La casualidad nacida del caos es un tópico narrativo desde que Héctor, confundido por el fulgor de la armadura de Aquiles, hundiera su lanza en el vientre de Patroclo. La gravedad del azar sirve a Miguel de Cervantes y a William Shakespeare para crear dos personajes mínimos -tres, si tenemos en cuenta a Cina el conspirador-, que parten del hecho trágico para divergir en dos circunstancias distintas.
Andrés el mozo y Cina el poeta actúan como catalizadores del universo completo de sus creadores.
El peso atroz de la casualidad
La casualidad ocupa un lugar decisivo tanto en la dramaturgia de Shakespeare como en la narrativa de Cervantes. El azar aparece como una fuerza estructural que revela la fragilidad del orden humano. La coincidencia, el equívoco y la confusión se convierten en motores del conflicto, propiciando situaciones en las que la razón se ve constantemente asediada por lo imprevisible.
La casualidad atraviesa “El Quijote” como principio organizador. A partir del encuentro fortuito entre el caballero y su escudero, Cervantes construye un mundo que se nutre de la irrupción de multitud de personajes accidentales, surgidos de los márgenes de los caminos. Don Quijote y Sancho Panza se adentran en un espacio narrativo en el que la aventura depende del azar, sin embargo, todo desenlace cervantino queda parcialmente influido por la voluntad.
La casualidad cervantina aparece en diversos contextos. “La gitanilla” es una anagnórisis clásica cruzada por la casualidad, en la que el encuentro entre Preciosa y su amante desencadena una serie de coincidencias y reconocimientos que desvelan la identidad verdadera de los personajes, mostrando cómo la contingencia puede restaurar -o trastocar- incluso el orden social.
Shakespeare hace de la casualidad una herramienta dramática y trágica imperativa en varias de sus obras. En “Romeo y Julieta”, la secuencia de accidentes -el mensaje que no llega, el encuentro fortuito con Paris, la confusión sobre la muerte aparente de Julieta- transforma el amor en tragedia. La fatalidad nace de la concatenación de hechos mínimos que escapan al control humano. Del mismo modo, en “Otelo”, una serie de coincidencias basta para desatar la destrucción del protagonista. En “Hamlet”, la casualidad no solo marca el desarrollo de los acontecimientos, sino también el carácter metafísico que revela la tragedia.
En ambos autores, el azar se eleva a categoría estética. Ni Shakespeare ni Cervantes conciben las vidas de sus personajes como relatos regidos por la lógica, sino como un entramado donde lo fortuito es la manifestación más pura de la condición humana.
El designio trágico del primer teatro clásico
Nietzsche acusa del fin de la tragedia ática al racionalismo socrático, inserto en las tramas de Eurípides. Siglos más tarde, sería Wagner quien, de nuevo, recuperaría la fuerza irracional propia de las obras de Esquilo y Sófocles.
La tragedia griega, en su formulación clásica, se erige sobre la tensión irresoluble entre la experiencia humana y una fuerza irracional que excede toda comprensión. En Esquilo y Sófocles, esta potencia constituye el eje ontológico de la acción dramática: un principio anterior al individuo que lo condiciona, lo sobrepasa y, en última instancia, lo destruye. Lo trágico no nace, por tanto, de la mera desventura, sino del choque entre la conciencia y lo inevitable. En estos primeros autores, el ser humano es el espacio donde se enfrentan las potencias simbólicas cósmicas y las leyes del espíritu.
Con Eurípides, la tragedia experimenta una inversión profunda. El autor introduce la razón discursiva y psicológica como principio explicativo del conflicto, desplazando la fuerza irracional hacia el ámbito de lo humano. Los dioses, cuando aparecen, lo hacen en calidad de artificio, no como potencias ontológicas. En “Medea”, “Hipólito” o “Las troyanas”, la pasión y la psicología sustituyen al destino como motor de la acción; la moira se convierte en emoción y dilema ético.
Eurípides, en su afán por racionalizar la tragedia, la desactiva como experiencia del misterio. Allí donde Esquilo y Sófocles confrontaban al espectador con lo inefable, Eurípides propone un enfrentamiento con lo comprensible.
Antes de que los primeros acordes anuncien a las ninfas del Rin, Shakespeare llega a rozar los principios estéticos de la primera tragedia, mientras Cervantes se inclina hacia los presupuestos de la comedia clásica.
El padecimiento de Andrés, el mozo de Juan Haldudo
La primera hazaña de don Quijote -la defensa de Andrés en el capítulo IV de la primera parte- constituye un episodio paradigmático del modo en que Cervantes articula el idealismo caballeresco desde la realidad social de su tiempo, dando forma a una casualidad trágica que desvela la distancia entre el deseo y lo manifiesto. En la escena inaugural de su vida activa como caballero andante, el hidalgo pretende reparar una injusticia y termina agravándola. El azar, que inicialmente parece favorecerle al ofrecerle una ocasión heroica, se revela cruel ironía: el encuentro, el desenlace y la posterior repetición del episodio configuran una cadena de infortunios nacidos, precisamente, del idealismo del protagonista.
Don Quijote, recién armado caballero, se encuentra con un muchacho que está siendo azotado por su amo. Este hallazgo fortuito es interpretado por el hidalgo como prueba de que la Providencia -el destino novelesco que él imagina- le conduce hacia su primera hazaña. La casualidad se transforma en signo y la voz de Andrés es interpretada como interpelación divina.
Cervantes desarrolla una estructura caballeresca básica: el héroe oye un clamor y acude a socorrer al débil, pero la inversión es absoluta. La intervención de don Quijote carece de sentido práctico, porque el maltrato que observa pertenece al ámbito social concreto de la servidumbre, no al de los agravios de la ficción. El hidalgo actúa siguiendo las leyes de los libros, no las de la justicia real. Su discurso choca con el lenguaje del labrador y del mozo y sus registros no se llegan a encontrar, a pesar de la satisfacción del Quijote. La escena es superficialmente cómica, pero trágica en su lógica profunda.
Cervantes reinterpreta el azar como destino irónico. El héroe que cree haber sido elegido para ejercer justicia es, en realidad, instrumento del sufrimiento.
-No niego, hermano Andrés, respondió el labrador, y hacedme placer de veniros conmigo, que yo juro por todas las órdenes que de caballerías hay en el mundo, de pagaros como tengo dicho un real sobre otro y aun sahumados.
Tan deleitado se finge Juan Haldudo, y tan imbuido se muestra ante el juego caballeresco, que promete incluso pagar con sahumerios, una metáfora propia del Siglo de Oro que hace referencia a las fragancias producidas por la quema de hierbas aromáticas, símbolo de lo que se lleva a cabo con sumo gusto.
La consecuencia es inversa respecto del acto heroico: el labrador, liberado ahora de la presencia de la justicia en su aspecto medieval, ata de nuevo al muchacho y lo azota hasta casi matarlo. La ausencia del héroe produce el desastre.
Cervantes introduce una dialéctica entre acción y consecuencia, mediada por la ignorancia del agente. Don Quijote cree haber restaurado la justicia, pero la narración le niega esa posibilidad. Su partida marca el instante en que el orden ideal se disuelve en el caos real. Así, la casualidad no solo pone en contacto dos mundos mutuamente desconocidos, sino que los enfrenta, mostrando su incompatibilidad.
La hamartía del protagonista -su error de juicio- nace precisamente de su virtud: la fe en la justicia. Don Quijote interpreta un suceso casual como un destino trascendente, y esa interpretación precipita a un tercero a la catástrofe.
La secuencia se cierra más adelante, en el capítulo XXIV de la segunda parte de la novela, cuando don Quijote se encuentra de nuevo con Andrés. El muchacho, ahora vagabundo, reconoce al caballero andante y le echa en cara el daño causado. Esta reaparición funciona como una epifanía moral poco común en el protagonista, un Quijote que parece comprender con claridad lo sucedido.
-El daño estuvo, dijo don Quijote, en irme yo de allí, que no me había de ir hasta dejarte pagado, porque bien debía yo de saber por luengas experiencias que no hay villano que guarde palabra que diere, si él ve que no le está bien guardalla.
Cervantes introduce aquí un principio de sensatez y una moderna estructura circular que refuerza el sentido de destino con un nuevo encuentro. Sin embargo, la casualidad aparece como algo más, como fuerza poética que distribuye las consecuencias de los actos humanos más allá de la intención.
La ironía cervantina
La ironía es el nervio más profundo de la escritura cervantina. Más que un recurso humorístico, constituye una mirada sobre el mundo, un modo de comprender la realidad desde la ambigüedad. Cervantes no se limita a oponer locura y cordura, sino que introduce un mecanismo sutil basado en la casualidad irónica, una dinámica que convierte los accidentes fortuitos en espejos deformantes de las aspiraciones. El azar en “Quijote” no es ciego, sino una fuerza poética que revela la distancia entre lo que los hombres creen ser y lo que realmente son.
La ironía nace de una disonancia de la percepción: lo que para don Quijote es destino, es en realidad un azar dispuesto intencionalmente por Cervantes; lo que para el caballero es prodigio, para los demás personajes es malentendido. La comicidad de las escenas quijotescas descansa en estas inversiones del sentido.
Cada aventura surge de una coincidencia trivial, pero la casualidad no solo es un pretexto cómico, es un mecanismo para examinar la fragilidad de la interpretación humana. En un mundo sin certezas absolutas, todo depende del modo en que se mire; la ironía cervantina se asienta epistemológicamente sobre la imposibilidad de acceder a la verdad sin mediación subjetiva y las consecuencias de las visiones divergentes.
La casualidad desempeña entonces un papel doble. Por un lado, ridiculiza la pretensión heroica del protagonista; por otro, confiere al relato un tono trágico, ya que el azar acaba revelando la pureza inútil de su ideal. El héroe no es castigado por los dioses, sino por el simple funcionamiento del mundo, indiferente a los presupuestos del Quijote.
El episodio de Andrés manifiesta de forma patente la ironía cervantina. El lector, testigo de la escena, asiste a una cruel inversión en la que la casualidad se revela tragedia a través de una trama crudamente irónica, que forma parte del laberinto de un hombre que, en busca del ideal, solamente halla el reflejo desfigurado de su propio sueño.
La herencia de la Fortuna renacentista en Cervantes
La idea de Fortuna como fuerza inconstante que gobierna la suerte humana atraviesa la cultura occidental desde la Antigüedad hasta el Renacimiento. Su presencia no solo define una visión del mundo, sino también una actitud moral ante la incertidumbre. Boecio, Petrarca y Erasmo reformularon este mito desde perspectivas distintas, pero unidas por la posibilidad de un ser humano capaz de conservar su dignidad en un universo regido por el azar. Cervantes, heredero de esa tradición, convierte en materia narrativa la potencial coexistencia entre la libertad moral y la contingencia.
En “La consolación de la filosofía” (siglo VI) de Boecio, la Fortuna deja de ser una diosa caprichosa para convertirse en instrumento de la Providencia. El filósofo romano, encarcelado en ese momento, dialoga con la Filosofía para concluir que la inestabilidad de los bienes mundanos es solo apariencia. Tras el movimiento de la rueda del fario se oculta un orden superior que dirige los acontecimientos hacia un fin justo. La pérdida y el sufrimiento son, en última instancia, pruebas de virtud.
Petrarca reinterpreta a Boecio desde una sensibilidad más íntima y moderna. En su tratado “De remediis utriusque fortunae” (ca. 1360), propone un modelo de sabiduría basado en la templanza y el autoconocimiento. La Fortuna se mantiene inestable, pero su efecto depende del estado del alma: el sabio no teme ni la prosperidad ni la desgracia, porque ha aprendido a medirlas con la misma distancia. Petrarca traslada la reflexión del plano teológico al psicológico: la lucha contra la fortuna no se libra en el cosmos, sino en el interior del individuo. Frente a Boecio, que aún confía en una Providencia ordenada, Petrarca introduce la conciencia de la soledad del hombre ante el cambio.
Erasmo de Róterdam, en el siglo XVI, ofrece una tercera y decisiva metamorfosis del concepto. En “Elogio de la locura” (1511) o en “De libero arbitrio diatribe” (1524), la fortuna ya no aparece como fuerza moral ni como castigo divino, sino como manifestación del absurdo constitutivo de la existencia. Su ironía es esencialmente cristiana: el mundo es un escenario de contradicciones donde la sabiduría y la necedad se confunden, y donde solo una actitud basada en el humor y la tolerancia puede salvar al espíritu. Erasmo convierte la fortuna en la posibilidad de reconocer los límites de la razón sin renunciar a la fe en la dignidad humana. La sabiduría, para él, consiste en aceptar la incertidumbre con una sonrisa lúcida.
Cervantes hereda y transforma la tradición. “Quijote” está atravesado por la fortuna, pero no como fuerza externa irracional, sino como una estructura interna con cierto sentido, capaz de permutar tanto lo racional como lo irracional.
Como Boecio, Cervantes reconoce que el sufrimiento puede tener un sentido; como Petrarca, muestra que el equilibrio del alma vale más que el éxito exterior; de Erasmo toma el caos del mundo con una risa inteligente que sustituye la certeza por la comprensión.
Cervantes consigue convertir las pretensiones de la antigua diosa Fortuna en un juego incesante de error y desengaño.
Cina*
Cina*
Cina*
Cina*
Cina*
Cina*
Cina*
Cina*
Shakespeare, la furia popular
Los personajes de Shakespeare son capaces de desencadenar el ciego ímpetu de la fatalidad solo con una palabra.
La duplicidad de Cina encarna la paradoja del azar trágico: dos hombres distintos, unidos por el nombre, convergen en un destino que los confunde. Shakespeare despliega un azar que puede provocar el colapso de todas las categorías morales, más en una sociedad tan viciada como la Roma del primer siglo de nuestra era.
La tragedia, en este episodio, no nace del designio divino ni -en contra de lo que se pueda pensar- de la propia voluntad humana, sino de la contingencia en su estado más básico y feroz. La multitud romana, embrutecida por la retórica de Marco Antonio, mata al poeta incluso después de saber que nada tiene que ver con la conspiración. Shakespeare lleva al extremo la intuición trágica de un mundo carente de razón, donde el azar se convierte en la única ley de facto.
Acto III, escena 3
Enter Cinna the poet and after him the Plebeians.
Cinna: I dreamt tonight that I did feast with Caesar,
And things unluckily charge my fantasy.
I have no will to wander forth of doors,
Yet something leads me forth.
Entra Cina, el poeta, y tras él los plebeyos.
Cina: Esta noche he soñado que cenaba con César,
y mi imaginación se ve acosada por presagios funestos.
No tengo ganas de salir de casa,
pero algo me empuja a hacerlo.
La muerte de Cina el poeta es un episodio breve pero de enorme carga simbólica.
Tras el funeral de César y el incendiario discurso de Marco Antonio, Roma se hunde en el caos. Las calles hierven de ira y la multitud busca vengarse de los conspiradores, en ese clima de violencia colectiva aparece fortuitamente Cina, un poeta inocente que ha tenido sueños premonitorios pero que, impulsado por un presentimiento, abandona su casa.
Al encontrarse con un grupo de ciudadanos enfurecidos, estos le interrogan agresivamente: quieren saber su nombre, su residencia, su estado civil. Cina responde con calma e ironía, pero cuando dice su nombre, la multitud enloquece.
A pesar de que Cina logra una breve tregua al identificarse como poeta, uno de los ciudadanos clama por el ajusticiamiento, debido a la pésima calidad de sus versos, y el grupo lo lincha brutalmente. La escena termina con la turba marchando hacia las casas de los conspiradores, dejando el cuerpo del poeta tras de sí.
La muerte de Cina el poeta es una alegoría del caos político y la pérdida de la razón pública: en la Roma de Shakespeare, la palabra —símbolo del arte, del pensamiento— es aplastada por la violencia de la multitud. El azar de un nombre basta para condenar a un inocente.
El conflicto sucesorio
Vale la pena incluir un breve excurso para exponer la situación política de Inglaterra en 1599, año en el que, probablemente, fue estrenada la obra.
A finales del siglo XVI, el país se halla en un momento de aguda tensión política, debido a que la reina Isabel I carece de descendencia y se niega a designar un heredero. La incertidumbre dinástica había alimentado en el reino rumores de crisis, conspiraciones y guerra civil.
En ese contexto, no resulta extraño proponer que Shakespeare concibió “Julio César” como una advertencia acerca de un conflicto sucesorio potencialmente caótico.
El asesinato del dictador y el posterior estallido de violencia colectiva evocan deliberadamente el modelo del deterioro del orden ante la falta de una figura de autoridad reconocida. La ciudad de Roma -similar a la Inglaterra del final de la era Tudor- se precipita hacia una serie de reacciones incontrolables. En ausencia de guardián legítimo, el reino podría quedar sometido a las fuerzas del azar.
La obra invita al espectador isabelino a reflexionar. “Julio César” no es solo un drama clásico, sino un drama implícito: la falta de regente es el caos, la muchedumbre es el peligro latente en cualquier reino sin sucesor reconocido.
El temor de Shakespeare no era abstracto; durante el reinado de Isabel, los debates sobre quién heredaría el trono eran prohibidos con severidad. A consecuencia, los panfletos anónimos y los tratados clandestinos circularon con sigilo.
Cuando Isabel fallece en 1603, la sucesión no deriva en una guerra sangrienta; será el rey de Escocia, Jacobo VI, quien suba al trono inglés como Jacobo I. La transición, relativamente pacífica, permite que Inglaterra evite el desastre que anuncia Shakespeare.
Shakespeare, personaje
En el episodio 9 de “Ulises”, de James Joyce, Stephen Dedalus expone un largo discurso acerca de la vida y obra de Shakespeare. Una de sus tesis fundamentales es que el Bardo se muestra parcialmente en sus obras, dejando rastros de su vida personal.
En “Julio César” tenemos una manifestación patente del uso del trasunto en Shakespeare, se trata del poeta Cina.
En la figura de Cina el poeta se condensa, en unas pocas líneas, la intuición trágica de Shakespeare sobre su tiempo y, posiblemente, sobre su propio futuro. Este Cina es un reflejo del propio Shakespeare, un poeta que teme ser devorado por el desorden del mundo si la razón cede ante la furia de la multitud.
El poeta romano sale a la calle impulsado por un sueño, un presentimiento de destino. Shakespeare escribe “Julio César” impulsado también por el miedo. La escena se vuelve tragicómica, los ciudadanos justifican el linchamiento no por motivos políticos, sino literarios. La ironía es devastadora, pues la actividad propia del poeta se convierte en la causa de su condena.
En este episodio mínimo, Shakespeare proyecta su propia vulnerabilidad. Como Cina, el escritor corre el riesgo de ser víctima de la confusión colectiva, en un Imperio incapaz de distinguir entre la venganza y la justicia.
El constante ejercicio exegético que nos lleva a tratar de descifrar a Shakespeare a través de su obra tiene en Cina el poeta una de sus respuestas más palpables. Si bien el aedo romano no es capaz de mostrarnos una impronta decisiva de la biografía de Shakespeare, sí denota al menos la tensión que el escritor isabelino siente ante los peligros de una sucesión que no se concreta.
Cina el conspirador
Caesar: Et tu, Brute?-Then fall, Caesar.
He dies.
Cinna: Liberty! Freedom! Tyranny is dead!
Run hence, proclaim, cry it about the streets.
César: Et tu, Brute?- César cae.
Muere.
Cina: ¡Libertad! ¡Independencia! ¡La tiranía ha muerto!
Corred, proclamad, gritadlo por las calles.
Entre los nombres que integran la conjura contra Julio César, Cina el conspirador ocupa un lugar menor, pero de gran densidad simbólica.
Su figura encarna la tensión entre el idealismo político y la fatalidad del acto revolucionario. Cina aparece en el escenario en el momento de mayor exaltación: tras la muerte de César, es él quien proclama con fervor que Roma vuelve a ser libre. En esas palabras se condensa la esperanza colectiva de los conjurados, convencidos de haber restablecido la justicia mediante el crimen. Shakespeare deja entrever en ese grito de triunfo la semilla del caos.
Cina actúa movido por un ideal republicano que aspira a restaurar la pureza de Roma, pero su acción precipita la anarquía. Es, en este sentido, un personaje quijotesco en clave política: actúa con nobleza, pero su interpretación del mundo está contaminada por un mito que ignora las leyes inherentes a la convivencia humana.
Frente a Bruto, Cina representa la acción sin duda; frente a Casio, el estratega, simboliza la fe ingenua en el poder de la voluntad. Su entusiasmo no tiene cálculo, es el fanático que convierte el ideal en dogma.
El Humanismo tardío en el drama de Shakespeare
A finales del siglo XVI, el ideal humanista que había impulsado el Renacimiento europeo atraviesa una fase crepuscular. La confianza en la razón, en la armonía moral del mundo y en la dignidad del hombre empieza a resquebrajarse ante la evidencia del conflicto religioso y el fracaso de los modelos de virtud cívica. En la Inglaterra isabelina, el humanismo, que en tiempos de Erasmo y Tomás Moro había representado la fe en la concordia, se transforma en un pensamiento más sombrío, consciente de la vulnerabilidad del individuo.
Shakespeare hereda este horizonte intelectual y lo convierte en materia trágica: en sus obras, el hombre ya no es el centro del universo, sino una figura sometida al azar, a la persuasión y a la incomprensión de su propio destino.
El humanismo inglés temprano, manifestado esencialmente en la obra de Tomás Moro, buscó reconciliar la moral cristiana con la razón política. “Utopía” (1516) propone una comunidad regida por la virtud racional, donde la justicia se convierte en principio de orden y la educación en garantía del bien común. Moro mantiene la dirección del primer Renacimiento, sin embargo, su propia ejecución revela el fracaso práctico del ideal. Shakespeare, que crece en el clima que desencadena esa herida histórica, proyecta en “Julio César” el desengaño del humanismo.
A diferencia de Moro, Francis Bacon inaugura la posibilidad de una nueva mentalidad basada en el pragmatismo. Su proyecto de reforma sustituye el ideal moral del humanismo por la eficacia empírica del conocimiento. El hombre de Bacon deja de ser el centro moral del cosmos para convertirse en su intérprete técnico.
En la obra general de Shakespeare, esta posibilidad se articula a través de la retórica, sin embargo, la palabra, antes instrumento de verdad, se convierte en manipulación. Shakespeare, como Bacon, entiende que el saber es poder pero, a diferencia del filósofo, muestra las consecuencias inmorales de esta ecuación. La verdad deja de ser un valor absoluto y se convierte en un efecto de la palabra, por tanto, el ideal humanista acaba disuelto en el lenguaje.
Un tercer eje del humanismo tardío -la duda escéptica- procede de Michel de Montaigne, cuyos “Ensayos” (1580) circulaban en Inglaterra desde finales del siglo XVI. Aunque francés, su pensamiento influyó decisivamente en el ambiente intelectual isabelino, en parte gracias a la traducción de John Florio (1603). Montaigne desconfía de toda certeza: el hombre, dice, no es ni sabio ni constante, sino cambiante y contradictorio. Esa visión antropológica impregna el teatro de final de siglo de Shakespeare.
La duda de Bruto es la duda de Montaigne: ¿cómo obrar bien en un universo donde la razón es inestable y la palabra puede volverse contra su propio sentido? El humanismo inglés tardío se define, de manera similar, por una tensión entre ideal y experiencia, entre fe en la virtud y conciencia del fracaso moral. Frente al discurso abstracto de los humanistas, Shakespeare ofrece el espectáculo de la contradicción a través de personajes que piensan y se equivocan, que aman la justicia y cometen injusticias, que creen dominar el lenguaje y son dominados por él.
La razón política de Bruto, la elocuencia instrumental de Marco Antonio y el fervor ingenuo de Cina el conspirador representan tres derivaciones del pensamiento humanista, tres modos de creer en la capacidad humana de ordenar el mundo. Pero el resultado final muestra que el orden moral ha colapsado. El ideal renacentista se ha tornado tragedia.
Casualidades
Casualidades
Casualidades
Casualidades
Casualidades
Casualidad irracional y azar moralizante
Cina el poeta ilustra la influencia de los principios del teatro clásico en las tramas de Shakespeare, particularmente en lo que respecta a la concepción del azar como motor de la tragedia. En las obras de Esquilo y Sófocles, el destino o la fatalidad constituyen principios cósmicos que operan más allá del control humano, desbordando las capacidades de la razón y dejando a los personajes expuestos a circunstancias inevitables. Shakespeare hereda la noción de fatalidad trágica, aunque obviando las fuerzas ultraterrenales, que son sustituidas por la muchedumbre.
La muerte de Cina el poeta, un personaje cuyo destino depende de una coincidencia absurda, ejemplifica la concepción clásica de la Fortuna. El poeta, cuya culpa es compartir nombre con un conspirador, es brutalmente asesinado por una multitud furiosa. Este acto parte de una de las constantes de la tragedia griega: el azar como factor desencadenante.
La muerte de Cina no solo remite a la aleatoriedad de los eventos, toma además la estructura trágica de los mitos griegos. En la tradición de autores como Sófocles, el héroe trágico está sometido a un destino que se desvela a través de la interacción de sus propias acciones y una fuerza superior que lo sobrepasa. De forma similar, en el caso de Cina, el azar se convierte en una fuerza injusta e indiferente que no distingue entre inocentes y culpables, y cuya irracionalidad pone en evidencia tanto la fragilidad de las categorías morales como la pretensión de redención. Shakespeare, al igual que los antiguos dramaturgos griegos, utiliza este mecanismo para exponer la crueldad de un mundo que no puede salvarse.
El azar deliberado
El episodio de Andrés se desarrolla en torno a un azar deliberado -soy consciente de la incompatibilidad- y moralizante. A diferencia de la irracionalidad de la tragedia clásica, la suerte cervantina se ubica en una estructura narrativa que implica realidad e ideal. Este tipo de escena, habitual en la comedia clásica, pone en evidencia a los protagonistas mediante una trama burlesca.
El azar no surge en este caso de una coincidencia fortuita, sino de la interpretación de don Quijote. La trama no es una casualidad pura, es el resultado de la voluntad del caballero, una intención que termina siendo perjudicial.
Este tipo de azar, a priori provocado, puede rastrearse en las comedias de Aristófanes, en las que el juego entre lo esperado y lo inesperado es una constante. En obras como “Las nubes” o “La paz”, el desenlace depende de situaciones aparentemente fortuitas, pero que, en realidad, son producto de las decisiones y los juicios de los personajes. Aristófanes utiliza el azar para criticar las instituciones de su tiempo y para hacer que el espectador reflexione sobre las incongruencias entre el orden social establecido y las aspiraciones humanas. De forma similar, Cervantes cuestiona la relación entre la idealización y la realidad, y la prevalencia de las decisiones sobre la suerte.
Formas comunes de vulnerabilidad
Andrés se construye a partir de un arquetipo de ingenuidad calamitosa que, a pesar del sufrimiento que provoca, es típica de la comedia clásica. Cina el poeta es víctima de la sinrazón; su actitud, apenas esbozada, es indiferente ante un desenlace ineludible. A pesar de las diferencias evidentes entre ambas tramas, se trata de dos realidades que tienden a disolverse, dando paso a una fragilidad presente en toda circunstancia.
Tenemos en Andrés una figura ingenua, cuyo sufrimiento queda momentáneamente a merced de la intervención del caballero andante. Don Quijote, armado con los ideales de los libros de caballerías, interpreta el azote que recibe el joven como un agravio que debe ser corregido a través de su acción heroica. Andrés se somete a la ilusión que propone Quijote, pero su destino se torna, si acaso, aún más cruel. Andrés, como muchos personajes de la comedia clásica, es víctima de una interpretación crédula, acentuada por el idealismo de un tercero.
Cina el poeta es víctima de la confusión que la multitud, instigada por la oratoria de Marco Antonio, genera a su alrededor. Cina se convierte en un chivo expiatorio de la ira popular y su fin es trágico. El azar, en este caso, es una fuerza irracional que anula todo principio de justicia o razón.
Ambos personajes, a pesar de sus diferencias, representan dos manifestaciones de una misma circunstancia: la vulnerabilidad ante el caos. Andrés y Cina son víctimas de un orden que carece de un marco de control, sus destinos se fusionan en una misma reflexión sobre la fragilidad humana.
Lo que une a los dos personajes es el hecho de que, a pesar de sus deseos y creencias, no pueden escapar de fuerzas que los superan. A pesar de la disonancia entre la aparente comicidad de la fábula de Andrés y la trágica crónica de Cina, en ambos casos prevalece el azar, un juego de fuerzas ajeno al individuo que se puede acentuar si no existe justicia institucional, o si el propio individuo parte de supuestos utópicos.
El aedo de Ítaca: sobrevivir al infortunio
Ante el tumultuoso regreso de Odiseo a Ítaca, la figura de Femio -poeta al servicio de Penélope- supone un atisbo de justicia. Femio sobrevive, desafiando las expectativas de la tragedia inevitable.
Su suerte no es capricho del azar, es un acto justo, compensación de una lealtad insobornable.
Indefensión ante la voluntad del caos
El azar, en sus manifestaciones más trágicas, es causa decisiva en las obras de Cervantes y Shakespeare, dos escritores que, pese a sus contextos particulares, convergen en una concepción del destino humano marcado por lo fortuito. En ambos autores, la casualidad es la fuerza que desvela las grietas de los ideales humanos.
Cervantes acierta a mostrar la tensión entre el idealismo caballeresco y el caos de la realidad. El azar es la fuerza que descompone el orden que el caballero anhelaba restaurar, exponiendo la miseria de un proyecto que se enfrenta con la implacable contingencia. En Shakespeare, el azar adquiere una carga aún más trágica, pues se presenta como una suerte de fatalidad que desplaza la voluntad humana y convierte la existencia en una sucesión de eventos caóticos, una idea heredada de la primera tragedia ática.
Ambos autores exponen las implicaciones de un azar subyugante, inasequible a la razón o al deseo. El caos disuelve, en los personajes referidos, toda posibilidad de idealismo frente a las fuerzas imprevisibles del destino.
Últimas publicaciones
Todas las categorías






