El teatro de Samuel Beckett integra todas sus partes en un único artefacto con fines y códigos uniformes. Las relaciones entre los personajes son un recurso con el que el autor consigue, tanto en su teatro como en sus novelas, acercarse a la desaparición a la que aspira.
El silencio como mensaje
Susan Sontag publica en 1967 en la revista Aspen un ensayo que alude a la estética del silencio como método singular en Beckett. El silencio que construyen los personajes parte de una negación casi completa, tomando exclusivamente los factores imprescindibles para que la obra se manifieste. El fin es que entre el espectador y la obra no exista ningún espacio para interpretaciones externas.
Un diálogo improbable
Las relaciones entre los personajes de Samuel Beckett están marcadas por la interdependencia, la elusión y una profunda soledad compartida. Los diálogos reflejan un constante vaivén entre la necesidad del otro y el rechazo mutuo, creando vínculos frágiles, donde la comunicación es a la vez puente y barrera. Los personajes parecen estar atrapados en dinámicas cíclicas de conversación en las que se repiten ideas, el pensamiento se interrumpe y el silencio también participa; la interacción corrupta es reflejo de la incomunicación y, a la vez, una resistencia frente al vacío.
En términos generales, las relaciones en Beckett se construyen sobre un equilibrio inestable, donde la dependencia emocional o física se expresa de una manera insólita. Los personajes se necesitan mutuamente para no quedar completamente solos, pero esta necesidad no impide comportamientos crueles y despreciativos, todos ellos basados en una negación tanto subjetiva como absoluta. La tensión entre proximidad y rechazo define muchas de las interacciones del teatro de Beckett, dotándolas de un ritmo singular que oscila entre lo cómico y lo trágico.
El tiempo y la memoria juegan también un papel crucial en estas relaciones, un aspecto que, en este análisis, vamos a obviar casi por completo, por constituir un tema pleno. Los personajes parecen compartir un pasado nebuloso que apenas pueden reconstruir, pero que llega al espectador mediante recuerdos fragmentados y contradicciones que impiden una construcción estable de la identidad propia y compartida.
Proceso
El estreno de «Los días felices» tuvo lugar en el Teatro Cherry Lane de Nueva York el 17 de septiembre de 1961. Este texto nos aporta una panoplia de recursos que son comunes a la obra general del dramaturgo irlandés.
La “creación de ausencias”
La frase “creación de ausencias” es del propio Beckett y hace referencia a su propio proceso creativo.
Beckett otorga la existencia de la obra a una capacidad apriorística de la obra en sí, presente ya en un autor que debe descubrirla, desbrozando su propio yo. La imagen está tomada de la idea de Miguel Ángel en la que la escultura está en el bloque de mármol, el trabajo del escultor correspondería a su descubrimiento.
Las obras de Beckett emergen de su interior no mediante un proceso de adición, sino de sustracción. Samuel Beckett trabaja sobre un espacio construido, al que va despojando de atributos.
En “Los días felices”, las primeras versiones parten de una serie de noticias y detalles reales que desaparecen, hasta que todas las ausencias son creadas. También sucede en otras obras como en “Esperando a Godot”, cuyos primeros apuntes incorporan acciones que son saboteadas, hasta aproximarse al espíritu de negación inherente a los personajes de Beckett.
Las no relaciones
De este proceso de disminución surge la relación Beckettiana. En las primeras versiones de “Los días felices”, Willie leía una noticia que anunciaba la muerte de miles de personas debido al alcance de un proyectil, este hecho otorgaba un motivo que, forzosamente, incluía un aspecto externo que va a deformar la relación entre ambos protagonistas.
Lo que Beckett construye en esta obra es una imagen-marco concreta, para despojarla posteriormente de detalles y llegar a sensaciones básicas expresadas mediante interacciones mínimas, habitualmente sin necesidad de diálogo. El resultado es una conversación de la que se desprende una no-relación, sustentada además en un tiempo que no conocemos.
El comienzo desde un suceso primario a partir del cual se explora una relación sin atributos no es solo imputable a “Los días felices”, sino al teatro completo de Beckett.
«Los días felices»*
«Los días felices»*
«Los días felices»*
«Los días felices»*
«Los días felices»*
«Los días felices»*
«Los días felices»*
«Los días felices»*
Winnie y Willie
Esta obra es un intento más o menos irónico de Samuel Becket de crear una historia optimista, imbuida en la narrativa personal del dramaturgo.
El diálogo de ausencias
La primera interacción entre los dos protagonistas se produce cuando Winnie se compadece de Willie.
-poor Willie-
-pobre Willie-
Las traducciones son propias. Este tipo de diálogos in absentia crean un efecto concreto en el teatro de Beckett. No se trata de un monólogo como tal, sino de un recurso con el que Beckett consigue que unos personajes influyan en otros que no están en escena.
De la misma manera que Godot es referenciado, todos los personajes ausentes, tanto los que terminan manifestándose como los que no lo hacen, son rectificados por las palabras de quienes son capaces de expresarse.
Hay un curioso recurso en “La última cinta de Krapp” que nos permite ver este proceso desde el punto de vista del ausente. En esta obra, la voz del yo desaparecido va incidiendo en la persona que sí vemos, como si pudiéramos observar a Godot mientras Vladimir y Estragón divagan bajo sus bombines.
En “Los días felices” sí podemos percibir la interacción entre emisor y receptor, pero la relación tiene un carácter inverosímil.
La acción no verbal
La relación no verbal entre Willie y Winnie es lo que nos aporta la mayor parte de la información acerca de la relación entre ambos personajes. El primer apoyo es la devolución de un paraguas, en este tipo de gestos descansa completamente el carácter de la obra, de ahí la importancia de la capacidad no verbal de los actores.
El hecho de sacar un revólver de un bolso, mirarlo, besarlo y dejarlo reposar sobre el montículo es un gesto lo suficientemente poderoso como para condensar gran parte del teatro de Beckett. Esta acción supone un dramático contraste entre la actitud vital de Winnie y la posibilidad de asesinar a Willie, o acabar con su propia vida. El espectador es libre de vagar ante cualquier interpretación que, probablemente, partirá de los condicionantes de mantener tal situación pudiendo evitarla, para transitar a continuación un recorrido libre.
También las miradas de Winnie hacia la dirección que ocupa Willie son decisivas. Winnie trata de amparar a Willie, las miradas con las que se dirige a él forman un diálogo que se va a transformar.
Beckett establece un contexto en el que los gestos son básicos. La mano de Willie debe contener más expresión que sus palabras, como signo de la vacuidad de la expresión Beckettiana.
“No debo quejarme”
Mustn’t complain
No debo quejarme
Esta frase, repetida por Winnie, es lo que sujeta el carácter optimista de la protagonista. Sin estas leves muestras de compadecimiento, estaríamos ante una figura trágica enfrentada a un destino seguro, sin embargo, la reducida esperanza que Winnie parece servirle tanto a ella como a su marido.
Los apoyos emocionales de Winnie son parte del diálogo común, a pesar de la no participación de Willie que, sin embargo, parece conservar su existencia debido solo al incomprensible optimismo de su mujer.
Oh this is going to be another happy day!
¡Oh este va a ser otro día feliz!
Alternativa
Sin embargo, el optimismo de la protagonista no es constante. Winnie acepta el hecho de permanecer en soledad, sensación que experimenta ante la posibilidad de que Willie no la escuche en absoluto. Winnie acepta momentáneamente la hipótesis primordial del texto, no es posible comunicación alguna.
Lo que recibe es comunicación no verbal, para ella, su marido es solo un punto donde fijar la mirada, una interacción mínima que le permite trasladar su atención ocasionalmente, a pesar de que reclama su atención de forma explícita con regularidad.
Words fail, there are times when even they fail.
Las palabras fallan, hay momentos en los que incluso las palabras fallan.
Son las palabras las que fallan. Un instante después, ante la desesperada petición de Winnie, Willie parece reconocer su voz.
La muerte del Doctor Carolus
El anuncio de la muerte de Su Eminencia el Muy Reverendo Padre del Señor el Doctor Carolus Hunter solicita una respuesta que, en efecto, llega. Tras un momento de suspenso, la muerte en la bañera del religioso permite que Winnie hile una respuesta relacionada con el anuncio de Willie.
Opening for smart youth
Oportunidad para un joven capacitado
Así acaba la alocución de Willie, que sume a Winnie en un recuerdo probablemente feliz, aunque perturbador para el espectador.
El curso de este diálogo muestra a un hombre que lleva a cabo una acción racional que precisa de una cierta concentración, absorto en un espacio ajeno, y a una mujer cuya actitud es de absoluta distracción, pero que es capaz de responder de forma adecuada a un estímulo básico.
Diálogo
Winnie: Can you hear me? (Pause.) I beseech you, Willie, just yes or no, can you hear me?, just yes or nothing. (Pause).
Willie: Yes.
Winnie: (Turning front, same voice). And now?
Willie: (Irritated). Yes.
Winnie: ¿Puedes oírme? (Pausa.) Te lo suplico, Willie, solo sí o no, ¿puedes oírme?, solo sí o nada. (Pausa).
Willie: Sí.
Winnie: (Volviéndose al frente, con la misma voz). ¿Y ahora?
Willie: (Irritado). Sí.
Las palabras fallan, aunque son suficientes para Winnie, que promete no volver a molestar a Willie. La primitiva conversación que escuchamos evidencia el imposible diálogo entre ambos personajes, infinitamente más fluido cuando se basa en gestos y órdenes directas.
Hay también otra forma de comunicación basada en la risa, una acción que surge ante la vista de una hormiga. Ambos ríen en lo que parece un instante de complicidad, reducido por la duda de Winnie, sin embargo, aún pudiéndose haber reído por motivos diferentes -nunca lo sabremos-, existe una relación entre personas que ríen al unísono.
Los timbres del día y de la noche
Los timbres marcan el ritmo de la jornada. Al principio de los dos actos suena un pitido que establece un ciclo que Winnie acepta y que, reconoce, es parte de su rutina.
Más allá de la simbología del sonido sintético, Winnie establece un diálogo paralelo que, si se comprobara su exactitud, nos devolvería una relación más sensata que la que existe con Willie.
En realidad, no podemos saber si los timbres del día y de la noche son constantes o si son mera casualidad, pero en el segmento que conocemos, marcan una señal sonora que parece ser más razonable que cualquiera de las interacciones entre los personajes.
La posibilidad de que haya alguien al otro lado del timbre también es una de las razones que sostienen el optimismo de Winnie, socavado por el recuerdo del “estilo antiguo”.
Una última conversación
La última conversación de Winnie se refiere a Molly Bloom.
Los últimos momentos del segundo acto se basan en un monólogo expresado a partir de ideas cortas, que finaliza con el recuerdo de ambos el día que Willie pidió su mano.
El desenlace de “Ulises” se desarrolla de una forma similar, Molly despliega un monólogo sin signos de puntuación en el que rememora el día en el que Leopold, su marido, le pidió la mano, como un recuerdo imperecedero que sobrevive a cualquier circunstancia, por penosa que esta sea.
Interpretaciones
Interpretaciones
Interpretaciones
Interpretaciones
Interpretaciones
La irrelevancia de la interpretación
Es responsabilidad del espectador o del lector determinar los significados de los elementos comunicacionales que percibe en la obra de Beckett. Las conclusiones le corresponden en exclusiva al observador.
Mi intención, por tanto, no es determinar la solitud de los personajes o el significado de la suspensión temporal en base a símbolos, sino detectar el silencio que envuelve al teatro de Beckett a través de sus muchos diálogos negativos y sus breves manifestaciones positivas.
La conversación que no existe
Parece que el diálogo de ausencia en Beckett se puede resumir en la pérdida de las plegarias que nunca recibe Godot, sin embargo, la inviable correspondencia toma diversas formas.
En “Los días felices” está presente todo elemento necesario para establecer un proceso de comunicación apto que nunca llega a darse. La experiencia de Krapp también rompe el canal comunicativo habitual. Beckett llega a explorar la posibilidad de un texto sin verbo en “Acto sin palabras”, como un camino más hacia la no comunicación.
La variedad de soluciones que ofrece Beckett permiten trascender la ausencia de Godot como único no diálogo posible.
Lenguaje y realidad
Samuel Beckett plantea en sus obras una relación íntima entre el lenguaje y la realidad, en circunstancias en las que ninguno de los dos conceptos parece sostenerse con firmeza. Sus personajes habitan espacios que oscilan entre la descomposición y la repetición, donde la palabra intenta construir un sentido que la realidad no le proporciona, o donde la propia realidad se tambalea al compás de un lenguaje insuficiente. No queda claro qué colapsa primero: si el mundo desaparece y el lenguaje se vuelve inútil, o si es la palabra la que, al perder su capacidad de significado, deja la realidad en ruinas.
Esta tensión entre lenguaje y mundo se percibe en la fragmentación del discurso de unos personajes que hablan compulsivamente, pero cuyas palabras actúan como freno. La realidad parece ausente o inalcanzable, y el lenguaje, incapaz de aferrarse a ella, comienza a desaparecer.
También existe la posibilidad del proceso inverso: ante una situación en la que el lenguaje no logra estructurarse, la realidad se descompone. En «Final de partida», Hamm y Clov habitan un mundo sin referencias concretas que ha quedado reducido a una serie de órdenes y respuestas que nunca llegan a constituir un diálogo real. No hay certezas sobre lo que existe fuera de su refugio y el lenguaje, al no ser capaz de establecer un marco estable, contribuye a la erosión del espacio que habitan ambos personajes.
Algo parecido ocurre en la novela “El innombrable”, donde la voz que narra se esfuerza por definir su propia existencia, pero sus palabras solo la sumergen en una mayor confusión, como si la identidad dependiera de la estructura de un discurso fallido que contribuye a fragmentar las identidades.
Beckett no ofrece una dirección clara sobre el colapso. En ocasiones, un deteriorado lenguaje parece el único vestigio de un mundo que ya no existe; en otras, su desaparición palpable parece erosionar la realidad. La ambigüedad plantea una duda permanente sobre si lo que ocurre proviene de una realidad que se deconstruye o si el origen tiene que ver con la pérdida de significados.
El resultado es una literatura donde ni el lenguaje ni la realidad están asegurados. El teatro y la narrativa de Beckett denotan que el mundo es tan inestable como las palabras que lo describen, y que la pérdida de una realidad conlleva inevitablemente la disolución de la otra. Ante la posibilidad que plantean las desapariciones, sus personajes siguen hablando, posiblemente, para aferrarse a una realidad que se desvanece.
En fin, palabras.
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