There is a great book to be written. It would show that the twentieth century as we have lived it in the West is, in essential ways, an Austro-Hungarian product and export.
Hay un gran libro por escribir. Mostraría que el siglo XX tal y como se ha vivido en occidente es, esencialmente, una producción y exportación austro-húngara.
George Steiner para The New Yorker. La traducción es propia.
La Europa de George Steiner abandona el territorio para asentarse en el ámbito de lo espiritual. Desde 1967 hasta 1997, Steiner traza en The New Yorker un mapa sentimental cuya cartografía recorre todas las Europas, las manifiestas y las potenciales; las más atroces, las más sublimes. La memoria intelectual de Steiner funciona como un experimento en el que ensaya una Europa heterogénea, en un espacio que, durante 30 años, propició el sustrato perfecto para una idea única del continente.
Lejos de cualquier noción complaciente, Steiner propone una visión que se acerca a lo objetivo e, inevitablemente, a lo trágico, a partir de la proximidad de lo culto y lo bárbaro. La Europa que se perfila en sus páginas no es una unidad política ni un legado humanista, sino una zona de densidad excepcional donde lenguas, tradiciones y conflictos se superponen hasta generar y degenerar formas de conciencia radicalmente modernas, inevitablemente enfrentadas. Desde las páginas de The New Yorker, Steiner da forma a una idea de Europa como experiencia límite, donde creación y destrucción, lucidez y ceguera, grandeza estética y fracaso ético coexisten en una tensión que define la modernidad.
Apunte biográfico
Francis George Steiner nació el 23 de abril de 1929 en Neuilly-sur-Seine, a las afueras de París. Su vida quedó marcada desde el inicio por la experiencia del desplazamiento y la conciencia de la fragilidad de las fronteras europeas. Hijo de una familia judía centroeuropea que había abandonado Viena tras la Primera Guerra Mundial (su familia materna era vienesa, la familia de su padre era checa), Steiner creció bajo la sombra creciente del antisemitismo y de la inestabilidad política del continente. En 1940, ante el avance nazi, su familia huyó a Estados Unidos. Esta temprana condición de exiliado no fue un simple episodio biográfico, sino el fundamento de una identidad intelectual que él mismo describiría como “extraterritorial”.
Educado en francés, alemán e inglés, Steiner encarnó desde la infancia una forma de pertenencia múltiple que más tarde se convertiría en una de las claves de su pensamiento. Su relación con las lenguas no fue instrumental, sino existencial: cada idioma representaba una tradición cultural, una memoria histórica, una forma distinta de comprender el mundo. Esta conciencia lingüística temprana alimentó su posterior interés por la traducción, la interpretación y los límites del lenguaje.
Estudió en la Universidad de Chicago, en Harvard y en el Balliol College de Oxford, donde completó su formación doctoral. A partir de entonces, su trayectoria académica se desarrolló entre Europa y Estados Unidos, con profesorados en Princeton, Ginebra y, de forma especialmente significativa, en la Universidad de Cambridge, donde ejerció durante años como profesor y donde falleció en febrero de 2020. Sin embargo, más que un académico adscrito a una institución concreta, Steiner fue un intelectual en tránsito, un pensador que habitó las fronteras culturales sin asentarse plenamente en ninguna de ellas.
Su figura puede leerse como una versión moderna del judío errante, no en clave religiosa, sino como metáfora cultural. Steiner es un peregrino de la alta cultura europea, portador de una memoria desplazada, heredero de una tradición centroeuropea destruida por la historia, y al mismo tiempo testigo crítico de su legado.
Lenguaje, cultura y responsabilidad: un proyecto intelectual
La obra de George Steiner se sitúa en la intersección entre la crítica literaria, la filosofía del lenguaje, la historia de las ideas y la reflexión moral sobre la cultura europea. Desde sus primeros ensayos, dejó claro que la crítica no debía limitarse al análisis técnico de textos, sino asumir una responsabilidad intelectual más amplia, interrogando el sentido mismo de la creación cultural tras las catástrofes del siglo XX.
Uno de los ejes fundamentales de su pensamiento es el lenguaje. Para Steiner, hablar, escribir y traducir son actos cargados de implicaciones éticas e históricas. En sus estudios sobre la traducción y el multilingüismo, defendió que toda comunicación profunda implica un cruce de fronteras, un reconocimiento de la alteridad. La traducción se convierte en modelo de la cultura europea: un espacio donde las lenguas dialogan, se contaminan y se transforman mutuamente.
Otro núcleo central de su obra es la relación entre alta cultura y barbarie. Steiner rechazó cualquier visión ingenua del humanismo según la cual la familiaridad con la gran literatura o la gran música bastaría para hacer mejores a los seres humanos. El hecho de que la Europa de Goethe, Beethoven o Kafka fuese también la Europa de Auschwitz constituye, para él, una herida intelectual imposible de cerrar. Esta coexistencia de grandeza estética y fracaso moral atraviesa toda su reflexión y define su visión trágica de la civilización europea.
Steiner dedicó además gran parte de su trabajo a explorar la persistencia de lo trágico en la cultura occidental, la tensión entre creación y destrucción, y la sensación de vivir en una época que ha heredado un inmenso patrimonio simbólico pero ha perdido la inocencia para habitarlo sin culpa. Su escritura se basará en una constante preocupación por el destino espiritual de Europa, despojando esta labor de cualquier atisbo teísta, aunque sin perder de vista los lazos culturales europeos con el legado judeo-cristiano.
El gran legado de Steiner parte de su capacidad para atisbar, a través de figuras individuales, los grandes movimientos de la modernidad y volver sobre las preguntas que marcaron su vida: qué significa heredar Europa después de su autodestrucción, qué le queda al lenguaje y cuál es la responsabilidad del intelectual ante la memoria y la cultura.
Una memoria leída en tres décadas
Cuando George Steiner entra en el ecosistema de The New Yorker, lo hace en un momento en que la revista todavía entiende la crítica como una forma de magisterio civil: una prosa capaz de sostener el juicio estético, la reflexión histórica y una cierta exigencia moral. Steiner se convierte en el heredero funcional de Edmund Wilson como reseñista de referencia, prolongando una tradición de crítica que no se conforma con recomendar lecturas sino que aspira a dar testimonio de una época.
Su colaboración abarca, de manera sostenida, tres décadas y más de un centenar de piezas (en torno a 150); muchas de ellas son reseñas-ensayo de extensión poco habitual en una revista semanal. Steiner convierte la crítica cultural en un género fronterizo, donde el libro comentado es un pretexto legítimo para pensar un tema por el que siente especial predilección: la cultura europea -sus lenguas, sus formas, sus fracturas- como máquina de producción cultural y, a la vez, la culpa como carga.
El modo Steiner
La marca de su escritura en The New Yorker no se basa en la especialización estrecha, más bien se trata de una mente integral, un pensamiento que, camino de Borges, pasa por Sófocles y se detiene un instante en Heidegger. En esa respiración amplia, Steiner logra un raro equilibrio.
Su posición también es institucionalmente singular. Steiner no pertenece del todo a la academia, aunque la habite; tampoco es un periodista cultural al uso. La revista no le sirve como tribuna, sino como espacio de mediación: un palco anglosajón privilegiado desde el que un judío europeo puede reintroducir en el debate público la gravedad de las preguntas más complejas, como la cuestión de la poesía tras Auschwitz que impone Adorno.
El cierre de un discurso
El final, sin embargo, es abrupto y poco digno. Steiner contaría que Tina Brown le despidió como crítico sénior en unos 45 segundos, por un rumor que había cruzado el Atlántico desde Londres.
Brown dirige The New Yorker durante seis años (1992–1998) y su etapa evidencia un giro, un cambio de ritmo y prioridades. Durante los años 90, la reseña-ensayo a la manera Steiner -extensa y densamente humanística- pierde protagonismo. Un comentario de Steiner durante una cena privada -poco halagador hacia la perspectiva impuesta por Brown en la revista- supuso la excusa perfecta para conceder al crítico más tiempo para sus labores docentes.
“George Steiner at The New Yorker”
“George Steiner at The New Yorker” es la edición original que reúne una selección de los ensayos y reseñas que George Steiner publicó en The New Yorker entre 1967 y 1997. Esta antología fue editada por Robert Boyers y publicada por New Directions Publishing en 2009, ofreciendo al lector la posibilidad de acceder a un corpus que solo existía disperso en archivos periodísticos.
La versión publicada en español por Siruela en 2020 traslada esta colección bajo el título “George Steiner en The New Yorker”, con traducción de María Cóndor. La cubierta de la edición española es una portada de Saul Steinberg, dibujante habitual de la revista neoyorquina, cuya obra gráfica se ha convertido en un símbolo de la mirada cosmopolita que caracteriza a The New Yorker (la Fundación Juan Mach de Madrid organizó una excepcional retrospectiva de su obra entre octubre 24 y enero 25).
Algunas de las referencias contenidas en esta antología nos servirán a continuación para tratar de captar con mayor fidelidad la voz de Steiner como crítico singular.
“From the house of the dead”: Speer y la conciencia de Europa
En 1976, George Steiner escribe “From the house of the dead”, un extenso ensayo dedicado a “Spandau: The secret diaries”, el diario carcelario de Albert Speer, arquitecto y ministro de Armamento del Tercer Reich. A primera vista, este texto parece alejarse del territorio más reconocible de Steiner, para adentrarse en un terreno histórico marcado por el nazismo y la memoria de la guerra. Sin embargo, el libro de Speer funciona como pretexto, como detonante para una meditación de alcance mucho mayor sobre la culpa y los límites de la cultura europea.
La literatura no ocupa el centro explícito del análisis, pero sí encontramos un núcleo más profundo: la interrogación de Europa como espacio espiritual donde la alta cultura y la más extrema barbarie coexisten. Es precisamente esta Europa -la de Heidegger y la de Auschwitz- la que constituye el punto de partida de Steiner y lo acompañará durante toda su vida, reapareciendo como tragedia infinita en el conjunto de su obra. La reseña de los diarios de Speer se inserta plenamente en su proyecto intelectual: la posibilidad de un hombre culto y sensible, capaz de servir con eficacia a la maquinaria de destrucción más brutal de la historia de la humanidad.
Speer, la banalidad del mal y la escala del sufrimiento
El análisis de Steiner traza un retrato psicológico de Speer que evita tanto la demonización simplista como la imposible absolución sentimental. Subraya dos rasgos que considera decisivos: la relación afectiva y casi devocional que Speer mantuvo con Hitler, y su capacidad para conservar la cordura mediante una férrea disciplina interior durante los veinte años que estuvo preso en Spandau. Esta doble condición -fascinación por el mal carismático y resistencia psicológica real- convierte a Speer en una figura inquietantemente moderna: no estamos ante un sádico marginal, sino ante un técnico brillante, un organizador eficiente, un hombre de cultura atrapado en la órbita de un poder absoluto.
El texto de Steiner dialoga, de forma implícita pero evidente, con la reflexión de Hannah Arendt sobre el juicio de Adolf Eichmann. Como Arendt, Steiner se interesa por la figura no monstruosa del ejecutor; se trata de evocar al burócrata o especialista que participa en el crimen histórico desde la lógica de la obediencia, la competencia profesional y la adaptación al sistema. Sin embargo, Steiner introduce un matiz distinto: mientras Arendt subraya la banalidad, la mediocridad casi gris del mal administrativo, Steiner insiste en la seducción ejercida por la grandeza histórica, estética o política. Speer no es solo un engranaje, es también un creyente, alguien que encontró en Hitler una forma de identidad exaltada.
Las diferencias entre los dos criminales marcan también las diferencias de análisis entre Arendt y Steiner. Mientras Speer demuestra una capacidad intelectual a la altura del genio alemán, Eichmann no es más que un palurdo al que cuesta adornar con la más mínima capacidad de abstracción.
El segundo eje del análisis es la cuestión de la proporción moral. Steiner reconoce el sufrimiento real de Speer en Spandau: el aislamiento, la humillación, la erosión psicológica del encierro prolongado. Describe sus estrategias de supervivencia -las caminatas imaginarias alrededor del mundo, el cuidado del jardín, la escritura compulsiva- como intentos de preservar la razón en condiciones de clausura extrema. Pero el ensayo conduce inexorablemente hacia una afirmación que reorganiza la realidad del dolor: por dura que fuera la vida en Spandau, habrá sido un paraíso comparada con un solo día en Auschwitz, Belsen o Majdanek.
Este desplazamiento es decisivo. Steiner se niega a permitir que la narración del sufrimiento del culpable, por refinada y humana que sea, eclipse la memoria de las víctimas. En este gesto se manifiesta su ética intelectual: comprender no es exculpar, la empatía analítica no puede borrar la escala del horror histórico.
El cierre amplía aún más el marco y sugiere que la arquitectura de la muerte no pertenece únicamente al pasado nazi, sino que reaparece bajo otras formas en el mundo contemporáneo. De este modo, la reseña trasciende hacia una meditación sobre la persistencia del mal organizado, recordándonos que la crisis moral sigue siendo una tarea pendiente del pensamiento.
Steiner ante Canetti, formación y amenaza
George Steiner dedica en mayo de 1980 un comentario a la autobiografía de Elias Canetti -“The tongue set free: Remembrance of a European childhood”- y sobre la trayectoria literaria de su autor. Sin embargo, el libro reseñado actúa como superficie visible de la reconstrucción de Europa como experiencia lingüística, histórica y moral. De nuevo, más que analizar exhaustivamente la obra de Canetti, Steiner se sirve de ella para interrogar el destino de la cultura europea en el siglo XX.
Steiner presenta a Canetti como el último superviviente de una multiplicidad desaparecida -“el único Canetti” de una ciudad balcánica ya barrida por la historia-, la figura del superviviente condensa uno de los núcleos de la Europa que percibe constantemente Steiner: el continente como espacio de pérdidas, de diásporas y de memorias truncadas. La biografía de Canetti se convierte en emblema de una civilización que ha sobrevivido a sí misma de forma fragmentaria. En este sentido, leer la obra de Canetti sería asomarse a un documento de la condición europea tras la ruptura histórica del siglo XX.
Un rasgo central de su lectura es la atención al multilingüismo. Steiner subraya cómo el niño Canetti crece rodeado del ladino (los Canetti son de origen sefardí), el búlgaro, el alemán, el francés y el inglés, y cómo esa pluralidad de lenguas moldea una conciencia capaz de habitar distintos mundos simbólicos. Esta es, indudablemente, una de las obsesiones más persistentes de Steiner: Europa como red de traducciones internas, como espacio donde las lenguas no se excluyen, sino que se superponen y fecundan. El ideal de pureza lingüística que Canetti se impone en su dominio del alemán -una lengua elegida, conquistada con disciplina casi ascética- es interpretado por Steiner como rasgo característico del intelectual desarraigado del siglo XX, comparable a figuras como Beckett o Nabokov. En esta observación se perfila una idea clave: la alta cultura europea moderna nace, en gran medida, de sujetos desplazados que convierten la lengua en patria espiritual.
A Steiner le atrae de forma especial la memoria personal de Canetti y cómo refleja las grandes corrientes de la historia europea: el ocaso de los imperios, la movilidad forzada, la educación humanística como último baluarte de sentido. Viena, Zúrich o Manchester no son simples escenarios biográficos, sino estaciones de una geografía espiritual que define a Europa como lugar de tránsito y formación interior.
Memoria, educación y violencia: la Europa que Steiner reconoce
Otro eje decisivo de la reseña es la relación entre memoria y formación. Steiner presta particular atención a los episodios escolares narrados por Canetti, a la intensidad de la educación clásica, al peso duradero de los maestros, a la interiorización de la tradición griega y latina. Para Steiner, este tipo de formación no es un detalle anecdótico, sino una clave de la cultura europea anterior a las grandes devastaciones. La escuela humanista aparece como uno de los últimos espacios donde la transmisión de sentido todavía parecía posible, donde la conciencia individual se modelaba en diálogo con textos y mitos compartidos. Cabe destacar la importancia que tiene en la reflexión general de Steiner la docencia, cuyo tema trata extensamente en “Lessons of the masters”, un polifónico ensayo acerca de la enseñanza clásica.
Sin embargo, la dimensión formativa de Canetti está atravesada por la violencia latente. Steiner destaca los brotes de antisemitismo en la escuela suiza, la fragilidad de la integración judía en Europa central, la sensación precoz de amenaza. De este modo, la autobiografía del escritor judeo-búlgaro confirma una de las tesis más persistentes de Steiner: la coexistencia entre refinamiento cultural y brutalidad histórica. La Europa que produce una educación humanista de alto nivel es la misma que tolera, e incluso prepara, las condiciones de exclusión y persecución. Esta tensión, que Steiner ha señalado en múltiples ocasiones, reaparece aquí bajo la forma íntima de la memoria infantil.
El retrato de la madre de Canetti y la relación conflictiva entre saber, vocación intelectual y exigencias vitales permite a Steiner explorar el conocimiento como fuerza ambivalente. La acusación materna del saber como conocimiento muerto resuena con la preocupación del crítico por la posible esterilidad de la alta cultura hacia sus deberes morales. En este punto, la crítica de Steiner se aproxima a una reflexión sobre los límites del intelectualismo europeo.
La reseña se inscribe con claridad en la idea de Europa que acompañó a Steiner, en este caso, a través de la experiencia infantil de Canetti: un espacio definido no tanto por fronteras políticas como por una densidad cultural en tensión constante. Canetti encarna esa Europa plural, frágil, profundamente marcada por la historia y modelada por los supervivientes.
It was in Zurich, to which the household transferred in 1916, that Canetti came of age. A city cool and secret, its stony discretion softened by the voices of bells and of the quick waters that pass through it; a city seminal in modernity for its invention of Dada, for its harboring of Lenin, of Joyce, of Thomas Mann. It is never easy for an American reader to gauge the extent to which European secondary schooling hammers one’s inner being into lasting shape—the degree to which European adulthood is, or was until recently, a more or less prolonged epilogue to the drama of the Gymnasium, the lycée, or the English public school. Sixty years after the event, Canetti’s teachers are utterly present to him.
Fue en Zúrich, donde se trasladó la familia en 1916, donde Canetti alcanzó la mayoría de edad. Una ciudad moderna y secreta, cuya discreción pétrea se veía suavizada por el sonido de las campanas y las rápidas aguas que la atraviesan; una ciudad seminal en la modernidad por su invención del dadaísmo, por haber acogido a Lenin, a Joyce y a Thomas Mann. Nunca es fácil para un lector estadounidense calibrar hasta qué punto la educación secundaria europea moldea el ser interior de una persona de forma duradera, hasta qué punto la edad adulta europea es, o era hasta hace poco, un epílogo más o menos prolongado del drama del Gymnasium, del liceo o de la escuela pública inglesa. Sesenta años después del acontecimiento, los profesores de Canetti siguen estando muy presentes para él.
Cuatro vistas sobre Lisboa
Publicado en enero de 1996, “Foursome” constituye una de las exploraciones más penetrantes acerca de la obra de Fernando Pessoa entendida como cuestionamiento de la identidad y, al mismo tiempo, como invención radical de formas de conciencia. A propósito de una antología centenaria dedicada a Pessoa, Steiner no se limita a presentar a un gran poeta portugués poco conocido en el ámbito lingüístico anglosajón, convierte el fenómeno de la heteronimia en una clave para pensar la subjetividad europea del siglo XX.
El texto sitúa el acontecimiento central: el día milagroso de 1914 en que Pessoa adquiere a sus cuatro grandes poetas. Steiner reconstruye la biografía temprana del escritor -Lisboa, Durban, el retorno a Portugal, la vida modesta como traductor comercial- no como simple marco contextual, sino como preparación histórica y psicológica para la explosión heteronímica. Pessoa aparece como figura emblemática de una Europa periférica pero intensamente receptiva, donde el desarraigo, el bilingüismo y la marginalidad económica se convierten en condiciones de una creatividad extrema.
Lo que fascina a Steiner no es solo la existencia de seudónimos, práctica tan antigua como la literatura misma, sino la radical autonomía de los poetas. Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos (a los que se suma el Pessoa heterónimo) no son máscaras retóricas ni meros estilos alternativos: poseen biografías, fisonomías, temperamentos filosóficos y poéticas irreductibles entre sí. Steiner subraya que Pessoa no inventa personajes, sino que crea verdaderos poetas con obras coherentes. Su lectura converge con la de Octavio Paz, a quien cita como intérprete decisivo del fenómeno, pues la heteronimia sería una novela implícita, un drama de conciencias que se despliega en el espacio de la lírica.
Este desdoblamiento radical del yo encarna, para Steiner, una de las intuiciones fundamentales de la modernidad: la inestabilidad de la identidad. La célebre fórmula rimbaudiana “yo es otro” encuentra en Pessoa una realización sistemática y casi metafísica. La conciencia ya no es un centro unificado, sino un teatro de voces. En esta multiplicidad, Steiner reconoce un rasgo distintivo de la cultura europea fin-de-siècle y de entreguerras: el yo fragmentado, atravesado por tradiciones, lenguas y crisis históricas, que ya no puede sostener la ficción de una coherencia interior simple.
Heteronimia, modernidad y Europa como pluralidad espiritual
El análisis de Steiner va más allá de la técnica literaria para situar a Pessoa en la geografía espiritual de Europa. Lisboa, ciudad alejada de las centrípetas urbes culturales centroeuropeas, se convierte paradójicamente en escenario de una de las aventuras más audaces de la poesía moderna. Esta marginalidad conecta a Pessoa con otras figuras que Steiner menciona implícita o explícitamente -Joyce o Svevo-, autores que, desde espacios limítrofes del mapa europeo, redefinen el centro mismo de la modernidad.
Cada heterónimo encarna una respuesta distinta a la crisis moderna. Caeiro representa un paganismo casi prefilosófico, una tentativa de abolir la metafísica mediante la atención pura a las cosas. Reis, con su estoicismo neoclásico, busca una forma de dignidad estética frente al destino. Campos es el poeta de la máquina, del ruido urbano, del vértigo industrial; su voz proviene de las transformaciones tecnológicas y psicológicas del siglo XX. Para Steiner, esta pluralidad no es un juego formal, sino la dramatización interna de las tensiones que atraviesan la conciencia europea previa al desastre.
La heteronimia aparece así como metáfora de Europa misma, en un espacio donde coexisten tradiciones incompatibles, lenguajes diversos y visiones del mundo irreconciliables, pero obligadas a convivir en un mismo territorio. El Pessoa fragmentado reproduce a escala íntima la condición plural del continente. El yo se convierte en una pequeña Europa interior, atravesada por conflictos de estilo, de filosofía y de sensibilidad.
Steiner presta de nuevo especial atención al problema de la lengua. El portugués, subraya, es una lengua de difícil acceso para el lector anglófono, lo que ha contribuido a la tardía recepción internacional de Pessoa. Sin embargo, esta misma resistencia lingüística refuerza la idea de Europa como mosaico de tradiciones no completamente traducibles entre sí. La labor de los traductores se convierte entonces en mediación cultural imprescindible, eco de una de las convicciones más profundas de Steiner: la traducción como acto fundacional.
Steiner insiste en que, más allá del juego espectral de identidades, emerge una poesía de primera magnitud. La complejidad teórica de la heteronimia no debe ocultar la fuerza concreta de los textos: la sensualidad filosófica de Caeiro, la precisión lapidaria de Reis, la energía retórica de Campos. La pluralidad de máscaras no disuelve la autoridad poética; la multiplica.
“El día del juicio” en Nuoro
Under the white, leathery heat, the rock hills of Sardinia are like the spine of an antediluvian lizard. In the first sun, the air shimmers and smokes off the dead shale. By noon, it is motionless but cuts like a barb. Even the sea is silent. Inland, the light hammers at the sudden gaps of black shadow between the shuttered, tightfisted houses. The heat seeps into the shadows. Where one of the spines is sharpest perches the town of Nuoro.
Bajo el calor blanco y abrasador, las colinas rocosas de Cerdeña parecen la espina dorsal de un lagarto antediluviano. Con los primeros rayos del sol, el aire vibra y se eleva humeando sobre el esquisto muerto. Al mediodía, está inmóvil, pero corta como una púa. Incluso el mar está en silencio. En el interior, la luz golpea con fuerza los repentinos huecos de sombra negra entre las casas cerradas y tacañas. El calor se filtra en las sombras. Donde una de las espinas es más afilada se encuentra la ciudad de Nuoro.
En su lectura de “Il giorno del giudizio” de Salvatore Satta (“One thousand years of solitude”, octubre de 1987), George Steiner convierte Nuoro -enclave áspero del interior sardo- en una miniatura de Europa. En Cerdeña, el tiempo no fluye, se sedimenta; de igual manera, Europa se aleja de la línea de progreso que traza Hegel, para depositarse en edades que coexisten sin anularse.
Nuoro encarna una forma de duración casi geológica. La vida transcurre cegada por una luz inmóvil, como si la historia no avanzara para conservar su estado mineral. Esta percepción entronca con una de las intuiciones centrales de Steiner: la modernidad europea no ha sustituido sus pasados, los ha cubierto con capas frágiles. Bajo la superficie administrativa y tecnológica late todavía un fondo arcaico, hecho de ritos, jerarquías tácitas y silencios.
La perspectiva de Salvatore Satta refuerza esta visión. Jurista, Satta escribe con una severidad que Steiner aproxima a Tácito y a Hobbes. La comparación no es ornamental, se trata de prosa lapidaria, un lenguaje que no describe solamente el mundo, lo juzga. Aparece de inmediato otro rasgo esencial de la Europa de Steiner: una civilización donde la sintaxis está cargada de responsabilidad moral. La frase es un acto de juicio, alejada de la neutralidad.
En la novela, Nuoro es una comunidad de muertos en suspenso. El cementerio es el único lugar que puede resumir su riqueza. Steiner subraya este motivo porque encaja con su convicción de que el continente es, ante todo, una cultura de la memoria. La obra de Satta se convierte en una metáfora, pues escribir es invocar a los muertos para que no desaparezcan del todo, aunque esa convocatoria no los redima.
Incluso la aparente irrupción de la historia -la llegada de la electricidad, por ejemplo- contiene una ironía trágica. La luz eléctrica hace creer al pueblo que ha entrado en la historia, pero pronto se revela carente de finalidad, una novedad que no transforma la condición humana. Esta escena dialoga con una larga tradición de desencanto ante el progreso: la técnica modifica el entorno, pero no altera el fondo de la existencia. Europa, sugiere Steiner a través de Satta, no se mueve hacia adelante; gira sobre sí misma, arrastrando intactas sus rémoras más antiguas.
Existir porque “hay sitio”: ley, contingencia y juicio permanente
El centro de la reseña se concentra en la frase de Don Sebastiano a su esposa: Tú estás en el mundo solo porque hay sitio. Steiner la interpreta como una sentencia ontológica, no doméstica. En ella se condensa una visión de la existencia como contingencia radical. Los habitantes de Nuoro no viven porque encarnen un destino, sino porque ocupan un lugar disponible en un orden impersonal. Esta idea remite al trasfondo jurídico de Satta, pero también a una experiencia histórica profundamente europea: la vida humana administrada, registrada, reducida a inscripción en un libro mayor del ser.
Es curiosa la cercanía con Walter Benjamin, a quien Steiner evoca explícitamente. Como en Benjamin, los derrotados y los insignificantes reclaman el derecho a ser recordados. Pero mientras Benjamin mantiene una esperanza mesiánica, Satta -y con él Steiner- sitúa la memoria en un horizonte más sobrio y fúnebre. Recordar no salva, apenas concede una forma mínima de justicia. Europa aparece así como una civilización que vive bajo el peso de un juicio permanente, no trascendente sino histórico, ejercido por la memoria.
La estructura coral de la novela es un desfile de figuras humildes, pero Steiner insiste en que Satta va más lejos que Edgar Lee Masters: no solo da voz a los muertos, interroga además la legitimidad de la evocación; el narrador duda de su derecho a resucitarlos en palabras. Esta vacilación ética es clave, después de las catástrofes del siglo XX ningún acto de representación es inocente. Contar una vida es asumir una responsabilidad.
La relación entre el analfabetismo y la atemporalidad que Steiner detecta en Nuoro amplía esta reflexión. La cultura escrita puede engendrar continuidad inerte, por tanto, la cultura puede no ser suficiente para humanizar la historia.
La procesión de desaparecidos ante el escritor, evocada por el crítico a través de Dante, condensa su lectura: la literatura es un juicio sin absolución. El escritor convoca, escucha, registra, pero no puede liberar. La literatura crea un espacio donde la conciencia histórica ni permite el olvido, ni ofrece consuelo.
El irresistible ascenso de…
Like Calvinism, Fascism rejoices darkly in the mystery of preordained damnation, in the conviction that a very few (the leaders) are chosen over the wretched herd of their fellow-men. Add to this a stony landscape drenched in unforgiving light, shaped by centuries of religious fervor and the mortal struggle of Christians against Moors and Jews, and you have the complex of Spanish Fascist doctrine.
Al igual que el calvinismo, el fascismo se regocija oscuramente en el misterio de la condenación predestinada, en la convicción de que unos pocos (los líderes) son elegidos por encima de la miserable manada de sus semejantes. Añádase a esto un paisaje pedregoso bañado por una luz implacable, moldeado por siglos de fervor religioso y la lucha mortal de los cristianos contra los moros y los judíos, y se obtiene el complejo de la doctrina fascista española.
“Franco’s games” es una ecléctica crítica, publicada en octubre de 1994, acerca de la inevitable biografía de Paul Preston “Franco: Caudillo de España”.
Se trata de un texto, el de Steiner, divergente, cuya primera mitad la ocupa un leve resumen de las circunstancias que auparon a Franco al poder tras la Guerra Civil Española. Steiner enmarca un período que comienza en los confines de la última España colonial hasta alcanzar la caída de Madrid, el 27 de marzo de 1939. El relato es aquí interrumpido por un juicio sumarísimo:
Professor Preston is, first and foremost, a diplomatic historian. His minute account of Franco’s international relations after 1939 will doubtless remain standard. It also makes for ponderous reading. As Preston analyzes every serpentine twist and turn in Franco’s poker game with the Axis and the Allied powers, Spain itself disappears from view. What emerges is a shrewdness that verges on the uncanny.
El profesor Preston es, ante todo, un historiador diplomático. Su minucioso relato de las relaciones internacionales de Franco después de 1939 seguirá siendo sin duda alguna una referencia. También resulta una lectura pesada. A medida que Preston analiza cada giro y cada vuelta en el juego de póquer de Franco con las potencias del Eje y las potencias aliadas, España desaparece de la vista. Lo que emerge es una astucia que roza lo sobrenatural.
Dicho esto, Steiner recupera el relato en plena posguerra, una crónica que linda entre el rechazo y un cierto encanto por las habilidades del dictador de cara al exterior.
Cerrado el catafalco y advenido el monarca, Steiner retoma el análisis de estilo para concluir que la prosa fría de Preston hace imposible crear imágenes memorables. Sin embargo, es posible que esa sobriedad sea inherente a cualquier relato que desee transmitir el espíritu de lo que el propio Steiner llama:
the majestic history of the Spanish past: its heroic and inquisitorial Catholicism; its conquistadores, men-of-war, and navigators; its austere contempt for the chattering impotence of the parliamentarian and the bourgeois.
la majestuosa historia del pasado español: su catolicismo heroico e inquisitorial; sus conquistadores, buques de guerra y navegantes; su austero desprecio por la impotencia parlanchina del parlamentario y del burgués.
Las controvertidas opiniones del profesor Steiner
La conclusión de George Steiner constituye un ejemplo revelador de una constante: la voluntad de pensar históricamente sin someterse a consensos morales prefabricados, aun a riesgo de formular juicios profundamente polémicos, cuando no desatinados.
Steiner no suaviza el carácter criminal del franquismo, pero introduce interpretaciones estratégicas y morales, como poco, provocadoras.
Uno de los núcleos más controvertidos del texto es su lectura del encuentro de Hendaya (1940) entre Franco y Hitler. Steiner sugiere que la negativa de Franco a permitir el paso de tropas alemanas por territorio español y a facilitar la toma de Gibraltar fue un factor decisivo en el curso de la Segunda Guerra Mundial. Al afirmar que, de haberse sellado el Mediterráneo, el Eje muy probablemente habría ganado la guerra -situando Hendaya junto a Stalingrado como momentos clave del destino de Hitler-, Steiner desplaza la condena del dictador hacia un juicio improbable acerca de su eficacia geopolítica. Esta perspectiva, aunque históricamente discutible en sus implicaciones contrafácticas, revela una de las marcas del pensamiento de Steiner: la atención a las encrucijadas del destino histórico donde decisiones individuales alteran la arquitectura del siglo.
Más problemática aún resulta la frase final:
Spain and the West owe to this man much that he may not have wanted to give them.
España y Occidente le deben a este hombre mucho más de lo que él quizá hubiera querido darles.
Steiner parece insinuar que la supervivencia de Franco, su neutralidad calculada y su posterior inserción en el bloque occidental durante la Guerra Fría contribuyeron, muy directamente, a la estabilidad estratégica de Occidente. El riesgo de esta formulación consiste en subrayar efectos históricos positivos, aunque no intencionales, añadiendo una sombra de compensación en el balance moral de una dictadura fundamentalmente homicida.
Sin embargo, reducir estas afirmaciones a una simple provocación sería simplificar el discurso de un Steiner, que parte de una concepción trágica de la historia europea en la que el mal y la cultura, la barbarie y la lucidez, pueden coexistir. Su interés no es absolver, sino comprender cómo incluso regímenes abyectos pueden desempeñar papeles decisivos en posibilidades históricas mayores.
Esa tensión -no siempre conseguida con eficacia- es, precisamente, el espacio en el que Steiner entiende que debe operar la crítica intelectual.
Dos referencias
George Steiner sostuvo una audacia intelectual que, con frecuencia, rozó/traspasó los límites de lo aceptable para muchos de sus lectores.
En su novela Breve “The portage to San Cristóbal of A.H.”, Steiner imagina a un Hitler anciano capturado en la selva amazónica y sometido a una suerte de juicio final. Lo verdaderamente perturbador es el largo alegato que Steiner pone en boca del dictador. En el monólogo, Hitler intenta presentarse como instrumento involuntario de la historia judía, insinuando que el horror del Holocausto habría contribuido, de forma trágica y monstruosa, a la creación y consolidación del Estado de Israel. Así, Hitler sería un benefactor involuntario que habría provocado, al fin, la vuelta de los israelíes a un nuevo Canaán.
Otra polémica -esta recurrente- se sitúa en ciertas reflexiones de Steiner sobre Israel y el sionismo. Desde su identidad judía (atea), profundamente europea y diasporizada, expresó en numerosas ocasiones un rechazo patente hacia el nacionalismo judío y frente a la idea de un Estado definido por la fuerza militar y la soberanía territorial, hechos que, a su juicio, no justifican lo que él mismo califica de torturas ejercidas por Israel.
Sobre George Steiner en The New Yorker
En diciembre de 2024, Max Norman, experto en literatura contemporánea y crítica cultural, publicó en The New Yorker “What does a translator do?”. Norman explora la naturaleza de la traducción como oficio, arte y experiencia. El artículo introduce a George Steiner como una figura pionera en la reflexión teórica sobre la traducción, situándolo como punto de partida epistemológico.
Norman menciona “After Babel” (1975), calificándola de chaotic and brilliant / caótica y brillante. Esta descripción ubica a Steiner como una especie de primus inter pares en la genealogía intelectual de la traducción; por otra, anticipa la experiencia estética y cognitiva que supone adentrarse en su escritura. Steiner es un pensador cuyos textos desbordan los marcos disciplinares convencionales y que, en su mismo movimiento de pensamiento, exhibe una complejidad generativa.
Es pertinente subrayar que la caracterización de Norman no pretende ser una crítica despectiva, sino una observación sobre el estilo y la estructura del pensamiento de Steiner. Las obras de Steiner, incluida “After Babel”, se mueven con una energía asociativa evidentemente desordenada. Steiner enlaza referencias clásicas, contemporáneas, filosóficas y lingüísticas con una amplitud tal que los hilos parecen multiplicarse sin orden. El efecto resultante es una prosa que exige del lector no solo atención, sino también un elevado dominio intelectual.
Norman está en lo cierto al sugerir que la prosa de Steiner tiende a ser difícil de encasillar en un formato académico estricto. La obra de Steiner no se somete dócilmente a la división clásica de capítulos temáticos o a una progresión argumentativa lineal. En lugar de ello, adopta una forma que podría describirse como hermenéutica expandida: un tejido de bibliografías que se conectan más por afinidad conceptual que por lógica deductiva rígida.
“Lessons of the Masters” (un texto ya antes descrito, con generosidad, como “polifónico”) ejemplifica el mismo tipo de escritura: un flujo de asociaciones eruditas que navegan entre la filosofía, la historia cultural y el análisis literario, generando sentido en la pluralidad de sus puntos de entrada.
Lo que cabe destacar del artículo de Norman es que el traductor no es un mero mediador entre códigos, sino un navegante de mundos semánticos múltiples, dispuesto a confrontar ambigüedades y paradojas. Esta ampliación del campo de trabajo del traductor se la debemos, en parte, a George Steiner.
Vida y memoria de un crítico
En “What we learn from the lives of critics”, publicado en diciembre de 2023, Parul Sehgal propone algo más que un repaso de memorias y biografías: plantea que la vida del crítico se ha convertido en un género literario en sí mismo. No se trata solo de reconstrucciones biográficas, sino de una indagación en una forma peculiar de existencia, la de quienes viven intensamente en el juicio, en la mediación entre la obra y el público. La pregunta de Sehgal no es únicamente quiénes fueron estos críticos, sino qué tipo de vida produce la crítica como práctica constante.
El artículo identifica un fenómeno editorial claro: la proliferación de memorias, biografías, epistolarios y libros de recuerdos en torno a figuras críticas del siglo XX. Entre los nombres que aparecen con más fuerza está Susan Sontag, cuya vida ha generado una auténtica industria cultural que incluye sus célebres diarios, biografías y testimonios de amigos y colaboradores. Sontag se convierte así en paradigma del crítico que aspiraba a ser reconocido como creador -novelista, escritora de ficción- pero cuya figura pública quedó inevitablemente asociada a su función de mediadora.
Este marco resulta especialmente útil para comprender el lugar que ocupa George Steiner en el imaginario contemporáneo. En los últimos años han proliferado los volúmenes de entrevistas, estudios monográficos y memorias indirectas que lo evocan como figura tutelar de la crítica humanista europea. Libros como “Maestros & Monsters”, de Robert Boyers, donde Steiner es retratado junto a Sontag, revelan que el interés por su pensamiento va acompañado de una curiosidad creciente por su temperamento, sus relaciones intelectuales y su presencia casi mítica en el entorno académico.
Como muchos de los críticos mencionados por Sehgal, Steiner vivió con la sensación de que la crítica era una vocación lateral, casi un destino impuesto, frente al ideal -siempre latente- de la gran obra creadora. Esta ambivalencia nutre el interés biográfico: el crítico aparece como figura necesariamente desgarrada.
Sehgal sugiere, además, que la vida del crítico implica un desgaste particular: una atención constante al mundo simbólico que a menudo empobrece la vida íntima. Este presupuesto puede también derivarse de la experiencia de Steiner, cuya intensidad intelectual fue tanto celebrada como temida por quienes lo trataron. La crítica, en este sentido, no es solo una actividad profesional, sino una forma de conciencia que puede llegar a invadirlo todo.
Así, la vida de Steiner -como la de Sontag y otros grandes críticos- se convierte en objeto de estudio no por mero voyeurismo cultural, sino porque encarna una respuesta central para la comprensión literaria actual: qué significa dedicar la propia vida a interpretar las de los demás.
En pocos años, la biografía intelectual y personal de George Steiner ha circulado a través de libros de conversaciones y volúmenes de reflexión dialogada que permiten acceder a una faceta confesional de su obra. Entre ellos, es imprescindible “El huésped incómodo”, un diálogo con Nuccio Ordine, donde Steiner repasa los grandes ejes de su pensamiento -la tradición clásica, la responsabilidad del lector, la crisis de la educación- desde una perspectiva testamentaria (incluye texto póstumo). En un registro igualmente introspectivo se sitúa “Un largo sábado”, extensa conversación con Laure Adler que ofrece un retrato intelectual y biográfico de Steiner como figura marcada por el exilio, el multilingüismo y la conciencia trágica de la cultura europea.
A estos se suma “La barbarie de la ignorancia”, entrevista con Antoine Spire, donde el crítico reflexiona, con tono combativo, sobre la degradación cultural contemporánea, el antisemitismo, el papel de la memoria y la fragilidad del humanismo. En conjunto, estos libros configuran un corpus conversacional complementario que no solo difunde las ideas del crítico, sino que muestra a un Steiner en situación de diálogo, más cercano pero no menos exigente, consolidando su presencia como una de las grandes voces críticas del humanismo europeo contemporáneo y confirmando el interés creciente en los pormenores de la biografía del crítico.
Un mapa diverso y contradictorio, pero posible
En 2004, Nexus Institute -institución neerlandesa dedicada a la reflexión sobre el patrimonio cultural europeo- publicó una conferencia ofrecida por el profesor Steiner bajo el título “The idea of Europe”. En 2005 Siruela editaría la primera traducción en castellano del texto íntegro.
George Steiner expone una visión profundamente crítica y a la vez melancólica de Europa, que se articula a partir de cinco axiomas esenciales. Cada uno de estos principios define el continente y establece una relación con su identidad cultural, su legado y su futuro posible.
El café: el ritual europeo y su espacio social
El primer axioma que Steiner plantea es la idea del café como un espacio esencial en la vida cultural europea. El café se convierte en un punto de encuentro, un espacio de discusión y reflexión intelectual. París, Viena o Praga incorporan a la tradición del salón literario la génesis de las ideas políticas y culturales que han definido la modernidad.
En este espacio físico, la intimidad del pensamiento se fusiona con el debate público y los grandes filósofos, poetas, científicos y artistas de Europa se encuentran en un diálogo perpetuo con la sociedad, contribuyendo a la creación de una memoria colectiva.
El paisaje a escala humana: la Europa que camina y se habita
La segunda clave del carácter comunitario se refiere a la idea del paisaje a escala humana, una característica que distingue a Europa de otros continentes. Según Steiner, Europa es un continente cuyas ciudades incentivan el tránsito pedestre sin importar la distancia.
Europa es un conjunto de espacios íntimos que llevan consigo una historia compartida, formada a partir de infinitud de tránsitos que han propiciado un legado variado, impreso por la huella indeleble de poetas, artistas, pensadores y estadistas.
Las calles y plazas que conservan los nombres de los grandes europeos
Steiner destaca la importancia de una tradición que se conserva en los nombres de calles y plazas. Existe la tradición de definir lugares con los grandes personajes históricos que han definido el curso de Europa. El caso concreto de Dublín ejemplifica esta relación entre espacio público y la vivificación del recuerdo.
Nombrar no es una mera cuestión administrativa, sino una forma de honrar el legado de aquellos que han configurado la identidad del continente. Al recorrer las calles de Europa, los ciudadanos asimilan el pasado y el sentido de pertenencia a un relato histórico.
La doble ascendencia de Europa: Atenas y Jerusalén
Un principio fundamental para el profesor es la influencia de Atenas y Jerusalén. Este concepto describe la doble herencia cultural y filosófica de Europa: por un lado, la razón y la filosofía de la Grecia clásica; por otro, la fe religiosa y la moral judeocristiana que establecen un marco ético fundamental. Esta influencia es la fuente tanto de la grandeza como de las tensiones inherentes a la Europa moderna.
La tradición griega aporta una visión racional del mundo, mientras que la tradición judeocristiana introduce una perspectiva trascendental -teoría, esta, de origen kantiano-. La interacción entre estos dos legados equilibra lo secular con lo espiritual, pero plantea disyuntivas constantes.
El crepúsculo hegeliano: la sombra del fin de Europa
El último planteamiento se refiere a una idea de fin que ha oscurecido la visión de Europa, incluso en sus momentos de mayor esplendor. Steiner alude a la tesis de Hegel que vaticina el fin de la historia, para identificarla con un miedo subconsciente siempre al acecho.
La sensación de un capítulo final permea el pensamiento europeo moderno, especialmente después de los horrores del siglo XX. Para Steiner, esta aprensión del fin está presente en la conciencia europea, creando una inseguridad existencial que ha dado forma al pensamiento y a una cultura común contemporánea que trata de evitar una conclusión definitiva.
Evitar la diferencia como corrosión
En su conclusión, George Steiner repasa las alternativas a partir de las tensiones internas y la evidencia de una herencia cristiana que comienza a evaporarse. La noción de Europa, para Steiner, está profundamente marcada por la lucha entre el humanismo secular y las oscuras herencias religiosas, propiciando tanto los logros como las catástrofes del continente. El antisemitismo, que se extendería desde los Evangelios hasta las doctrinas teológicas de figuras como Lutero, habría sido un veneno persistente que Europa aún no habría reconocido ni enfrentado completamente.
La conclusión invita a elegir una Europa autocrítica para permitir que el continente evolucione hacia un humanismo secular que podría representar una verdadera esperanza. Este proceso de transformación estaría vinculado a una decadencia de los principios cristianos, dando paso a una Europa postreligiosa que, según Steiner, sería depositaria de un nuevo tipo de tolerancia.
A pesar de las dificultades actuales, como la globalización y la pérdida de talentos científicos y culturales a manos de Estados Unidos, Steiner cree que Europa aún posee el capital moral necesario para redefinir su rol en el mundo a través de la cultura y el talento intelectual de millones de ciudadanos.
La conclusión plantea una Europa en crisis, pero con el potencial de renacer, mediante la recuperación de los valores basados en la sabiduría, el conocimiento y la belleza que definieron la Europa de Montaigne, Kant y Voltaire.
Free of a bankrupt ideology, it can, it must be dreamt again. It is only in Europe, perhaps, that the requisite foundations of literacy, that the sense of the tragic vulnerability of the condition humaine, could provide a basis. It is among the often weary, divided, confused children of Athens and of Jerusalem that we could return to the persuasion that ‘the unexamined life’ is indeed not worth living.
Libre de una ideología en bancarrota, se puede, se debe volver a soñar. Quizás solo en Europa los fundamentos necesarios de la alfabetización, el sentido de la trágica vulnerabilidad de la condición humana, puedan proporcionar una base. Es entre los hijos de Atenas y Jerusalén, a menudo cansados, divididos y confundidos, donde podríamos volver a la convicción de que «una vida sin examinar» no merece la pena ser vivida.
La importancia de Babel
La impresión de la Europa de Steiner queda incompleta si se obvia el trazo del lenguaje. Con motivo de la entrega del Premio Príncipe de Asturias 2001, George Steiner ofreció una reflexión rotunda sobre el papel que las lenguas desempeñan en la configuración de una Europa mejor, más abierta, más inclusiva. El lenguaje, dice Steiner, no es solo un medio de comunicación, sino un instrumento esencial que moldea la cultura, el pensamiento y, en última instancia, la identidad europea. El lenguaje se convierte en un eje central de su teoría cultural, pues las lenguas tienen el poder de definir las relaciones que alberga el continente.
La intimidad de Steiner con el lenguaje no es únicamente filológica; más bien se trata de una cuestión filosófica y ética. El discurso aborda el valor intrínseco de cada lengua y la responsabilidad de Europa para preservar y fomentar esa diversidad lingüística en un mundo cada vez más globalizado. Para Steiner, cada idioma lleva consigo una visión única del mundo, de la realidad y de la experiencia humana. El futuro de Europa depende en gran medida de la capacidad del continente para abrazar su diversidad lingüística y reconocer la riqueza que emana de sus distintas lenguas y culturas.
El filósofo señala que el lenguaje no es solo un vehículo de comunicación, es el campo propio de la reflexión. Cada lengua tiene su propio sistema de categorización del mundo, una forma única de interpretar las realidades y las emociones humanas. Este poder para modelar la realidad humana es crucial en el pensamiento de Steiner, pues nos recuerda que la creatividad humana, la imaginación y la innovación nacen del juego entre lenguas y culturas. Bajo este punto de vista, las lenguas no solo serían símbolo de identidad, en realidad se trataría de puentes que permiten el diálogo y la convivencia entre diferentes pueblos. A lo largo de su discurso, Steiner recalca que Europa puede ofrecer un modelo de convivencia pacífica y tolerante en un mundo globalizado. La Europa multilingüe es un ideal que no debe perderse, pues es una de las fortalezas del continente.
Steiner hace un llamamiento a la preservación de todas las lenguas, incluso las más minoritarias, como un patrimonio cultural vital para Europa. El inglés se ha expandido como la lengua franca en los ámbitos comerciales, científicos y tecnológicos, debido al poder económico y político de los países anglosajones; la prevalencia del inglés tiende a una composición lingüística uniforme que ataca la pluralidad de las lenguas europeas. La solución es compleja, puesto que el criollo global que parte del liderazgo mediático estadounidense y los conflictos violentos con implicaciones lingüísticas son, lamentablemente, una amenaza permanente.
Sin embargo, el multilingüismo no solo es una necesidad práctica, supone también una oportunidad para que Europa siga siendo un faro de pensamiento crítico. El continente tiene el reto de evitar un nacionalismo lingüístico, encontrando en su diversidad la fuerza para afrontar los desafíos globales.
Steiner-Bloom, dos direcciones
La obra de Steiner crece a partir de un cosmopolitismo intelectual insobornable. Esta condición, esencial para comprender su pensamiento, contrasta con la causa defendida por Harold Bloom, quien, aunque igualmente profundo en su apreciación, queda limitado por un enfoque doméstico, centrado en el canon literario occidental y, con inexplicable encono, en la literatura estadounidense.
Steiner encarnó en su propia vida la condición de lo extraterritorial, como él mismo solía decir. Su cosmopolitismo se fundamentó en la experiencia de habitar múltiples culturas y lenguas. Para Steiner, la literatura y la filosofía europeas no fueron meramente un campo de estudio, sino un espacio profundamente ligado a la memoria histórica, a los horrores de las guerras y a los desafíos éticos que enfrenta el ser humano. Su idea de la literatura era, por tanto, transnacional, atravesada por todas las fronteras posibles de la experiencia humana.
Gran parte de la cátedra de Bloom queda atrapada en un canon que, si bien indiscutiblemente influyente, se fundamenta principalmente en la tradición literaria anglosajona, concretamente en su vertiente estadounidense. El crítico neoyorquino ofrece una defensa apasionada de los pilares de la tradición literaria, pero su visión está teñida de una serie de limitaciones geográficas y culturales que la hacen incompatible con su pretensión canónica.
Este ejercicio, si bien válido en su mínimo contexto, será seguramente diluido con el tiempo. La literatura estadounidense, por su naturaleza relativamente joven y por cuestiones que afectan a la calidad del contenido, no puede garantizar la atención que sí reclaman, merecidamente, literaturas de mayor calado -un verdadero canon que, evidentemente, va más allá de las referencias europeas-.
Es posible que, a medida que las voces del siglo XX sean cotejadas y las del XXI se diversifiquen y se globalicen, el canon de Bloom sea gradualmente cuestionado, mientras las lecturas de Steiner, si bien más cercanas a un método que a un canon, mantendrán gran parte de su vigencia.
A pesar de la ineficacia del listado de Bloom, cabe reivindicar su capacidad para desentrañar los significados de la gran literatura, como el propio Steiner reconoce en “Lessons of the masters”, en un repaso de las capacidades de la hermenéutica de origen judaico, herencia, dice Steiner, del incansable trabajo interpretativo de la secta jasídica.
This material has been gathered and retold by Martin Buber, by Elie Wiesel, by scholars of ethnography and comparative religion. Its influence on secular writers such as Kafka, Borges, and Bellow makes for a fascinating chapter. Via Harold Bloom and Levinas, it has entered the idiom of modern poetic and poststructuralist philosophy. “Scholem” and “Golem” rhyme in more than one context.
Este material ha sido recopilado y narrado de nuevo por Martin Buber, Elie Wiesel y estudiosos de la etnografía y la religión comparada. Su influencia en escritores seculares como Kafka, Borges y Bellow constituye un capítulo fascinante. A través de Harold Bloom y Levinas, ha entrado en el lenguaje de la filosofía poética y posestructuralista moderna. “Scholem” y “Golem” riman en más de un contexto.
Plenitud y caos conviviendo en la labor infinita de la interpretación.
Desde: Nueva York. Atte.
La Europa que se desprende de las páginas de Steiner en The New Yorker es un campo de fuerzas en perpetuo desplazamiento. Desde el mirador del otro lado del Atlántico, Europa se vuelve legible como conciencia antes que como territorio; para el ciudadano europeo, debería servir de indicio para replantear algunas de nuestras arriesgadas direcciones actuales.
Europa sobrevive, en Steiner, allí donde alguien es capaz de leer entre ruinas y de sostener, sin pretensión de resolverla, la contradicción que nos constituye.
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