“In praise of idleness” (“Elogio de la ociosidad”, 1932) es consecuencia del contexto inmediato a la Gran Depresión. En una época marcada por el cuestionamiento del trabajo como medida moral, Russell opta por una provocación deliberada, cuyo alcance filosófico trasciende, con mucho, su propia coyuntura.
Originalmente publicado en Harper’s Magazine (octubre 1932), en 1935 el ensayo fue reimpreso por Routledge como parte de un volumen homónimo que reunía otros textos del autor. Leído superficialmente, el ensayo supone un alegato circunstancial en favor de la reducción de la jornada laboral, sin embargo su ambición es más profunda, Russell se propone desmontar la sacralización moderna del trabajo como virtud indiscutible, rastreando su genealogía histórica y discutiendo su rol social en una era de creciente productividad técnica. El texto se sitúa en un cruce singular entre economía política, ética y sociología, y queda formulado con la claridad conceptual y la voluntad argumentativa propias de la tradición analítica a la que el autor pertenece.
Revisitar hoy este ensayo no responde únicamente a un interés circunstancial; en un sistema dominado por la cultura del rendimiento, la precarización estructural y la automatización, el diagnóstico de Russell adquiere una vigencia que desborda la circunstancia histórica. Es interesante examinar el alcance filosófico de la tesis subyacente, recurrente en el discurso sociológico íntegro de Russell, a partir de la evaluación de su potencial alcance -reforma/utopía- y situar su crítica de la moral en diálogo con otras tradiciones que, desde perspectivas diversas, han cuestionado el enlace entre productividad y virtud.
El discurso público de Bertrand Russell
En 1932, Russell ha superado ya el constructo lógico que aspiró a rehacer los cimientos de las matemáticas, para erigirse en un intelectual público que empieza a desplazar el centro de gravedad de su obra hacia la ética, la educación y el análisis social. Ese giro se consolida en el umbral de la Gran Depresión con una serie de libros -”Sceptical essays”, ”Marriage and morals”, “The conquest of happiness”, “The scientific outlook”- que preparan un terreno conceptual que desemboca en el análisis sobre la moral del trabajo.
En 1929 publica “Marriage and morals”, texto que cuestiona abiertamente la moral sexual victoriana y el dispositivo social del matrimonio como institución normativa. Sin necesidad de forzar analogías, ya se advierte una operación que reaparecerá en “In praise of idleness”: desnaturalizar una moral convertida en evidencia, mostrarla como producto histórico y denunciar su función disciplinaria. “The conquest of happiness” (1930) desplaza la atención hacia la eudaimonia en clave moderna: no es un tratado académico, sino una intervención -a la vez analítica y terapéutica- sobre las fuentes de la infelicidad en sociedades industrializadas. En 1931, con “The scientific outlook”, Russell examina la ambivalencia de la ciencia como promesa emancipatoria y como herramienta de control social: la técnica puede liberar tiempo, pero también intensificar la obediencia y la administración de cuerpos y conductas.
Este periodo es también el de su experimento educativo. Bertrand y Dora Russell fundan en 1927 Beacon Hill, un laboratorio ético-político en el que se trata de determinar qué tipo de sujetos produce una sociedad cuya libertad es compatible con la vida común. El Russell de comienzos de los treinta, por tanto, alberga una obsesión coherente acerca de la modernidad técnica y cómo ha transformado el mundo material. ¿Por qué seguimos gobernándonos con supersticiones morales preindustriales?, esa pregunta es el humus del que brota su elogio del ocio.
1932: crisis económica, ruptura doméstica y el ensayo como diagnóstico moral
El año 1932 concentra, en la biografía de Russell y en el ámbito histórico, una densidad particular. Por un lado, el texto aparece en el momento álgido de la crisis del desempleo no como abstracción, sino como experiencia de masas que reordena el debate público sobre productividad, deber y dignidad. Por otro, Russell atraviesa una crisis privada que afecta profundamente a su vida cotidiana e intensifica su posición intelectual.
En el plano público, “In praise of idleness” se publica en Harper’s Magazine, una cabecera estadounidense que le permite reforzar su prédica en el país americano. Sin embargo, el mensaje alcanza la totalidad del territorio capitalista avanzado, donde el paro masivo arroja una común sospecha sobre los nuevos ociosos. El núcleo del ensayo -la propuesta de una jornada de cuatro horas y el exceso de trabajo como productor de miseria al mismo nivel que el desempleo- es una enmienda a la ética del sacrificio laboral que, para Russell, queda como residuo de estructuras de dominación anteriores a la industrialización.
Pero la coyuntura histórica no explica, por sí sola, la textura de la reflexión. En 1932 se produce además un quiebre doméstico: la separación de Bertrand Russell y Dora Black se formaliza a finales de ese año, tras un deterioro prolongado de la relación. La Bertrand Russell Society consigna que en diciembre de 1932 -dos meses después de la primera publicación del texto- ambos acuerdan una separación legal. En ese mismo arco temporal, Russell se distancia del día a día de Beacon Hill (que Dora continuaría administrando tras su marcha), lo que implica no solo un cambio logístico, sino el fin práctico de un experimento vital.
Esta fractura biográfica importa por un motivo filosófico: el elogio del ocio no es un canto hedonista, sino una defensa de las condiciones materiales y temporales que permitan autogobierno, desarrollo intelectual y creatividad. En un periodo de reorganización íntima, Russell insiste en que el trabajo no es sagrado, es un medio, y elevarlo a fin último produce vidas malogradas por agotamiento, por obediencia, por pobreza o por vergüenza. La tesis suena pública, pero tiene un reverso privado: una vida necesita tiempo, y el tiempo -en la civilización industrial- se administra como propiedad dependiente de otros.
A esta etapa se suma otro hecho que refuerza su posición de observador privilegiado en la estructura social británica: en 1931, tras la muerte de su hermano, Russell hereda el título familiar y pasa a ocupar asiento en la Cámara de los Lores. Sin dramatizar el hecho, la paradoja es evidente: un pensador que denuncia el ocio como privilegio de clase se adhiere a una institución aristocrática, para radiografiar con nitidez la alianza histórica entre propiedad, moral y disciplina del trabajo. Lo que en el ensayo aparece como genealogía -terratenientes, sacerdotes, guerreros- no es un decorado teórico, es también memoria de una forma social que Russell conoce desde dentro y contra la cual teoriza.
La transición de 1932 prepara al Russell que, poco después, trabajará intensamente en proyectos de historia social e intelectual. En su propia autobiografía (“The Autobiography of Bertrand Russell”) rememora que durante una gira de conferencias en Estados Unidos en 1931 contrajo un compromiso editorial que desembocaría en “Freedom and organization, 1814–1914” (1934); sin anticipar aquí la historia posterior, basta señalar que Russell está ya inmerso en una tarea doble: nominar el orden social moderno (su maquinaria económica, su moral y su propaganda) y reordenar su vida fuera del marco anterior. En ese cruce, el ensayo de 1932 aparece como diagnóstico severo acerca de una civilización capaz de producir abundancia, pero todavía gobernada por una ética del trabajo que convierte el tiempo en culpa.
Desempleo de masas, Means test y reordenación del Estado económico
En 1932, el Reino Unido vive una paradoja característica de las democracias liberales en crisis, el país sostiene una economía capaz de producir y, a la vez, adolece de una elevada tasa de desempleo. El marco político inmediato es el National Government de Ramsay MacDonald, vigente desde agosto de 1931 y refrendado electoralmente dos meses después, en unas elecciones que dejaron al partido Laborista reducido a 52 escaños y convirtieron a la coalición gubernamental en un bloque parlamentario casi hegemónico.
El resultado electoral altera la gramática del conflicto social. La oposición parlamentaria queda debilitada y, al mismo tiempo, se intensifica la disputa extraparlamentaria en torno al desempleo y la asistencia. En el interior del Partido Laborista, la crisis se traduce también en un relevo simbólico: Arthur Henderson conserva formalmente el liderazgo hasta octubre de 1932, fecha en la que George Lansbury pasa a dirigir el partido (elegido sin oposición por el grupo parlamentario).
En el plano socioeconómico, 1932 es el año en que la palabra unemployed (desempleado) deja de ser un accidente del ciclo y se convierte en un síntoma estructural. Las cifras de desempleo rondan los 2,75 millones, y el debate público se desplaza desde la falta de trabajo hacia la administración del paro a gran escala, incluyendo cuestiones como quién merece ayuda y en qué condiciones. El núcleo de ese régimen de administración es el Means test aplicado a los llamados transitional payments/benefits (prestaciones condicionadas), cuya evaluación se externaliza a autoridades locales de asistencia pública a finales de 1931, con procedimientos intrusivos que empiezan a ser políticamente explosivos.
La impopularidad del Means test llega a trastocar la arquitectura moral del Estado. La ayuda deja de entenderse como derecho asociado a ciudadanía o a contribuciones y pasa a depender del escrutinio doméstico. Esa evolución alimenta una conflictividad que en 1932 alcanza un punto álgido con la National Hunger March (septiembre–octubre de 1932) organizada por el National Unemployed Workers’ Movement (NUWM), explícitamente dirigida contra el Means test. Según los recuentos más citados, marchan en torno a 100.000 personas en múltiples contingentes; se pretende entregar al Parlamento una petición con un millón de firmas y la llegada a Hyde Park reúne a una auténtica multitud. El Estado responde con una demostración de fuerza extraordinaria: se moviliza un dispositivo policial masivo y la petición es interceptada.
En paralelo, 1932 es también un año de giro en la política económica. Tras el abandono del patrón oro en septiembre de 1931, la depreciación de la libra mejora su competitividad externa y prepara las condiciones para una recuperación desigual, que beneficia antes a revitalizadas zonas metropolitanas que a las distressed areas ubicadas en zonas industriales clásicas. A esto se suma una ruptura doctrinal de gran calado: el tránsito desde el librecambismo hacia una protección sistemática. El Import duties act de 1932 introduce un arancel general (con exenciones relevantes), inaugura un mecanismo asesor (Import duties advisory committee) y, en la práctica, abre el camino hacia un régimen de preferencia imperial que se consolida en el marco de Ottawa.
El conjunto -desempleo masivo, Means test, represión de las protestas, viraje proteccionista y reordenación monetaria tras el oro- configura el suelo histórico inmediato de 1932: un país donde el conflicto laboral ya no se limita a salarios y condiciones en fábricas, sino que se juega en el sombrío terreno de la subsistencia.
Entre el cambio paradigmático y la reforma
Desde el paisaje británico, “In praise of idleness” puede mostrar una base reformista a partir de una propuesta de reducción drástica de la jornada (la célebre jornada de cuatro horas) compatible con el capitalismo parlamentario. Russell no redacta un manifiesto insurreccional, sino un argumento racional sobre la redistribución del tiempo: si la productividad técnica permite producir lo necesario con menos trabajo, la solución no es forzar el pleno empleo por agotamiento, sino repartir el trabajo existente y liberar ocio como condición de cultura y bienestar. En términos de forma política, el horizonte implícito es el de la reforma legislativa y la transformación de la opinión pública, no la toma del poder por vías extraordinarias.
Sin embargo, reducir el ensayo a un manifiesto reformista tecnocrático significa obviar un aspecto decisivo: su radicalidad aparece en el plano moral. Russell no discute solo cuántas horas se trabaja, sino el presupuesto cultural según el cual el trabajo -especialmente el trabajo alienante- sería intrínsecamente virtuoso. Atacar la moralidad del trabajo como virtud indiscutible no es un matiz, es una impugnación del proceso obligatorio disciplinario que permite gestionar el desempleo masivo culpabilizando al desempleado. El ensayo es, en este sentido, radical, porque pretende desactivar el vínculo histórico entre productividad y virtud, vínculo que sostiene tanto la explotación como la humillación asistencial.
El ensayo de Russell es reformista en el programa, radical en la crítica. Reformista porque su solución explícita se formula como redistribución de jornada y reorganización social dentro de instituciones existentes; radical porque identifica el problema en una matriz moral heredada (ascética, jerárquica, funcional para las élites) que hace que una sociedad técnicamente capaz de liberar tiempo conciba esta posibilidad como culpa o privilegio. Esa enmienda se percibe mejor si se entiende el clima de 1932; proponer el ocio como condición de autogobierno ataca el corazón normativo que legitima la inspección y el control de los cuerpos improductivos.
Moral de trabajo*
Moral de trabajo*
Moral de trabajo*
Moral de trabajo*
Moral de trabajo*
Moral de trabajo*
Moral de trabajo*
Moral de trabajo*
La moral del trabajo, el deber como ideología
Uno de los equívocos más persistentes en la lectura de “In praise of idleness” consiste en atribuir a Russell una crítica del trabajo en cuanto tal. Sin embargo, el núcleo de su argumentación no se dirige contra la actividad productiva, sino contra la conversión del trabajo en principio moral absoluto. Lo que está en cuestión no es la necesidad de producir bienes, sino la elevación del trabajo a categoría normativa como definición del valor humano.
Russell distingue implícitamente entre trabajo como medio y como fin. En las sociedades industriales avanzadas, sostiene, la técnica ha incrementado de tal modo la capacidad productiva que el problema ya no es la escasez material, sino la organización social del tiempo; persistir en una ética que glorifica la ocupación constante equivale, en ese contexto, a perpetuar una forma de disciplina heredada de estructuras preindustriales. El deber laboral deja de ser una exigencia económica objetiva para convertirse en un imperativo moral autónomo.
Esta sacralización cumple una función ideológica precisa, legitimando la desigual distribución del tiempo libre. Si el ocio es sospechoso o inmoral, solo quienes poseen renta independiente pueden disfrutarlo sin estigma, el resto debe demostrar su virtud a través de la fatiga. La ética del trabajo opera así como mecanismo de justificación simbólica de jerarquías sociales ya existentes.
Russell percibe que el lenguaje del deber desempeña un papel decisivo. No se trabaja únicamente para subsistir, sino para demostrar mérito, disciplina e integridad, por tanto, el incumplimiento no es solo económico, sino moral. En ese desplazamiento reside la dimensión ideológica que introduce Russell: la ética capitalista transforma una necesidad contingente en una obligación absoluta y convierte la obediencia productiva en criterio de valor personal.
Sin compartir el diagnóstico genealógico ni el horizonte aristocrático de Nietzsche, Russell detecta igualmente una inversión normativa: se exalta como virtud aquello que asegura la sumisión y la resignación. La glorificación del esfuerzo constante y la sospecha hacia el ocio recuerdan esa transvaloración que convierte la limitación en mérito. La diferencia es que Russell no propone una afirmación aristocrática de la fuerza, sino una democratización del tiempo.
I want to say, in all seriousness, that a great deal of harm is being done in the modern world by belief in the virtuousness of work, and that the road to happiness and prosperity lies in an organized diminution of work.
Quiero decir, con toda seriedad, que en el mundo moderno se está causando un gran daño al creer en la virtud del trabajo, y que el camino hacia la felicidad y la prosperidad reside en una reducción organizada del trabajo.
La traducción es propia.
Una moral de esclavos
En “Zur genealogie der moral” (“La genealogía de la moral”, 1887), Friedrich Nietzsche introduce la oposición entre moral de señores y moral de esclavos. No se trata de una clasificación sociológica inmediata, sino de una reconstrucción genealógica del origen de los valores de Occidente. La moral de señores nace, según Nietzsche, en comunidades aristocráticas que afirman su propia potencia: “bueno” designa lo noble, lo fuerte, lo elevado (Russell también se refiere explícitamente a las castas sacerdotales-guerreras). La moral de esclavos, en cambio, surge como reacción de los sacerdotes frente a los guerreros; los principios éticos judeocristianos no serían más que una eficaz manipulación de una élite clerical para conservar su supremacía frente a la casta guerrera. El resentimiento (Ressentiment) se convierte en fuerza creadora de valores: la humildad, la obediencia, la paciencia y el sufrimiento pasan a definirse como virtudes.
La operación genealógica nietzscheana no se limita a denunciar la hipocresía moral, busca mostrar el proceso histórico mediante el cual determinados afectos -impotencia, envidia, resentimiento- cristalizan en sistemas normativos universalizados. La moral de esclavos no es simplemente una ética de la debilidad, sino una estrategia de poder indirecto, pues convertiría la incapacidad en superioridad moral, a costa de mantener las estructuras sociales más básicas. La universalización del deber y la sospecha hacia la afirmación individual constituyen, para Nietzsche, síntomas de esta inversión.
Con Russell, emergen paralelismos significativos y divergencias estructurales. Ambos autores detectan que los valores dominantes no son neutrales, sino el resultado de procesos históricos que han naturalizado determinadas formas de conducta. En ambos casos, la moral se revela como instrumento de regulación social.
Sin embargo, Russell está lejos de reconstruir el origen afectivo de la moral laboral; su análisis es menos psicológico y más institucional. La ética del trabajo aparece como una herencia histórica funcional a la organización económica moderna. Mientras Nietzsche centra su atención en la interiorización del resentimiento y en la génesis cultural del cristianismo como matriz de la moral de esclavos, Russell examina la persistencia de una ética del deber que legitima la distribución desigual del tiempo y del ocio. En ambos casos, la virtud dominante encubre una estructura de poder, pero Nietzsche diagnostica una inversión de valores nacida de la impotencia, mientras Russell denuncia una sacralización útil a la disciplina social.
Hay, no obstante, un punto de contacto más profundo. En la moral del trabajo que Russell cuestiona, el sufrimiento y la abnegación son signos de respetabilidad; la vida agotada por la obligación constante adquiere prestigio moral. Esta exaltación de la renuncia y la fatiga guarda afinidad con el mecanismo descrito por Nietzsche, aquel que convierte la limitación en mérito. La sospecha hacia el ocio, entendido como espacio de autonomía y desarrollo personal, recuerda esa hostilidad hacia la afirmación vital que Nietzsche atribuye a la moral reactiva.
Nietzsche parte de un programa alejado del reformismo, su crítica apunta a liberar la afirmación individual de la culpa impuesta por la moral del resentimiento. Russell, al contrario, mantiene un horizonte igualitario y racionalista.
Der Sklavenaufstand in der Moral beginnt damit, dass das Ressentiment selbst schöpferisch wird und Werthe gebiert: das Ressentiment solcher Wesen, denen die eigentliche Reaktion, die der That versagt ist, die sich nur durch eine imaginäre Rache schadlos halten. Während alle vornehme Moral aus einem triumphierenden Ja-sagen zu sich selber herauswächst, sagt die Sklaven-Moral von vornherein Nein zu einem „Außerhalb», zu einem „Anders“, zu einem „Nicht-selbst“: und dies Nein ist ihre schöpferische That.
La rebelión de los esclavos en la moral comienza cuando el resentimiento se vuelve creativo y da lugar a valores: el resentimiento de aquellos seres a los que se les niega la reacción real, la acción, y que solo se compensan a sí mismos mediante una venganza imaginaria. Mientras que toda moral noble surge de un «sí» triunfante a uno mismo, la moral esclava dice desde el principio «no» a un «fuera», a un «otro», a un «no yo»: y este «no» es su acto creativo.
Bertrand Russell añade en su ensayo:
The morality of work is the morality of slaves, and the modern world has no need of slavery.
La moral del trabajo es la moral de los esclavos, y el mundo moderno no tiene necesidad de esclavitud.
Tiempo, autonomía y cultura, la función civilizatoria del ocio
El ocio aparece para Russell como categoría civilizatoria, excediendo el marco distributivo de la jornada laboral. El tiempo libre no es residuo improductivo, sino el espacio en el que la vida humana puede desplegar su potencia racional, creativa y deliberativa.
Russell parte de una constatación histórica: la técnica ha alterado de manera irreversible la relación entre trabajo necesario y producción material, sin embargo, la organización social del tiempo no ha seguido esa transformación. La civilización industrial mantiene una ética que equipara ocupación constante con virtud, aun cuando las condiciones materiales permitirían otra distribución del esfuerzo; el ocio emerge entonces como una posibilidad frustrada por la persistencia de una moral anacrónica. Pero lo decisivo es que Russell no concibe esa posibilidad en términos meramente económicos, y la interpreta como un requisito estructural de la cultura.
La tradición clásica había identificado la skholè/σχολή -raíz etimológica del vocablo “escuela”- como el ámbito donde se cultivan la reflexión y la formación del juicio; Russell, sin recurrir explícitamente a esta referencia, actualiza su núcleo conceptual: sin tiempo sustraído a la necesidad inmediata, no hay ciencia, arte ni deliberación pública significativa. La civilización, entendida como acumulación crítica de conocimiento y refinamiento de la convivencia, depende de un excedente temporal distribuido socialmente. Cuando el ocio se restringe a una minoría rentista, la cultura adopta inevitablemente un sesgo oligárquico; cuando se democratiza, se convierte en fundamento de una ciudadanía activa.
El ocio adquiere una doble dimensión. En el plano individual, es condición de autogobierno; Russell vincula la reducción organizada del trabajo con la posibilidad de desarrollar intereses no subordinados a la lógica instrumental de la subsistencia. La personalidad no se forma únicamente en la disciplina laboral, sino en la exploración libre de curiosidades intelectuales y afectivas. La vida enteramente absorbida por la obligación productiva tiende a estrechar el horizonte de experiencia y a consolidar formas de obediencia pasiva. El ocio, al contrario, abre un espacio para la formación crítica del sujeto.
Pero la dimensión individual no agota el alcance del concepto. Russell concibe el ocio también como construcción plural, es decir, como matriz de sociabilidad no mediada exclusivamente por la competencia económica. En una sociedad organizada en torno al rendimiento, las relaciones tienden a instrumentalizarse, el valor de los individuos se mide por su productividad, la liberación de tiempo permite reconfigurar esa relación. El ocio compartido posibilita asociaciones voluntarias, prácticas culturales comunes y deliberaciones no coaccionadas por la urgencia del beneficio. De este modo, el tiempo libre se convierte en una infraestructura para la vida democrática.
La importancia del ocio en “In praise of idleness” radica, por tanto, en su función de bisagra ética y política. Russell no propone simplemente que trabajemos menos para ser más felices, sino que sostiene que la organización social del tiempo determina la calidad de la civilización. Una comunidad que distribuye equitativamente el ocio produce sujetos más autónomos y, al mismo tiempo, instituciones más racionales. La reducción del trabajo no es solo medida económica, constituyendo un acto de reordenación cultural.
Hay en este planteamiento una intuición de largo alcance: la técnica, lejos de garantizar por sí misma la emancipación, requiere una transformación normativa para traducirse en libertad efectiva. El ocio no surge automáticamente del progreso productivo, debe ser reconocido como valor legítimo y estructurado colectivamente. En esa exigencia se condensa la posible radicalidad del ensayo, Russell evita idealizar la inactividad determinando la actividad valiosa más allá del empleo remunerado. Así, la civilización no se mide por la intensidad del trabajo, sino por la amplitud del tiempo que sus miembros pueden dedicar a pensar, crear y convivir sin coacción.
Curiosidad ociosa y utilidad de lo inútil
Si en “In praise of idleness” el ocio aparece como condición civilizatoria, conviene precisar que su defensa no es contemplativa en sentido aristotélico (“Ética a Nicómaco”. Libro X, Cap. VII) ni puramente esteticista, es más bien, en estructura, utilitarista. El tiempo liberado se legitima porque produce efectos verificables: mayor cultura, mayor racionalidad social, más civilización. La reducción organizada del trabajo no se justifica como derecho apriorístico, sino como organización eficiente de una sociedad técnicamente capaz de sostenerse con menos esfuerzo colectivo. El ocio vale porque sirve.
En “The theory of the leisure class” (“Teoría de la clase ociosa”) y en escritos posteriores, Thorstein Veblen introduce la noción de idle curiosity, curiosidad ociosa (idea heredera del griego skholè), para describir un impulso cognitivo que no responde inmediatamente a fines prácticos; se trata de la inclinación a investigar, experimentar y comprender sin que medie una finalidad económica directa. Históricamente, observa Veblen, esta curiosidad se desarrolla en contextos donde ciertos grupos sociales están exentos del trabajo manual necesario para la subsistencia. El ocio, aun cuando surge como privilegio de clase y se manifiesta en formas de consumo conspicuo, genera indirectamente un excedente cognitivo que alimenta el progreso técnico y científico.
La afinidad con Russell viene dada en cuanto que ambos reconocen que el tiempo sustraído al imperativo productivo permite el despliegue de actividades que, aunque inicialmente desvinculadas de la utilidad inmediata, terminan produciendo beneficios sociales de gran alcance. En ambos casos el ocio no es pura inactividad, sino posibilidad de una productividad cualitativamente distinta. Sin embargo, mientras Russell formula explícitamente la necesidad de redistribuir el trabajo para democratizar ese tiempo, Veblen se detiene en el análisis sociológico sobre la estructura de clases y la canalización histórica de la energía ociosa hacia la innovación. En ambos, el ocio se integra en una lógica funcional: su valor se mide por su contribución, casi casual, al desarrollo civilizatorio.
To the end that suitable habits of thought on certain heads may be conserved in the incoming generation, a scholastic discipline is sanctioned by the common sense of the community and incorporated into the accredited scheme of life. The habits of thought which are so formed under the guidance of teachers and scholastic traditions have an economic value —a value as affecting the serviceability of the individual —no less real than the similar economic value of the habits of thought formed without such guidance under the discipline of everyday life. Whatever characteristics of the accredited scholastic scheme and discipline are traceable to the predilections of the leisure class or to the guidance of the canons of pecuniary merit are to be set down to the account of that institution, and whatever economic value these features of the educational scheme possess are the expression in detail of the value of that institution. It will be in place, therefore, to point out any peculiar features of the educational system which are traceable to the leisure-class scheme of life, whether as regards the aim and method of the discipline, or as regards the compass and character of the body of knowledge inculcated. It is in learning proper, and more particularly in the higher learning, that the influence of leisure-class ideals is most patent; and since the purpose here is not to make an exhaustive collation of data showing the effect of the pecuniary culture upon education, but rather to illustrate the method and trend of the leisure-class influence in education, a survey of certain salient features of the higher learning, such as may serve this purpose, is all that will be attempted.
Con el fin de que los hábitos de pensamiento adecuados sobre ciertos temas puedan conservarse en la generación venidera, la disciplina escolar es sancionada por el sentido común de la comunidad e incorporada al esquema acreditado de la vida. Los hábitos de pensamiento que se forman bajo la guía de los maestros y las tradiciones escolares tienen un valor económico —un valor que afecta a la utilidad del individuo— no menos real que el valor económico similar de los hábitos de pensamiento formados sin dicha guía bajo la disciplina de la vida cotidiana. Cualquier característica del esquema y la disciplina académicos acreditados que pueda atribuirse a las predilecciones de la clase ociosa o a la orientación de los cánones del mérito pecuniario debe atribuirse a esa institución, y cualquier valor económico que posean estas características del esquema educativo es la expresión detallada del valor de esa institución. Por lo tanto, conviene señalar cualquier característica peculiar del sistema educativo que sea atribuible al esquema de vida de la clase ociosa, ya sea en lo que se refiere al objetivo y al método de la disciplina, o en lo que se refiere al alcance y al carácter del conjunto de conocimientos inculcados. Es en el aprendizaje propiamente dicho, y más concretamente en la enseñanza superior, donde la influencia de los ideales de la clase ociosa es más evidente; y dado que el objetivo aquí no es realizar una recopilación exhaustiva de datos que muestren el efecto de la cultura pecuniaria en la educación, sino más bien ilustrar el método y la tendencia de la influencia de la clase ociosa en la educación, lo único que se intentará es realizar un estudio de ciertas características destacadas de la enseñanza superior que puedan servir para este propósito.
La alternativa que añade Nuccio Ordine en el archipopular ensayo “L’utilità dell’inutile” (“La utilidad de lo inútil”) altera sensiblemente este marco. Ordine también reacciona contra la reducción mercantil del valor humano y defiende saberes y prácticas que no generan rentabilidad económica inmediata, sin embargo, su estrategia argumentativa oscila entre dos movimientos distintos. Por un lado, muestra que lo “inútil” -la literatura, la filosofía, el arte- produce efectos formativos profundos relacionados con una sensibilidad ética, el espíritu crítico y la imaginación. Ordine parece prolongar la línea de los autores precedentes defendiendo la utilidad indirecta de lo no productivo, pero introduce un matiz decisivo mediante la insistencia en que ciertas actividades poseen un valor intrínseco que no necesita justificarse por su rendimiento social. Ordine intenta sustraer la defensa del ocio y del saber desinteresado a la lógica de la utilidad misma; no se trata solo de afirmar que lo inútil es útil, sino de cuestionar la exigencia de que el ocio deba demostrar su utilidad para devenir valioso.
Ma, nonostante i numerosi appelli di protesta in diversi paesi europei e la pubblicazione di interi volumi dedicati alla difesa delle lingue classiche in Francia e in Italia, per opera di una illuminata minoranza di professori-resistenti e di intellettuali-militanti nessuno sembra più avere la forza di fermare il declino. Gli studenti vengono scoraggiati a intraprendere percorsi che non produrranno ricompense tangibili e guadagni immediati. A poco a poco, la crescente disaffezione per il latino e il greco porterà a cancellare definitivamente una cultura che ci possiede e che nutre indiscutibilmente il nostro sapere. Aveva visto bene Julien Gracq nel denunciare, in un articolo pubblicato su “Le Monde des Livres” il 5 febbraio 2000, il trionfo, nell’insegnamento, di una comunicazione sempre più triviale e fondata sulla progressiva imposizione dell’inglese a discapito delle lingue considerate inutili, come il latino.
Pero, a pesar de las numerosas protestas en varios países europeos y la publicación de volúmenes enteros dedicados a la defensa de las lenguas clásicas en Francia e Italia, obra de una minoría ilustrada de profesores resistentes e intelectuales militantes, nadie parece tener ya la fuerza para detener el declive. Se disuade a los estudiantes de emprender caminos que no producirán recompensas tangibles y ganancias inmediatas. Poco a poco, la creciente desafección por el latín y el griego llevará a la desaparición definitiva de una cultura que nos pertenece y que, sin duda, alimenta nuestro conocimiento. Julien Gracq acertó al denunciar, en un artículo publicado en «Le Monde des Livres» el 5 de febrero de 2000, el triunfo, en la enseñanza, de una comunicación cada vez más trivial y basada en la imposición progresiva del inglés en detrimento de lenguas consideradas inútiles, como el latín.
Consumo y ociosidad
Consumo y ociosidad
Consumo y ociosidad
Consumo y ociosidad
Consumo y ociosidad
La falacia del consumo: la visión idealizada de Russell
The butcher who provides you with meat and the baker who provides you with bread are praiseworthy, because they are making money; but when you enjoy the food they have provided, you are merely frivolous, unless you eat only to get strength for your work. […] It is this divorce between the individual and the social purpose of production that makes it so difficult for men to think clearly in a world in which profit-making is the incentive to industry. We think too much of production, and too little of consumption. One result is that we attach too little importance to enjoyment and simple happiness, and that we do not judge production by the pleasure that it gives to the consumer.
El carnicero que te provee de carne y el panadero que te provee de pan son dignos de elogio, porque ganan dinero; pero cuando disfrutas de la comida que te han proporcionado, simplemente estás siendo frívolo, a menos que comas solo para obtener fuerzas para tu trabajo. […] Es esta separación entre el individuo y el propósito social de la producción lo que hace tan difícil para los hombres pensar con claridad en un mundo en el que la obtención de beneficios es el incentivo para la industria. Pensamos demasiado en la producción y muy poco en el consumo. Una de las consecuencias es que le damos muy poca importancia al disfrute y a la simple felicidad, y que no juzgamos la producción por el placer que proporciona al consumidor.
Russell aborda con lucidez lo que considera la distorsión de la moral bajo la condición del trabajo en la sociedad moderna, sin embargo, su propuesta, aunque perspicaz en muchos aspectos, incorpora una idealización del consumo particularmente inquietante cuando se examina a la luz del capitalismo contemporáneo. En su crítica al vínculo entre trabajo y virtud, el filósofo galés subestima la complejidad del sistema económico moderno (que ya había superado el cierne tras la Primera Guerra Mundial), un esquema en el que el consumo se desvirtúa en términos de productividad.
Lo esencial de la propuesta es la denuncia de la sacralización del trabajo y su asunción como medida moral, pero la perspectiva del consumo como acto igualmente valioso para la sociedad, en el que el placer de la actividad consumista es inherente al bienestar humano, es una solución en falso.
Russell percibe el valor del bien en base a la satisfacción que este pudiere producir al consumidor, sin prever que de tal consecuencia se derive un consumo como fin de sí mismo, fin que nada tiene que ver con la gratificación que ofrece el objeto en sí. En esta circunstancia, el ocio no es un espacio de autogobierno y desarrollo personal, sino un campo de consumo que no es otra cosa que un sustituto vacío de la verdadera libertad a la que aspira Russell.
La exaltación materialista que sugiere el ensayo -aun cuando se refiriera a un consumo infinitamente alejado del actual- es el acelerador de una sociedad de insostenible ingesta que, lógicamente, ha desplazado lo moral de la producción al propio consumo. La ilusión de que el potlatch vebleniano pueda ser liberador y que el ocio mercantilizado sea un derecho fundamental, ignora las consecuencias ecológicas, sociales y económicas de esta posibilidad.
La ociosidad en la filosofía analítica
La reflexión sobre el ocio de Russell se ordena en el marco de la tradición filosófica analítica, una corriente que destaca por su énfasis en la claridad lógica y argumental, y la resolución de problemas mediante el análisis conceptual. Russell aborda la cuestión desde un estilo analítico que se revela tanto en la estructura progresiva de su argumentación como en el uso de ejemplos concretos. Este enfoque conciso busca desmantelar ideas preconcebidas y depurar problemas conceptuales.
A través de un análisis lógico, argumenta que el valor moral del trabajo no es inherente a la actividad productiva, sino que depende de las condiciones sociales y económicas en las que se inserta. El concepto del ocio y el consumo se introducen en el debate, pero su tratamiento también refleja las preocupaciones filosóficas características de la tradición analítica. Al examinar las consecuencias de la moralidad del trabajo, Russell intenta desestructurar el vínculo entre producción y virtud, subrayando que la reducción de la jornada laboral y el aumento del ocio permitirían una vida más libre, menos marcada por la culpabilidad asociada al trabajo. El objetivo es extraer consecuencias prácticas del pensamiento especulativo, principio vital de una escuela analítica que se enfrenta a las alturas del idealismo.
La crítica a la moral del trabajo busca desentrañar las nociones sociales naturalizadas, este método de deconstrucción es típico en la filosofía analítica, tomando el examen de premisas que sostienen creencias generalmente aceptadas, para formularlas a través de un lenguaje preciso. Russell, al igual que otros pensadores de la tradición analítica -especialmente Ludwig Wittgenstein-, emplea un enfoque filosófico que combina rigor lógico con el cuestionamiento de los supuestos sociales aceptados sin condiciones.
En comparación con “«Useless» knowledge” (también incluido en el volumen recopilatorio de 1935 editado por Routledge), queda patente una reflexión concreta. En este caso, Russell reflexiona sobre la utilidad del conocimiento que no tiene una aplicación inmediata y directa a las necesidades prácticas de la vida cotidiana. Este tipo de conocimiento, aunque visto tradicionalmente como inútil desde una perspectiva utilitaria, adquiere un valor fundamental en su capacidad para enriquecer la experiencia humana. Esta imagen está estrechamente relacionada con su crítica al utilitarismo extremo y su defensa del conocimiento como un fin en sí mismo -un principio que también emparenta a Ordine con la tradición analítica-. Ambos textos exploran las maneras en las que las concepciones modernas de productividad y consumo afectan al individuo y a la sociedad. En “«Useless» knowledge”, Russell subraya la importancia de cultivar formas de conocimiento que, aunque no directamente aplicables a la acción económica o política, son esenciales para el desarrollo intelectual y el bienestar emocional no solo como evasión, sino como posibilidad hacia el autodescubrimiento y el pleno desarrollo.
Ambos ensayos convergen en su crítica a la sociedad industrializada y su preocupación por la sobrecarga de trabajo como un fin moral. A través del método analítico, Russell explora las estructuras sociales y las concepciones erigidas en torno al trabajo y al consumo y sus derivaciones éticas.
Eterno retorno a lo productivo
El mundo avanzado sigue inmerso en un ciclo interminable en el que la promesa de una jornada laboral reducida y la distribución equitativa del trabajo continúan siendo meras utopías.
Es poco probable que las claves de la felicidad transhumanista estén contenidas en las reflexiones de un Lord, cuya tutela estuvo a cargo del primer conde de Russell -su abuelo paterno, una de las pocas visitas que recibió Napoleón en Elba-, pero sus páginas pueden contener al menos una advertencia acerca de lo que significa pervertir los términos de autonomía y libertad.
Últimas publicaciones
Todas las categorías






