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Die Fackel, revista fundada en 1899 por Karl Kraus, constituye uno de los proyectos editoriales más singulares del espacio literario de habla alemana. Die Fackel sirvió como crítica total, a través de la deconstrucción sistemática de todas las estructuras ideológicas y morales que articulaban la cultura vienesa de fin de siglo. En sus páginas, Karl Kraus desplegó una retórica basada en la denuncia, la sátira y un análisis que excedía el periodismo convencional, y que constituyó una forma de intervención ética radical.
Kraus no solo evaluó la influencia de los medios, de la política y de la guerra, fue capaz de articular una verdadera conciencia de época, un diagnóstico despiadado del Zeitgeist a través de la capacidad reformadora del lenguaje.

El contexto austrohúngaro y la prensa germánica antes de la I Guerra Mundial

El Imperio austrohúngaro fue una monarquía dual vigente entre 1867 y 1918, formada por la unión del Imperio austríaco y el Reino de Hungría bajo la autoridad común del emperador Francisco José I. Surgió como una solución política para contener las tensiones nacionalistas dentro de un imperio multiétnico en crisis, reorganizando el poder entre austriacos y húngaros tras la derrota a manos de Prusia en 1866. Esta estructura dual otorgaba autonomía a Hungría en asuntos internos, mientras que las relaciones exteriores, la defensa y las finanzas comunes quedaban en manos del gobierno conjunto.
El imperio era un mosaico de pueblos: alemanes, húngaros, checos, eslovacos, polacos, rutenos, rumanos, croatas, serbios, eslovenos e italianos, entre otros. Esta diversidad étnica y lingüística generó tensiones persistentes, a pesar de los intentos de modernización y el evidente desarrollo cultural de muchas de las zonas del imperio. Viena se convirtió en uno de los foros de pensamiento más importantes de Europa, con figuras como Gustav Klimt, Sigmund Freud, Franz Kafka y Gustav Mahler.
En política exterior, el imperio fue una potencia conservadora que buscó preservar el equilibrio de poder en Europa, aliándose con Alemania e interviniendo en los Balcanes. La anexión de Bosnia-Herzegovina en 1908 exacerbó las tensiones con Serbia y otros movimientos nacionalistas eslavos. El asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo en 1914 fue el catalizador de la Primera Guerra Mundial, conflicto en el que el imperio se integró en el bando de las Potencias Centrales.
La guerra agotó sus recursos y acentuó las divisiones internas. En 1918, ante la derrota militar y la desintegración política, el imperio colapsó. Surgieron nuevos Estados-nación -Austria, Hungría, Checoslovaquia, Yugoslavia, entre otros- dando fin a una de las últimas grandes monarquías supranacionales de Europa.

La prensa germánica: nacionalismo, propaganda y guerra

En la segunda mitad del siglo XIX, tanto Alemania como el Imperio austrohúngaro experimentaron un desarrollo acelerado de los medios impresos. El auge del alfabetismo, las mejoras técnicas en la imprenta y el abaratamiento del papel permitieron la proliferación de periódicos, revistas y folletos. En este contexto, la prensa adquirió un rol crucial como génesis de la opinión pública masiva y como agente activo en la producción simbólica de la nación.
En ambos imperios, el discurso periodístico no se limitó a informar: construyó visiones del mundo, identificó enemigos y legitimó sistemas políticos. La prensa se convirtió en un espacio central para la articulación del nacionalismo moderno, tanto en su forma liberal como en sus derivas más chauvinistas y excluyentes. El nacionalismo, desarrollado como religión secular, encontró en la prensa una herramienta de difusión masiva y de movilización emocional.

Alemania: prensa unificadora y nacionalismo pangermánico
Tras la unificación alemana en 1871 bajo el liderazgo de Prusia, la prensa alemana cumplió una doble función: por un lado, consolidar la identidad del nuevo Estado-nación; por otro, exaltar la superioridad cultural, científica y militar del pueblo alemán. El control de la prensa no era absoluto, pero el Estado influyó a través de subvenciones indirectas, relaciones personales con editores y, en tiempos de crisis, censura manifiesta.
Aunque de orientaciones diversas, las principales cabeceras germánicas compartían un compromiso con la causa nacional. La prensa nacional-liberal, en particular, defendía el imperialismo como una necesidad geopolítica, mientras que publicaciones de corte conservador exaltaban el militarismo prusiano y demonizaban a las potencias vecinas.
La expansión colonial alemana en África y Asia alimentó discursos racialistas y civilizatorios que se trasladaron a las páginas de los diarios. En este clima ideológico, el nacionalismo alemán se volvió excluyente, agresivo y cada vez más orientado hacia un destino histórico inevitable, que implicaba la confrontación con otras potencias.

El caso austrohúngaro: pluralismo étnico y prensa como campo de batalla
En el Imperio austrohúngaro, el panorama periodístico era más complejo debido a la enorme diversidad étnica, lingüística y cultural del imperio. Cada grupo nacional -se estima que existían al menos diez grupos étnicos predominantes, además de varias decenas de etnias minoritarias- contaba con su propio ecosistema mediático. La prensa no solo informaba, también era el principal escenario de las luchas simbólicas por el reconocimiento, la autonomía y la representación.
La prensa vienesa, escrita principalmente en alemán, jugó un papel importante en la articulación de una identidad imperial centrada en el germanismo cultural. Periódicos como la Neue Freie Presse, el Wiener Tagblatt o Die Presse defendían una visión elitista y civilizadora del imperio, en la que los pueblos no germánicos eran concebidos como periféricos o amenazantes. Este discurso se radicalizó a medida que los movimientos nacionalistas no alemanes ganaban fuerza.
Karl Kraus denunció la complicidad de la prensa con el militarismo, la corrupción política y el lenguaje vacío del periodismo sensacionalista. Kraus anticipó con lucidez la función destructiva que la prensa tendría en la gestación de la guerra, y dedicó buena parte de su obra a desmontar sus artificios retóricos.

Prensa y belicismo: del nacionalismo a la movilización total (1914–1918)
Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, la prensa germánica se transformó en un aparato propagandístico al servicio del esfuerzo bélico. En Alemania, el Estado impuso una estricta censura a través de la Zentralstelle für Auslandsdienst (Oficina Central para Asuntos Exteriores), que controlaba tanto la información interna como la proyección internacional de la imagen del II Reich. Las publicaciones alemanas difundían versiones glorificadas de las batallas, minimizaban las derrotas y fomentaban un odio sistemático hacia el enemigo, especialmente Rusia y Francia.
El lenguaje bélico dominó las portadas: se hablaba de guerra justa, defensa de la patria y lucha por la civilización alemana. Los periódicos participaban activamente en la construcción del enemigo y en la exaltación de los valores patrióticos.
En Austria-Hungría, la situación fue similar, aunque más caótica. La censura imperial intentó coordinar la narrativa de guerra, pero la fragmentación nacional hizo que muchos periódicos establecieran agendas propias. Las publicaciones húngaras, checas o eslavas cuestionaron el esfuerzo bélico, mientras que la prensa vienesa mantuvo una defensa incondicional del Imperio, culpando a Serbia, principalmente, de la descomposición interna.

El naufragio de la razón
Entre 1867 y 1918, la prensa germánica fue un actor decisivo en la construcción del nacionalismo moderno y para la legitimación simbólica de la guerra. Tanto en Alemania como en Austria-Hungría, los medios desempeñaron un rol activo en la consolidación de discursos excluyentes, en la creación de enemigos imaginarios y en la movilización emocional de las masas.
El nacionalismo periodístico, lejos de ser homogéneo, adoptó formas distintas: pangermanismo en Alemania, germanocentrismo imperial en Austria-Hungría e identidades propias en las nacionalidades periféricas. Sin embargo, el patrón común fue la progresiva naturalización de la guerra como destino, como prueba de la superioridad nacional o como posibilidad de regeneración.
El caso de la prensa germánica durante el período prebélico demuestra que el lenguaje no es inocente, cuando se convierte en instrumento del poder, la opinión puede contribuir a la destrucción absoluta.

Fundamentos de Die Fackel

Die Fackel (La antorcha, en castellano) fue una revista literaria, satírica y político-cultural publicada en Viena entre 1899 y 1936, cuyo creador y principal -casi único- autor fue el escritor y polemista austríaco Karl Kraus. Se trata de una de las publicaciones más singulares e influyentes de la literatura de lengua alemana en la primera mitad del siglo XX. En sus 37 años de existencia, Die Fackel publicó un total de 922 números, estructurados en 415 ediciones, lo que constituye una producción excepcional tanto por su volumen como por su intensidad crítica.
La revista fue fundada el 1 de abril de 1899, inicialmente como un proyecto colectivo que incluía la colaboración de escritores como Peter Altenberg y Heinrich Herterich. Sin embargo, desde 1911 Karl Kraus asumió la autoría exclusiva de los contenidos, convirtiendo a Die Fackel en una plataforma personal de intervención crítica.
Kraus empleó Die Fackel para emprender un análisis demoledor contra la prensa sensacionalista, la política oportunista, la hipocresía de la moral burguesa, el militarismo, y especialmente contra el lenguaje corrupto que -a su juicio- era tanto síntoma como causa de la decadencia cultural de su tiempo. Su blanco más constante fue la prensa vienesa, en particular el Neue Freie Presse, a la que Kraus acusaba de ser un órgano de manipulación ideológica y distorsión lingüística.
Uno de los pilares conceptuales de la revista fue la idea de que el lenguaje no es un medio neutral, sino el campo en el que se juegan las batallas morales y políticas de la modernidad. Kraus veía en la degradación del lenguaje periodístico una forma de violencia simbólica, que preparaba el terreno para crímenes manifiestos. Esta tesis alcanzó su forma más acabada durante la Primera Guerra Mundial, cuando Die Fackel se transformó en un archivo crítico del delirio bélico. Kraus documentó, satirizó y denunció la complicidad de los medios con el aparato militar, anticipando muchas de las conclusiones visibles al término del período bélico europeo.
El momento más representativo de esta etapa fue la publicación de “Los últimos días de la humanidad” (“Die letzten Tage der Menschheit”, 1918–1922), una obra monumental en forma de drama satírico, que Kraus escribió a partir de fragmentos reales de periódicos y discursos públicos, muchos de los cuales ya habían aparecido en Die Fackel.
A lo largo de los años, Die Fackel abordó temas tan diversos como el antisemitismo, la sexualidad, la corrupción judicial, la censura, el psicoanálisis, la literatura y los conflictos entre ética y estética. Kraus polemizó con figuras como Sigmund Freud (al que detestaba), Stefan Zweig, Hermann Bahr y otros contemporáneos, estableciendo con ellos relaciones complejas. Al mismo tiempo, fue un temprano defensor de autores como Karl Valentin, Adolf Loos o Else Lasker-Schüler.
La revista nunca tuvo una gran tirada ni una amplia difusión popular, pero sí ejerció una influencia profunda en círculos intelectuales, artísticos y literarios, tanto en Austria como en Alemania. Su estilo aforístico, su uso innovador de la sátira y su radicalidad ética la convierten en un objeto de estudio clave para comprender la cultura de la Viena finisecular y la transición a la modernidad.
Die Fackel cesó su publicación en abril de 1936, dos meses antes de la muerte de Karl Kraus. Con su cierre, concluyó una de las aventuras literarias y periodísticas más singulares del siglo XX.

La particularidad de Die Fackel

Die Fackel no fue simplemente una revista literaria, supuso un acontecimiento formal que desafió los géneros convencionales de la prensa. Su singularidad no se basa en la originalidad temática ni en la periodicidad -que fue más bien errática-, sino en su estructura como artefacto discursivo negativo. En lugar de sumarse al discurso afirmativo, Die Fackel desarrolló un principio de desconstrucción permanente, orientado a desmontar los lenguajes, valores y estructuras que sostenían el orden burgués liberal de la Viena de cambio de siglo.
A diferencia de otras publicaciones satíricas que operaban desde una lógica de juego o burla, Kraus hizo de Die Fackel un instrumento de desfiguración metódica. Su forma no se basaba en la parodia clásica, sino en la literalidad ácida que reproducía y recontextualizaba discursos dominantes -titulares, editoriales, crónicas judiciales- para exponer su indecencia. Die Fackel puede considerarse una máquina de lectura al revés: su eficacia no residía en la construcción de un relato alternativo del mundo, sino en forzar al lector a ver lo que permanecía oculto por la forma.
Esta radical negatividad también se manifestaba en la economía del diseño. No había ilustraciones ni fragmentaciones gráficas; el texto dominaba de forma densa y opresiva, sin concesiones visuales. Kraus apostaba por una materialidad austera que subrayaba el contenido, pero también imponía una lectura lenta. Así, la revista exigía una ética de la lectura como correlato a la ética del lenguaje que la guiaba.

Contra la palabra prostituida: el objetivo ético-lingüístico de Kraus

El verdadero blanco de Die Fackel no fue tanto la prensa o la política, sino el uso degradado del lenguaje como vehículo de mistificación. Para Kraus, el lenguaje no era un medio neutro sino una institución social, una forma de acción. El objetivo más profundo de su crítica fue la palabra prostituida, es decir, la palabra usada para ocultar, manipular y legitimar el poder. Esta concepción lo aleja tanto del liberalismo periodístico como del cinismo modernista: Kraus no era un escéptico, sino un moralista radical del signo lingüístico.
En este marco, la prensa representaba para él no solo una industria de noticias, sino un aparato de violencia simbólica que operaba a través del estilo. Lo que Kraus denunciaba no era solo el contenido ideológico de los periódicos, sino su sintaxis aduladora, su retórica inflamada, sus clichés. La mentira, en su forma más eficaz, se escondía en la gramática, esa es la razón de su obsesiva atención a los adjetivos, los dobles sentidos o las redundancias como síntoma de enfermedad cultural.
Este principio ético del lenguaje le llevó a formular una de sus ideas centrales, basada en la relación entre la corrupción del lenguaje y la descomposición del alma. Para Kraus, el deterioro de la cultura vienesa no era simplemente político ni estético, sino un colapso del vínculo entre palabra y mundo. De ahí que su proyecto no fuera solo el de la crítica cultural, sino el de una verdadera higiene del discurso, una purga lingüística a través de la exactitud, la sobriedad y el ataque frontal al eufemismo institucionalizado.
Die Fackel creaba una zona libre del ruido del mundo, donde el lenguaje pudiera reconstituirse desde una relación veraz con lo real.

El aislamiento voluntario como praxis crítica

Una dimensión esencial de la singularidad de Die Fackel es el aislamiento voluntario en que se desarrolla su discurso. Kraus no perteneció a ningún partido, ni a ningún grupo literario estable. Rechazó premios, posiciones institucionales y cualquier forma de cooptación. Este apartamiento no fue una pose, sino la condición de posibilidad de su crítica: la pureza formal del juicio solo podía sostenerse desde una renuncia radical al compromiso con el mundo tal como venía dado.
Este aislamiento también es estético. El estilo de Die Fackel -aforístico, sintácticamente cerrado, semánticamente explosivo- se resiste a la lógica comunicativa dominante. No busca ser claro ni accesible en el sentido convencional, sino exacto y devastador. Kraus no escribía para persuadir ni para sumar adeptos: escribía para intervenir, interrumpir, cortar la continuidad de los discursos automáticos que organizaban la vida social. Die Fackel trata de restituir el pensamiento al lenguaje cuando este ha sido colonizado por la opinión.
El efecto de esta elección es doble. Por un lado, genera una soledad discursiva extrema: Kraus no tiene interlocutores verdaderos, sus lectores deben soportar el tono profético, autoritario y aislado de su voz. Por otro lado, esa misma soledad garantiza una fidelidad sin concesiones a la verdad que busca exponer.
Kraus quedó al margen de todos los relatos culturales canónicos, y su revista, fuera de cualquier genealogía.

La opinión de Kraus sobre la prensa

Keinen Gedanken haben und ihn ausdrücken können – das macht den Journalisten.

No tener un pensamiento y ser capaz de expresarlo: eso es lo que hace a un periodista.

Este simple aforismo de Karl Kraus condensa su opinión acerca del periodismo de su tiempo. La frase llega a ser generosa, teniendo en cuenta que admite la capacidad de expresión del periodista, concesión poco común en Kraus.
Para Karl Kraus, el periodista moderno no fue una figura menor en el paisaje cultural de su tiempo, sino el auténtico operador ideológico del orden burgués. En su visión, la prensa no solo deformaba la realidad: la producía. El periodista no era simplemente un intermediario entre los hechos y el público, sino un agente de mistificación activa, un registrador de lo inmediato sin conciencia de verdad. Su estilo, su moral y su relación con el lenguaje lo convertían -según Kraus- en el principal enemigo de la lucidez.
Lejos de considerar al periodismo como un cuarto poder, necesario en el juego político, Kraus veía en él un sustituto laico del dogma religioso: un nuevo clero cuya autoridad derivaba de la repetición y la obediencia a los intereses del capital o del poder estatal. Su crítica no se limitaba a los contenidos -aunque fue implacable con ellos-, se dirigía también a la estructura misma de la función periodística moderna: su lógica de actualidad, su compulsión por opinar sobre cualquier asunto, su insensibilidad estilística y su vacuidad conceptual. Para Kraus, la pluma del periodista producía ruido en forma de letra.
En su juicio, el periodista no era culpable por error, sino por método. Su indiferencia hacia la verdad era estructural, lo cual producía una degradación profunda de la esfera pública, en la cual la opinión sustituye al pensamiento.
Lo que más exasperaba a Kraus era la pretensión de objetividad con que la prensa se legitimaba. En sus editoriales, en sus notas políticas o judiciales, el periodismo de su época asumía una voz impersonal, administrativa, que encubría sus inclinaciones ideológicas. Kraus desnudó esta farsa, denunciando que la neutralidad periodística no era más que una forma superior de servidumbre, una obediencia camuflada en lenguaje técnico. El periodista sería el perfecto burócrata de la conciencia pública.
Su crítica se dirigió especialmente a ciertos diarios vieneses, a los que llamó fábricas de cinismo. Pero su visión excede el ámbito local, para Kraus, la prensa moderna como sistema internacional encarna una amenaza civilizatoria. Es destacable que en sus ataques no exista nostalgia por un pasado perdido, sino una ética radical, sostenida por la convicción de que quien maltrata el lenguaje, prepara el terreno para el crimen.
Durante la guerra, esta crítica se volvió aún más feroz. Para Kraus, los periodistas no fueron testigos del horror, sino sus propagandistas. Mintieron sobre los frentes, sobre las cifras, sobre las causas, y lo hicieron científicamente, con retóricas patrióticas que transformaron la muerte en espectáculo en base a un método.
En última instancia, Kraus no despreciaba al periodista por su incapacidad lingüística, sino por ser incapaz de concebir la escritura como responsabilidad ética. Su crítica a la prensa es, en el fondo, una meditación sobre el lenguaje y el compromiso.

El principio de independencia editorial

Uno de los aspectos más notables de Die Fackel fue su radical independencia editorial, mantenida de forma inquebrantable durante casi cuatro décadas. Karl Kraus no solo fue el autor principal -podríamos decir semi-exclusivo- de sus textos, también el responsable de su edición, su distribución y su sostenimiento económico. Esta combinación de autofinanciación, ausencia de publicidad y control total sobre el proceso editorial convirtió a Die Fackel en una anomalía dentro del paisaje periodístico y literario de su tiempo, un modelo de resistencia frente a las lógicas comerciales.
Desde su fundación en 1899, Die Fackel fue una revista crítica no solo en contenido, sino en estructura. Kraus rechazó de forma categórica la inclusión de anuncios publicitarios, lo que lo apartaba radicalmente del funcionamiento habitual de la prensa y de la mayoría de las revistas culturales contemporáneas. Esta decisión no era meramente estética: respondía a una posición ética. Para Kraus, la publicidad no era una fuente neutral de ingresos, sino un vector de corrupción discursiva. Contaminar el espacio textual con intereses comerciales significaba ceder la autonomía del pensamiento al mercado.
La ausencia de publicidad implicaba, por supuesto, un desafío financiero considerable. Para sostener la revista, Kraus recurrió a un sistema de venta directa al lector, lo que lo obligaba a mantener un equilibrio entre su libertad autoral y la viabilidad económica del proyecto. A lo largo de los años, el precio de Die Fackel fue aumentando de forma progresiva por razones de inflación y costes de impresión, lo cual complicó la edición. Hay que tener en cuenta que Kraus no escribía para las masas, ni pretendía accesibilidad, su público era restringido y, hasta cierto punto, el escritor pretendió que la exclusividad de su público se mantuviera.
El precio de cada número variaba, especialmente en los volúmenes más extensos. En los primeros años, el coste estaba en torno a los 60 heller (aproximadamente media corona austrohúngara), una cifra ya superior al de muchas revistas populares. En las décadas siguientes, algunas ediciones de gran volumen llegaron a costar varias coronas. Durante la Primera Guerra Mundial y la hiperinflación posterior, Kraus mantuvo con esfuerzo la impresión, a veces publicando números únicos de gran tamaño en lugar de entregas periódicas. Esto le permitía controlar mejor los costes y evitar depender de ciclos de publicación.
La impresión de Die Fackel también obedecía a criterios estrictos. Durante sus primeros años, la revista fue impresa por Ignaz Brand, y posteriormente por otras imprentas vienesas con las que Kraus mantenía una relación directa. La tipografía, el diseño y la calidad del papel eran cuidados con rigor. Aunque austera en apariencia -sin ilustraciones, sin juegos tipográficos-, Die Fackel era un objeto visualmente coherente, deliberadamente sobrio, donde la palabra escrita dominaba sin distracciones. Este diseño funcionalista anticipaba, en cierto modo, una estética moderna centrada en la preeminencia del texto sobre el artificio gráfico.
La distribución estaba igualmente controlada. Die Fackel se vendía en librerías selectas, pero también mediante suscripción directa y, en casos minoritarios, por correo. Kraus supervisaba personalmente muchos aspectos del circuito de circulación, asegurándose de que la revista no cayera en manos de intermediarios que pudieran manipular su contenido o alterar sus condiciones materiales. La autofinanciación no fue una necesidad únicamente económica, sino parte de una doctrina de autonomía absoluta, con la que el autor controlaba todas las instancias de su publicación.
Este modelo resultaba inviable para casi cualquier otra empresa editorial, pero en el caso de Die Fackel, su propuesta radical fue lo que le permitió sobrevivir, al evitar dependencias.

Diseño y edición de Die Fackel

Desde su primer número, Die Fackel optó por un formato sobrio y deliberadamente anticomercial, en radical oposición a la estética periodística y publicitaria de su tiempo. El formato físico era relativamente pequeño —aproximadamente 23 x 15 cm—, con entre 30 y más de 100 páginas por entrega, dependiendo de la extensión de los textos incluidos. La encuadernación era rústica, con grapas metálicas o cosido simple, sin ornamentos visuales.
La tipografía empleada en el cuerpo de texto era clara, de estilo gótico en los primeros años para simplificarse progresivamente (tipo Intelecta Roman), siguiendo la tradición editorial alemana. Posteriormente optó por una Antiqua simple para facilitar la lectura, sobre todo a partir de la década de 1910. La elección de la tipografía no era neutra: Kraus, obsesionado con la relación entre forma y contenido, buscaba una tipografía sobria, funcional y sin afectación.
El diseño interior evitaba cualquier tipo de distracción visual. No se empleaban ilustraciones, fotografías ni diagramaciones, las páginas eran bloques densos de texto, sin recuadros ni encabezamientos tipográficos sofisticados. Kraus pretendía que el lector se concentrara exclusivamente en la palabra impresa, sin mediaciones. Este diseño austero, ya en su época considerado anticuado, fue parte constitutiva del proyecto intelectual.

Portadas y cambios gráficos, una imagen constante que se transforma

A pesar de su sobriedad, Die Fackel poseía una identidad gráfica sumamente reconocible, en gran parte gracias a su portada icónica. Desde el número uno, la revista adoptó una tapa en color rojo encendido con letras negras, donde aparecía el título «Die Fackel» en tipografía gótica, acompañado de un grabado pequeño que mostraba una antorcha encendida. Esta antorcha no era un adorno: era un símbolo programático, una imagen condensada del proyecto de Kraus. La llama representaba la crítica encendida, la iluminación irónica de las sombras del lenguaje público, y también -con toda intención- la amenaza de incendio.
El diseño fue obra de Heinrich Lefler, artista y escenógrafo vienés vinculado al movimiento Jugendstil. La portada no cambió sustancialmente a lo largo de los años, si bien la antorcha fue perdiendo protagonismo.
La regularidad del color -rojo intenso- también tenía un efecto en el modo en que la revista circulaba físicamente. Era visible y reconocible en librerías, cafés y bibliotecas, pero no por su diseño llamativo, sino por su persistente impacto visual. Die Fackel se mantuvo como un bloque textual sólido, resistente a la lógica de la mercancía cultural. Incluso en sus etapas más tardías, cuando la mayoría de las publicaciones adoptaron elementos modernistas y vanguardistas, Kraus se mantuvo fiel a la austeridad de su línea visual.
En el interior no hay secciones diferenciadas, no existe una estructura de revista al estilo contemporáneo. Los textos aparecen uno tras otro separados por títulos, en su mayoría sin firma.

Colaboraciones técnicas

Aunque Karl Kraus fue el alma, la pluma y la voz única de Die Fackel durante la mayor parte de su existencia, no estuvo completamente solo en los aspectos técnicos y operativos de la producción.
Kraus contó con colaboradores y asistentes puntuales. La parte técnica de la impresión fue encargada a diferentes imprentas vienesas, entre ellas Brand, Reisser, y posteriormente a la imprenta Gustav Heckenast. Kraus supervisaba cada paso del proceso, desde la tipografía hasta la revisión de pruebas, pero delegaba aspectos mecánicos a impresores profesionales, con quienes mantenía relaciones tensas pero constantes.
También es sabido que Kraus contó con la asistencia administrativa de algunos colaboradores cercanos, como Sidonie Nádherny von Borutin, su amiga íntima y ocasional mecenas, que le prestó apoyo financiero y logístico en momentos críticos. Igualmente, algunas labores de correspondencia, suscripciones o gestión de librerías fueron asumidas por asistentes anónimos o empleados temporales, cuya contribución rara vez aparece documentada.
En términos de edición, es notable que Kraus fuera también su propio corrector, una labor que tomaba con obsesiva seriedad. Su preocupación por la precisión ortotipográfica le llevaba a revisar repetidamente las pruebas antes de autorizar la impresión final. Este trabajo no solo refleja perfeccionismo estilístico, sino una ética de la exactitud lingüística insobornable.
Aunque Kraus rechazó tener colaboradores literarios fijos, cabe destacar que no fue completamente impermeable a influencias. Mantuvo correspondencia con escritores, artistas y críticos, discutía sus textos en tertulias privadas, y escuchaba con atención la recepción de sus lectores más fieles.

El curioso proceso Kraus vs Frisch

Miriz Frisch fue uno de los primeros editores de Die Fackel. Aunque Kraus fue el alma de la revista, el rol de Frisch como editor le permitió tomar un control considerable sobre la publicación en muy poco tiempo.
Frisch llegó incluso a registrar la revista a su nombre, provocando un conflicto legal con Kraus, que reivindicaba la propiedad intelectual de la cabecera. Después de varios pleitos, Kraus recuperó el control de la revista, aunque tuvo que buscar otro editor.

Die Fackel*

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Tema y tono

En Die Fackel, Kraus abordó una serie de temas recurrentes que apuntaban a las patologías específicas de su entorno y a aspectos generales propios del cambio de siglo europeo.
Uno de los temas habituales es la crítica a los medios de comunicación y, en particular, a la prensa vienesa. Kraus, como un observador perspicaz de la vida urbana, veía en los periódicos de la época un mecanismo de manipulación masiva y vacuidad intelectual. La prensa, desde su perspectiva, era la gran responsable de la decadencia del lenguaje y el pensamiento, un instrumento de desinformación que deformaba la realidad con sus titulares sensacionalistas y su desmesurada sed de escándalos o noticias vacuas. Kraus denunciaba el papel de los medios en la construcción de una realidad artificial que, lejos de informar, moldeaba la percepción pública a través de la banalización de los eventos y la trivialización del discurso.
Este es un ejemplo acerca del diario francés Le Figaro. Pertenece al número de enero de 1901.

Der Pariser Figaro ist über Wiener Verhältnisse gut informiert. […] der aufhorchenden Pariser Bevölkerung ist solche Nachricht neu und interessant, und da sie die Frage nicht mehr fesselt, ob die Wahrheit noch immer auf dem Marsche ist, so werden sich jetzt die Leute auf den Boulevards öfter den “Figaro” aus den Händen reißen, um zu erfahren, ob der berühmte Stammgast des Deutschen Volkstheaters, Herr Hermann Bahr, seinen Freiplatz bezogen hat.

El Fígaro parisino está bien informado de los asuntos vieneses. […] Para la atenta población parisiense, tales noticias son nuevas e interesantes, y como ya no le interesa en absoluto si la verdad sigue vigente, la gente de los bulevares solicita el “Figaro” para saber si el famoso invitado habitual del Deutsches Volkstheater, el señor Hermann Bahr, ha ocupado su asiento.

La traducción es propia, también las siguientes.
La lucha de Kraus contra la corrupción moral y política también es común en su análisis. La hipocresía de la clase política, tanto en el ámbito del gobierno imperial como en esferas de poder inferiores, representaba la culminación de un proceso de descomposición ética.
La guerra y su justificación ideológica es uno de los blancos más recurrentes de su crítica. Kraus veía en la guerra no sólo un fenómeno militar, sino una manifestación de la degeneración de la civilización misma, en la que el sacrificio humano se reduce a una simple mercancía, mientras que los intereses económicos y políticos se anteponen a la vida y el bienestar de los individuos. La violencia de la Primera Guerra Mundial fue analizada en Die Fackel como la culminación de una serie de engaños perpetrados por aquellos que detentaban el poder, en colaboración con la prensa.

El estilo de los artículos

Es crucial analizar el tono y estilo que Kraus emplea en sus artículos. A través de un enfoque muy particular, Kraus expone la realidad de su tiempo, utilizando el lenguaje como herramienta.
El tono de Die Fackel es implacable, casi vengativo. Kraus se erige como un juez inclemente de su época, sin embargo, lejos de caer en el nihilismo o en la desesperanza, el tono de Kraus trata de desenmascarar las estructuras de poder de manera que el lector, al enfrentarse a la desnudez de las instituciones y los valores sociales, se vea obligado a reflexionar sobre su propia complicidad. Este enfoque revela un profundo escepticismo ante la naturaleza humana, pero a la vez confianza en la capacidad crítica del lector.
La ironía, esencial en la crítica krausiana, se manifiesta en cada línea de Die Fackel, a menudo en forma de paradojas, alusiones y juegos lingüísticos que buscan desestabilizar al lector y exponer la contradicción inherente en los discursos dominantes. Este estilo se caracteriza por su densidad y su tendencia a la abstracción, lo que, lejos de hacer los artículos inaccesibles, los convierte en una invitación a la reflexión. La sintaxis de Kraus es compleja, elaborada, a menudo intrincada, su intención es ir más allá de la superficialidad del lenguaje común. El estilo literario se convierte en un medio de resistencia no sólo contra los valores impuestos por las instituciones de su tiempo, sino contra la trivialización del pensamiento que caracterizaba la cultura de masas.
El siguiente extracto es del número de marzo de 1901.

Czar Nikolaus II. erfreut sich der wirksamen Protection unserer liberalen Presse. Seit er Russland regiert, wird es doit, so hören wir allwöchentlich, immer besser. Die Kaiserin-Witwe und Pobjedonoszew sind zwar noch mächtig, und allenthalben sitzen noch die reaktionären Gegner der Wjestniks in den Aemtern. Aber immer, wenn irgendwo die schwersten, lang verborgenen Schäden aufbrechen, dann ist es Zeit für den Kaiser, — oder um im höfischen Jargon zu sprechen, die allerhöchste Zeit. Und dann greift Nikolaus II. immer wirksam ein und beweist immer wieder, dass er ein Friedensfreund, ein Förderer der Bildung und der Presse ist.

El zar Nicolás II goza de la protección eficaz de nuestra prensa liberal. Desde que gobierna Rusia, las cosas van cada vez mejor, como oímos cada semana. La emperatriz viuda (María Fiódorovna Románova, madre del zar) y Pobyedonostsev (jurista conservador ruso) siguen siendo poderosos, y los opositores reaccionarios de los Wjestniks siguen ocupando cargos en todas partes. Pero cada vez que estalla en algún lugar un conflicto, oculto durante mucho tiempo, es la hora del emperador -o, para utilizar la jerga de la corte, la hora más alta-. Y entonces Nicolás II siempre interviene eficazmente, demostrando una y otra vez que es amigo de la paz y mecenas de la educación y la prensa.

En cuanto al uso del humor, Kraus lo emplea como un dispositivo subversivo. A menudo, su humor es extremadamente ácido, Kraus logra desmantelar las pretensiones de las élites culturales y políticas, exponiendo sus falacias. Su humor es, por tanto, un modo de mantener la dignidad frente a la irracionalidad y la brutalidad del mundo moderno.
Cabe también destacar el carácter fragmentario de sus escritos. En Die Fackel, Kraus no sigue una narrativa lineal ni una estructura argumentativa tradicional, sus artículos a menudo se componen de citas, aforismos y fracciones que se entrelazan de manera libre, lo que refleja su intento de crear una forma de escritura que escape a las convenciones del pensamiento lógico y sistemático. Este estilo fragmentario no es solo un recurso estético, es también un acto de resistencia frente a la cohesión forzada de los discursos dominantes.

Dos textos originales de Die Fackel

Para entender la trayectoria completa de Die Fackel, recurro a dos de sus textos más significativos, el manifiesto fundacional y el mítico poema “Man frage Nicht” / “No preguntes”.

Una declaración de intenciones

In einer Zeit, da Österreich noch vor der von radicaler Seite gewünschten Lösung an acuter Langeweile zugrunde zu gehen droht, in Tagen, die diesem Lande politische und sociale Wirrungen aller Art gebracht haben, einer Öffentlichkeit gegenüber, die zwischen Unentwegtheit und Apathie ihr phrasenreiches oder völlig gedankenloses Auskommen findet, unternimmt es der Herausgeber dieser Blätter, der glossierend bisher und an wenig sichtbarer Stelle abseits gestanden, einen Kampfruf auszustoßen. Der ihn wagt, ist zur Abwechslung einmal kein parteimäßig Verschnittener, vielmehr ein Publicist, der auch in Fragen der Politik die Wilden für die besseren Menschen hält und von seinem Beobachterposten sich durch keine der im Reichsrath vertretenen Meinungen locken ließ. Freudig trägt er das Odium der politischen Gesinnungslosigkeit auf der Stirne, die er, unentwegt wie nur irgendeiner von den ihren, den Clubfanatikern und Fractionsidealisten bietet.

En un momento en que Austria amenaza con perecer de aburrimiento agudo, ante un público que encuentra su sustento entre la inercia y la apatía, lleno de frases completamente irreflexivas, el director de este periódico, que hasta ahora se ha mantenido al margen, se compromete a lanzar un grito de guerra. Para variar, no es un hombre de partido, sino un publicista que, incluso en cuestiones de política, no se deja tentar desde su posición de observador por ninguna de las opiniones representadas en el Consejo Imperial. Lleva alegremente en la frente el odio del desapasionamiento político que con tanta firmeza le enfrenta a los fanáticos y a los idealistas de las facciones.

Esta es la introducción del manifiesto de Die Fackel en su primer número de abril de 1899. Karl Kraus se declara ecuánime ante las pasiones que tientan el entorno político austrohúngaro. El resultado será una revista de análisis político y cultural que, de manera efectiva, evita comprometerse con bandos o ideas que no se adecúan plenamente a los principios de verdad que impone Kraus.

El silencio de La antorcha

En octubre de 1933 se publica el número 888 de Die Fackel. En marzo del mismo año, el partido Nazi había ganado las elecciones. En este número aparece el poema “Man frage Nicht”, “No preguntes”, parte de una composición titulada “La tercera noche de las Walpurgis”, en referencia al “Fausto” de Goethe y a la tradición germánica relacionada con la noche de brujas.

Man frage nicht, was all die Zeit ich machte.
Ich bleibe stumm;
und sage nicht, warum.
Und Stille gibt es, da die Erde krachte.
Kein Wort, das traf;
man spricht nur aus dem Schlaf.
Und träumt von einer Sonne, welche lachte.
Es geht vorbei;
nachher war’s einerlei.
Das Wort entschlief, als jene Welt erwachte.

No me preguntes qué he estado haciendo todo este tiempo.
Permanezco en silencio;
y no digo por qué.
Y se hace el silencio como se agrieta la tierra.
Ni una palabra me impactó;
sólo hablando desde el sueño.
Y sueños de un sol que reía.
Pasa;
después todo fue igual.
La palabra pasó cuando aquel mundo despertó.

Karl Kraus es muy consciente, a finales de 1933, de que el recorrido de Die Fackel agoniza. Apenas una decena de números más serían publicados tras este poema, y es que el compromiso de Kraus era absolutamente incompatible con la imposición del gobierno nazi.
Tanto el manifiesto del primer número como el poema son parte de un mismo relato, un principio de objetividad que fue el valor primordial de la revista durante 37 años.

Karl Kraus, crítico cultural

Desde sus primeros años, Karl Kraus mostró una notable habilidad para las artes y la literatura. Kraus se relacionó estrechamente con el mundo cultural y literario que definía el carácter vienés en ese periodo, una ciudad que en las últimas décadas del siglo XIX se había convertido en un polo europeo de creatividad intelectual y artística.
Kraus estudió en la Universidad de Viena, a través de sus vínculos con intelectuales comenzó a sumergirse en los aspectos filosóficos y estéticos que influirían profundamente en su futura carrera como escritor. La atracción de Kraus por el teatro y su deseo de ser actor le acercó a algunas de las personalidades más influyentes de la escena vienesa. Kraus abandonó la actuación -aunque siguió dando recitales y organizando lecturas públicas durante toda su vida-, y se inclinó hacia la crítica y la escritura.
En un entorno cultural propicio, Kraus observó con creciente desdén las dinámicas de la sociedad vienesa, que parecía moverse en una espiral de superficialidad, autoindulgencia y decadencia. El cambio de siglo no solo le sirvió de contexto para su formación intelectual, fue también objeto de sus primeras críticas. La metrópoli austríaca, repleta de movimientos artísticos y literarios, se convirtió en espacio de análisis perfecto para Kraus. El autor percibió que, en la cima de la cultura vienesa, la sofisticación y la erudición se habían convertido en una fachada vacía que ocultaba la corrupción y la banalidad de la sociedad. Las páginas de Die Fackel sirvieron como soporte de las reflexiones culturales de Kraus.
Die Fackel se convirtió en un vehículo perfecto para el análisis de libros, óperas, obras de teatro, manifestaciones plásticas y una infinidad de expresiones culturales.

Die Fackel como un instrumento de crítica cultural

La opinión cultural de Kraus se centró particularmente en aquellos eventos y expresiones que, a su juicio, habían perdido su valor genuino, transformándose en meras exhibiciones destinadas al consumo masivo, carentes de una reflexión profunda. A través de Die Fackel, Kraus denunció un fenómeno que percibía corrosivo para la cultura: la banalización del arte y la cultura en general, promovida por una burguesía ávida de distracción.
En su crítica a los espectáculos culturales, Kraus no hacía distinción entre el arte popular y el arte elevado, ya que ambos, en su opinión, compartían una profunda decadencia. Para él, la modernidad había dado lugar a un mundo donde las artes, que habían servido como vehículo de reflexión y conciencia, se habían convertido en productos vacíos, destinados a satisfacer el deseo de ocio de una sociedad absolutamente desinteresada. Así, los grandes espectáculos, tanto teatrales como musicales, se transformaban en escaparates de lo superficial. Los teatros y las salas de conciertos se llenaban de espectadores sin ninguna capacidad para evaluar lo que veían, además, Kraus también señaló a una crítica cultural vienesa más interesada por dar parte de la nómina de espectadores que por el propio espectáculo.
Los grandes nombres del teatro y de la música eran tratados a menudo como cómplices, al igual que directores, escritores y directores de escena. Conformismo y mediocridad fueron las acusaciones más recurrentes de Kraus a la cultura de su tiempo.

El legado crítico de Die Fackel

El legado de Die Fackel en la crítica cultural es incuestionable, y su influencia sigue siendo objeto de estudio y reflexión incluso hoy. En la actualidad, la obra de Kraus se considera un método de crítica radical, una aproximación que no solo cuestiona las estructuras de poder, sino que también desafía cualquier acuerdo común. A través de su capacidad para desmontar las narrativas dominantes, Kraus se posicionó como uno de los precursores de la crítica postmoderna, al subrayar el papel del lenguaje en la construcción de la realidad social y la importancia del trasfondo de la obra.
La influencia de Kraus va más allá de sus ataques a los medios de comunicación y la sociedad de su tiempo. Su obra también marcó una defensa de la autonomía del pensamiento crítico frente a la cooptación de las instituciones culturales y políticas. Die Fackel representó una forma de resistencia intelectual que cuestionaba las estructuras de poder establecidas, e incluso las formas de arte y literatura que, en su opinión, habían traicionado su potencial crítico cayendo en la banalidad.

Die Fackel durante la I Guerra Mundial

Cuando la Primera Guerra Mundial estalló en 1914, Die Fackel fue una de las voces más críticas frente al conflicto en la esfera germánica. Mientras muchas figuras públicas, y la mayoría de los medios de comunicación, aclamaban el esfuerzo bélico como una justificación de los valores patrióticos y nacionales, Kraus adoptó una postura intransigente contra la guerra. Desde el comienzo, condenó la guerra no solo como una tragedia humana, sino como una manifestación de la descomposición moral y cultural que él percibía en el Imperio Alemán y en el Imperio Austrohúngaro.
En sus editoriales, Kraus desmanteló las narrativas que respaldaban el conflicto. En su opinión, la guerra era un síntoma de los males más profundos de la sociedad moderna, que se encontraba dominada por la corrupción, la falsedad y el egoísmo. Los gobiernos y las élites eran ahora responsables de arrastrar a millones de seres humanos a una guerra absurda.
Kraus acusó a la prensa de ser cómplice de la glorificación de la guerra y de la manipulación del público. Para él, los periódicos representaban la forma más baja de manipulación informativa, utilizando el lenguaje y las imágenes para incitar al odio y la violencia.
Kraus no solo condenaba la participación de la prensa en la guerra, también atacaba la retórica del patriotismo y el nacionalismo, que para él eran simplemente máscaras que encubrían los intereses de una clase dominante. Para Kraus, la guerra era un espectáculo en el que la moral se sacrificaba en aras de un poder ciego y una codicia insaciable.

La reflexión de Kraus sobre la deshumanización y el lenguaje

Si bien la crítica de Kraus se centró en los aspectos políticos, ideológicos y mediáticos del conflicto, también llevó a cabo una profunda reflexión acerca del lenguaje en este período. La forma en que los individuos y las sociedades respondían al conflicto, utilizando un lenguaje absolutamente deshumanizado, era para él una señal de que la civilización misma se encontraba en una crisis profunda.
Kraus insistía en que la guerra había corrompido el proceso comunicativo público. La palabra, que para él debía ser un medio para la reflexión crítica y la transmisión de la verdad, se había pervertido para servir a los intereses de la guerra. Kraus se refería explícitamente a un “empobrecimiento del lenguaje”, a partir del cual la sociedad habría perdido su capacidad de pensar críticamente y, en consecuencia, su humanidad.
Kraus veía en la guerra no solo un conflicto físico, sino un intento de aniquilar el alma humana, una batalla que se libraba en el campo del pensamiento y del lenguaje. A medida que la guerra se prolongaba, el sufrimiento de los soldados y de los civiles era patente, y Kraus utilizaba Die Fackel para exponer no solo la magnitud de la tragedia, sino también la indiferencia y la brutalidad de aquellos que se beneficiaban del conflicto.
Kraus también se centró en la muerte como una consecuencia inevitable de la guerra, destacando cómo las autoridades y los medios de comunicación trivializaban esta realidad. Los soldados, confundidos por la propaganda, se convertían en meros instrumentos de un sistema que los despojaba de su humanidad. Kraus buscaba restaurar la dignidad de los individuos que se veían atrapados en la maquinaria bélica.
Al finalizar la Primera Guerra Mundial, Karl Kraus expresó su profundo desdén hacia sus consecuencias. Desde su perspectiva, el daño no solo estaba en las millones de vidas perdidas, sino en el modo en que el lenguaje y los valores fueron corrompidos. Para Kraus, la guerra fue una manifestación de la decadencia de la civilización, una civilización que, a pesar de sus promesas de progreso, se había entregado al abismo. La Historia tardó muy poco tiempo en demostrar que la ruptura expuesta por Kraus no iba a desaparecer de inmediato.

Un espacio para colaboraciones

Die Fackel también contó con colaboraciones de intelectuales que compartían su perspectiva crítica. La revista abrió un espacio para una serie de voces que, si bien alineadas con la postura editorial, aportaban enfoques diversos que enriquecían el contenido de la publicación.
Una de las contribuciones más notables fue la de Arthur Schnitzler, el famoso dramaturgo y escritor vienés. Aunque Schnitzler era muy diferente en estilo a Kraus, ambos compartían una preocupación común por la hipocresía de la sociedad vienesa y la corrupción moral que se manifestaba en diferentes esferas, como la política, la cultura y la vida cotidiana.
Otro escritor importante que colaboró con Die Fackel fue Max Brod, conocido por ser amigo cercano de Franz Kafka y defensor de su obra -si bien no solo no cumplió con los últimos deseos del escritor praguense, también modificó muchos de sus textos-. Las contribuciones de Brod no se limitaron a la crítica literaria, también abarcaron temas de política y filosofía, cuestiones de gran importancia en la revista.
Die Fackel también acogió a muchos escritores más jóvenes que, aunque no tan conocidos, encontraron en la revista una plataforma para expresar sus pensamientos críticos. Algunos de estos colaboradores pudieron, a partir de su colaboración con Kraus, integrar sus voces en el periodismo general vienés.
Es importante señalar que las colaboraciones en Die Fackel eran limitadas, y cada artículo era revisado de forma obsesiva por Kraus.

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Wittgenstein, Popper, Canetti, tres referencias

Adorno, Benjamin, Schönberg y Kafka fueron algunos de los lectores habituales de Die Fackel. Wittgenstein, Popper y Canetti son tres de los pensadores que, además de seguir la revista, incorporaron el espíritu crítico de Kraus a su pensamiento.

Wittgenstein y el valor del lenguaje

En un artículo publicado en la revista Vermischte Bermerkungen, el filósofo vienés se refiere a los paralelismos entre su pensamiento y la actitud de Karl Kraus en los siguientes términos.

Es kommt mir manchmal vor, als philosophierte ich bereits mit einem zahnlosen Mund und als schiene mir das Sprechen mit einem zahnlosen Mund als das eigentliche, wertvollere. Bei Kraus sehe ich etwas Ähnliches.

A veces me parece que ya filosofaba con la boca desdentada, y hablar con la boca desdentada me parece lo más real y valioso. Veo algo parecido en Kraus.

En los artículos de Wittgenstein de principios de los años 30, las referencias a Kraus son constantes, más por las similitudes en su forma de pensar que por el contenido de su obra, aunque ambos identificaron la capitalidad del lenguaje como vehículo del pensamiento.
Una de las influencias más notables, y al mismo tiempo menos exploradas, en la obra de Wittgenstein es Die Fackel.
Wittgenstein descubrió Die Fackel durante su servicio en la Primera Guerra Mundial. Es importante recordar que Wittgenstein desarrolló las notas del “Tractatus” durante su etapa en el frente, y llevó a cabo la redacción final en 1918, durante un permiso. En este momento, Wittgenstein era un ferviente lector de una cabecera que hacía un especial hincapié en la estructura lingüística como base de verdad, tesis similar a la que Wittgenstein defiende en su obra principal.
Según testimonios de amigos cercanos como Paul Engelmann, Wittgenstein consideraba a Kraus una de las pocas figuras verdaderamente lúcidas de su tiempo. En una carta, llegó a decir que Kraus le había abierto los ojos en referencia a multitud de temas, y que consideraba sus textos extremadamente reveladores.
La admiración de Wittgenstein por Kraus no se limita al contenido de Die Fackel, incluye además cuestiones fundamentales de estilo, ética y filosofía del lenguaje. Kraus era un feroz crítico de la prensa sensacionalista y de los abusos discursivos en política, para él, el lenguaje no era simplemente un medio de comunicación, sino una manifestación ética de la verdad y del pensamiento. Esta concepción se adecúa profundamente a la obra de un joven Wittgenstein.
En Die Fackel, Kraus trata de enmendar las distorsiones del lenguaje mostrando cómo se corrompe cuando se emplea con fines ideológicos, Wittgenstein adopta un discurso austero, casi matemático, para purificar el pensamiento de las confusiones que conlleva un lenguaje corrupto.
Ambos, cada uno con un estilo diferente, luchaban contra las perversiones del léxico. Kraus lo hacía desde la sátira, Wittgenstein desde la lógica pura. Sin embargo, ambos compartían una ética común: la convicción de que el lenguaje debía ser claro, veraz y responsable.

Popper y el menor de los males

Hay, en “La sociedad abierta y sus enemigos”, dos referencias a Kraus interesantes.

Mit diesen Bemerkungen wird nicht geleugnet, daß ein schneller Fortschritt, vielleicht sogar durch Einführung relativ geringer Reformen (wie z. B. einer Reform der Besteuerung oder einer Reduktion der Profitrate) unmöglich sei. Ich möchte nur darauf verweisen, daß wir erwarten müssen, daß jede Beseitigung eines Übels als ihre unerwünschte Rückwirkung eine Menge neuer, wenn auch vielleicht viel geringerer, Übelstände schafft, die sich auf einer ganz anderen Dringlichkeitsebene befinden werden. Das zweite Prinzip einer vernünftigen Politik würde also lauten: Die Politik besteht in der Wahl des geringeren Übels (wie sich der Wiener Dichter und Kritiker K. Kraus ausdrückte). Und die Politiker sollten eifrig nach den üblen Folgen suchen, die ihre Handlungen hervorbringen müssen, statt sie zu verbergen, da andernfalls die richtige Einschätzung rivalisierender Übel unmöglich werden muß.

Estas observaciones no niegan que sea imposible un progreso rápido, tal vez incluso mediante la introducción de reformas relativamente menores (como una reforma fiscal o una reducción de la tasa de beneficios). Simplemente quiero señalar que debemos esperar que toda eliminación de un mal cree, como repercusión indeseable, una multitud de males nuevos, aunque quizá mucho menores, que tendrán un nivel de urgencia bastante diferente. El segundo principio de una política racional sería, pues: La política consiste en elegir el mal menor (como decía el poeta y crítico vienés K. Kraus). Y los políticos deberían buscar afanosamente las consecuencias negativas que deben producir sus acciones en lugar de ocultarlas, ya que, de lo contrario, la correcta evaluación de los males en conflicto resultaría imposible.

Karl Kraus, a quien Karl Popper cita explícitamente en ese fragmento, fue un profundo escéptico respecto a las posibilidades que implicaban las decisiones políticas. Kraus desconfiaba de los discursos que prometían soluciones simples, y creía que toda intervención en la esfera pública generaba inevitablemente nuevos conflictos o deformaciones.
Este pesimismo no implicaba inacción, sino una exigencia radical de responsabilidad moral. El político, según Kraus, debería ser consciente de que cada acción que emprende puede traer consigo un daño colateral, por lo tanto, debe actuar con extrema cautela, transparencia y una autocrítica constante. Este razonamiento es el que toma Popper para evaluar las consecuencias de la sociedad sin clases que propugna Marx.
También en el marco de la crítica marxista, el mismo tratado incluye una segunda referencia directa a Kraus.

Die marxistischen Führer deuteten die Ereignisse als das dialektische Auf und Ab der Geschichte. Sie spielten die Rolle von Ciceronen, von Führern durch die Hügel (und Täler) der Geschichte und nicht die Rolle politischer Führer, die zu Handlungen anweisen. Diese zweifelhafte Kunst, die schrecklichen Ereignisse der Geschichte zu deuten, statt sie zu bekämpfen, wurde von dem Dichter K. Kraus nachdrücklich gebrandmarkt.

Los dirigentes marxistas interpretaban los acontecimientos como los vaivenes dialécticos de la historia. Desempeñaban el papel de cicerones, guías a través de las colinas (y valles) de la historia, en lugar de líderes políticos que dirigían la acción. Este dudoso arte de interpretar los terribles acontecimientos de la historia en lugar de combatirlos fue denunciado enfáticamente por el poeta K. Kraus.

Popper hace un análisis acerca de la función de los líderes marxistas como constructores de relatos, incapaces de doblegar el transcurrir de la Historia. En su reflexión, establece la crisis del 29 como momentum que el marxismo debía haber aprovechado, sin embargo, la clase obrera percibió que la teoría marxista no ofrecía solución práctica ante una crisis capitalista real.
Karl Kraus ya había criticado antes la teoría marxista, precisamente por no ser capaz de superar el marco teórico.

Canetti y el discurso público de Kraus

La influencia de Karl Kraus en Elias Canetti es una de las más significativas en la formación intelectual y moral del autor de “Masa y poder”. Esta relación queda especialmente patente en el título de la segunda parte de su autobiografía, “Die Fackel im Ohr” (“La antorcha al oído”), cuyo título alude explícitamente a la revista de Kraus. A través de esta referencia, Canetti rinde homenaje a la figura que iluminó su juventud en Viena y moldeó su actitud crítica.
Canetti asistía con devoción a las conferencias públicas de Kraus, en las que el polemista desplegaba una oratoria afilada, una ética lingüística rigurosa y un desprecio feroz hacia el periodismo sensacionalista. Canetti, que más tarde desarrollaría una obra centrada en la dinámica de las masas y el poder, encontró en Kraus una figura ejemplar: alguien que resistía el embrutecimiento colectivo a través de la palabra precisa y responsable.
La huella de Kraus se percibe en la desconfianza de Canetti hacia los mecanismos de manipulación masiva, así como en su aspiración a una literatura con una dimensión ética.

Die Fackel, la luz de la crítica

Die Fackel constituye una de las intervenciones culturales más radicales y singulares de la Europa de entreguerras. En un tiempo marcado por la decadencia moral de los Imperios, la polarización nacionalista, el estallido de la Primera Guerra Mundial y la progresiva banalización del discurso público, Kraus erigió su revista como un espacio de resistencia ética y lingüística.
Su crítica no se limitó al contenido ideológico de la prensa o a las deformaciones del poder político, sino que apuntó directamente al lenguaje como campo de batalla moral. Frente a la corrupción del discurso mediático y la trivialización de la cultura, Die Fackel desmontó un argumentario profundamente establecido, al denunciar la violencia simbólica y restituir al lenguaje su potencia crítica y veraz.
La independencia editorial absoluta y la rigurosidad obsesiva de Kraus reflejan no solo la voluntad de pureza formal, sino una ética de resistencia frente al mercado, el espectáculo y la manipulación masiva.
Die Fackel sigue siendo ejemplo de la respuesta posible ante el embrutecimiento colectivo, una muestra de lo que el intelectual puede ofrecer a la sociedad, incluso en momentos en los que la patología se ha convertido en plaga.

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