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La recepción de “Hojas de hierba” (ed. can., 1892) en la literatura europea abre un profundo debate acerca del lenguaje poético. Más que una influencia estilística, Whitman inaugura una concepción radical del sujeto lírico, de la función del poeta como instancia totalizadora de la experiencia humana. En el ámbito de la lengua portuguesa, varios poetas dialogan con las imágenes de Whitman -Sá-Carneiro, Botto-, pero ninguno de manera tan intensa, problemática y creativa como Fernando Pessoa.
Lejos de asumir la herencia de Whitman de forma directa, Pessoa la somete a un proceso de descomposición a través del sistema heteronímico. Donde Whitman propone un “yo” que se expande hasta confundirse con el mundo, Pessoa responde con una pluralidad que encarna distintas actitudes frente a dicha expansión. Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos no son variaciones de una misma sensibilidad, sino tres respuestas divergentes a un problema moderno decisivo: la posibilidad -o imposibilidad- de un sujeto poético absoluto.

La máquina poliédrica frente al “yo”

El sistema heteronímico de Fernando Pessoa no puede comprenderse adecuadamente si se reduce a un desdoblamiento psicológico o a mera mascarada. Antes que un artificio identitario, las facetas de Pessoa constituyen una arquitectura poética concebida para pensar los límites del sujeto moderno. Frente a la tentación romántica de un “yo” unitario capaz de absorber la totalidad de la experiencia, Pessoa responde con una pluralidad organizada que no busca resolver la fragmentación, sino hacerla operativa.
Cada heterónimo parte de una hipótesis ontológica y estética que pone a prueba una determinada relación entre conciencia, mundo y lenguaje. La heteronimia no añade voces al “yo”, lo disuelve como centro soberano. El sistema funciona como una máquina de pensamiento poético: no expresa una identidad previa, produce posiciones desde las cuales es posible examinar críticamente las promesas y las fisuras de la modernidad.
El carácter crítico se manifiesta, sobre todo, en la imposibilidad de reconciliación entre las distintas voces, no habiendo síntesis superior que las integre ni perspectiva que las armonice. La coexistencia de estas posiciones no obedece a una lógica dialéctica, sino a una lógica experimental. Pessoa no busca una solución al problema del “yo” moderno, busca su exposición radical.

Whitman como pregunta, no como modelo

La presencia de Walt Whitman en la obra de Pessoa debe entenderse como un problema poético. Whitman encarna una de las formulaciones más extremas del proyecto moderno del “yo”: un sujeto lírico expansivo, capaz de identificarse con la multiplicidad del mundo sin perder su unidad. Su poesía no se limita a representar la experiencia y aspira a contenerla, a asumirla como totalidad.
En el contexto europeo de comienzos del siglo XX, dicha ambición aparece ya cargada de ambigüedad, una indeterminación que se acentuará tras la Primera Guerra Mundial. La promesa de un “yo” absoluto capaz de sostener la totalidad de lo real entra en tensión con una conciencia cada vez más aguda de la discontinuidad y la crisis de los grandes relatos integradores.
Frente a Whitman, Pessoa elige una problematización. El “yo” de Whitman no es negado, pero tampoco aceptado como horizonte viable; en lugar de intentar sostenerlo, Pessoa lo desestructura y lo somete a una serie de pruebas críticas. Cada voz encarna una respuesta parcial al desafío que propone “Hojas de hierba”: la posibilidad de una relación inmediata con lo real, la retirada hacia la forma y el mito como salvaguarda frente al exceso, o la exacerbación nerviosa de la conciencia moderna llevada hasta el límite de la disolución.
Desde esta perspectiva, la poética de Whitman deja de ser un modelo a seguir para convertirse en una superficie de tensión. Su obra funciona como un punto de partida problemático que obliga a replantear las condiciones de lo poético. Pessoa no corrige a Whitman ni lo supera en sentido histórico; lo somete a un proceso de experimentación crítica que revela tanto la potencia como las aporías de su proyecto.
Whitman formula una de las grandes promesas de la modernidad poética; Pessoa explora las consecuencias de esa promesa cuando ya no puede ser sostenida por un solo sujeto -y queda además abolida por la Historia-. El resultado no es una refutación, es una pluralización del problema.
Cabe recordar que Fernando Pessoa admiró y celebró la obra de Whitman, de esa fascinación nacen ciertos rasgos -matices, aunque decisivos- de sus heterónimos líricos más importantes.

F. Pessoa*

F. Pessoa*

F. Pessoa*

F. Pessoa*

F. Pessoa*

F. Pessoa*

F. Pessoa*

F. Pessoa*

Alberto Caeiro y la negación del “yo” expansivo

La relación entre Alberto Caeiro y Walt Whitman constituye uno de los puntos más reveladores del diálogo plural de Fernando Pessoa. Caeiro aparece, a primera vista, como el heterónimo más alejado de Whitman: antimetafísico, antisentimental, radicalmente literal; sin embargo, es precisamente en esa distancia donde se manifiesta una relación de contacto directo. Caeiro no ignora a Whitman; le enfrenta.
Whitman construye su poética a partir de la expansión del “yo” hasta su identificación con el mundo. La naturaleza, el cuerpo, los otros, la historia y el cosmos se integran en una conciencia que los afirma como partes de sí misma. La experiencia del mundo es, en último término, experiencia del “yo”.
La mirada de Caeiro sobre la naturaleza no implica fusión, sino separación. El mundo no es prolongación del sujeto, ni escenario simbólico, ni revelación de un sentido oculto; es, simplemente, lo que es. Whitman asegura ser el mundo, Caeiro responde, implícitamente, que el mundo ni siquiera necesita ser pensado para existir, desmantelando la posibilidad de un “yo” que aspire a contener la realidad.

I celebrate myself, and sing myself,
And what I assume you shall assume,
For every atom belonging to me as good belongs to you.

I loafe and invite my soul,
I lean and loafe at my ease observing a spear of summer grass.

My tongue, every atom of my blood, form’d from this soil, this air,
Born here of parents born here from parents the same, and their parents the same,
I, now thirty-seven years old in perfect health begin, Hoping to cease not till death.

Creeds and schools in abeyance,
Retiring back a while sufficed at what they are, but never forgotten, I harbor for good or bad, I permit
to speak at every hazard, Nature without check with original energy.

Me celebro a mí mismo y me canto a mí mismo,
Y lo que yo asumo, tú también lo asumirás,
Porque cada átomo que me pertenece, también te pertenece a ti.

Vago e invito a mi alma,
Vago y holgazaneo a mi antojo observando una brizna de hierba veraniega.

Mi lengua, cada átomo de mi sangre, formado a partir de esta tierra, este aire,
Nacida aquí de padres nacidos aquí, igual que sus padres,
Yo, ahora con treinta y siete años de edad y en perfecto estado de salud, comienzo, con la esperanza de no cesar hasta la muerte.

Creencias y escuelas dejo en suspenso,
Retirándome un tiempo aceptando lo que son, no las olvido, albergo lo bueno y lo malo, me permito
hablar a toda costa, Naturaleza sin control con energía original.

/

Quem está ao sol e fecha os olhos,
Começa a não saber o que é o sol
E a pensar muitas coisas cheias de calor.
Mas abre os olhos e vê o sol,
E já não pode pensar em nada,
Porque a luz do sol vale mais que os pensamentos
De todos os filósofos e de todos os poetas.
A luz do sol não sabe o que faz
E por isso não erra e é comum e boa.

Quien está al sol y cierra los ojos,
Empieza a no saber lo que es el sol
Y a pensar muchas cosas llenas de calor.
Pero abre los ojos y ve el sol,
Y ya no puede pensar en nada,
Porque la luz del sol vale más que los pensamientos
De todos los filósofos y de todos los poetas.
La luz del sol no sabe lo que hace
Y por eso no se equivoca y es común y buena.

Naturaleza sin trascendencia

Aunque Whitman se presenta como poeta de la inmanencia, su celebración del mundo está atravesada por una dimensión metafísica persistente. La naturaleza de Whitman no es solo presencia sensible, es signo de una totalidad reconciliada. El cuerpo no es únicamente materia, es lugar de revelación; el canto no es mera voz, sino un acto fundacional. La afirmación radical de lo real convive con una forma de trascendencia secularizada: el mundo es sagrado porque el “yo” lo vive como tal.
Caeiro rechaza esta posibilidad. Su naturalismo no admite ningún resto trascendente, ni siquiera en forma de entusiasmo vital. La naturaleza es multiplicidad inmediata, irreductible a cualquier principio organizador. Ver un árbol no conduce a ninguna verdad más profunda que el hecho mismo de verlo. Pensar la naturaleza es ya traicionarla.
Este rechazo no implica una negación del mundo sensible, al contrario, supone su afirmación más extrema. Caeiro no propone una lectura espiritual de la realidad, propone una ética de la percepción, la mirada debe limitarse a lo que ve; el pensamiento debe renunciar a interpretar. Su poética puede leerse como una crítica directa a la ambición de totalización, cancelando la experiencia sensible como fundamento de un proyecto ontológico del “yo”, y la posibilidad de extraer cualquier sentido que no sea puramente inmediato.
Esta decisión convierte a Caeiro en una figura paradójica dentro de la modernidad lírica: profundamente contemporáneo en su rechazo de la metafísica, radicalmente antimoderno en su desconfianza hacia el sujeto.

I am large, I contain multitudes (mas não são as tuas)

La influencia de Whitman en Caeiro exige, por tanto, analizar el concepto mismo de influencia. No se trata de una transmisión de formas, imágenes o procedimientos estilísticos, se trata de una relación absoluta de oposición desde el reconocimiento. Whitman actúa como un problema que Caeiro resuelve negándolo. La existencia de Caeiro solo cobra pleno sentido si se la entiende como una respuesta al absoluto.
Esta influencia por negación es coherente con el funcionamiento del sistema heteronímico en su conjunto. Pessoa adopta la figura de Whitman como origen de una reflexión crítica sobre los límites del sujeto poético. Caeiro encarna la hipótesis más radical: la posibilidad de una poesía sin “yo”, o al menos sin un “yo” investido de autoridad metafísica. Su aparente simplicidad es, en realidad, una forma extrema de rigor.
Caeiro no propone una alternativa sentimental a Whitman, sino una refutación conceptual. La fusión entre sujeto y mundo implica todavía una jerarquía: el “yo” que canta sigue siendo el punto de referencia. Caeiro elimina esa jerarquía, pues no hay centro, no hay expansión, no hay totalidad. Solo hay cosas, vistas una a una, sin que ninguna reclame un sentido superior.
Si otros autores intentan disciplinar, sublimar o exacerbar el “yo” moderno, Caeiro lo desactiva desde su raíz. No hay reconciliación posible entre ambas poéticas, pero tampoco indiferencia. La negación de Caeiro es demasiado precisa para no delatar una confrontación directa y, en ese vaciamiento, se revela la fragilidad del sueño moderno de un sujeto capaz de coincidir plenamente con un mundo que empieza a serle extraño.

Clasicismo como resistencia

El nacionalismo poético, lejos de constituir una anomalía ideológica en el seno de la modernidad literaria, puede leerse como un modo persistente de interrogación de lo colectivo. En determinados autores, la nación no se presenta como una consigna política ni como una identidad cerrada, aparece como una figura simbólica que permite articular una relación entre sujeto, tiempo histórico y comunidad. Tanto Walt Whitman como Ricardo Reis pueden ser entendidos como poetas nacionalistas en un sentido clásico: ambos conciben la poesía como posibilidad de dar forma a lo común-nacional y para inscribir al individuo en un colectivo.
Sin embargo, si ambos comparten la ambición de fundar poéticamente una comunidad, lo hacen desde perspectivas radicalmente diferentes. En Whitman, el discurso nacional se proyecta hacia el porvenir, la nación es una promesa abierta, un cuerpo en expansión que se construye en el presente a partir de una multiplicidad de voces, cuerpos y experiencias. Su nacionalismo no remite a un origen perdido, se basa en una plenitud aún por realizar; el poema funciona como acto anticipatorio del Estado reciente y potencial, un gesto fundacional.
Ricardo Reis diserta acerca de un nacionalismo de signo inverso. Su mirada se orienta hacia el pasado como instancia normativa, hacia un tiempo en el que la forma, la medida y el orden garantizaban la inteligibilidad de lo común. La nación no es una promesa, es una herencia, una continuidad que debe ser preservada frente a la disolución moderna. El clasicismo -en sentido amplio- de Reis implica una respuesta consciente a la percepción de un mundo desprovisto de centro simbólico.
Leer conjuntamente a Whitman y a Reis permite comprender el nacionalismo poético como posibilidad de futuro y pasado, de fundación y reivindicación.

La marginalidad de un nacionalismo pre-fascista

El nacionalismo poético de Ricardo Reis parte de una posición deliberadamente ajena al imaginario nacionalista moderno. Definido por Pessoa como latinista y monárquico, Reis encarna una concepción de la nación que no se funda en la voz colectiva, sino en la tradición de la sociedad patricia. Su horizonte nacional no se identifica con la comunidad empírica de los vivos, sino con una construcción basada en la permanencia y el privilegio. La nación de Reis no es un cuerpo en devenir, es un principio regulador que ordena el tiempo para tratar de detenerlo.
La elección del clasicismo como lenguaje poético no responde, en Reis, a una nostalgia arqueológica, responde a una toma de posición frente a la modernidad. Su bucolismo depurado, atravesado por elementos epicúreos y estoicos, busca refugio en una Arcadia ilusoria, capaz de mantenerse a pesar del inexorable destino del individuo. La aceptación de la muerte, constante en su obra, refuerza la ética de la contención: si todo es transitorio, solo el símbolo -conservado, impersonal, repetible- puede aspirar a cierta duración. La nación, así concebida, es una promesa que se administra con rigor, centralizada en una élite en torno a un rey.
El nacionalismo de Reis se distancia tanto del populismo romántico como del mito democrático puro. Su reacción ante la proclamación de la República Portuguesa, figurada en el exilio, es la reacción lógica, derivada de una profunda incompatibilidad entre su ética plena -a partir de un principio político- y la lógica del presente. Reis no rechaza la historia, pero se resiste a la primacía de la subjetividad; se trata de la última palabra del nacionalismo posibilista previo al fascismo en Europa.

Ouvi contar que outrora, quando a Pérsia
Tinha não sei qual guerra,
Quando a invasão ardia na Cidade
E as mulheres gritavam,
Dois jogadores de xadrez jogavam
O seu jogo contínuo.
À sombra de ampla árvore fitavam
O tabuleiro antigo,
E, ao lado de cada um, esperando os seus
Momentos mais folgados,
Quando havia movido a pedra, e agora
Esperava o adversário,
Um púcaro com vinho refrescava
A sua sóbria sede.

Ardiam casas, saqueadas eram
As arcas e as paredes,
Violadas, as mulheres eram postas
Contra os muros caídos,
Trespassadas de lanças, as crianças
Eram sangues nas ruas…
Mas onde estavam, perto da cidade,
E longe do seu ruído,
Os jogadores de xadrez jogavam
O jogo do xadrez.

Inda que nas mensagens do ermo vento
Lhes viessem os gritos,
E, ao refletir, soubessem com acerto
Que por certo as mulheres
E as tenras filhas violadas eram
Nessa distância próxima,
Inda que, no momento que o pensavam,
Uma sombra ligeira
Lhes passasse na fronte alheada e vaga,
Breve seus olhos calmos
Volviam sua atenta confiança
Ao tabuleiro velho.
Quando o rei de marfim está em perigo,
Que importa a carne e o osso
Das irmãs e das mães e das crianças?
Quando a torre não cobre
A retirada da rainha branca,
O saque pouco importa.
E quando a mão confiada leva o xeque
Ao rei do adversário,
Pouco pesa na alma que lá longe
Estejam morrendo filhos.

Oí decir que antaño, cuando Persia
Tenía no sé qué guerra,
Cuando la invasión consumía la ciudad
Y las mujeres gritaban,
Dos jugadores de ajedrez jugaban
Su juego continuo.
A la sombra de un gran árbol, miraban fijamente
El antiguo tablero,
Y, al lado de cada uno, esperando sus
Descansos,
Cuando había movido la pieza,
Mientras aguardaba al adversario,
Una jarra con vino refrescaba
Su sobria sed.

Las casas ardían, saqueadas estaban
Las arcas y las paredes,
Violadas, las mujeres eran colocadas
Contra los muros caídos,
Traspasadas por lanzas, los niños
Eran sangre en las calles…
Pero donde estaban, cerca de la ciudad,
Y lejos de su ruido,
Los jugadores de ajedrez jugaban
El juego del ajedrez.

Aunque en los mensajes del viento desolado
Les llegaban los gritos,
Y, al reflexionar, sabían con certeza
Que sin duda las mujeres
Y las tiernas hijas violadas estaban
En esa distancia cercana,
Aunque, en el momento en que lo pensaban,
Una sombra ligera
Les pasaba por la frente distraída y vaga,
Brevemente sus ojos tranquilos
Volvían su atenta confianza
Al viejo tablero.
Cuando el rey de marfil está en peligro,
¿qué importa la carne y los huesos
de las hermanas, las madres y los niños?
Cuando la torre no cubre
la retirada de la reina blanca,
el saqueo poco importa.
Y cuando la mano confiada lleva el jaque
al rey del adversario,
poco pesa en el alma que lejos
estén muriendo los hijos.

Este fragmento de “Os jogadores de Xadrez” sirve para vislumbrar el ancla de Reis frente a los insignificantes movimientos fenoménicos.

“Mensagem”

La aparición de “Mensagem” (1934) como colofón de la poética de Pessoa obliga a replantear su eje nacionalista más allá del marco estrictamente heteronímico. “Mensagem” recoge y reformula, en clave simbólica, algunas de las intuiciones centrales que se adivinan en Reis. Frente al nacionalismo integrador y democrático que encuentra en Whitman su formulación más extrema, “Mensagem” desplaza el problema de lo nacional desde el cuerpo colectivo hacia el mito, desde la experiencia inmediata hacia la temporalidad suspendida que reviste el Sebastianismo.
Si en Reis la nación aparece como forma que debe ser preservada mediante la disciplina clásica, en “Mensagem” esa herencia se transforma en destino mesiánico. La comunidad ya no se piensa como conjunto de individuos ni como tradición social patricia, aparece como estructura espiritual que atraviesa el tiempo histórico y lo organiza desde una lógica capaz de anular lo progresivo. El mito Sebastianista, lejos de ser nostalgia y programa, induce una concepción de la nación basada en la espera, en la promesa y en la permanencia simbólica independiente de la acción.
“Mensagem” va a sublimar el gesto de contención que en Reis se expresa a través de lo clásico. Pessoa propone una nación desmaterializada, sustraída tanto a la expansión democrática como a la inmediatez histórica. La comunidad deja de ser cuerpo para convertirse en signo, como silencio cargado de sentido-esperanza.
Pessoa no elige entre el mito democrático del porvenir y la conservación aristocrática del pasado, opta por una versión absolutamente contraria no ya al progresismo, sino al incipiente nacionalismo que configura las primeras décadas del siglo XX.

D. Sebastião, Rei de Portugal
Louco, sim, louco, porque quis minha grandeza
Qual a Sorte a não dá.
Não coube em mim minha certeza;
Por isso onde o areal está
Ficou meu ser que houve, não o que há.

Minha loucura, outros que me a tomem
Com o que nela ia.
Sem a loucura que é o homem
Mais que a besta sadia,
Cadáver adiado que procria?

D. Sebastián, rey de Portugal.
Loco, sí, loco, porque quise mi grandeza,
que la Suerte no me da.
No cabía en mí mi certeza;
por eso, donde está la arena,
quedó mi ser que hubo, no el que hay.

Mi locura, que otros la tomen
Con lo que en ella iba.
Sin la locura, ¿qué es el hombre
Más que una bestia sana,
Un cadáver aplazado que procrea?

El “yo” hiperbólico. Álvaro de Campos

Álvaro de Campos emerge como el heterónimo más cercano a la figura de Walt Whitman, especialmente en lo que respecta a la exaltación del «yo» lírico. Ambos comparten una visión del individuo como una entidad expansiva que se proyecta, Whitman en un «yo» lanzado hacia la universalidad, Campos en la idea de lo urbano y lo futurista.
La autopercepción de Whitman se caracteriza por su conexión orgánica con la naturaleza y la humanidad, un sujeto que se amplía de forma inclusiva hacia la totalidad del ser. En contraste, Campos se inserta en el contexto de una modernidad urbana en la que el individuo se ve sometido a las fuerzas deshumanizantes del progreso industrial y la ciudad.
Ambos poetas son exponentes de una visión futurista del sujeto, pero mientras que la obra de Whitman está impregnada de un optimismo irreversible, la de Campos es el discurso de un sujeto desbordado por el mundo en su versión moderna.

“Odas” / “Song to myself”

Ah, quem sabe, quem sabe,
Se não parti outrora, antes de mim,
Dum cais; se não deixei, navio ao sol
Oblíquo da madrugada,
Uma outra espécie de porto?
Quem sabe se não deixei, antes de a hora
Do mundo exterior como eu o vejo
Raiar-se para mim,
Um grande cais cheio de pouca gente,
Duma grande cidade meio-desperta,
Duma enorme cidade comercial, crescida, apopléctica,
Tanto quanto isso pode ser fora do Espaço e do Tempo?

Ah, ¿quién sabe, quién sabe
si antes de mí, en otro tiempo,
no partí de otro muelle?
¿Si no dejé otra puerto
en una nave hacia el sol oblicuo del amanecer?
¿Quién sabe si no dejé,
anterior al tiempo del mundo exterior
que veo raerse en mí,
un gran muelle con poca gente
de una gran ciudad despierta a medias,
enorme ciudad comercial, crecida y apopléjica
aunque eso quede fuera del Espacio y el Tiempo?

/

À dolorosa luz das grandes lâmpadas eléctricas da fábrica
Tenho febre e escrevo.
Escrevo rangendo os dentes, fera para a beleza disto,
Para a beleza disto totalmente desconhecida dos antigos.

Ó rodas, ó engrenagens, r-r-r-r-r-r-r eterno!
Forte espasmo retido dos maquinismos em fúria!
Em fúria fora e dentro de mim,
Por todos os meus nervos dissecados fora,
Por todas as papilas fora de tudo com que eu sinto!
Tenho os lábios secos, ó grandes ruídos modernos,
De vos ouvir demasiadamente de perto,
E arde-me a cabeça de vos querer cantar com um excesso
De expressão de todas as minhas sensações,
Com um excesso contemporâneo de vós, ó máquinas!

A la dolorosa luz de las grandes lámparas eléctricas de la fábrica,
Tengo fiebre y escribo.
Escribo rechinando los dientes, fiera para esta belleza,
Esta belleza totalmente desconocida por los antiguos.

¡Oh ruedas, oh engranajes, r-r-r-r-r-r eterno!
¡Fuerte espasmo retenido de los mecanismos en furia!
En furia fuera y dentro de mí,
Por todos mis nervios disecados,
¡Por todas las papilas fuera de todo lo que siento!
Tengo los labios secos, oh grandes ruidos modernos,
De oírlos demasiado cerca,
Y me arde la cabeza de quererles cantar con un exceso
De expresión de todas mis sensaciones,
¡Con un exceso contemporáneo de ustedes, oh máquinas!

Estos dos extractos pertenecen, respectivamente, a “Ode marítima” y a “Ode triunfal” de Álvaro de Campos.
La intensidad y la fragmentación de un sujeto marcado por la aceleración de la modernidad. Al igual que Walt Whitman en «Song to myself», Campos impulsa el «yo» hacia una posibilidad trascendental, pero lo hace dentro del marco de ansiedad y alienación propio de la Europa de comienzos del siglo XX.
La voz poética de Campos se enfrenta a la incertidumbre de la subjetividad moderna. El poeta se pregunta si no ha partido ya antes de algún otro muelle, desde un mundo exterior al espacio y al tiempo. Esta posibilidad propone un ser que ya no tiene una relación natural con el entorno y se ve abocado a vivir en una ciudad monstruosa, por potencialmente irreal, que escapa a la lógica básica. La repetición de la duda existencial, irresoluble, subraya la incertidumbre del ser, mientras que la grande cidade / gran ciudad se convierte en un símbolo de alienación donde los individuos ya no están conectados de manera directa con una historia coherente y viven en un caos metafísico.
La realidad especulativa se relaciona con las visiones de Whitman en «Song to Myself», en las que el poeta también se erige como un «yo» expansivo que busca identificarse con lo universal, pero en un mundo que, aunque múltiple, está dispuesto a aceptar. Campos no busca reconciliación con su mundo, se enfrenta a él con desespero; en Whitman, la naturaleza y la experiencia del «yo» son celebradas como un todo armonioso.
El segundo fragmento de Campos ejemplifica un “yo” que no se limita a la visión orgánica de Whitman, en su lugar, el sujeto se define por su conexión con la máquina, una máquina rítmica y feroz que le atraviesa, le desgarra. El poeta se enfrenta a esta maquinaria con un exceso de sensibilidad, cercano a lo neurótico, impotente frente al mundo mecanizado en el que vive. Whitman abraza con un optimismo cósmico la idea de la marcha hacia la totalidad, Campos presenta un sujeto roto, que se consume en la velocidad y el exceso de la ciudad industrial.
En «Song to Myself», Whitman también interactúa con el mundo moderno, pero lo hace desde una perspectiva integradora, viendo en las máquinas, en la ciudad y en la vida urbana una extensión de su propia existencia. Su ser se fusiona con todo lo que le rodea, en una visión sensible de unidad con el cosmos y la humanidad.
Ambos poetas, sin embargo, comparten un elemento central: la exaltación del «yo» desde la superación de lo empírico. Mientras Whitman lo impulsa hacia un mundo inclusivo, Campos lo lleva a su límite en el entorno urbano y tecnológico, retorcido en su propia angustia.

La superación del sujeto en el cerco europeo

Si Whitman celebra el principio expansivo que culmina en el cosmos, Álvaro de Campos asimila una reencarnación europea de esa misma concepción más neurótica -aunque no tan histérica- y acuciada por fenómenos históricos que nada tienen que ver con los de Whitman. La voz de Campos es desbordada, quedando incapacitada ante una realidad que se presenta como un engranaje imparable, de camino a lo monstruoso. En lugar de fusionarse con el todo, su experiencia se intensifica, alcanzando un estado de exaltación permanente y desesperada.
En esta dinámica, Campos no es simplemente una imitación de Whitman, sino una reinterpretación europea en la que el sujeto no encuentra un camino hacia la unidad y queda sumido en un panorama deshumanizado, fabricado con el alma y la carne de quienes han sido arrastrados por la maquinaria.

Portugal-Infinito, onze de Junho de mil novecentos e quinze…
Hé-lá-á-á-á-á-á-á!

De aqui, de Portugal, todas as épocas no meu cérebro,
Saúdo-te, Walt, saúdo-te, meu irmão em Universo,
Ó sempre moderno e eterno, cantor dos concretos absolutos,
Concubina fogosa do universo disperso,
Grande pederasta roçando-te contra a diversidade das coisas
Sexualizado pelas pedras, pelas árvores, pelas pessoas, pelas profissões,
Cio das passagens, dos encontros casuais, das meras observações,
Meu entusiasta pelo conteúdo de tudo,
Meu grande herói entrando pela Morte dentro aos pinotes,
E aos urros, e aos guinchos, e aos berros saudando Deus!

Portugal-Infinito, once de junio de mil novecientos quince…
¡Hé-lá-á-á-á-á-á!

Desde aquí, desde Portugal, todas las épocas en mi cerebro,
Te saludo, Walt, te saludo, mi hermano en el Universo,
Oh, siempre moderno y eterno, cantor de los absolutos concretos,
Fogosa concubina del universo disperso,
Gran pederasta rozándote contra la diversidad de las cosas
Sexualizado por las piedras, por los árboles, por las personas, por las profesiones,
Celo de los pasajes, de los encuentros casuales, de las meras observaciones,
Mi entusiasta por el contenido de todo,
Mi gran héroe entrando por la Muerte a saltos,
Y a gritos, y a chillidos, y a bramidos saludando a Dios.

De “Saudaçao a Walt Whitman”, Álvaro de Campos.

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Whitman/Pessoa

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Génesis de los espejos

Explorar la influencia de Walt Whitman sobre Fernando Pessoa puede invitar a considerar que sus heterónimos poéticos más célebres nacen directamente de “Hojas de hierba”. Si bien es indudable que el proyecto poético de Whitman proporciona una inspiración determinante, la génesis de los heterónimos de Pessoa es de naturaleza autógena. Ningún heterónimo surge como mera proyección o versión de un pensamiento ajeno, se trata, en todos los casos, de creaciones absolutamente autónomas, emergidas de la contradicción interna que da forma al pensamiento de Pessoa.
El origen de los heterónimos se encuentra en una profunda contradicción irresoluta, visible en las paradojas de sus versos. Pessoa no puede reducirse a una simple reflexión sobre el “yo”, ni mucho menos a una aproximación unívoca sobre la identidad como posibilidad fragmentada. La heteronimia de Pessoa es más bien la respuesta autocreada a la cuestión que reta al autor original, si existiere, al proceso histórico y personal al que debe enfrentarse.
Lo peculiar es que Pessoa no busca una síntesis entre sus diferentes voces poéticas. Huyendo de la reconciliación, sus heterónimos refuerzan la paradoja en sí y entre sí, reconociendo que la experiencia humana no puede ser completamente asimilada en una única forma de ser.
Caeiro, Reis y Campos no son, por tanto, simples variaciones líricas de un mismo principio -una síntesis que sí podemos intuir en el heterogéneo lenguaje poético de Whitman-, se trata de construcciones independientes que nacen de un conflicto más profundo, el de un poeta al que se le aleja cualquier visión coherente del mundo, aún partiendo de categorías que él considera axiomáticas.

Ruina y gloria del reflejo

El “Livro do desassossego” (“Libro del desasosiego”) es la culminación lógica de la exploración del sujeto. Concebido por Bernardo Soares alrededor de 1915 y ampliado de manera intermitente hasta 1935, los textos que hoy conforman la obra se encuentran dispersos entre los papeles personales de Fernando Pessoa, sin secuencia prefijada. Los documentos han sido reunidos y estructurados editorialmente durante décadas, la primera edición en portugués data de 1982 y, desde entonces, varias versiones han tratado de ofrecer una lectura organizada del material.
A diferencia de la exaltación del sujeto lírico de Walt Whitman, Bernardo Soares logra la absoluta disolución del sujeto, comenzando por la propia obra. El narrador no reivindica un “yo” estable ni para sí ni para el manuscrito; su escritura es, por fuerza, introspectiva, una sucesión de reflexiones, sueños y flujos de conciencia que ponen en cuestión cualquier intento de síntesis.
Este proceso de disolución está directamente vinculado al carácter semisubjetivo de la obra. Los fragmentos que la componen -más de quinientos según el registro tradicional- reúnen aforismos, diarios (más fenoménicos que nouménicos) y especulaciones filosóficas sobre la banalidad de la existencia, el tedio, la lucidez y la percepción de una posible realidad cotidiana. La dispersión formal de estos textos refleja la imposibilidad de forjar un sujeto pleno, y se adecúa a una visión de la escritura como experiencia que parte de la inquietud y del desgaste ontológico que llega a contaminar la forma de una obra que no es más que un compendio de legajos.
En la actualidad, “El libro del desasosiego” es objeto de intensos trabajos filológicos. La principal referencia es el LdoD Archive, un archivo digital colaborativo que reúne imágenes de los documentos autógrafos de Pessoa, transcripciones y las diferentes ediciones críticas publicadas. Este proyecto no solo facilita el acceso a los manuscritos originales y tiposcritos, sino que permite comparar distintas versiones del libro y experimentar con diferentes ediciones virtuales del mismo.
El desafío editorial en torno a “El libro del desasosiego” es inabarcable: la obra no fue organizada por Soares y los escritos están en diversos estados de revisión, muchos sin fecha ni indicación clara de su pertenencia al conjunto. La investigación contemporánea busca reconstruir la génesis de los textos, determinar variantes, datar fragmentos y ofrecer herramientas para entender la obra como un proyecto abierto y modular, una labor de “edición genética” que intenta trazar el proceso creativo a partir de múltiples versiones textuales.
“El libro del desasosiego” es la materialización de la disolución radical del sujeto poético que Pessoa teorizó durante toda su vida. Frente al entusiasmo consciente de sí de Whitman, Pessoa propone el recogimiento en el detalle de una conciencia incapaz de percibirse. Será, junto a “Ulises” de James Joyce y “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust, la obra que ocupe el cénit de la narrativa del siglo XX.

Carta a Adolfo Casais Monteiro, 13 de enero de 1935

(Interrompo. Não estou doido nem bebado. Estou, porém, escrevendo directamente, tam depressa quanto a machina m’o permitte, e vou me servindo das expressões que me occorrem, sem olhar a que literatura haja nellas. Supponha — e fará bem em suppor, porque é verdade — que estou simplesmente fallando comsigo.)

(Interrumpo. No estoy loco ni borracho. Sin embargo, estoy escribiendo directamente, tan rápido como me lo permite la máquina, y utilizo las expresiones que se me ocurren, sin fijarme en la literatura que hay en ellas. Suponga, y hará bien en suponerlo, porque es cierto, que simplemente estoy hablando con usted).

Para más información, siga el lector el rastro adjunto.

Un cierre idílico

En la Casa Fernando Pessoa, en Lisboa, el visitante puede consultar algunos de los lomos de la biblioteca personal del escritor. Entre los volúmenes, se incluye una curiosa edición de “Hojas de hierba” editada por Cassell en 1909, autografiada y fechada por Pessoa en mayo de 1916. El contenido íntegro del volumen está disponible en el archivo de la Casa F.P. y sugiere un lector poco dado a anotaciones.
Uno de los poemas señalados por el lapicero de Pessoa es “Faces” (“Rostros”), cuya primera parte finaliza con los siguientes versos.

Sauntering the pavement, thus, or crossing the ceaseless ferry,
         faces, and faces, and faces:
I see them, and complain not, and am content with all.

Paseando por la acera, así, o cruzando el incesante ferry,
         rostros, y rostros, y rostros:
Los veo, y no me quejo, y estoy contento con todo.

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