Ignoranti quem portum petat nullus suus ventus est.
Ningún viento es favorable a quien no sabe hacia qué puerto va.
Lucio Anneo Séneca
La última edición del Hay Festival Segovia transcurrió bajo uno de esos soles de septiembre que ya han dejado de ser excepcionales. Con menos público del acostumbrado, la conversación volvió a centrarse en Europa y en el rumbo de sus decisiones.
La tradición diplomática europea
En la Italia del Quattrocento, Milán, Venecia, Florencia, Nápoles y los Estados Pontificios convivían en un espacio peligrosamente íntimo; fue entonces cuando comenzó a perfilarse un equilibrio que terminaría definiendo durante siglos las relaciones entre los Estados europeos. La Paz de Lodi de 1454 y la Liga Itálica no abolieron la rivalidad entre las potencias de la península, pero consiguieron administrarla. Las reflexiones de Ermolao Barbaro dejan patente, a finales del siglo XV, que el enviado de un territorio comienza a abandonar la condición de mensajero para convertirse en una figura estable dentro del orden político.
El primer sistema protodiplomático italiano terminó extendiéndose por las monarquías europeas y adquirió una forma más compleja. Westfalia ocupa inevitablemente un lugar en esa genealogía, aunque resulte excesivo atribuir a los tratados de Münster y Osnabrück de 1648 el nacimiento súbito del Estado moderno. Su importancia reside en que, después de treinta años de guerra, las potencias descubren por vez primera que a la devastación debía seguirle una mesa política.
El proceso diplomático alcanzó una de sus formulaciones más complejas en la Viena de 1815. Metternich, Castlereagh y Talleyrand reconstruyeron un continente que Napoleón había reformulado sin pretender suprimir a Francia. El caso de Talleyrand es especialmente importante: representante de una potencia derrotada, consiguió devolverla al círculo de quienes decidían el nuevo orden europeo explotando las divisiones entre los vencedores y apelando al principio de legitimidad cuando este convenía a los intereses franceses. El Congreso de Viena estuvo lejos de inaugurar una edad pacífica y mucho menos liberal, pero fijó una convicción que sobreviviría durante buena parte del siglo XIX: ninguna potencia europea podía asegurar indefinidamente su posición mediante la mera humillación de las demás. El Concierto de Europa nació de esa conciencia y convirtió la negociación en una forma de contener aquello que la guerra nunca conseguía resolver definitivamente.
Después de 1945, la diplomacia dejó de limitarse a regular la rivalidad entre Estados y pasó a intervenir en la propia arquitectura política del continente. Fue Jean Monnet quien comprendió que la reconciliación franco-alemana difícilmente sobreviviría si dependía únicamente de la voluntad de quienes ocupasen temporalmente los gobiernos de París y Bonn; había que introducirla en la estructura material de ambos países.
El plan anunciado por Robert Schuman el 9 de mayo de 1950, preparado junto a Monnet y con la intervención de Paul Reuter, Pierre Uri, Bernard Clappier y Étienne Hirsch, situaba precisamente el carbón y el acero -las materias con las que Europa había fabricado sus guerras- bajo una autoridad común. Francia, Alemania Occidental, Italia, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo firmaron al año siguiente el Tratado de París y crearon la CECA. Cuando la Comunidad Europea de Defensa fracasó en 1954, el proyecto buscó una alternativa asentada en la vía diplomática; Johan Willem Beyen, Joseph Bech y Paul-Henri Spaak impulsaron desde el Benelux un relanzamiento que conduciría a los Tratados de Roma de 1957. La Europa unida nacía de una sucesión de renuncias parciales y soluciones suficientes para evitar que el desacuerdo volviera a atenazar la idea de la Unión.
Buena parte de la historia comunitaria puede leerse como la construcción de instituciones destinadas a impedir que cada conflicto desembocara en una ruptura. Ese propósito se sostuvo, fundamentalmente, sobre la práctica diplomática.
Europa*
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La diplomacia en tiempos de escalada
Durante la última década se ha producido un progresivo deterioro de la confianza en los mecanismos de concertación y construcción de consensos que, pese a sus múltiples tensiones y contradicciones, habían logrado mantenerse vigentes desde el final de la Guerra Fría. La intervención militar nunca desapareció de las relaciones internacionales, pero durante un tiempo convivió con la expectativa de que los grandes conflictos terminarían encontrando cauces institucionales. Esa expectativa resulta hoy mucho menos sólida.
En 2025, el Uppsala Conflict Data Program registró 65 conflictos armados con participación estatal, la cifra más elevada desde que comenzó su serie en 1946, mientras 13 alcanzaron la categoría de guerra. El gasto militar mundial encadenó el año pasado su undécimo ejercicio consecutivo de crecimiento y acumuló un aumento del 41 % durante la década 2016-2025. La barbarie ha recuperado un peso que modifica las condiciones en las que puede actuar la diplomacia.
Las instituciones multilaterales reflejan esa transformación. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ha quedado repetidamente atrapado en las divisiones entre sus miembros permanentes ante Ucrania y Oriente Próximo, mientras conflictos prolongados en Sudán y otros escenarios han mostrado las dificultades para convertir la presión internacional en acuerdos efectivos. Tampoco podemos olvidarnos del genocidio israelí en Gaza y sus catastróficas consecuencias.
La diplomacia continúa produciendo resoluciones y mantiene abiertos canales de diálogo, pero su influencia parece haberse evaporado ante actores que consideran todavía posible el conflicto armado como solución.
Europa ha sufrido esta transformación de una manera especialmente visible. El acuerdo nuclear con Irán de 2015 representa uno de los últimos grandes episodios en los que la diplomacia europea desempeñó una función central en la construcción de un compromiso internacional complejo. La Alta Representante de la Unión coordinó la Comisión Conjunta del acuerdo y Francia, Alemania y Reino Unido participaron directamente en una negociación desarrollada durante años. La retirada estadounidense en 2018 mostró, sin embargo, los límites materiales de la resolución. Los europeos intentaron preservar el pacto y crearon INSTEX para facilitar intercambios legítimos con Irán frente a las sanciones estadounidenses, pero el mecanismo tuvo un uso reducido y acabó liquidándose en 2023. La arquitectura diplomática europea pudo sostener entonces una negociación, pero tuvo muchas más dificultades para protegerla cuando la realidad chocaba con instrumentos financieros y estratégicos que no controlaba.
La guerra de Ucrania ha hecho todavía más evidente la pérdida de influencia diplomática del proyecto comunitario. La Unión Europea se ha convertido en un actor fundamental en el apoyo económico, político y militar a Kiev, al tiempo que ha desplegado sucesivos paquetes de sanciones contra Rusia, pero su capacidad como mediador ha seguido una trayectoria diferente. Las conversaciones desarrolladas desde 2025 y los esfuerzos propiciados durante 2026 han estado dirigidos principalmente por Estados Unidos, Ucrania y Rusia, con otros países actuando como anfitriones. En febrero de 2025, las conversaciones entre Washington y Moscú en Riad comenzaron incluso sin participación europea; en septiembre de 2026, la preparación de una nueva ronda volvía a articularse alrededor de un formato trilateral entre Estados Unidos, Ucrania y Rusia.
La propia Unión parece haber asumido parte de este desplazamiento. La Brújula Estratégica aprobada en 2022 habla de un entorno más hostil, de competencia geopolítica y de la necesidad de aumentar la capacidad europea para actuar, invertir en defensa y reducir dependencias. Desde entonces, seguridad y autonomía estratégica han ganado espacio dentro de una política exterior que, durante décadas, había depositado buena parte de su identidad en la negociación, el comercio y el multilateralismo.
Europa ante sus propios consensos
El Hay Festival Segovia planteó en numerosos paneles el reto de responder al crecimiento de la ultraderecha dentro de las propias instituciones comunitarias. La cuestión resulta especialmente acuciante desde las elecciones europeas de 2024, en las que Patriotas por Europa se convirtió en el tercer grupo del Parlamento Europeo.
El problema pertenece a una categoría de conflictos distinta de aquellos para los que Europa desarrolló durante siglos sus principales herramientas diplomáticas. En este caso no existen dos Estados enfrentados que puedan negociar sus intereses y alcanzar un acuerdo; la dificultad radica en que los gobiernos ultranacionalistas forman parte de las propias instituciones europeas y participan en el Consejo Europeo con las mismas prerrogativas que el resto de jefes de Estado o de Gobierno.
Hungría constituye un ejemplo patente. El país fue sometido al procedimiento previsto en el artículo 7 del Tratado de la Unión Europea, y el Consejo volvió a examinar su situación en junio de 2026. La UE dispone también de mecanismos de condicionalidad que permiten suspender determinados fondos cuando las vulneraciones del Estado de Derecho afectan a sus intereses financieros; sin embargo, estos instrumentos parecen tener una capacidad limitada para actuar sobre las causas profundas del problema y frenar procesos de deterioro democrático que se desarrollan desde el interior de la propia Unión.
Este es uno de los bordes evidentes de la diplomacia comunitaria: su cultura del compromiso funciona mientras quienes negocian aceptan un terreno institucional común y consideran deseable preservar el acuerdo. Cuando un gobierno obtiene ventaja política del enfrentamiento con Bruselas, el consenso puede convertirse en una herramienta de bloqueo. La negociación mantiene abierto el espacio político, pero carece de capacidad suficiente para resolver una disputa que afecta a las propias reglas sobre las que se negocia.
Fuera de las instituciones comunitarias se observa una dificultad parecida. El auge de movimientos neonacionalistas y de extrema derecha ha coincidido con un debilitamiento de las antiguas barreras en distintos sistemas políticos europeos y con una creciente incorporación de algunos de sus marcos al debate de los partidos tradicionales. La discusión sobre cómo responder a este fenómeno permanece abierta.
El poder de una cultura que no necesita uniforme
Europa mantiene una capacidad de influencia que trasciende los parámetros tradicionales de la política exterior. Está repartida en universidades, lenguas, tradiciones intelectuales, patrimonio y redes culturales que atraviesan, desde hace siglos, las fronteras del continente.
El poder cultural europeo no descansa sobre una cultura nacional proyectada hacia el exterior, sino sobre la convivencia de muchas de ellas. La propia Unión ha convertido la diversidad en parte de su representación internacional y ha señalado las relaciones culturales como uno de los instrumentos capaces de ampliar el alcance de su política exterior. El Consejo incorporó formalmente esta dimensión a su estrategia en 2019; desde entonces, el Servicio Europeo de Acción Exterior ha insistido cada vez más en el intercambio, la cooperación y la creación conjunta frente a una simple exhibición de cultura europea.
El soft power pierde buena parte de su eficacia cuando se percibe como propaganda; la cultura adquiere otra profundidad cuando circula sin necesidad de producir adhesiones inmediatas. Su fuerza está, precisamente, en que no necesita parecer política exterior para intervenir en la percepción que ciudadanos de todo el mundo tienen de Europa.
Implica además una temporalidad distinta. Una negociación diplomática responde a una crisis concreta y necesita resultados; las relaciones culturales pueden sedimentarse durante décadas. La estrategia europea más reciente reconoce precisamente esa dimensión interpersonal y sitúa la creación de vínculos duraderos en el centro de sus relaciones culturales internacionales.
Conviene, sin embargo, evitar atribuir a la cultura capacidades que no posee. Ningún programa cultural puede sustituir una política exterior capaz de asumir compromisos y defenderlos. El soft power necesita una diplomacia suficientemente sólida para que la influencia cultural pueda articular, cuando sea necesario, decisiones políticas.
Pero Europa dispone en sus propias culturas de un activo indiscutiblemente singular. Ese legado se ha construido sobre una pluralidad irreductible a una sola identidad; su singularidad reside en haber convertido la diferencia en una forma de continuidad, capaz de traducirse y mantener sus rasgos a través del tiempo.
Diplomacia
Diplomacia
Diplomacia
Diplomacia
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Europa y la diplomacia cívica
Durante las conversaciones del Hay Festival Segovia, Alex Ellis, embajador del Reino Unido en España, tuvo que pronunciarse sobre la cuestión de los mármoles de Elgin y su posible devolución a Atenas. Tras mostrarse de acuerdo con las declaraciones del primer ministro, recordó su paso por un coro infantil y presentó la experiencia como ejemplo de lo que significa sentirse parte de una manifestación artística en desarrollo. La respuesta no fue solo una desviación del asunto; fue también un ejercicio de diplomacia.
La vía diplomática implica administrar desacuerdos, conservar un lenguaje común cuando las posiciones se alejan y aceptar que la convivencia política exige formas y mediaciones. Europa ha construido buena parte de su historia moderna sobre esta práctica, pero su constante sofisticación no debería reducirse al compromiso manifiesto de evitar guerras, debería evidenciarse con mayor amplitud en la posibilidad de desarrollar mecanismos capaces de transformar la diferencia en soluciones posibilistas.
La diplomacia se deteriora antes de que el conflicto sea visible; primero desaparecen los cauces, después la confianza y, finalmente, la idea básica del adversario como interlocutor. Europa conoce bien las consecuencias de ese proceso.
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