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Die Fixierung Kafkas an sein eines und einziges Thema kann beim Leser den Eindruck der Verstocktheit hervorrufen. Im Grunde ist dieser Eindruck aber nur ein Anzeichen davon, daß Kafka mit einer rein erzählenden Prosa gebrochen hat. Vielleicht beweist seine Prosa nichts; auf jeden Fall ist sie so beschaffen, daß sie in beweisende Zusammenhänge jederzeit eingestellt werden kann. Man könnte an die Form der Hagada erinnern: so nennen die Juden Geschichten und Anekdoten des Talmud, die der Erklärung und Bestätigung der Lehre – der Halacha, dienen. Die Lehre als solche ist freilich bei Kafka nirgends ausgesprochen. Man kann nur versuchen, sie aus dem erstaunlichen, aus Furcht gebornen oder furchterweckenden Verhalten der Leute abzulesen.
[…]
Übrigens ist die Welt der Tiere, in deren Gedanken Kafka die seinigen einhüllt, beziehungsvoll. Es sind immer solche die im Erdinnern, wie Ratten und Maulwürfe, oder wenigstens, wie der Käfer in der »Verwandlung« Tiere, die auf dem Boden, verkrochen in seine Spalten und Ritzen leben. Solche Verkrochenheit scheint dem Schriftsteller für die isolierten, gesetzunkundigen Angehörigen seiner Generation und seiner Umwelt allein angemessen.

La obsesión de Kafka por su único y exclusivo tema puede dar al lector la impresión de obstinación. En el fondo, sin embargo, esta impresión no es más que un indicio de que Kafka ha roto con una prosa puramente narrativa. Quizá su prosa no demuestre nada; en cualquier caso, está concebida de tal manera que puede integrarse en cualquier momento en contextos demostrativos. Se podría recordar la forma de la Hagadá: así es como los judíos denominan a las historias y anécdotas del Talmud que sirven para explicar y confirmar la doctrina -la Halajá-. La doctrina como tal, por supuesto, no se expresa en ningún momento en Kafka. Solo se puede intentar deducirla del comportamiento sorprendente, nacido del miedo o que inspira miedo, de las personas.
[…]
Por cierto, el mundo de los animales, en cuyos pensamientos Kafka envuelve los suyos, es revelador. Siempre se trata de animales que viven en el interior de la tierra, como las ratas y los topos, o al menos, como el escarabajo de “La metamorfosis”, animales que viven en el suelo, escondidos en sus grietas y hendiduras. Tal reclusión le parece al escritor la única adecuada para los miembros aislados y desconocedores de la ley de su generación y de su entorno.

Walter Benjamin, “Illuminations”. Publ. 1969. Traducción propia.
El despertar de Gregor Samsa parece ofrecerse desde el principio como imagen cerrada, casi definitiva; sin embargo, a medida que el relato se despliega –entfalten, en palabras de Benjamin-, resulta más difícil decidir qué significa exactamente esa transformación. Benjamin ve en esta dificultad uno de los rasgos esenciales de Kafka: su prosa no expone una doctrina, pero dispone sus escenas de tal manera que el lector se ve obligado a buscar en ellas una lógica escondida.
Esa lógica aparece en detalles: en los movimientos del cuerpo, en los espacios de la casa, en el miedo de los personajes, en el progresivo apartamiento de la vida común. Los hitos de esta senda han conducido a multitud de conclusiones, muchas de ellas mediadas por la relación del escritor con su padre. La interpretación que enlaza “La metamorfosis” (publ. 1915, escr. 1912) con los vínculos familiares de los Kafka es, quizá, la más consolidada actualmente; sin embargo, esa lectura no agota el sentido de una obra cuya oscuridad parece apuntar hacia una forma de encierro más íntima.

El trauma de sustituir al padre

Según la lectura del conflicto paterno-filial, el relato no solo representaría la degradación física de un individuo convertido en insecto, también plantearía la dramatización simbólica de una relación familiar marcada por la culpa, la dependencia y la autoridad. La figura del padre ocuparía así un lugar decisivo: no sería un personaje secundario dentro del encierro doméstico, sino el centro de una estructura de poder que determina la posición de Gregor antes y después de la metamorfosis.
Esta interpretación encuentra uno de sus apoyos principales en la biografía de Kafka, especialmente en “Brief an den Vater” (“Carta al padre”. Escr. 1919). El escritor describe a Hermann Kafka como una presencia desmesurada, intimidante, capaz de reducir al hijo a una conciencia de permanente insuficiencia. El padre comparece como una instancia casi judicial: alguien ante quien el hijo se siente acusado, siempre en falta, sin poder precisar del todo la naturaleza de su culpa. Desde esta perspectiva, el padre de Samsa habría sido una transposición literaria de esa autoridad opresiva. Gregor, como Kafka, viviría bajo el peso de una ley paterna que no necesita formularse explícitamente para producir obediencia.
La especificidad de esta lectura, sin embargo, no reside únicamente en señalar la presencia de un padre autoritario, su punto más interesante está en la idea de sustitución. Antes de la metamorfosis, Gregor ocupa en la familia un lugar que, en principio, correspondería al padre: es él quien trabaja, quien mantiene económicamente la casa y quien sostiene la estabilidad familiar. El padre, en cambio, aparece al comienzo como una figura disminuida, retirada de la vida productiva. La deuda familiar recae sobre Gregor, y con ella también la responsabilidad de conservar el orden doméstico. En términos simbólicos, el hijo ha pasado a desempeñar la función paterna: proporciona sustento, asume la carga económica y organiza, desde el sacrificio, la supervivencia de los demás.
Ahora bien, esta sustitución no implica una verdadera emancipación. Gregor no se convierte en una figura de autoridad, al contrario, su posición está atravesada por la obediencia y el agotamiento. Trabaja no para afirmarse, sino para pagar una deuda. Precisamente por eso, la sustitución del padre adquiere un carácter ambiguo e incluso culpable. Gregor ocupa el lugar del padre, pero lo hace de manera precaria, ilegítima, como si hubiera usurpado una posición que no le pertenece. El proceso metamórfico vendría entonces a castigar esa anomalía: el hijo que había asumido el papel paterno queda reducido a una forma infrahumana, expulsado del espacio común y privado de toda capacidad de acción.
El desarrollo del relato refuerza esta inversión. A medida que Gregor pierde su función económica, el padre recupera progresivamente la suya. Tras la transformación, la familia reorganiza sus fuerzas: el padre vuelve al trabajo, viste uniforme y reaparece como una figura vigorosa. La caída de Gregor fuerza así el retorno del padre y permite que el orden familiar se recomponga alrededor de la figura paterna.
La escena de la manzana suele ocupar un papel central en esta interpretación. Cuando Gregor sale de su habitación y provoca el pánico familiar, el padre reacciona violentamente. Le persigue y le arroja manzanas hasta que una de ellas queda incrustada en su cuerpo. La imagen posee una fuerza simbólica evidente: el padre marca al hijo, lo hiere y deja sobre él una lesión duradera. La manzana, además, ha sido relacionada a menudo con símbolos bíblicos en base a la caída o la expulsión del paraíso doméstico.
Desde esta óptica, “La metamorfosis” se organiza como un drama de desplazamiento y restitución. Gregor había sustituido al padre en el plano económico, pero su transformación lo devuelve a una posición de impotencia absoluta. El padre, por su parte, transita de la pasividad inicial a una renovada centralidad. La muerte del hijo, al final del relato, no provoca una catástrofe, sino un alivio. Los padres y la hermana salen de la casa, piensan en el futuro y contemplan la posibilidad de restaurar el núcleo familiar.
La lectura paterna entiende, por tanto, la metamorfosis como la manifestación extrema de una culpa filial. Gregor no sería simplemente un trabajador alienado ni un individuo excluido, sino un hijo atrapado en una relación imposible con la autoridad del padre.

Dadurch wurde die Welt für mich in drei Teile geteilt, in einen, wo ich, der Sklave, lebte, unter Gesetzen, die nur für mich erfunden waren und denen ich überdies, ich wußte nicht warum, niemals völlig entsprechen konnte, dann in eine zweite Welt, die unendlich von meiner entfernt war, in der Du lebtest, beschäftigt mit der Regierung, mit dem Ausgeben der Befehle und mit dem Ärger wegen deren Nichtbefolgung, und schließlich in eine dritte Welt, wo die übrigen Leute glücklich und frei von Befehlen und Gehorchen lebten. Ich war immerfort in Schande, entweder befolgte ich Deine Befehle, das war Schande, denn sie galten ja nur für mich; oder ich war trotzig, das war auch Schande, denn wie durfte ich Dir gegenüber trotzig sein, oder ich konnte nicht folgen, weil ich zum Beispiel nicht Deine Kraft, nicht Deinen Appetit, nicht Deine Geschicklichkeit hatte, trotzdem Du es als etwas Selbstverständliches von mir verlangtest; das war allerdings die größte Schande.

De este modo, el mundo se dividió para mí en tres partes: una en la que yo, el esclavo, vivía sometido a unas leyes inventadas solo para mí y a las que, además, sin saber por qué, nunca podía cumplir del todo; luego, en un segundo mundo, infinitamente alejado del mío, en el que vivías tú, ocupado con el gobierno, con dar órdenes y con el enfado por su incumplimiento; y, por último, en un tercer mundo, donde el resto de la gente vivía feliz y libre de órdenes y de obedecer. Siempre estaba sumido en la vergüenza: o bien obedecía tus órdenes, lo cual era una vergüenza, pues solo se aplicaban a mí; o bien me rebelaba, lo cual también era una vergüenza, pues ¿cómo me atrevía a rebelarme contra ti?, o bien no podía obedecer porque, por ejemplo, no tenía tu fuerza, ni tu apetito, ni tu destreza, a pesar de que tú me lo exigías como algo natural; eso era, sin duda, la mayor vergüenza.

De “Brief an den Vater”, Franz Kafka.

Asuntos de familia*

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La imposibilidad del conflicto sucesorio

La dificultad de la lectura anterior reside en que convierte una posición impuesta en una voluntad de sustitución. Que Gregor ocupe, de hecho, el lugar económico que el padre ha abandonado no significa que aspire a convertirse en padre, ni mucho menos que desee encarnar su autoridad. El relato muestra una transferencia funcional, nunca una vocación sucesoria. Gregor evita pensar en sí mismo como jefe de familia, tampoco actúa desde la seguridad de quien ha conquistado una posición. Su trabajo no funda un dominio propio; al contrario, lo consume.
Esta diferencia es decisiva. La sustitución del padre exige algo más que el cumplimiento material de una función. Exige una identificación con el lugar ocupado: la posibilidad de reconocerse en él, de hacerlo propio, de asumirlo como forma de existencia. Nada de esto ocurre en Gregor. Su relación con el trabajo está marcada desde el comienzo por el hastío, la ansiedad y el deseo de interrupción. Antes incluso de que la familia entre en escena, su conciencia se dirige hacia el empleo, los viajes, el jefe, los horarios, la obligación de levantarse, el cansancio de una vida sometida a exigencias externas. La casa depende de él, pero esa dependencia lo vacía. No hay en Gregor una afirmación patriarcal, sino una obediencia llevada hasta la anulación.
Por eso la transformación revela la falsedad de esa supuesta usurpación. Gregor nunca ha sido realmente el padre; ha ocupado el lugar del proveedor, pero no el del soberano doméstico. Ha sostenido económicamente a los demás, pero sin autoridad. Si hay sustitución, se trata de una sustitución puramente mecánica, desprovista de deseo.
La teoría paterna tiende a leer el retorno del padre como la restauración de un orden alterado por el hijo; pero quizá el problema sea otro, debido a que el orden nunca llega a alterarse verdaderamente. El padre conserva, incluso en su aparente inactividad, una autoridad latente que Gregor nunca llega a disputar. La figura paterna permanece como centro mudo de la organización familiar, mientras el hijo se limita a cumplir la parte más gravosa de una función que no le otorga ningún poder real.
Desde esta perspectiva, el verdadero error de la lectura de la sustitución consiste en confundir responsabilidad con autoridad. Gregor es responsable de todos, pero no manda sobre nadie. Esa asimetría es precisamente lo que evita que pueda ser pensado como un hijo que ha desplazado, aun involuntariamente, al padre.

Kafka ante el padre: una retirada

La propia biografía de Kafka denota esta imposibilidad, aunque no conviene reducir el argumento a una simple correspondencia entre vida y obra. Kafka rehúye la posibilidad de proyectar su existencia como una tentativa de sustituir al padre, más bien ocurre lo contrario: buena parte de sus escritos personales muestran una conciencia aguda de no poder -especialmente, de no querer- ocupar ese lugar. Hermann Kafka representa para él una forma de fuerza vital, comercial y doméstica que le resulta tan dominante como ajena. Lejos del modelo basado en el hijo que aspira serenamente a heredar, se trata de una presencia que bloquea el espacio necesario para cualquier afirmación personal.
En la “Carta al padre”, Kafka no describe al padre como una figura a la que él pueda reemplazar, sino como instancia desbordante. Esta desproporción impide imaginar una verdadera sucesión. Kafka nunca se sitúa ante Hermann Kafka como un heredero preparado para tomar el relevo, es alguien incapaz de entrar en esa esfera sin quedar destruido por la comparación.
También la relación de Kafka con el trabajo y con el negocio familiar se opone a la idea de una vocación proveedora. Hermann Kafka pertenece al mundo del comercio, de la prosperidad conquistada y de la energía práctica. Franz, en cambio, se mantuvo siempre en una posición ambigua respecto a la vida laboral. Trabajó durante años en instituciones de seguros, cumplió con seriedad sus obligaciones profesionales y llevó una existencia exteriormente disciplinada, pero sus diarios y cartas muestran hasta qué punto ese trabajo suponía una interrupción de lo, para él, esencial. No deseaba transformarse en empresario, cabeza de familia o continuador de una obra económica; deseaba disponer de tiempo para escribir. Su conflicto no iba a consistir en no poder llegar a ser Hermann Kafka, sino en la imposibilidad de conquistar la vida que él reconocía como propia.
Un mecanismo similar opera en referencia al matrimonio, uno de los lugares donde la cuestión de la sucesión podría parecer más evidente. Kafka pensó repetidamente en casarse y llegó a comprometerse más de una vez, pero el matrimonio se le presentó siempre como una forma ambivalente entre la normalidad y su potencial amenaza para la escritura. Fundar una familia habría significado, en cierto sentido, entrar en el territorio del padre. La vida familiar se le aparece a Kafka como una puerta hacia la equivalencia con el padre pero, sobre todo, como aquello que cancelaría la única forma de existencia posible para Kafka: la literatura.
Determinar la verdadera aspiración vital de Franz Kafka permite volver a “La metamorfosis” desde otra perspectiva. Gregor no encarna al hijo que teme proveer, encarna al individuo atrapado en una forma de vida que le exige funcionar como sostén sin permitirle constituirse como sujeto. Su tragedia no es haber querido ocupar el lugar paterno, es haber sido reducido a una utilidad que puede confundirse con ese lugar. La lectura de la sustitución resulta, por ello, insuficiente debido a que toma como único sentido el conflicto con el padre, cuando el temor más profundo consiste en abandonar lo que, para el protagonista, constituye su verdadero principio identitario.
Gregor no fracasa como sustituto del padre: fracasa antes, en el punto mismo en que su propia existencia ha dejado de pertenecerle. “La metamorfosis” no sería entonces la sanción de un deseo de ocupar el lugar paterno, sería la imagen extrema de una vida obligada a apartarse de su inclinación verdadera.
La irrupción del primer pensamiento inconsciente en la mente de Samsa tras confirmar su transformación aporta un indicio patente acerca de su principal preocupación:

»Ach Gott«, dachte er, »was für einen anstrengenden Beruf habe ich gewählt! Tag aus, Tag ein auf der Reise. Die geschäftlichen Aufregungen sind viel größer, als im eigentlichen Geschäft zu Hause, und außerdem ist mir noch diese Plage des Reisens auferlegt, die Sorgen um die Zuganschlüsse, das unregelmäßige, schlechte Essen, ein immer wechselnder, nie andauernder, nie herzlich werdender menschlicher Verkehr. Der Teufel soll das alles holen!«

«Ay, Dios mío», pensó, «¡qué profesión tan agotadora he elegido! Día tras día de viaje. Las preocupaciones del trabajo son mucho mayores que en la propia oficina, y además tengo que soportar esta pesadilla de viajar, las preocupaciones por las conexiones de tren, la comida irregular y mala, y un trato humano siempre cambiante, que nunca perdura ni llega a ser cordial. ¡Que el diablo se lo lleve todo!».

Gregor Samsa se advierte convertido en un monstruoso insecto y de su primera reflexión se infiere un cierto sentimiento liberador, relacionado con la posibilidad de abandonar una profesión que le consume.

Una liberación fallida

»Wenn ich mich nicht wegen meiner Eltern zurückhielte, ich hätte längst gekündigt, ich wäre vor den Chef hin getreten und hätte ihm meine Meinung von Grund des Herzens aus gesagt. […] Nun, die Hoffnung ist noch nicht gänzlich aufgegeben; habe ich einmal das Geld beisammen, um die Schuld der Eltern an ihn abzuzahlen — es dürfte noch fünf bis sechs Jahre dauern —, mache ich die Sache unbedingt. Dann wird der große Schnitt gemacht. Vorläufig allerdings muß ich aufstehen, denn mein Zug fährt um fünf.«

«Si no fuera por mis padres, ya habría dimitido hace tiempo; me habría plantado delante del jefe y le habría dicho lo que pienso con todo el corazón. […] Bueno, aún no he perdido del todo la esperanza; en cuanto tenga el dinero para pagarle la deuda de mis padres —lo que me llevará unos cinco o seis años—, lo haré sin falta. Entonces daré el gran paso. Por ahora, sin embargo, tengo que levantarme, porque mi tren sale a las cinco».

Los primeros pensamientos de Gregor trasladan el sentido del relato lejos de la interpretación mayoritaria, relacionada con la responsabilidad respecto al padre. Gregor despierta convertido en insecto, pero su pensamiento no se dirige en primer lugar al padre, ni a la familia, ni siquiera al horror de su nuevo cuerpo. Lo primero que aparece en su conciencia es el trabajo. La metamorfosis irrumpe como un acontecimiento imposible, pero la mente de Gregor continúa prisionera de una lógica perfectamente cotidiana. La monstruosidad física no suspende de inmediato el orden anterior; al contrario, revela hasta qué punto ese orden está interiorizado.
La primera reacción de Samsa está ligada al abandono de una profesión que lo destruye. La causa que le obliga a continuar su labor como empleado no es aspiracional, procede de la deuda contraída por sus padres; trabaja porque su familia depende de él y porque todavía no ha podido reunir el dinero necesario para liberarse. Gregor imagina una decisión futura, una separación definitiva respecto a una vida que percibe ajena.
La llegada del gerente –prokurist– refuerza esta lectura, porque introduce en la casa una autoridad exterior: la empresa. Antes de que el padre actúe violentamente, Gregor ya está sometido al juicio del jefe, a la sospecha de negligencia y al miedo de perder el empleo. Incluso cuando se abre la puerta y muestra su cuerpo transformado, intenta justificarse. La escena revela que el ahora insecto había quedado tan reducido a su función laboral que ni siquiera la catástrofe de su cuerpo consigue devolverle una conciencia libre.
Es cierto que el padre ocupa un lugar decisivo en el relato, y también lo es que Gregor sostiene económicamente a la familia. Precisamente por eso puede producirse una lectura equívoca: la deuda de los padres, su dependencia material y la responsabilidad asumida por el hijo hacen que Gregor parezca haber ocupado el lugar paterno. Sin embargo, el texto nunca muestra a un hijo que aspire a consolidar esa posición o preocupado por su recién adquirida responsabilidad. Gregor no se afirma en la función que desempeña; la soporta. Su papel de proveedor nace de una obligación económica que lo mantiene atado a un trabajo que detesta.
La diferencia es decisiva. Gregor puede cumplir exteriormente una función asociada al padre -mantener a la familia, pagar la deuda, responder por los demás-, pero esa función no le otorga soberanía, al contrario, le convierte en instrumento. Por eso su deseo no consiste en permanecer en ese lugar, ni en heredarlo, ni en sustituir verdaderamente al padre; su deseo, expresado desde el comienzo, es abandonar. El conflicto no reside en que Gregor quiera o no ser el centro de la autoridad familiar, reside en que se le ha impuesto una existencia incompatible con aquello que podría constituirlo como sujeto.
“La metamorfosis” sería, entonces, una liberación fallida. La transformación libera al protagonista del trabajo en el sentido más pobre y más cruel, pero no le concede la vida alternativa que desea. El cambio llega, aunque bajo una forma monstruosa.

Kafka en 1912: escribir contra la vida disponible

La lectura del relato de Kafka como liberación fallida se refuerza al situar la coyuntura vital del escritor. En 1912, Kafka no es un escritor apartado del mundo, entregado sin interferencias a la literatura, aunque esa sea la vida que imagina como única forma de existencia verdadera. Es un funcionario de una institución de seguros, sometido a horarios, obligaciones administrativas y expedientes. Su trabajo en el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo del Reino de Bohemia le proporciona estabilidad material, pero también le condena a una división insoportable: durante el día pertenece a la oficina, durante la noche se convierte en Kafka. Esta fractura, lejos de ser secundaria, atraviesa su vida y permite leer la transformación de Gregor Samsa como la figuración extrema de una existencia secuestrada por la obligación laboral.
La escritura de “La metamorfosis” se produce en un momento de enorme intensidad creativa. En 1912 Kafka conoce a Felice Bauer, inicia una relación epistolar que pronto se vuelve absorbente y escribe algunos de sus textos decisivos. Pero esa productividad no surge de una serenidad vital, sino de una tensión casi física entre trabajo, deseo literario y agotamiento. Kafka escribe después de la jornada laboral, cuando el cuerpo ya ha sido consumido por la oficina; la literatura aparece entonces como una segunda vida, más verdadera que la primera, pero siempre amenazada.
Resulta de especial importancia la siguiente afirmación de Kafka, recogida en uno de los borradores de la carta que planea enviar al padre de Felice Bauer -un extracto fechado el 21 de agosto de 1913, meses después del período de escritura de “La metamorfosis”-:

Mein Posten ist mir unerträglich, weil er meinem einzigen Verlangen und meinem einzigen Beruf, das ist der Literatur, widerspricht. Da ich nichts anderes bin als Literatur und nichts anderes sein kann und will, so kann mich mein Posten niemals zu sich reißen, wohl aber kann er mich gänzlich zerrütten.

Mi cargo me resulta insoportable, porque contradice mi único deseo y mi única vocación: la literatura. Puesto que no soy más que literatura y no puedo ni quiero ser otra cosa, mi cargo nunca podrá atraerme hacia sí, pero sí puede destrozarme por completo.

Kafka no opone simplemente ocio y trabajo, opone dos modos de existencia. El trabajo asalariado pertenece al mundo de la continuidad obligatoria; la escritura, en cambio, exige interrupción, aislamiento, una retirada de la vida útil. La tragedia kafkiana nace de la imposibilidad de esa retirada.
Samsa no es, en ningún caso, una proyección biográfica transparente, pero sí una intensificación narrativa del mismo conflicto. Gregor también vive atrapado en una vida que no ha elegido plenamente; es viajante, depende de horarios ajenos y su cuerpo está subordinado a un engranaje que le necesita solo mientras produce. Kafka transforma su propio conflicto con la oficina en una fábula donde el trabajador queda literalmente convertido en cuerpo inútil, después de que su rutina ya le hubiera anulado por completo.
El vínculo con la familia acentúa esta lectura. Kafka conocía la presión de las expectativas familiares, la dificultad de justificar una vida dedicada a escribir y la sospecha de que la literatura fuera juzgada como una forma de improductividad.

Contra el trabajo asalariado

“La metamorfosis” puede leerse como una historia contra el trabajo asalariado, siempre que esta expresión no se entienda como una consigna política directa. Kafka no escribe un panfleto sobre la explotación laboral, su crítica es más inquietante porque no se formula como doctrina.
El relato muestra una forma de vida en la que el individuo ha interiorizado por completo la obligación de trabajar. Gregor despierta convertido en insecto y, aun así, su mente sigue atrapada en la lógica de un trabajador con responsabilidades ineludibles. La conciencia laboral sobrevive incluso a la destrucción del cuerpo humano; ese es el núcleo terrible del relato: el trabajador sigue obedeciendo.
La empresa aparece, además, como una autoridad que penetra en el espacio doméstico. La llegada del gerente demuestra que el trabajo asalariado invade la vida privada. Gregor no es contemplado como un ser sufriente, sino como un empleado que ha faltado a sus obligaciones. El gerente acude como representante de una estructura que vigila.
Esta invasión permite entender por completo la transformación. Gregor se convierte en insecto y deja de ser útil. Su valor familiar y social dependía de su salario; al perder la capacidad de producir, pierde también su lugar. La compasión inicial se agota cuando el cuerpo improductivo se transforma inmediatamente en una carga estable. El relato describe la crueldad de una familia concreta, pero abarca una lógica más amplia: quien ya no trabaja debiendo hacerlo, quien no puede traducirse en utilidad, se vuelve intolerable.
Gregor no alcanza una vida liberada del empleo asalariado; desaparece para que la familia pueda reanudar la suya. El descanso verdadero tampoco pertenece al protagonista, sino a quienes sobreviven a su inutilidad.
Esta interpretación crítica se afirma en una idea que sobrevuela la literatura centroeuropea de comienzos del siglo XX. Robert Walser convierte a empleados, ayudantes y aspirantes en figuras de obediencia. Georg Kaiser, en “Del amanecer a la medianoche” (“Morgens bis Mitternachts”, 1912), presenta a un cajero de banco que intenta escapar de la rutina, aunque su fuga fracasa. Joseph Roth escribe decenas de artículos en los que lamenta la erosión del trabajo asalariado en las vidas de los ciudadanos de las nuevas urbes. Es imprescindible, en este sentido, el análisis sociológico que ofrece Siegfried Kracauer en “Los empleados” (“Die Angestellten”, 1930). En estos autores, como en Kafka, la modernidad aparece como fuerza capaz de transformar al sujeto en función y despojarlo de la propiedad de su existencia.

Ambigua ganancia de la transformación

Si Gregor no está pagando la culpa de haber ocupado el lugar del padre, y más bien padece la forma extrema de una existencia absorbida por el trabajo, será necesario atender a los momentos en los que la transformación es pensada más allá de la pérdida.
Kafka no presenta al insecto de manera unívoca. La metamorfosis destruye su lugar social, lo separa de la familia y lo vuelve irreconocible, pero al mismo tiempo le concede una experiencia que el viajante de comercio no tenía: la posibilidad de sustraerse, aunque de forma monstruosa, a la vida dedicada a los demás.
Esta ambigüedad se aprecia con especial claridad en el episodio de los muebles. La decisión de despejar la habitación no puede entenderse solo como una nueva fase de la deshumanización de Gregor. Desde el punto de vista de la madre, conservar los muebles significa conservar la esperanza de continuidad; sin embargo, desde la experiencia del propio Gregor, la cuestión es inestable. El cuarto amueblado conserva una identidad pasada, aunque también limita el desarrollo de su cuerpo presente. La habitación humana protege el recuerdo de Samsa, pero impide la vida del insecto.
Por eso la reacción de Gregor ante la retirada de los muebles no es simplemente negativa. En un primer momento, la transformación del espacio parece adecuarse a sus nuevas necesidades. Grete comprende, aunque de forma incompleta, que Gregor ha descubierto otra manera de habitar el cuarto. Ya no se trata solo de estar encerrado, también de moverse según una necesidad distinta. Las paredes y el techo dejan de ser límites y se convierten en superficies practicables; el espacio vertical, inútil para el antiguo empleado, adquiere ahora una función casi expansiva. El cuerpo degradado encuentra una libertad menor, pero real: ahora sirve para explorar un recinto que empieza a corresponderle.
Kafka nunca plantea la animalización como emancipación plena. Gregor no accede a una vida feliz, ni a una identidad reconciliada, ni a una forma superior de existencia; pero el relato introduce la monstruosidad como alivio. La metamorfosis resulta horrorosa para la familia porque elimina al hijo proveedor, pero para Gregor abre una interrupción en el régimen de obligaciones que le habían definido hasta entonces.
La satisfacción que encuentra el monstruo al trepar no procede de una victoria sobre los otros, nace de una cancelación. Por primera vez desde hace mucho tiempo, su cuerpo no está enteramente organizado por el trabajo.
Si el núcleo del relato fuera la culpa por haber sustituido al padre, la adaptación de Gregor a su nueva vida carecería de verdadera importancia: todo remitiría a una sanción simbólica y a la restauración de la autoridad familiar. Pero Kafka insiste en la vida interna de la metamorfosis, en sus ritmos, placeres y acomodaciones. Gregor no se limita a caer; aprende. Esa diferencia desplaza el centro del conflicto; lo decisivo no es que el hijo haya ocupado ilegítimamente el lugar paterno, lo decisivo es que puede escapar de su función profesional dejando de ser reconocible como sujeto.

El abandono y una falsa liberación

La metamorfosis de Samsa puede leerse, entonces, como una liberación deformada del Beruf (oficio). La palabra alcanza un ámbito que va más allá de la profesión, también incorpora una forma de destino práctico: aquello que fija al individuo a una tarea y a una identidad social verificable. Antes de la transformación, la conciencia de Gregor está hecha de trenes, horarios, deudas y cansancio. Incluso cuando despierta convertido en insecto, su primera reacción evade el sentido metafísico de lo ocurrido, para medir las consecuencias laborales del retraso. La profesión ha penetrado tan profundamente en él que sobrevive incluso al desastre del cuerpo.
La vida en la habitación rompe esa continuidad. Desde fuera, Gregor ha sido reducido a una carga; internamente, sin embargo, ha quedado separado del engranaje que lo consumía. La incapacidad productiva le condena, pero también le arranca de la maquinaria que hasta entonces organizaba cada gesto de su existencia. La transformación cumple así, de forma cruel e insuficiente, aquello que Gregor había imaginado como un corte futuro, si bien sin posibilidad de llegar a alcanzar una existencia propia equivalente a la que Kafka solo podía encontrar en la escritura.
En el caso del autor, la imposibilidad de sustituir al padre era psicológica y existencial. Hermann Kafka pertenecía al mundo de la fuerza comercial; Franz Kafka, en cambio, no podía reconocerse en esa esfera sin experimentar una forma de anulación. Su conflicto no consistía en querer ser padre, empresario o cabeza de familia y fracasar ante ese modelo. Partía de otra fractura: la imposibilidad de vivir conforme a la única vocación que reconocía como legítima.
“La metamorfosis”, en definitiva, no funciona como alegato de culpa sucesoria: se trata de la reacción de un sujeto agotado por una profesión que no le pertenece y liberado de ella únicamente mediante una catástrofe. La transformación nunca sirve para castigar el deseo edípico -o el terror- de sustituir al padre; es la demostración del precio que implica dejar de ser trabajador. En esa paradoja se concentra la crítica kafkiana del Beruf: el empleo destruye a Gregor mientras lo mantiene dentro del mundo; la salida solo puede producirse como expulsión.

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Franz Kafka

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“La esperanza y lo absurdo en la obra de Franz Kafka”. A. Camus

En “Le mythe de Sisyphe” (“El mito de Sísifo”, 1942), Albert Camus reserva un apartado a Kafka en el que precisa el alcance de los primeros pensamientos de Gregor Samsa.
Camus repara en la desproporción que organiza la escena inicial: Gregor ha despertado convertido en un insecto y, pese a la enormidad del acontecimiento, su principal inquietud consiste en imaginar el descontento de su jefe. La transformación altera por completo su cuerpo, pero apenas modifica el orden inmediato de sus preocupaciones.
Para Camus, esa continuidad constituye una de las claves de la literatura de Kafka. El absurdo no aparece mediante una ruptura de la lógica, nace de su persistencia dentro de una situación imposible. El relato muestra a un individuo que sigue razonando con absoluta coherencia cuando las condiciones que daban sentido a su conducta han desaparecido. Gregor conserva los reflejos del empleado incluso después de perder la forma humana.
La tragedia kafkiana se construye, según Camus, mediante esta unión de lo extraordinario y lo cotidiano. Kafka evita exagerar la reacción de Gregor o convertir la metamorfosis en una revelación solemne; la reduce al tono menor de una contrariedad práctica. El cuerpo monstruoso y el temor al gerente aparecen en el mismo plano narrativo, de modo que el segundo parece ocupar más espacio en la conciencia del protagonista que el primero. Esa sobriedad intensifica el horror: la vida profesional ha adquirido tal fuerza que sobrevive a la destrucción física del trabajador.
La lectura de Camus coincide con la idea de que el trabajo ni es un motivo secundario ni una simple circunstancia biográfica del personaje.

Ce qu’il faut retenir en tout cas, c’est cette complicité secrète qui, au tragique, unit le logique et le quotidien. Voilà pourquoi Samsa, le héros de La Métamorphose, est un voyageur de commerce. Voilà pourquoi la seule chose qui l’ennuie dans la singulière aventure qui fait de lui une vermine, c’est que son patron sera mécontent de son absence. Des pattes et des antennes lui poussent, son échine s’arque, des points blancs parsèment son ventre et — je ne dirai pas que cela ne l’étonne pas, l’effet serait manqué — cela lui cause pourtant un « léger ennui ». Tout l’art de Kafka est dans cette nuance.

Lo que hay que recordar, en cualquier caso, es esa complicidad secreta que, en lo trágico, une lo lógico y lo cotidiano. Por eso Samsa, el protagonista de La Metamorfosis, es un viajante de comercio. Por eso lo único que le molesta de la singular aventura que lo convierte en un insecto es que su jefe se enfadará por su ausencia. Le crecen patas y antenas, se le arquea la espalda, le salpican puntos blancos el vientre y —no diré que eso no le sorprende, se perdería el efecto— sin embargo le causa una «ligera molestia». Todo el arte de Kafka está en ese matiz.

Recuerda a continuación Camus que, en la obra de Kafka, se dan cita constantemente los detalles de la vida cotidiana y una búsqueda trascendental que supera lo visible.

Lo cotidiano en lo imposible

Hay una idea interesante en Camus basada en la continuidad de la conciencia ordinaria. El filósofo francés utiliza la reacción de Gregor para mostrar el funcionamiento general del absurdo: una situación imposible es recibida mediante una lógica ordinaria que permanece intacta. El contraste entre ambos planos produce la extrañeza propia de la obra del escritor checo.
Gregor no sigue pensando como empleado porque ignore todavía la gravedad de lo ocurrido; piensa como empleado porque su conciencia ha sido formada por completo alrededor de esa función. En Camus, la persistencia de la razón ordinaria frente a lo imposible revela una condición mucho más amplia: la que deviene en hipérbole añadiendo absurdo -reacción- al absurdo -metamorfosis-.
Camus permite nombrar la forma de la contradicción clave en Kafka: lo imposible y lo cotidiano conviven sin anularse. La lectura laboral permite enmarcar el absurdo: la obligación ha penetrado tan profundamente en Gregor que mantiene su lógica cotidiana cuando ya es incapaz de organizar los aspectos más básicos de su propio ser; sin embargo, para Camus lo importante es que el absurdo adquiere una determinación concreta y protagonista.

Il y a dans la condition humaine, c’est le lieu commun de toutes les littératures, une absurdité fondamentale en même temps qu’une implacable grandeur. Les deux coïncident, comme il est naturel. Toutes deux se figurent, répétons-le, dans le divorce ridicule qui sépare nos intempérances d’âme et les joies périssables du corps. L’absurde, c’est que ce soit l’âme de ce corps qui le dépasse si démesurément. Pour qui voudra figurer cette absurdité, c’est dans un jeu de contrastes parallèles qu’il faudra lui donner vie. C’est ainsi que Kafka exprime la tragédie par le quotidien et l’absurde par le logique.

En la condición humana, como es un lugar común en todas las literaturas, hay un absurdo fundamental y, al mismo tiempo, una grandeza implacable. Ambas cosas coinciden, como es natural. Ambas se manifiestan, repitámoslo, en la ridícula separación que existe entre nuestras desmesuras del alma y las alegrías perecederas del cuerpo. Lo absurdo es que sea el alma de este cuerpo la que lo supere de manera tan desmesurada. Quien quiera representar este absurdo deberá darle vida mediante un juego de contrastes paralelos. Así es como Kafka expresa la tragedia a través de lo cotidiano y lo absurdo a través de lo lógico.

La función cómica ante lo imposible

La interpretación de “La metamorfosis” como imagen de una existencia frustrada por el trabajo corre el riesgo de adquirir una gravedad excesiva si se excluye un factor inherente a la obra de Kafka.
La situación de un hombre que reconoce en la literatura su única vocación y que debe entregar al empleo las horas y las fuerzas que necesitaría para escribir es absolutamente desoladora. Sin embargo, Kafka no convierte directamente esa contradicción en lamento; la somete a una deformación cómica.
El humor es el procedimiento mediante el cual Kafka hace visible la tragedia. Cuanto más imposible resulta la situación, mayor es la seriedad con la el escritor trata las circunstancias del relato, produciendo así un efecto cómico. Afortunadamente, las últimas lecturas críticas añaden la dimensión humorística a la interpretación del texto kafkiano, un punto de vista imprescindible para aspirar a adivinar, al menos, el ambiente en el que se mueven sus relatos.
Los testimonios de quienes conocieron a Kafka insisten en su inclinación a la risa y en el placer cómico con que leía sus propias obras. Max Brod recuerda que, durante una lectura del primer capítulo de “El proceso”, los amigos de Kafka rieron de manera desmedida y el propio autor tuvo que interrumpirse porque no podía continuar leyendo. Kafka llegó a describirse en una carta a Felice Bauer como alguien conocido por ser un “gran reidor”.
En “La metamorfosis”, esa comicidad procede a menudo del cuerpo. Gregor descubre sus numerosas patas, fracasa al intentar girarse, se balancea para abandonar la cama y debe aprender a dirigir una anatomía cuya lógica desconoce. La precisión con la que Kafka describe estos esfuerzos produce un humor físico cercano a la pantomima. También la conducta de los demás contiene elementos de farsa: la empresa envía a un gerente a investigar la ausencia; la familia mantiene una conversación solemne a través de una puerta mientras al otro lado hay un insecto gigantesco; Gregor prepara razonamientos profesionales que, al salir de su boca, se convierten en sonidos incomprensibles. Cada personaje persevera en su función cuando la escena ha destruido cualquier posibilidad de normalidad.
El humor, por tanto, no contradice la lectura laboral, la completa. La vida de Gregor es trágica porque ha sido uncida a la obediencia y a la utilidad; es cómica porque esa obediencia continúa funcionando cuando ha perdido su objeto. La metamorfosis exagera literalmente una condición anterior: el trabajador deshumanizado se convierte en algo inhumano, pero tarda en advertir que la transformación ha vuelto imposible su regreso a la oficina.
Leer el relato únicamente desde la angustia equivale, por ello, a perder una parte de su mecanismo. La tragedia permanece, pero llega al lector envuelta en una comicidad seca que rehúye lo solemne.

Una visita a las grietas de lo kafkiano

Walter Benjamin nos advierte que la prosa de Kafka nunca demuestra nada, aunque puede insertarse continuamente en contextos demostrativos. Esa observación permite precisar el alcance de cualquier lectura acerca de “La metamorfosis”: no se trata de descubrir una doctrina escondida ni de sustituir la problemática paterna por otra clave absoluta, sino de reconocer una tensión que organiza el relato sin pretender agotarlo.
Existe un riesgo en toda interpretación de Kafka. Igual que la familia reduce a Gregor sucesivamente a una serie de funciones básicas -proveedor, empleado, carga y cuerpo inútil-, el lector puede convertirlo, a su vez, en un símbolo perfectamente funcional, destinado a confirmar una teoría. Afirmar que el insecto representa únicamente el trabajo alienado sería someterlo de nuevo a una utilidad, esta vez interpretativa. Leer a Kafka exige una amplitud que implica preservar la ambigüedad de sus significados.
Benjamin recuerda que Kafka envuelve sus pensamientos en animales escondidos en grietas y hendiduras; también el significado de “La metamorfosis” parece habitar en esos espacios. La lectura laboral permite acercarse a una de esas grietas, sin mayor pretensión. Sería paradójico convertir la literatura con la que Kafka intentó escapar de una vida funcional en una obra sometida, finalmente, a una única función.

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