las relaciones afectivas -el amor de Linda, la lealtad de Charley, las aspiraciones reales de sus hijos- carecen de sentido para él, frente a la imposibilidad de cumplir con el mandato del éxito. Su alienación alcanza un punto extremo cuando concluye que vale más muerto que vivo, por tanto, la única alternativa que concibe se basa en materializarse, en sentido mercantil, mediante la desaparición y el cobro de la póliza.
Seymour Levov se mueve en una variación significativa sobre el mismo motivo. A diferencia de Loman, el Sueco parece haber completado con éxito el camino del self-made man.
Figura de referencia, Levov simboliza la culminación de la promesa estadounidense, sin embargo, el aparente cumplimiento del mito se asienta en principios muy frágiles, y la militancia de Merry descompone la fábula de plenitud que sustentaba su vida.
Roth muestra que el hombre hecho a sí mismo no puede garantizar su propia estabilidad. El Sueco descubre que el éxito material y el reconocimiento social no le preparan para enfrentar la contingencia histórica ni la disidencia íntima de su propia hija.
El contraste entre Loman y Levov permite delinear los límites del mito desde dos perspectivas complementarias: la de quien es incapaz de completar el proceso y la que hace referencia a una construcción fallida.
En ambos casos, la construcción de la identidad bajo el paradigma del self-made man aparece como callejón sin salida. Ni siquiera otro pilar del mito fundacional, el fracaso como antesala del éxito, es capaz de salvar a dos hombres obsesionados con la medida de la posesión.

Portnoy: una identidad alternativa

Alexander Portnoy encarna la torsión paródica del self-made man. No persigue el ascenso económico ni el reconocimiento burgués, su objetivo es fabricar un yo que escape a la doble asfixia de la respetabilidad judía de clase media y del ideal cívico estadounidense. Roth convierte la libido en el instrumento de producción de Portnoy. La autoayuda del mérito se trueca en una autoexposición feroz, obviando la integración para fiar la personalidad completa a la desobediencia íntima.
El mito nacional promete movilidad y autoconstrucción a través del trabajo, Portnoy subvierte ambos términos. Su ocupación principal se basa en desmontar una matriz doméstica: madre devoradora, padre impotente y un mapa de prohibiciones internalizadas. La épica del garaje se convierte en epopeya del diván.
¿Triunfa o fracasa? Fracasa como ciudadano clásico, pero es capaz de transitar una senda programática. Su objetivo es liberarse de un peso que le asfixia, al contrario que Loman y Levov, cuyo ímpetu vital se orienta al mantenimiento de una responsabilidad irracional. En este sentido, Portnoy trata de identificar una alternativa, si bien compleja -y para muchos, moralmente reprochable-, esencialmente personal y satisfactoria.
Su victoria parcial es estética y performativa. Portnoy es capaz de solventar con eficacia sus obligaciones en la Comisión de Promoción de la Persona de Nueva York y, a la vez, se permite desgastar su inercia cultural mediante actos de transgresión compulsiva.

El derribo del ideal como consecuencia sistémica

Tanto “Muerte de un viajante” como “Pastoral americana” constituyen relatos del fracaso del sueño americano como consecuencia inevitable de una lógica sistémica. Ambas obras muestran estructuras sociales, económicas y culturales ilusorias, situadas lejos del horizonte de prosperidad prometido.
Willy Loman cree con devoción en el destilado más puro del sueño americano, sin embargo, la realidad le devuelve una precariedad económica insoportable y el rechazo de un mercado laboral que descarta sin miramientos a quienes no se adaptan. El Sueco encarna la promesa cumplida, pero la irrupción de la Historia constata que incluso quien alcanza la cima puede ser arrastrado al colapso.
Miller y Roth advierten que el sueño americano se sustenta en una promesa estructuralmente insostenible: no se trata del individuo que incumple las reglas, sino del sistema como obstáculo. La tragedia personal es un síntoma colectivo, la ilusión de prosperidad se desmorona, dejando al descubierto la fragilidad de una nación construida sobre el mito de la mercancía.

El valor de la disidencia democrática

Una de las fortalezas fundamentales de la democracia radica en su capacidad para acoger manifestaciones culturales que cuestionan, matizan o incluso replantean algunos de los principios que la sostienen. Lejos de ser un signo de debilidad, esta apertura constituye una prueba de vitalidad.
La literatura, el teatro o las artes plásticas no solo han servido para celebrar los valores democráticos, sino también para interrogar sus contradicciones internas. Poner en evidencia aspectos específicos -por ejemplo, los límites del sueño americano-, no atenta en ningún caso contra la democracia, la consolida.
La posibilidad de que un autor o autora cuestione públicamente el mito fundacional de un país sin ser censurado constituye una diferencia esencial frente a sistemas autoritarios, donde la crítica cultural se percibe como amenaza y se sofoca con violencia o con censura. El arte y la literatura legitiman los valores democráticos cuando muestran historias de emancipación, igualdad o justicia, además, fortalecen el sistema al revelar desigualdades, exclusiones o fracasos que podrían resolverse.
Supeditar la higiénica renovación sobre la que se construye la democracia a demandas espurias -vengan del concepto actual de liberalismo o de tentaciones autoritarias-, significa desgastar un sistema político perfectamente válido.

El hombre común ante una dignidad alternativa

Arthur Miller y Philip Roth trazan análisis severos acerca de las posibilidades del sueño americano. Separados por medio siglo decisivo en la historia de los Estados Unidos, Levov y Loman encarnan la misma servidumbre: la reducción del valor humano a su dimensión económica. Frente al horizonte devastado, emerge la posibilidad de una dignidad alternativa, fundada, obligatoriamente, en la afirmación del valor intrínseco del ser humano más allá de la utilidad. En un sentido kantiano, hablamos de la dignidad que no admite tasación ni sustitución.
La reflexión de Javier Gomá en “Dignidad” (2019) sirve para iluminar la lectura de Miller y Roth. Para Gomá, la dignidad no es un atributo ocasional ni un privilegio del éxito, sino la condición ontológica del ciudadano de la democracia, esta concepción desplaza el eje de la excelencia —de lo excepcional a lo compartido—, proponiendo una ética civil basada en la ejemplaridad y en el reconocimiento del otro como igual. La dignidad, así entendida, no se mide por la acumulación, sino por el hecho de sostener una existencia conforme a la conciencia moral y al respeto mutuo. Si el sueño americano imponía una jerarquía de vencedores y vencidos, la alternativa pasa por una horizontalidad que rescate al individuo y lo reinstaure en comunidad.
La democracia no se legitima en la promesa de prosperidad, sino en la posibilidad de que cada individuo sea reconocido como fin en sí mismo. Solo cuando el ciudadano de la democracia asume este principio puede reconciliar libertad y justicia.

El ser humano posee con pleno derecho, incondicionalmente, la cualidad de incanjeable, no sustituible, fin en sí mismo y nunca solo medio.

Javier Gomá, “Dignidad”.

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