Antonio Machado y Jorge Guillén comparten un principio que, sin embargo, condiciona dos visiones completamente divergentes. La naturaleza, el paisaje castellano y la evocación romántica son algunos de los temas que nos permiten comparar ambos planteamientos.
Naturaleza
Árbol del estío
Todo el árbol
Irguiendo está su ansia de la raíz al canto.
Se remontan
Hacia la confidencia del susurro las hojas.
Por el viento
Del estío adorable se encumbran los deseos.
Pende encima
De la copa el azul que en el viento fascina.
Ved: el árbol
Se tiende a la fruición de su azul inmediato.
Árbol del otoño
Ya madura
La hoja para su tranquila caída justa,
Cae. Cae
Dentro del cielo, verdor perenne, del estanque.
En reposo,
Molicie de lo último, se ensimisma el otoño.
Dulcemente
A la pureza de lo frío la hoja cede.
Agua abajo,
Con follaje incesante busca a su dios el árbol
A un olmo seco
Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas, de alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.
Los dos primeros árboles son de Guillén, el olmo es de Machado.
“Cántico” y las imágenes de naturaleza
La naturaleza es protagonista en el “Cántico” de Jorge Guillén. El poeta emplea la naturaleza como símbolo de armonía y plenitud, en torno a una celebración permanente de la existencia. La poesía de Guillén está impregnada de una visión optimista, donde los elementos naturales—el sol, los árboles, el cielo y el mar—son parte de un universo ordenado y perfecto. A diferencia de Machado, cuya visión de la naturaleza se basa en un espacio de melancolía y conflicto, Guillén la contempla con admiración, destacando su equilibrio y su belleza inalterable.
El poeta vallisoletano utiliza la naturaleza para transmitir la sensación de eternidad y gozo. A través de imágenes luminosas que parten de su propia experiencia, Guillén convierte el paisaje en un escenario donde se funde con el entorno en una experiencia de totalidad. Los árboles en sus distintas estaciones, el fluir del agua o la inmensidad del cielo no son solo descripciones visuales, sino expresiones de una realidad que Guillén percibe como plena y radiante.
En “Cántico”, la naturaleza no es ajena al paso del tiempo, pero incluso en el cambio hay armonía. El ciclo de las estaciones, el amanecer y el atardecer reflejan una transformación constante que el poeta acoge con serenidad.
En los poemas reseñados percibimos una naturaleza esplendorosa, mediante una sinécdoque que ejemplifica en el árbol el paso de las estaciones.
En verano, el árbol alcanza la luz de la que está rodeado a partir de un movimiento erguido, la naturaleza se personifica siendo capaz de desear, de despertar ante la caricia del verano, sintiendo incluso los colores de la estación.
El otoño exige una dignidad íntima que se produce con el caer lento de una hoja, capaz esta de aceptar el cambio tras haber disfrutado de su propio susurro durante el estío. Si el verano era encantador, al otoño le pesa una molicie que, lejos de envilecerlo, espiritualiza la estación hasta el punto de permitir al árbol buscar su propio Dios.
La naturaleza machadiana
En la poesía de Antonio Machado, y muy especialmente en “Campos de Castilla”, la naturaleza es un reflejo del estado emocional del poeta y un símbolo de melancolía. Machado observa el paisaje con una mirada nostálgica, donde los elementos naturales—campos, ríos, colinas y caminos—representan el paso del tiempo, la soledad y la fugacidad de la vida. Su naturaleza no es solo un escenario, sino un espejo del conflicto del alma, donde la tristeza y la reflexión cobran protagonismo.
El paisaje castellano arquetípico, austero, inmensamente vacío, es una constante en su obra y se convierte en metáfora del destino humano. La llanura infinita y los caminos que se pierden en el horizonte sugieren incertidumbre y búsqueda, el agua es el paso inexorable de un tiempo corrosivo, imposible volver atrás. Este tipo de imágenes refuerzan la sensación de pérdida que atraviesa muchos de los poemas de Machado.
La naturaleza en Machado también es un espacio de contraste, donde el conflicto entre pasado y presente, recuerdo y realidad, se hace patente. Su paisaje es, a la vez, un refugio para la memoria y un recordatorio de lo inalcanzable, mostrando la tensión entre la serenidad del entorno y la angustia existencial del poeta.
En “Al olmo seco”, Machado construye una imagen basada en la antítesis entre muerte y vida. Al olmo le queda una última función, irrelevante en todas las alternativas posibles, una rama sostiene varias hojas verdes.
Ese mismo olmo es también símbolo de muerte y vida en “La tierra de Alvargonzález”, testigo de la prosperidad de los hijos después del asesinato del padre.
Los hijos de Alvargonzález ya tienen majada y huerta,
campos de trigo y centeno y prados de fina hierba;
en el olmo viejo,
hendido por el rayo,
la colmena,
dos yuntas para el arado,
un mastín y mil ovejas.
El poema tiene un significado manifiesto que conocemos con seguridad. Machado lo compone en 1912, meses antes de que su mujer, Leonor, fallezca de tuberculosis. Un Machado de 37 años escribe entonces un poema sobre una vida que se pierde, pero cuyas últimas manifestaciones parecen reverdecer una mínima esperanza. El augurio esconde una certeza visible en la melena de la campana, en la tumba.
Símbolos*
Símbolos*
Símbolos*
Símbolos*
Símbolos*
Símbolos*
Símbolos*
Símbolos*
Pérdida
Relieves
Rendición: relieves.
¡Qué míos, qué puros
Todos! Uno a uno
Resaltan, ascienden.
Castillo en la cima,
Soto, raso, era,
Resol en la aldea,
Soledad, ermita.
En el río, niña,
Niña el agua verde,
Señorón el puente,
Y la aceña en ruinas.
La tarde caliza
Que fue polvareda
Se extrema, se entrega.
Diáfanas vistillas.
¡Oh altura envolvente!
Rondan los vencejos
Sin cesar. ¡Oh cercos!
Posesión: relieves
Por tierras de España
[…]Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares;
la tempestad llevarse los limos de la tierra
por los sagrados ríos hacia los anchos mares;
y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra.
Es hijo de una estirpe de rudos caminantes,
pastores que conducen sus hordas de merinos
a Extremadura fértil, rebaños trashumantes
que mancha el polvo y dora el sol de los caminos.
Pequeño, ágil, sufrido, los ojos de hombre astuto,
hundidos, recelosos, movibles; y trazadas
cual arco de ballesta, en el semblante enjuto
de pómulos salientes, las cejas muy pobladas.
Abunda el hombre malo del campo y de la aldea,
capaz de insanos vicios y crímenes bestiales,
que bajo el pardo sayo esconde un alma fea,
esclava de los siete pecados capitales.
Los ojos siempre turbios de envidia o de tristeza,
guarda su presa y libra la que el vecino alcanza;
ni para su infortunio ni goza su riqueza;
le hieren y acongojan fortuna y malandanza.
El numen de estos campos es sanguinario y fiero;
al declinar la tarde, sobre el remoto alcor,
veréis agigantarse la forma de un arquero,
la forma de un inmenso centauro flechador.
Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta
—no fue por estos campos el bíblico jardín—;
son tierras para el águila, un trozo de planeta
por donde cruza errante la sombra de Caín.
El primero es un poema de Jorge Guillén, el segundo, un extracto de Machado.
La esperanza de Guillén
El poema de Guillén deviene una pérdida en posesión, un relieve hipotético que le pertenece, erguido a base de castillos y construcciones en ruinas.
La aceña de Guillén ya no muele, el castillo ha dejado de emanar luz, siquiera la ermita evoca soledad, frente a una vacuidad que lo ha atrapado todo. Las imágenes de Guillén son una vista literal que conoce, y es, por tanto, una tenencia de la que se apodera, devolviendo una versión estilizada de la tierra de los castillos.
Incluso ante la pérdida, inherente a Castilla, Jorge Guillén es capaz de construir una imagen ingenuamente ilusionada, que huye del lamento y la desesperación.
Guillén acepta en este y en otros poemas la cuestión castellana a partir de la imagen yerma, que todavía conserva leves signos de vida, como la niña en el río, similar a las hojas del olmo de Machado, pero cuya presencia envuelve cierto anhelo.
El hombre castellano
Machado toma la apariencia del hombre castellano para relatar la pérdida.
Sus hijos no están, la propia naturaleza se destruye a sí misma, y ahí permanece quien lo ha perdido todo.
¿Por qué?, Machado identifica signos positivamente darwinianos: agilidad, ligereza, astucia, sin embargo, lo espiritual es lo que ha condenado esta tierra. El alma del castellano, esencialmente mala, lo ha echado a perder.
Machado condena la tierra de la que habla. Es Caín quien traslada su influjo maldito a Castilla, carente de cualquier atisbo de salvación. La poesía de Machado se salva y se condena a partir de lo espiritual, “Anoche cuando dormía” es el mensaje que el poeta se reserva para sí, una posibilidad que niega a la tierra castellana, a la que condena a toda pérdida posible.
El abrazo de Guillén desde la visión vacía del relieve, contrasta con el rechazo de Machado a la misma tierra.
Lo íntimo
Tú, tú, tú, mi incesante…
¡Tú, tú, tú, mi incesante
primavera profunda
mi río de verdor
agudo y aventura!
¡Tú, ventana a lo diáfano:
desenlace de aurora,
modelación del día:
mediodía en su rosa,
tranquilidad de lumbre:
siesta del horizonte,
lumbres en lucha y coro:
poniente contra noche,
constelación del campo,
fabulosa, precisa,
trémula hermosamente,
universal y mía!
¡Tú más aún: tú como
tú, sin palabras toda
singular, desnudez
única, tú, sola!
Canciones a Guiomar III
Tu poeta
piensa en ti. La lejanía
es de limón y violeta,
verde el campo todavía
Conmigo vienes Guiomar;
nos sorbe la serranía.
De encinar en encinar
se va fatigando el día.
El tren devora y devora
día y riel. La retama
pasa en sombra; se desdora
el oro del Guadarrama.
Porque una diosa y su amante
huyen juntos, jadeante,
los sigue la luna llena.
El tren se esconde y resuena
dentro de un monte gigante.
Campos yermos, cielo alto.
Tras los montes de granito
y otros monte de basalto,
ya es la mar y el infinito.
Juntos vamos; libres somos.
Aunque el Dios, como en el cuento
fiero rey, cabalgue a lomos
del mejor corcel del viento,
aunque nos jure violento,
su venganza,
aunque ensille el pensamiento,
libre amor, nadie lo alcanza.
El primer poema es de Guillén, el segundo de Machado.
Trasformación
Guillén naturaliza el objeto, sublimando en su amante las imágenes más elevadas de la primavera como tópico.
El poeta vallisoletano expresa una exaltación amorosa y existencial, en la que la persona amada se convierte en un símbolo de plenitud y armonía. La repetición del pronombre enfatiza la presencia ineludible y constante de la amada, comparada con elementos de la naturaleza. A través de imágenes dinámicas, el poeta muestra cómo esta figura ilumina su existencia, siendo fuente de renovación y claridad.
La persona amada trasciende cualquier descripción concreta, convirtiéndose en una esencia pura e indescriptible. Guillén la presenta como una presencia absoluta y única más allá de las palabras, una realidad desnuda y total. Es una celebración del amor en su estado más puro y esencial, llevada a través del énfasis optimista propio de la poesía de Guillén.
Persecución
Machado se apoya en la imagen del tren que une Segovia y Madrid para expresar su amor por Guiomar, a través de un viaje que simboliza el deseo de huida y libertad. La distancia entre los amantes se disuelve en la imaginación del poeta, que siente que Guiomar le acompaña mientras el paisaje cambia ante sus ojos.
La naturaleza está presente con una riqueza sensorial propia de la etapa segoviana de Machado: el limón y la violeta evocan fragancias, el campo verde simboliza la vida, el oro del Guadarrama devuelve la luz del atardecer.
Más allá de la carcasa lírica que evoca Guiomar, y que utiliza Machado para afirmar que el amor verdadero es libre e inalcanzable, incluso si el destino intenta interponerse, subyace en el poema un sentimiento de amargura ante lo inalcanzable, una persecución doble en la que el poeta persigue un amor que, a su vez, será hostigado si se alcanza.
Dos visiones contrarias
Antonio Machado y Jorge Guillén ofrecen dos visiones poéticas radicalmente opuestas, anticipadas en su percepción de Castilla. Para Machado, Castilla es un territorio de soledad, aridez y melancolía, una tierra que simboliza el paso del tiempo, el desgaste de la historia y el destino inevitable del ser humano. Su paisaje es desolador, reflejo de un alma que busca respuestas y que se enfrenta al dolor que no cesa. En sus versos, Castilla se convierte en una metáfora de la dureza de la existencia y de la España decadente que tanto le preocupaba.
Guillén presenta una visión completamente distinta. Castilla nace de la luz y el equilibrio, su poesía es una celebración de la existencia y del mundo tal como es. Mientras Machado carga el paisaje con su melancolía personal, Guillén lo exalta como parte de una realidad armoniosa, donde todo encaja en un orden supremo. En su poesía, la naturaleza completa es un símbolo de plenitud.
Esta diferencia no se limita a la visión del paisaje, sino que define toda su concepción. Machado es el poeta de la introspección y la emoción contenida, que mira hacia dentro y plasma sus inquietudes en un tono íntimo y meditativo. Guillén, en cambio, parte de la afirmación, mira hacia fuera y encuentra en la claridad del mundo una fuente de gozo.
Machado y Guillén
Machado y Guillén
Machado y Guillén
Machado y Guillén
Machado y Guillén
Antonio Machado, biografía breve
Antonio Machado (1875-1939) fue una de las figuras más destacadas de la Generación del 98. Nació en Sevilla, pero su familia se trasladó a Madrid cuando era niño. Estudió en la Institución Libre de Enseñanza, donde recibió una educación progresista que influyó en su pensamiento y en su obra.
Machado comenzó su carrera literaria con “Soledades” (1903), obra en la que predominan el simbolismo y la introspección. Su obra más emblemática, “Campos de Castilla” (1912), refleja su visión de España a través del paisaje castellano, con un tono melancólico y reflexivo. Ese mismo año sufrió la pérdida de su esposa, Leonor Izquierdo, lo que marcó profundamente su poesía.
Además de su faceta literaria, trabajó como profesor de francés en varias ciudades españolas, incluyendo Soria, Baeza y Segovia.
Durante la Guerra Civil Española, Machado apoyó la causa republicana y tuvo que exiliarse en Francia en 1939. Poco después, debilitado por la enfermedad y la tristeza, murió en Collioure, Francia, dejando un legado poético que sigue siendo fundamental para la literatura española.
Jorge Guillén, biografía breve
Jorge Guillén (1893-1984) fue un poeta español perteneciente a la Generación del 27 y una de las voces más representativas de la poesía pura. Nació en Valladolid y estudió en las universidades de Madrid y Granada, donde se doctoró en Filología. Su carrera estuvo ligada a la docencia, ejerciendo como profesor en España y en varias universidades extranjeras, especialmente en Estados Unidos.
Su obra más importante es “Cántico”, publicada por primera vez en 1928 y ampliada en ediciones posteriores. En este libro, Guillén exalta la armonía del mundo, la luz y la perfección del ser, con un tono optimista y sereno que le diferencia de otros poetas de su generación. Su poesía se caracteriza por su lenguaje depurado, su musicalidad y su búsqueda de la claridad.
Durante la Guerra Civil Española, se exilió en Estados Unidos, donde continuó su labor docente. Posteriormente, publicó “Clamor” y “Homenaje”, libros en los que su poesía se vuelve más crítica.
En 1976 recibió el Premio Miguel de Cervantes, el máximo reconocimiento de las letras españolas. Falleció en Málaga en 1984, dejando una obra fundamental en la poesía contemporánea.
Obras escogidas
La obra más emblemática de Antonio Machado es «Campos de Castilla», publicada en 1912. En este libro, el poeta abandona el tono modernista de sus primeros versos y adopta una voz más sobria y reflexiva. A través del paisaje castellano, Machado expresa su preocupación por España, la decadencia de su sociedad y la dureza de la vida. Este poemario también contiene algunas de sus composiciones más personales, marcadas por la muerte de su esposa, Leonor Izquierdo. Otro libro fundamental en su trayectoria es «Soledades, galerías y otros poemas», donde explora el mundo interior desde un estilo simbolista e introspectivo.
En «Nuevas canciones», publicado en 1924, Machado retoma su tono filosófico y profundiza en su visión sobre el tiempo, la memoria y la identidad. Además, en sus últimos años, escribió «Proverbios y cantares», breves reflexiones en verso que condensan su pensamiento existencial.
Jorge Guillén desarrolló una obra centrada en la exaltación de la existencia y la armonía del mundo. Su libro más importante es «Cántico», cuya primera versión apareció en 1928 y fue ampliada en ediciones sucesivas. En este poemario, Guillén celebra la luz, la plenitud del ser y el orden del universo. Su estilo es preciso, su léxico depurado y su tono optimista.
En su exilio, Guillén escribió «Clamor», una obra que supone un cambio de perspectiva respecto a «Cántico». Aquí, el tono es crítico y comprometido con una realidad que le aflige. Se trata de un poemario dividido en tres volúmenes, que expone mundo convulso y lleno de injusticias.
«Homenaje» y «Final» completan su producción poética, mostrando un Guillén más reflexivo y consciente del paso del tiempo.
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