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“La montaña mágica” (1924) de Thomas Mann se puede abordar como un viaje estático, un pesado proceso que se decanta por el progresivo empuje de la enfermedad. Los protagonistas perciben esta transformación como un hecho estético en sí mismo, palpable en una decadencia que, a pesar de sus minúsculos estragos, no deja de ser placentera.
Los resultados, tanto físicos como metafóricos, acaban siendo devastadores.

Enfermedad en “La montaña mágica”

El sanatorio Berghof aloja a personas con dolencias pulmonares, a sus acompañantes y al equipo médico, todos ellos gravitan en torno a la enfermedad. Además de las dolencias físicas, prevalece una serie de enfermedades espirituales que los protagonistas tratan mediante una exploración personal, o bien a través de la confrontación dialéctica.

La enfermedad, diagnóstico y reposo

La enfermedad física es un eje central de la novela, a partir de la tuberculosis que afecta a los pacientes del sanatorio. Esta dolencia, común en la época, es palpable en los cuerpos debilitados, los rostros pálidos y las interminables sesiones de termometría, donde cada décima de fiebre revela la lucha interna del cuerpo contra la enfermedad. El sanatorio se convierte en un espacio donde la enfermedad domina físicamente la rutina diaria, siendo constantes las inhalaciones y el reposo forzado en balcones.
Las radiografías y los diagnósticos implacables del Dr. Behrens subrayan la fragilidad del cuerpo humano. La enfermedad física se vive intensamente, pero también se convierte en un azar favorable para muchos de los pacientes, debido a la protección del aislamiento y a la posibilidad de mantener los límites de la rutina, de esta manera, el Berghof es un universo paralelo regido por los límites del cuerpo enfermo.

La enfermedad como metáfora en “La montaña mágica”

La enfermedad también actúa como una poderosa metáfora de las dolencias espirituales, emocionales e intelectuales de la sociedad europea de principios del siglo XX.
La tuberculosis se convierte en una representación del principio de la decadencia moral y espiritual europea, que deriva en alienación y aislamiento al principio, y se resuelve trágicamente en la lucha final. Los personajes, aunque enfermos físicamente, están igualmente afectados por dilemas internos: el hastío existencial, las tensiones ideológicas y los conflictos entre tradición y modernidad. Hans Castorp, el protagonista, experimenta una transformación interna similar a una infección metafórica, donde ideas y filosofías opuestas (personificadas por Settembrini y Naphta) contagian su mente.
El sanatorio es un símbolo de una Europa enferma espiritualmente, atrapada en la decadencia y al borde de la Primera Guerra Mundial. Los rituales obsesivos, la preocupación por la fiebre y el tiempo detenido reflejan un continente atónito, que se consume en sus propias fragilidades.

Tratamiento

Para la enfermedad pulmonar, el equipo del Berghof prescribe reposo absoluto, alimentación abundante, el salutífero aire alpino, la terapia termal y la medición constante de temperatura corporal. Para la enfermedad del espíritu, existen otras terapias.

Curar el ánimo en la montaña

Uno de los tratamientos más populares en el sanatorio es la confrontación intelectual. Bajo la guía de Lodovico Settembrini, Hans Castorp abraza la educación y el racionalismo como herramientas para superar el vacío espiritual. Settembrini considera la cultura, el progreso y el diálogo, formas de combatir la ignorancia y elevar el espíritu humano, viendo en el humanismo un antídoto contra la desesperanza.
Leo Naphta ofrece un enfoque radical basado en el sacrificio y la disciplina religiosa. Este tratamiento simbólico se centra en la redención a través de la renuncia al individualismo y la aceptación de ideales absolutos, una visión que contrasta con el optimismo de Settembrini.
El amor también actúa como tratamiento. La relación de Hans con Clawdia Chauchat despierta pasiones y emociones que revitalizan su espíritu, aunque también exponen su vulnerabilidad. Este amor efímero simboliza cómo las conexiones humanas pueden ser a la vez terapéuticas y conflictivas.
El tiempo en Berghof funciona como posibilidad de introspección. La rutina, el aislamiento y los ritmos cíclicos del sanatorio obligan a los personajes a enfrentarse a sus miedos, dudas y deseos, fomentando una contemplación profunda del sentido de la vida.
Sin embargo, la confrontación con el otro no da lugar a la recuperación completa, puesto que siempre va a quedar un resquicio para la duda. La imposibilidad de redimir el espíritu, lejos de ser un lastre, se convierte en el motivo por el que los internos pueden seguir disfrutando de su confinado universo, haciendo de la estancia una experiencia absolutamente estética.

Diálogo interno, la anábasis en “La montaña mágica”

Más allá de la confrontación, la reflexión interna y el diálogo personal son esenciales para abordar la enfermedad espiritual que aqueja a los personajes. En el aislamiento del sanatorio, el tiempo detenido y las rutinas cíclicas crean un entorno propicio para la introspección, permitiendo a los pacientes confrontar sus miedos, sus deseos y sus vacíos existenciales. Hans Castorp cuestiona continuamente su lugar en el mundo, su relación con el tiempo y la mortalidad, y el significado de la vida.
El diálogo interno se nutre de las influencias externas, despertando interacciones intelectuales que dan lugar a una batalla ideológica que se transforma en un viaje personal. Sin embargo, el desinterés por obtener cualquier avance, convierte esta reflexión en algo inerte, pero a la vez atractivo. Castorp asimila ideas que, potencialmente, le pueden ayudar a tomar decisiones, sin embargo, estas decisiones pueden provocar su alejamiento del sanatorio.
Anábasis (ἀνάβασις) significa, literalmente, «ascenso» o «marcha hacia el interior». El término, de origen griego, tiene varias connotaciones históricas y literarias y es conocido principalmente por la obra de Jenofonte del mismo nombre, un relato que narra la expedición de los «Diez mil», un ejército griego que se adentra en el Imperio Persa para apoyar a Ciro el Joven en su intento por tomar el trono. Tras la muerte de Ciro, los griegos emprenden un arduo regreso a casa, convirtiendo la anábasis en símbolo de superación y resistencia.
El proceso de anábasis de Castorp no deja de estar absolutamente anclado, con el fin de no despegarse del entorno del sanatorio, una actitud que dura siete años, hasta que un hecho irrenunciable le convence.

Anábasis en otros personajes

El viaje interior recorre caminos diferentes en varios de los personajes de la novela.

Lodovico Settembrini
Lodovico Settembrini lucha a diario por reafirmar los valores del progreso, en un entorno dominado por la enfermedad y la decadencia. Settembrini asume la tarea de educar a los demás pacientes, especialmente a Hans Castorp, guiándolos hacia un ideal de vida donde la cultura y la racionalidad son el camino para superar la ignorancia, dolencia principal del alma.
Su ascenso es, en gran medida, una marcha interna hacia la reafirmación de su fe en la humanidad. Sin embargo, su anábasis también está marcada por sus propias limitaciones y contradicciones, que dan lugar a un optimismo a veces ingenuo, frente a las complejidades morales y espirituales de experiencias reales.

Leo Naphta
El jesuita Leo Naphta rechaza el progreso, abrazando el tradicional concepto de sacrificio. Representa una visión dogmática del mundo, donde la salvación espiritual solo puede lograrse a través de la negación del ego y la aceptación de los absolutos.
Sin embargo, su fervor religioso choca con sus impulsos nihilistas, y su fe en lo absoluto se ve minada por su propia desesperación. Naphta simboliza la lucha interna entre el deseo de trascendencia y la atracción hacia el vacío. Al igual que Settembrini, sus propias contradicciones le mantienen inmóvil.

Clawdia Chauchat
Clawdia Chauchat también emprende un viaje interior marcado por la exploración de las pasiones. Representa una figura que combina lo terrenal y lo etéreo, atrayendo a los demás personajes hacia un plano donde la enfermedad y el deseo se entrelazan. Precisamente es la posibilidad de la enfermedad la que lastra un deseo que no se materializa, pero que siempre está presente.
El proceso de descubrimiento de Clawdia es emocional. Su presencia en el sanatorio es una constante negociación entre la distancia autoimpuesta y la cercanía que busca a través de sus relaciones. Clawdia nos da una perspectiva de la aprehensión de lo inherentemente humano.

Dr. Behrens
El Dr. Behrens, director del sanatorio Berghof, también vive su propio ascenso espiritual, aunque en su caso está ligado a su labor de cuidador. Este personaje representa a un hombre profundamente relacionado con la enfermedad, su disputa interna se manifiesta en su intento de encontrar sentido y propósito a la labor médica, enfrentándose diariamente a los límites que imponen la decadencia y la mortalidad.
El Dr. Behrens lidia con el dilema de ser, al mismo tiempo, salvador y testigo de la decadencia entendida como algo dañino, alejada del sentido estético que perciben los pacientes.

Joachim Ziemssen
Joachim Ziemssen, primo de Hans Castorp, encarna una reflexión profundamente trágica. Como militar, su sentido del deber y la disciplina le empujan constantemente a intentar superar su enfermedad y regresar a su vida en el ejército, al hacerlo, su estado empeora y regresa de urgencia al sanatorio, donde finalmente fallece.
Ziemssen sirve de ejemplo al resto de pacientes, la demostración palpable de que el aislamiento es, en realidad, la solución, y que el camino correcto es el que circunda el propio sanatorio.

Mynheer Peeperkorn
Mynheer Peeperkorn, un hombre de gran carisma, actúa también como paradigma. El compañero sentimental de Chauchat representa la energía que no cabe en Berghof, el destino acaba por castigar su actitud vital.
El cambio de Peeperkorn es extremadamente perjudicial e inmediato, fruto del ritmo propio de su personalidad y del desprecio por la reflexión, actividad común para los convalecientes.

Frau Stöhr

Einzig Frau Stöhrs Person und Namen faßte er auf, und daß sie ein rotes Gesicht und fettige aschblonde Haare hatte. Man konnte ihr die Bildungsschnitzer wohl zutrauen, so störrisch unwissend war ihr Gesichtsausdruck.

Solo se fijó en la persona y en el nombre de la señora Stöhr, y en que tenía la cara roja y el pelo rubio ceniza grasiento. Uno bien podía aceptar sus meteduras de pata debido a lo ignorante de su expresión.

Esta traducción y las siguientes son propias. Esta es la descripción que ofrece Mann de Frau Stöhr, con cuya presencia hemos topado anteriormente en el comedor. Este personaje es el reflejo de aquellos que, incluso en un entorno absolutamente favorable, no buscan de ninguna manera el crecimiento espiritual o intelectual. Su ignorancia y su obsesión por las banalidades muestran un movimiento que nunca llega a comenzar.
En este caso no existe anábasis, sino un atrapamiento que, observado con detenimiento, es el mismo que el del resto de los internos.

Decadencia y estética*

Decadencia y estética*

Decadencia y estética*

Decadencia y estética*

Decadencia y estética*

Decadencia y estética*

Decadencia y estética*

Decadencia y estética*

Sentido estético y decadencia en “La montaña mágica”

A consecuencia del movimiento común, se produce una decadencia que atrapa la realidad completa del sanatorio. La actitud general se basa en el gozo de este entorno decrépito que, a cambio, ofrece conferencias, recitales, lecturas, debates, pequeñas soirées y paseos por fastuosos entornos.

El tiempo como agente descomponedor

Conocemos como descomponedores a los microorganismos que se encargan de convertir materia orgánica en inorgánica, por ejemplo las bacterias y los hongos, este es también el efecto que produce el tiempo en los residentes del Berghof.
El tiempo en “La montaña mágica” es uno de los temas centrales de la novela y adquiere un significado profundo y casi metafísico. En el sanatorio, el tiempo parece detenerse, diluirse y perder su sentido convencional. La rutina marcada por las mediciones de temperatura, las comidas regulares y el reposo en los balcones, crea una monotonía que hace que días, semanas y meses se mezclen, confundiendo a los pacientes y alterando su percepción.
Este fenómeno es especialmente evidente en Hans Castorp, quien llega al sanatorio con la intención de quedarse solo tres semanas, pero termina prolongando su estancia durante siete años. Para Hans, el tiempo se desvincula del mundo exterior, dejando de ser una línea recta para convertirse en algo maleable, casi infinito. De hecho, es posible que a su salida del sanatorio, su inconsciente equipare el lapso real de siete años al período original, de solo tres semanas, que había planeado.
La altitud del sanatorio y su aislamiento físico contribuyen a esta sensación de tiempo estático. Los pacientes viven apartados de la vida cotidiana, inmersos en un espacio propio donde los días parecen estirarse sin fin. Thomas Mann utiliza esta percepción como un símbolo ambivalente, el tiempo es tanto enemigo como aliado, convirtiéndose en una fuerza que permite a los personajes explorar los confines de su existencia, pero que precipita sus varios empeoramientos.
El tiempo en suspenso es el ámbito imprescindible para que la decadencia avance sin producir alarma, de hecho, es el primer tramo de la anábasis del recién internado. Una vez asentada esta perspectiva, el personaje puede comenzar a ejercer sus rutinas como una serie de costumbres absolutamente estéticas.

Los hábitos del residente

Las rutinas del sanatorio a las que nos hemos referido anteriormente son una parte esencial de la vida en el aislamiento alpino, y están marcadas por la regularidad y la monotonía. La vida diaria comienza con la toma de temperatura, un ritual que se repite varias veces al día, ante la necesidad de controlar y medir el estado físico general. Este acto rutinario se convierte en una especie de ceremonia para los pacientes, cada décima de fiebre tiene un significado casi existencial. Posteriormente, los pacientes se reúnen para desayunar, disfrutando de una dieta rica y calórica diseñada para fortalecer cuerpos debilitados por la tuberculosis. Las comidas son momentos de interacción social, aunque también están cargadas de un cierto aire de resignación en muchos casos.
El resto del día transcurre, en gran medida, entre sesiones de reposo al aire libre en los balcones, una práctica esencial para el tratamiento de la tuberculosis. Los pacientes, envueltos en mantas, pasan horas inmóviles, respirando el aire puro de la montaña, independientemente de las condiciones climáticas. Este tiempo permite combinar la contemplación del paisaje con largas reflexiones. En estas pausas, la mente de los pacientes vaga libremente, o compite en conversaciones filosóficas con otros residentes. La rutina incluye también visitas médicas periódicas en las que se evalúa el progreso de los pacientes, reforzando la obsesión por una salud física que solo puede conservarse invariable o empeorar súbitamente.
Las tardes se dedican, en ocasiones, a actividades culturales y sociales que rompen la monotonía del día. El Berghof ofrece una serie de eventos destinados a entretener y estimular a los pacientes de manera limitada. Uno de los acontecimientos destacados son las conferencias del Dr. Krokowski, estas charlas, cargadas de simbolismo y con un tono predominantemente psicoanalítico, generan discusiones posteriores. En este sentido, funcionan como una forma de terapia colectiva.
La música es también importante en la vida cultural del sanatorio, como no podía ser de otra manera en una novela germánica. Los recitales de piano y las interpretaciones musicales proporcionan momentos de belleza que elevan el ánimo de los residentes. Estos eventos no solo suponen una distracción, además incentivan un tenue sentido de comunidad entre los pacientes. Las reuniones sociales, habitualmente cenas especiales y pequeños festejos organizados por los pacientes o el personal, también tienen cierta importancia como desahogo, o como confirmación de las obsesiones de cada participante.
La rutina durante la noche, aunque más relajada, sigue también un patrón predecible. Los pacientes se reúnen para cenar, produciéndose conversaciones que oscilan entre lo trivial y lo profundo. Existen tres alternativas una vez finalizada la cena: exposición a las corrientes en los balcones, descanso nocturno o actividades distendidas como la lectura, estas últimas siempre particulares.

La degeneración del espíritu

Las costumbres anteriores producen una decadencia palpable en el paciente, que se percibe tanto en sus aspectos físicos como en su ánimo.
El equipo médico parece resignarse a la dificultad que conlleva una recuperación completa, por tanto se habitúa a llevar a cabo labores de seguimiento. En cuanto al decaimiento interno, el paso corrosivo del tiempo produce, y a la vez enmascara, las consecuencias que, en todo caso, se valoran de manera condescendiente.
Lo que en principio debería ser una anábasis, un camino ascendente culminado por la recuperación física y espiritual, acaba siendo una travesía descendente, como la que describe Ziemssen tras la llegada de su primo.

Die müssen im Winter ihre Leichen per Bobschlitten herunterbefördern, weil dann die Wege nicht fahrbar sind.

En invierno tienen que transportar los cadáveres en trineo, porque los caminos no son transitables.

Este es el proceso real que transita cada uno de los internos, una espiral descendente en la que el tiempo no tiene sentido, actuando como enfermedad descomponedora de cualquier posibilidad de realidad, como le sucede a Federico Mayol en “El viaje vertical”, novela de Enrique Vila-Matas. Como resultado, aparece una alucinación común pero individualizada, en la que se dota de rasgos estéticos a una rutina que es solo espera y destrucción.

La percepción estética

Una de las cartas estéticas de Schiller nos habla de la importancia de vivir en el tiempo propio, el texto finaliza con una proclama en favor de la estética como guía para la libertad, potencial solución al problema político alemán postrevolucionario. El relato de Mann sería completamente contrario a este planteamiento, negando la estética como solución plenipotenciaria.
La verdadera trampa de los atributos mágicos de la montaña es la visión estilizada de la vida en altura. Incluso la propia enfermedad deja de verse como un decaimiento evidente, los residentes parecen obviar su estado para dedicarse a aquellas actividades que van a dotar de belleza su existencia. En cuanto a estas, no solo son importantes las que están directamente relacionadas con la cultura, como los conciertos o las lecturas privadas, también las acciones ordinarias se subliman.
El personaje sigue una melodía compuesta de costumbres invariables, en su mayoría relacionadas con el cuidado de la salud, y una armonía basada en el aprendizaje, entonada en común e individualmente.
La visión de la experiencia personal en el santuario alpino produce una intensa sensación estética que, además, se asienta en los impresionantes paisajes del tesoro de los Alpes. Al contrario de lo que Mann nos transmite en “Tristán”, novela corta también basada en una estancia en un sanatorio alpino, los personajes de “La montaña mágica” no experimentan lo bello de forma práctica y directa, sino a través de la repetición de actos, cuya acumulación les permite contemplarse a sí mismos como un objeto artístico.

La conversación de Thomas Mann

La sofisticada forma de negación que asimilan Castor y compañía produce una sublimación confortable, propia de otros relatos de Mann.
Habitualmente se asocia a Thomas Mann al relato de la decadencia entendida como pérdida. “Los Buddenbrook”, “La muerte en Venecia” y “Doctor Faustus” son algunas de las narraciones decadentes de Mann, sin embargo, todas ellas, al igual que “La montaña mágica”, exploran la observación y el sentido estético del desmoronamiento de distintas maneras.
En el caso de “La montaña mágica” el sentido es más profundo, debido a su raigambre en el hecho histórico sobre el que se erige, los antecedentes de la Primera Guerra Mundial. Pensemos en lo que representa preservar el espíritu en una zona de montaña suiza, mientras el continente se desvanece.

La postura de Mann ante la Gran Guerra y la participación de Alemania

Al comienzo de la Primera Guerra Mundial, Thomas Mann adoptó una postura nacionalista y conservadora, apoyando la participación de Alemania en el conflicto. Aunque nunca fue un entusiasta belicista, Mann veía la guerra como una lucha inevitable que Alemania debía emprender para defender su identidad cultural y su lugar en el mundo. En este periodo inicial, consideraba que la cultura alemana, caracterizada por su profundidad filosófica y espiritual, estaba siendo amenazada por los valores materialistas y superficiales.
Esta visión cristaliza en su ensayo «Consideraciones de un apolítico» (1918), escrito durante la guerra. Mann defiende que Alemania representaba una civilización espiritual y auténtica, en contraste con las democracias occidentales. En este texto, critica los valores liberales, el individualismo democrático y el racionalismo que asociaba con Occidente, y glorifica una visión idealizada de la cultura (concepto tradicionalmente enfrentado al de civilización, por parte de la intelectualidad germanófila) profundamente intelectual y artística, ubicada en la esfera alemana.

“La montaña mágica” como símbolo antibelicista

Cuando Thomas Mann publica “La montaña mágica” en 1924, sus opiniones ya no son las mismas que durante el período bélico. Es importante recordar que esta novela comienza a gestarse hacia 1912, durante la estancia de Thomas y Katia Mann en un sanatorio de Davos, sin embargo, el relato deriva en una metáfora de las consecuencias del inmovilismo.
Romantizar ciertas actitudes complacientes en entornos insalubres, o cuando la enfermedad se presenta manifiesta, evita por completo la recuperación y acelera las consecuencias.

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Leer “la montaña mágica”

Existen en internet numerosas páginas que plantean estrategias de lectura y elaboradas justificaciones morales para afrontar “La montaña mágica”. Se trata, sin embargo, de una novela compuesta por entre 750 y 1.200 páginas, dependiendo de la edición, entre las que se reparten siete (no podía ser de otra manera) capítulos.

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