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El arco de Madame Verdurin en “En busca del tiempo perdido” es una epopeya en cuatro actos, reforzada por numerosos hechos mínimos que construyen un carácter único y a la vez reconocible.

Justificación

La sátira burguesa de Proust tiene su núcleo en este personaje. La celosa Verdurin, nacida des Beaux, atraviesa todas las vicisitudes propias de la burguesía francesa de principios de siglo. París y Balbec sirven como fondo de sus escenas, fantasías que le permiten prosperar en un entorno en el que es ella quien establece las normas.
El final de Madame Verdurin es una advertencia categórica de Proust, quien persigue sus sueños con ahínco puede conseguirlos, incluso si sus aspiraciones y los medios con los que cuenta son ridículos.

Primer encuentro, el comienzo de la búsqueda

La primera referencia al personaje que nos ocupa la encontramos en “Un amor de Swann”, la segunda parte del primer volumen. Proust esboza el salón de Verdurin con los siguientes conceptos:

[…] du «petit noyau», du «petit groupe», du «petit clan» […]

[…] del “pequeño núcleo”, del “pequeño grupo”, del “pequeño clan” […]

La traducción es propia, al igual que las siguientes.
En algunas traducciones al castellano se utilizan palabras como “cogollito” y similares, muy a propósito de la idea que desea expresar Proust. Se trata de una congregación minúscula, de momento no sabemos si por falta de adhesiones o por exclusividad impuesta.

Las normas del credo

Las expresiones religiosas para referirse a las imposiciones de Madame Verdurin son constantes. En la presentación hallamos un dogma basado en los siguientes principios.

  • Adorar el virtuosismo del pianista.
  • Fiarse del diagnóstico del doctor Potain.
  • Aceptar que otras reuniones similares son más aburridas.

El último de los mandamientos es vital, l’orthodoxie de la petite église podía contaminarse si los miembros visitaban otras congregaciones, por eso los fieles eran eminentemente hombres. Solo Odette de Crécy y la tía del pianista son dignas de la confianza de Madame Verdurin.

Swann y Odette, la primera generación de la congregación

Madame Verdurin tiene una influencia significativa en la relación entre Odette de Crécy y Charles Swann, su intervención se pergeña a través de las dinámicas sociales de su pequeña iglesia con el fin de mantener el control sobre quienes la rodean.
A Swann, aunque acostumbrado a círculos más elevados, le atrae la informalidad del grupo y la asistencia regular de Odette. Madame Verdurin, inicialmente, fomenta la relación, Swann es un hombre culto que puede aportar prestigio a su círculo, además, Odette es la protegida de la anfitriona, lo que incentiva la acogida de Swann.

La intervención de Madame Verdurin

En principio, Madame Verdurin actúa como aliada de la pareja, su salón sirve como un espacio donde Swann y Odette pueden interactuar sin las presiones del resto de la sociedad. El primer desdén se convierte con el tiempo en atracción, Swann ve en Odette la Séfora de Botticelli, convenciéndose finalmente de su amor por ella.
Madame Verdurin fomenta el acercamiento al incluir a Swann en conversaciones y cenas donde se respira una atmósfera más relajada, este apoyo, sin embargo, no está motivado por un interés genuino en la felicidad de la pareja, sino por el deseo de mantener el control sobre las vidas de quienes le rodean.
Es importante percibir constantemente el sentido de ridículo en el control ejercido por Madame Verdurin. La manipulación insignificante satisfecha es crucial en el juicio que traslada Proust a través de este personaje.

El rechazo de Swann por parte de Madame Verdurin

A medida que la relación entre Swann y Odette se asienta, Swann comienza a distanciarse del grupo y a desafiar la autoridad de Madame Verdurin frecuentando otras compañías. Este comportamiento es inaceptable para ella, debido a que espera una lealtad absoluta de los miembros de su soirée. Madame Verdurin, al percibir que Swann es una amenaza para el control que ejerce sobre Odette, cambia su actitud desacreditándole ante el resto del grupo. La manipulación de Madame Verdurin es percibida por Swann, tensionando su relación con Odette.

Las decisiones de Odette

El control que Madame Verdurin ejerce sobre Odette también afecta a su relación con Swann. Aunque la joven utiliza el apoyo del salón para acercarse a Swann, su lealtad hacia Madame Verdurin le obliga a mantener una conexión emocional con el grupo, a menudo en detrimento de su pareja. Este desequilibrio contribuye a la desconfianza de Swann y al deterioro progresivo de su amor.

Madame Verdurin en Sodoma

Los dos volúmenes siguientes apartan a los Verdurin (Madame Verdurin tiene un marido del que toma el apellido) de la narración principal. En “El mundo de Guermantes” hay una referencia curiosa, y es que Odette adopta una actitud anti-dreyfusista debido al origen judío de Swann. La necesidad de mantener las apariencias obliga a Odette a disipar cualquier sospecha mediante una opinión exageradamente nacionalista, llegando a ser abiertamente antisemita, muy similar a la que habría adoptado Madame Verdurin.
Madame Verdurin recupera las riendas de su propia historia en “Sodoma y Gomorra”, acompañada por uno de los personajes más interesantes de la saga, el Barón de Charlus, en lo que supone un segundo acto memorable.

La Raspelière

Madame Verdurin está en un momento de transición. Aunque sigue despreciando públicamente la aristocracia, su estancia en una propiedad de los Cambremer supone un esfuerzo por ubicarse en un entorno más exclusivo. Su salón en La Raspelière, una villa en Balbec, se convierte en el núcleo de los encuentros y conflictos entre varios personajes clave. Su influencia ilustra su ambición social y su capacidad para manipular las relaciones a su favor, mientras se debate entre su rechazo a la nobleza y su hipócrita acercamiento a estas élites.
La Raspelière se convierte definitivamente en un espacio donde Madame Verdurin despliega su control, sin embargo, como sucedió durante el episodio de Swann, las tensiones en su círculo aumentan a medida que sus miembros interactúan con personas ajenas a la congregación.
Cronológicamente, este relato se desarrolla en el año 1900, 21 años después de que Swann y Odette se conocieran en el salón de los Verdurin. Esta escisión temporal muestra que la ambición de la anfitriona no ha mermado en más de dos décadas.

La relación entre Madame Verdurin y el barón de Charlus

El barón de Charlus se cruza con Madame Verdurin en La Raspelière, en uno de los pasajes más memorables de “En busca del tiempo perdido”. Charlus, un aristócrata bisexual, excéntrico y seguro de sí mismo, supone un desafío para Madame Verdurin, ya que no se somete a las normas sociales de su salón. Su carácter imponente y su desprecio por los convencionalismos chocan con el deseo de Madame Verdurin de mantener el control absoluto sobre su círculo.
Inicialmente, Madame Verdurin tolera al barón porque ve en él un medio para elevar el prestigio de su salón, sin embargo, la relación comienza a deteriorarse cuando Charlus muestra su inclinación por Charles Morel, el violinista protegido de los Verdurin. Madame Verdurin percibe esta relación como una amenaza a su autoridad, ya que Charlus intenta influir en Morel de una manera que escapa a su control.

La lucha por Charles Morel

Charles Morel es un joven violinista talentoso pero oportunista, miembro importante del círculo de Madame Verdurin. Los Verdurin ven en su talento musical una forma de embellecer su salón, sin embargo, su relación con el barón de Charlus complica la relación.
Charlus, enamorado de Morel, utiliza su posición y sus recursos para atraerlo, otorgándole beneficios que Madame Verdurin no puede igualar. Esta situación exaspera a Madame Verdurin, quien teme perder el control sobre Morel, como resultado, Madame Verdurin comienza a socavar activamente la relación entre Charlus y Morel como hizo 21 años antes con Swann.

Albertine y las dinámicas del salón

Aunque Albertine Simonet no es parte del círculo, las interacciones en La Raspelière afectan la relación de Marcel, el narrador, con ella. Albertine, cuya relación con Marcel está marcada por la desconfianza y los celos, está directamente influida por los eventos que ocurren en este entorno.
Las conversaciones y rumores que se generan en La Raspelière, alentados en ocasiones por la señora Verdurin, especialmente aquellos relacionados con las relaciones homosexuales de Albertine, incrementan los celos del narrador. Aunque Madame Verdurin no interactúa directamente con Albertine, el salón alimenta los conflictos internos del narrador, reforzando sus sospechas sobre la vida secreta de Albertine y sus posibles relaciones.
Las consecuencias de los rumores originados en La Raspelière serán decisivos en las siguientes entregas.

Mme. Verdurin*

Mme. Verdurin*

Mme. Verdurin*

Mme. Verdurin*

Mme. Verdurin*

Mme. Verdurin*

Mme. Verdurin*

Mme. Verdurin*

La prisionera ante el salón de los Verdurin

A estas alturas, la trama se centra exclusivamente en la relación enfermiza entre Marcel y Albertine. El conflicto tiene su cénit en una fiesta que organiza Madame Verdurin en su casa parisina, la posibilidad de que asista la hija de Vinteuil espanta a Marcel.

Una impresión de los Verdurin

El salón del matrimonio Verdurin es el espacio en el que se exacerban los celos de Marcel, pero también nos permite comprobar la trayectoria de la futura duquesa de Guermantes.

[…] je m’intéressais beaucoup en ce moment aux vieux services d’argenterie et de porcelaine, il me dit (Charlus) que je ne pourrais pas en voir de plus beaux que chez les Verdurin.

[…] estaba muy interesado en ese momento en los servicios antiguos de platería y porcelana, me dijo (Charlus) que no podía ver otros más bellos que los de Verdurin.

No solo es significativo que los Verdurin posean numerosos servicios de plata y porcelana, además es Charlus quien llama la atención acerca de este hecho, un hombre con acceso a los mejores salones de París. En este punto, los Verdurin tienen criados de guardarropa, cocheros y una corte general de sirvientes.
Otra cuestión significativa es la actitud de Monsieur Verdurin. El hombre anteriormente apocado, decidido a dejar el protagonismo a su mujer, se convierte en un anfitrión arrogante. El desprecio de Madame Verdurin hacia Saniette ha sido común desde el origen de la congregación, ahora es su marido quien asimila el talante soberbio de su esposa hacia su invitado.
Mientras tanto, Madame Verdurin ha adoptado nuevos gustos que incluyen a Debussy y la cocaína, pero sigue agasajando a su interlocutor a costa incluso de despreciar a sus invitados.

N’en parlez pas trop fort parce que je ne convoquerai pas toute cette tourbe, (terme désignant pour cinq minutes le petit noyau, dédaigné momentanément pour le nouveau en qui on mettait tant d’espérances).

No hable demasiado alto porque no invitaré a toda esta turba, (término con el que designa durante cinco minutos al pequeño núcleo, momentáneamente desdeñado por la novedad, en quien tantas esperanzas depositaba).

La Princesa des Beaux

Monsieur Verdurin fallece en el año 1916, el fallecimiento de Oriane de Guermantes y la Revolución de Baviera ofrecen a Madame Verdurin la oportunidad que ha esperado toda su vida.

La Revolución de Baviera posterior a la Gran Guerra

La Revolución de Baviera (1918-1919) fue un movimiento político y social que marcó la transición de Baviera de una monarquía a una república socialista, como parte de las convulsiones que siguieron a la Primera Guerra Mundial en Alemania. Comenzó en noviembre de 1918, consumado el colapso del Imperio Alemán, y estuvo impulsada por el descontento popular ante la crisis económica y el deseo de reformas sociales profundas tras el conflicto.
El movimiento estuvo liderado inicialmente por Kurt Eisner, político socialista del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania (USPD), quien proclamó la República Libre de Baviera, destronando al rey Luis III. Eisner buscaba instaurar un gobierno democrático, pero su mandato fue breve debido a la inestabilidad política. Poco después se instauró la República Soviética de Baviera, un gobierno breve y radical reprimido violentamente por tropas paramilitares derechistas (Freikorps), respaldadas por el gobierno central alemán.
Este proceso afectó a las grandes fortunas de muchas familias aristocráticas europeas, provocando también el declive financiero de los Guermantes.

La ruina del Príncipe de Guermantes

En pocos años, el Príncipe de Guermantes enviuda y pierde la fortuna proveniente de la familia de su madre, antaño duquesa de Baviera. Tras el desastre financiero de la rama bávara de la familia, el Príncipe ve en Madame Verdurin una alternativa para evitar la bancarrota.
La ruina del Príncipe de Guermantes simboliza el declive de la aristocracia europea tradicional, que se enfrenta a transformaciones sociales, económicas y políticas radicales a principios del siglo XX. El tercer matrimonio de la nueva señora Guermantes representa la inevitabilidad de los cambios en las jerarquías sociales que Proust explora en su obra.

La nueva Princesa de Guermantes

En el tramo final de “El tiempo recobrado”, Marcel narra el destino de Madame Verdurin a través de su conversación con Bloch, personaje que ya nos presenta en “Por el camino de Swann”. Marcel revela que la derrota alemana ha arruinado a los Guermantes y que Oriane de Guermantes ha fallecido. A esta información añade que, después de enviudar, Sidonia des Beaux (Madame Verdurin) se casa con el Duque de Duras, fallecido dos años después del enlace. Al Duque de Duras le sucede su primo, el Príncipe de Guermantes. La cuñada de Charlus es ahora Sidonia, Duquesa de Duras y Princesa de Guermantes.
Marcel lamenta la nueva posición alcanzada por la nueva Princesa, tratando el asunto de usurpación.

Epifanías finales

No es posible analizar el último episodio de “En busca del tiempo perdido” sin comentar las evocaciones del narrador. La fiesta final, ofrecida por la Princesa de Guermantes, es un festival de recuerdos en los que están presentes los personajes de su vida, caracterizados con las máscaras impuestas por la vejez.

Alors, […] m’avait fait apercevoir que l’œuvre d’art était le seul moyen de retrouver le Temps perdu, une nouvelle lumière se fit en moi.

Entonces, […] me hizo darme cuenta de que la obra de arte era la única manera de recobrar el tiempo perdido, una nueva luz se derramó en mí.

A esta formidable reflexión le precede la cadena de pensamientos que forman su vida completa. Sobre ese sustento pétreo, desfigurado ya, surge la nueva Princesa de Guermantes, satisfecha, sobrepuesta al ridículo al que le han sometido los demás, incluído Proust. Oriane y Verdurin son un recuerdo, la Princesa de Guermantes es ella.

Las alusiones anteriores son suficientes para analizar la personalidad de Madame Verdurin, en cualquier caso, me excuso por haber omitido las catleyas, la magdalena, la sonata de Vinteuil y por no haberme referido a la princesa Sherbatoff o al intenso duelo que cruza a nuestra protagonista con el Barón de Charlus.

La construcción de Madame Verdurin

Todo personaje proustiano tiene una o varias referencias reales. Determinar las equivalencias de la señora Verdurin es complejo, pero podemos rastrearla en la biografía de Madame de Saint-Marceaux, una anfitriona muy influyente que aporta a Madame Verdurin su carácter elitista y su habilidad para reunir a artistas y personalidades en su entorno. Su salón era conocido por ser exclusivo y exigente, características que Proust trasladó al rígido control que Madame Verdurin ejerce sobre sus acólitos.
Pauline Ménard-Dorian, hija de una familia burguesa influyente y cercana a círculos artísticos, contribuye al trasfondo burgués que define a Madame Verdurin. Su interés por las artes y su apoyo a los artistas también se reflejan en el modo en que Madame Verdurin utiliza a músicos y escritores para elevar su propio estatus social.
Madame Arman, musa de Anatole France, aportaría la faceta teatral y dramática del personaje. Madeleine Lemaire, reconocida pintora y anfitriona, influyó en la imagen de Madame Verdurin a través de su capacidad para atraer artistas a su salón asociado al arte.
En la época en la que Proust modela la personalidad de Madame Verdurin, el escritor conoció a innumerables personalidades similares a su arquetipo. Es posible rastrear la búsqueda de Proust a través de sus cartas personales, publicadas por Acantilado en castellano.

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Marcel Proust

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Marcel Proust, biografía

Marcel Proust es uno de los escritores más importantes de la literatura europea, conocido por su monumental obra «En busca del tiempo perdido» (“À la recherche du temps perdu”), una exploración profunda de la memoria, el tiempo, las relaciones humanas y la sociedad. Su vida, marcada por la enfermedad, el aislamiento y una sensibilidad extraordinaria, influyó profundamente en su escritura.

Infancia y juventud

Valentin Louis Georges Eugène Marcel Proust nació el 10 de julio de 1871 en París, poco después de la derrota francesa en la guerra franco-prusiana y la Comuna de París. Su padre, Adrien Proust, era un destacado médico y epidemiólogo, su madre, Jeanne Weil, provenía de una rica familia judía de Alsacia. La educación refinada y el entorno culturalmente diverso de su hogar dejaron una huella duradera en Marcel.
Desde niño, Proust mostró una salud frágil padeciendo asma crónica, lo que marcó toda su vida. A pesar de su enfermedad, tuvo una infancia relativamente feliz y pasó los veranos en Illiers-Combray, un pueblo que más tarde inspiraría el ficticio Combray. Durante su adolescencia, Proust asistió al Lycée Condorcet, donde comenzó a destacar por su talento literario y su pasión por la literatura.

Primeros pasos literarios y vida social

En 1889, Proust cumplió el servicio militar en Orleans, pero su salud deteriorada le impidió cumplir con muchas de sus obligaciones. En 1890 ingresó en la Sorbona, donde estudió filosofía y literatura. Fue en esta época cuando comenzó a frecuentar los salones aristocráticos y literarios de París, relacionándose con figuras influyentes como Anatole France y Robert de Montesquiou, quienes luego inspirarían algunos de los personajes de «En busca del tiempo perdido».
En 1896 Proust publicó su primera obra, «Los placeres y los días» (“Les plaisirs et les jours”), una colección de relatos, ensayos y poemas que fue bien recibida, aunque no tuvo un éxito comercial significativo. Durante este período, Proust intentó escribir una novela más extensa, pero el proyecto quedó inacabado. Sin embargo, estas experiencias literarias iniciales sentaron las bases de su estilo y su capacidad para explorar temas como la memoria, el deseo y la sociedad.

Enfermedad y aislamiento

A partir de finales de la década de 1890, la salud de Proust empeoró considerablemente, lo que le llevó a retirarse cada vez más de la vida social. La muerte de su madre en 1905 fue un golpe devastador para él, agravando su aislamiento y desencadenando una profunda introspección que influiría en su obra.
Durante este tiempo, Proust comenzó a escribir de manera sistemática. Se dedicó a traducir obras del crítico inglés John Ruskin, lo que le ayudó a perfeccionar su estilo literario.

«En busca del tiempo perdido»

Entre 1909 y 1912, Proust concibió la idea de «En busca del tiempo perdido», una obra monumental que eventualmente constaría de siete volúmenes. La serie se centra en la vida del narrador, sus recuerdos y reflexiones, explorando temas como el tiempo, la memoria involuntaria, el amor, los celos y las complejidades de la sociedad. El primer volumen, «Por el camino de Swann» (“Du côté de chez Swann”), fue publicado a expensas del propio Proust después de que varias editoriales lo rechazaran.
El estallido de la Primera Guerra Mundial interrumpió temporalmente la publicación de los volúmenes restantes, pero Proust continuó trabajando incansablemente en su obra.

Los últimos años

En sus últimos años, Proust vivió prácticamente recluido en su apartamento parisino de la Rue Hamelin. Convertido en un ermitaño, trabajaba frenéticamente en los volúmenes finales de «En busca del tiempo perdido», revisando y ampliando los manuscritos. Su salud, ya debilitada por el asma, se deterioró aún más debido a su estilo de vida y a la falta de cuidados.
Proust murió el 18 de noviembre de 1922 a los 51 años a causa de una bronquitis que evolucionó en neumonía. En el momento de su muerte, los últimos volúmenes de su obra aún no habían sido publicados, pero sus manuscritos estaban prácticamente completos. «La prisionera», «La fugitiva» y «El tiempo recobrado» fueron publicados póstumamente, consolidando su legado como una de las figuras más influyentes de la literatura mundial.

Las siete partes de «En busca del tiempo perdido»

Proust tiene una obra variada, no muy prolífica, pero sobre la que destacan las siete novelas que forman la saga del tiempo perdido. Son las siguientes.

1. «Por el camino de Swann» (1913 orig., 1919 correg.)

El narrador recuerda su infancia en Combray, marcada por su intento de obtener un beso de buenas noches de su madre. A través de la memoria involuntaria, revive momentos significativos de su vida. También se relata la historia de amor entre Charles Swann y Odette de Crécy, marcada por la actitud de Swann. Este primer volumen introduce los temas del tiempo, la memoria y la naturaleza ilusoria del amor.

2. «A la sombra de las muchachas en flor» (1919)

El narrador explora su despertar emocional y artístico mientras pasa un verano en Balbec, una ciudad costera imaginaria. Allí conoce a Albertine Simonet y a un grupo de muchachas que le fascinan. También profundiza su relación con los Guermantes, especialmente con Saint-Loup. Este volumen refleja el inicio de las relaciones amorosas del narrador y su búsqueda de un propósito artístico.

3. «El mundo de Guermantes» (1921-1922, dos tomos)

El narrador se muda a un apartamento cerca de los Guermantes, una de las familias más prestigiosas de la aristocracia. A través de sus interacciones sociales, descubre la vacuidad de la nobleza y sus intrigas. Al mismo tiempo, se enfrenta a la enfermedad y muerte de su abuela, un momento profundamente emotivo que le hace ver la fragilidad de la vida y el paso del tiempo.

4. «Sodoma y Gomorra» (1922-1923, dos tomos)

Este volumen profundiza en la homosexualidad, particularmente en las relaciones del barón de Charlus y Charles Morel. El narrador comienza a sospechar sobre las inclinaciones de Albertine, lo que alimenta su obsesión y celos. Mientras tanto, se desarrollan tensiones sociales en los círculos aristocráticos y burgueses, marcando la decadencia de los valores tradicionales y el ascenso de nuevas dinámicas sociales.

5. «La prisionera» (1925, post.)

Albertine vive en la casa del narrador, quien la mantiene bajo constante vigilancia debido a sus celos. A pesar de su amor por ella, su relación es asfixiante y está marcada por el deseo de control. Este volumen refleja la naturaleza posesiva y destructiva del amor del narrador, mientras Albertine representa una figura de misterio e independencia que él no puede comprender ni poseer completamente.

6. «La fugitiva» (1925, post.)

Albertine abandona al narrador, poco después él recibe la noticia de su muerte en un accidente. Este evento desencadena una profunda introspección en el narrador, quien pasa de la desesperación a una gradual aceptación. Reflexiona sobre la ilusión del amor y el tiempo perdido, mientras su vida avanza en medio de cambios sociales y personales.

7. «El tiempo recobrado» (1925, post.)

El narrador asiste a una fiesta en casa de los Guermantes, donde observa cómo el tiempo ha transformado a las personas y a su sociedad. A través de varias epifanías relacionadas con la memoria involuntaria, comprende que puede recobrar el tiempo perdido mediante la escritura. Decide dedicarse a narrar su vida, dando origen a la obra que hemos estado leyendo.

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