Desde la Grecia arcaica hasta la física contemporánea, el tiempo ha sido objeto de múltiples interpretaciones, ya sea como fluir incesante, como estructura inmutable o como proceso dotado de cierta elasticidad. En el siguiente análisis no pretendo agotar el vasto territorio que implica el estudio teórico del tiempo, abarcando la totalidad de las teorías, disputas y matices en torno a su reflexión; el lector hallará a continuación una aproximación parcial, a partir de dos hitos separados por más de dos milenios: la visión de Heráclito de Éfeso, para quien el cambio constituye el fundamento mismo de la realidad, y el análisis de J. M. E. McTaggart, cuya célebre distinción entre la serie A y la serie B ha determinado la discusión filosófica contemporánea.
Heráclito el Oscuro: más allá del discurrir del río
Heráclito de Éfeso (aproximadamente 540 a. C. – 480 a. C.) es una de las figuras más enigmáticas y fascinantes de la filosofía presocrática. Nacido en la ciudad jonia de Éfeso, en la costa de Asia Menor (actual Turquía), Heráclito procedía de una familia aristocrática pero, según las fuentes antiguas, renunció a sus privilegios hereditarios en favor de su hermano, retirándose en gran medida de la vida pública. Este gesto ha sido interpretado como una muestra de su carácter misántropo y de su tendencia a la contemplación solitaria, lo que le valió el apodo de “Oscuro”, un adjetivo reforzado por el misterio que codifica su teoría general.
La obra de Heráclito es conocida principalmente a través de fragmentos conservados por autores posteriores, como Diógenes Laercio, Aristóteles o Sexto Empírico. Su único volumen conservado parcialmente, “Sobre la naturaleza”, estaba escrito en prosa y fue depositado, según la tradición, en el templo de Artemisa en Éfeso. Disponemos de menos de un centenar de fragmentos auténticos, lo que convierte el estudio de su pensamiento en un ejercicio de interpretación cuidadosa y, en ocasiones, especulativa.
El núcleo de la filosofía de Heráclito es la idea de que el cambio es la característica fundamental de la realidad. Esta doctrina se resume en una célebre afirmación: todo fluye (panta rei), aunque la fórmula exacta no aparece en los fragmentos conservados, sino en síntesis posteriores. Lo que sí explicita Heráclito es el principio de imposibilidad de bañarse dos veces en el mismo río, porque las aguas que lo componen están siempre en movimiento. Sin embargo, el pensamiento de Heráclito va más allá de la propiedad fluyente de un caudal.
Para Heráclito, el mundo es un proceso dinámico en el que los contrarios no solo se oponen, sino que se necesitan mutuamente para existir. La tensión entre opuestos constituye la armonía oculta que mantiene el cosmos en equilibrio.
Otro concepto central en su pensamiento es el logos, término polisémico que Heráclito emplea para referirse tanto a la razón que ordena el universo como a la palabra o discurso que puede revelar dicho orden.
Este aspecto otorga a su filosofía una dimensión tanto ontológica como epistemológica, ya que invita a una forma de vida basada en la comprensión de la ley cósmica. El significado que el filósofo de Jonia atribuye al logos fue también fundamental para la primera cosmología cristiana.
Heráclito identifica el fuego como principio fundamental de la realidad, no en un sentido meramente material, sino como símbolo del devenir constante. El fuego se transforma en agua, aire y tierra siguiendo un ciclo eterno de creación y destrucción. Este planteamiento constituye uno de los primeros intentos por racionalizar la existencia más allá del mito, ubicando la especulación teórica de Heráclito entre los hitos inaugurales del pensamiento racionalista.
En conjunto, la vida y obra de Heráclito han ejercido una influencia profunda en la historia de la filosofía, desde los estoicos hasta pensadores modernos como Hegel y Nietzsche, quienes vieron en su pensamiento un antecedente del devenir dialéctico y de la crítica a las nociones estáticas del ser, encarnadas estas últimas por Parménides.
Panta rei, el devenir en Heráclito
Heráclito vivió en un contexto histórico de transición: el siglo VI a. C. daba paso a una explicación racional del cosmos, dejando atrás las narraciones legendarias. Su filosofía representa un paso crucial en la emancipación del pensamiento frente al mito.
El concepto que, de forma más emblemática, se asocia a su teoría es el de panta rei (todo fluye): la realidad es un proceso dinámico, en constante transformación. La célebre imagen del río ilustra correctamente esta doctrina: nadie puede bañarse dos veces en la misma corriente, porque ni el río ni la persona son exactamente los mismos en el segundo instante. Para Heráclito, el cambio no es un accidente que afecte ocasionalmente, sino la condición fundamental del ser. La identidad de cada cosa está atravesada por su propio devenir.
El fluir universal, en contra de lo que pudiera parecer, no implica caos, sino que está regido por una ley común: el logos. Este concepto, de difícil traducción, alude tanto al principio racional que ordena el cosmos como a la posibilidad de que el ser humano lo comprenda mediante el pensamiento. Sin embargo, Heráclito advierte que la mayoría de los hombres vive sin atender a este logos, como si tuviera un entendimiento privado y no compartido. La tarea del filósofo consiste precisamente en despertar a esa realidad y captar la armonía que subyace a las tensiones de los contrarios.
La idea de que el conflicto es el motor del orden cósmico constituye uno de los puntos esenciales de su obra. Heráclito sostiene que la guerra -figurada y material- sería el origen de todo, generando una oposición necesaria para que haya equilibrio. Panta rei sería, de esta manera, la manifestación de la teoría de Heráclito, una hipótesis que alcanza una profundidad mucho más compleja que la atribuida tradicionalmente a la metáfora del río.
Un cosmos ordenado y cíclico
El pensamiento de Heráclito se articula en torno a una intuición fundamental: el cambio no es una característica accidental de las cosas, sino la manifestación y el fundamento mismo de la realidad. El devenir sería el modo de ser del cosmos, su estructura esencial. Esta concepción rompe con la tendencia de algunos de sus predecesores jonios, que buscaban un principio estático —agua, aire o apeiron (lo indefinido)— como explicación del mundo. Heráclito, en cambio, afirma que la estabilidad es solo aparente y que el orden del universo se sostiene precisamente en el movimiento perpetuo de sus elementos.
El cosmos, según Heráclito, no es caótico a pesar de su continuo fluir. Existe una regularidad que rige ese cambio, una proporción que hace del devenir una armonía y no un caos. Este equilibrio dinámico es el que permite que la multiplicidad de los fenómenos no se disuelva en una vorágine. Así, el cambio es doble: por un lado, genera transformación; por otro, asegura la permanencia del orden. El universo se renueva constantemente, pero en esa renovación conserva su estructura esencial.
Esta idea se aproxima a lo que podríamos llamar un principio de autorregulación cósmica: el mundo se ajusta a sí mismo a través del contraste de los opuestos, sin necesidad de otra intervención.
La función activa del fuego
Dentro de este marco conceptual, el fuego ocupa un papel central como símbolo y como principio. Heráclito lo presenta como el elemento arquetípico de la realidad, no porque sea simplemente una sustancia material, sino porque representa mejor que ninguna otra la naturaleza mutable del cosmos. El fuego se consume y se transforma de manera incesante, pero al mismo tiempo conserva una identidad que lo hace reconocible. Es, en cierto modo, la metáfora perfecta del devenir: siempre cambiante, siempre idéntico a sí mismo.
El filósofo describe incluso un ciclo cósmico en el que el fuego se convierte en agua, tierra y aire, para retornar a su estado original en un proceso sin principio ni fin. Este eterno intercambio de formas no es arbitrario, sigue una medida, un logos que regula el paso de una fase a otra. Así, el fuego no es solo el punto de partida, sino también la meta hacia la que todo tiende, lo que confiere a su doctrina un carácter de equilibrio dinámico.
La participación del fuego en la constitución del mundo tiene además un valor epistemológico: invita al ser humano a reconocer que todo lo que existe está marcado por un carácter mutable y que comprender la realidad implica aceptar su transitoriedad. El conocimiento, por tanto, no consiste en aferrarse a entidades fijas, sino en captar el orden en el movimiento.
Heráclito nos ofrece una visión del cosmos en la que el cambio es garantía de coherencia. El fuego convierte el devenir en principio y fundamento de todo lo que es, subrayando que el orden del universo es inseparable de su perpetua transformación. El tiempo adquiere categoría de objeto real, con cualidades cíclicas.
La dialéctica de los contrarios en Hegel
La dialéctica de los contrarios constituye uno de los ejes fundamentales del sistema filosófico de Georg Wilhelm Friedrich Hegel, suponiendo además uno de los puntos de conexión más claros entre su pensamiento y la herencia de Heráclito de Éfeso. Hegel reconoció abiertamente su deuda con el filósofo presocrático, a quien admiraba por haber concebido la realidad como un proceso en movimiento en el que los opuestos no son meras contradicciones estáticas, sino el motor mismo de lo real.
Hegel llegó a afirmar que toda proposición de la obra de Heráclito había sido incorporada a su sistema lógico. Esta valoración muestra hasta qué punto la filosofía hegeliana puede entenderse como una continuación y una profundización de la intuición del filósofo presocrático.
Para Hegel, la dialéctica no es simplemente un argumento, sino la estructura misma de lo real. La realidad es racional en la medida en que sigue un proceso dinámico de desarrollo, este desarrollo se explica mediante la interacción de contrarios. Toda forma de ser contiene en sí misma una contradicción interna que la impulsa a superarse. Este proceso suele describirse con las nociones de tesis, antítesis y síntesis, aunque Hegel nunca sistematizó de manera rígida estas etapas ni pronunció estos conceptos explícitamente. La superación de la contradicción no significa su eliminación pura y simple, sino lo que Hegel llama Aufhebung: una negación que al mismo tiempo conserva elementos de lo negado, integrándolos en una unidad superior.
La visión del conflicto como principio constitutivo anticipa la lógica hegeliana, en la que el devenir no es una serie caótica de cambios, sino un movimiento racional que conduce a mayores niveles de autocomprensión del espíritu.
Final y ciclo
La dialéctica hegeliana, sin embargo, introduce un elemento que en Heráclito es solo incipiente: la idea de progreso histórico. Mientras que para Heráclito el devenir es cíclico y eterno, en Hegel el proceso tiene una dirección teleológica, la historia avanzaría hacia una mayor realización de la libertad y de la racionalidad, culminando en lo que Hegel llama el saber absoluto.
Para Hegel, el tiempo no es simplemente una magnitud física ni una sucesión de momentos homogéneos, sino la forma misma en la que la realidad finita se despliega. El tiempo es inseparable del espíritu, representando el escenario en el que este se exterioriza y se reconoce a sí mismo en su devenir. A diferencia de la concepción lineal y cuantitativa del tiempo propia de la física, Hegel entiende el tiempo como un momento del proceso absoluto: no es una mera secuencia de instantes, sino la manifestación de la negatividad interna que impulsa a lo real a pasar de un estado a otro.
En “Fenomenología del espíritu” (1807) y en “Enciclopedia de las ciencias filosóficas” (1830), el tiempo aparece ligado al concepto de finitud. Todo lo que existe en el tiempo es perecedero y, por tanto, está sujeto a la superación dialéctica. El tiempo es una síntesis de ser y no-ser (una idea que resume perfectamente el método hegeliano), que desvanece cada presente en el momento de ser. Esta condición no se presenta como meramente trágica: es la condición misma del progreso.
En definitiva, para Hegel el tiempo no sería un vacío neutral, sino el movimiento mediante el cual el espíritu avanza hacia su plena autoconciencia. La historia es tiempo pensado, tiempo que se hace inteligible al mostrar su finalidad, sin embargo, llegar a afirmar que el tiempo existe para Hegel es arriesgado, pues desaparece en el momento en el que debiera aparecer.
Die Zeit ist der Begriff selbst, der da ist und als leere Anschauung sich dem Bewusstsein vorstellt; deswegen erscheint der Geist notwendig in der Zeit, und er erscheint so lange in der Zeit, als er nicht seinen reinen Begriff erfasst, das heisst, nicht die Zeit tilgt. Sie ist das aeussere angeschaute vom Selbst nicht erfasste reine Selbst, der nur angeschaute Begriff; indem dieser sich selbst erfasst, hebt er seine Zeitform auf, begreift das Anschauen, und ist begriffnes und begreifendes Anschauen.Die Zeit erscheint daher als das Schicksal und die Notwendigkeit des Geistes, der nicht in sich vollendet ist […].
El tiempo es el concepto mismo que existe ahí y se presenta a la conciencia como una intuición vacía; por eso, el espíritu aparece necesariamente en el tiempo, y aparece en el tiempo mientras no capta su concepto puro, es decir, mientras no termina el tiempo. Es el yo puro intuido exteriormente, no captado por el yo, el concepto meramente contemplado; al captarse a sí mismo, suprime su forma temporal, comprende la contemplación y es intuición comprendida y comprensiva. Por lo tanto, el tiempo aparece como el destino y como necesidad del espíritu, aún no completo en sí mismo […].
Este extracto pertenece a “Fenomenología del espíritu” de Hegel y explica la relación espíritu-tiempo, y cómo la esencia última necesita de la estructura temporal para aparecerse a sí misma. A la vez, define el tiempo como existente y al mismo tiempo intuición vacía, una vez que es aprehendido por la conciencia. La traducción es propia.
J. McTaggart*
J. McTaggart*
J. McTaggart*
J. McTaggart*
J. McTaggart*
J. McTaggart*
J. McTaggart*
J. McTaggart*
La disolución del tiempo, John McTaggart y la serie A/B
John McTaggart Ellis McTaggart (1866-1925) fue uno de los pensadores más influyentes y, al mismo tiempo, más controvertidos de la tradición filosófica idealista británica. Nacido en Londres y educado en el Trinity College de la Universidad de Cambridge, McTaggart pasó la mayor parte de su vida académica vinculado a esta institución, donde enseñó filosofía. Su figura resulta fascinante por varios motivos: por un lado, encarna el auge y el ocaso del idealismo en el mundo anglosajón; por otro, es recordado por uno de los argumentos más debatidos del siglo XX, aquel que sostiene que el tiempo es, en realidad, una ilusión.
McTaggart perteneció al grupo de filósofos idealistas británicos que buscaban continuar y reinterpretar el legado de Hegel, desarrollando un sistema filosófico en el que la realidad última era vista como algo espiritual y racional. Sin embargo, a diferencia de algunos de sus contemporáneos, su pensamiento se caracteriza por el mantenimiento de un rigor lógico extraordinario, una atención meticulosa al detalle conceptual y una audaz disposición para defender conclusiones controvertidas.
Su obra más influyente, “The nature of existence” (habitualmente “La naturaleza de la existencia”), es un ambicioso intento de ofrecer una explicación completa de la realidad. En ella encontramos su famosa distinción entre la serie A y la serie B del tiempo. Más allá de esta decisiva contribución, McTaggart exploró temas como la inmortalidad, la naturaleza del yo y la estructura última del universo.
A pesar de que el idealismo entraría en crisis en el mundo anglosajón a comienzos del siglo XX, en gran parte por el auge de la filosofía analítica y del empirismo lógico, el pensamiento de McTaggart dejó una huella duradera. Incluso filósofos que rechazaron sus conclusiones, como Bertrand Russell, reconocieron la importancia de sus argumentos y se vieron obligados a dialogar con ellos.
La obra de John McTaggart
La obra de McTaggart es amplia y ambiciosa, pero puede sintetizarse en torno a algunos ejes centrales. Su proyecto filosófico más importante fue “La naturaleza de la existencia”, una obra monumental en dos volúmenes publicada entre 1921 y 1927, en la que busca ofrecer un sistema metafísico completo. Siguiendo la tradición idealista, McTaggart parte de la premisa de que la realidad no puede ser explicada únicamente en términos materiales o físicos; debe entenderse como una totalidad espiritual.
McTaggart creía que la metafísica podía aspirar a un conocimiento cierto de la estructura de lo real, siempre que se siguiera un método lógico riguroso. De hecho, uno de los rasgos que distinguen su pensamiento es su compromiso con el análisis lógico de las categorías y las relaciones que conforman el mundo. A través de razonamientos complejos, trata de mostrar que ciertas entidades o propiedades que solemos considerar fundamentales —como el tiempo, el cambio o incluso la materia— son en última instancia contradictorias o ilusorias.
Otro tema recurrente en su obra es la inmortalidad. Para McTaggart, la existencia de personas —entendidas como centros de experiencia y pensamiento— es esencial para la realidad. En su visión, la realidad última está compuesta de almas o mentes que mantienen relaciones eternas entre sí. Esta visión espiritualista le llevó a defender que la muerte no podía significar el fin de la persona, sino solo una transformación de su modo de existencia.
Si bien la ética no fue el núcleo de su sistema, McTaggart estaba convencido de que el universo tiene un carácter moral y que el amor es la relación suprema entre las personas. De este modo, su metafísica tiene una dimensión profundamente humanista: la realidad no es una fría estructura lógica, sino una comunidad de espíritus unidos por el amor.
Contexto histórico e intelectual
La vida intelectual de John McTaggart transcurrió en una época de transición profunda en la filosofía británica, una circunstancia similar a la que influyó en Heráclito. Durante la segunda mitad del siglo XIX y los primeros años del XX, el idealismo era la corriente dominante en muchas universidades británicas, especialmente en Oxford y Cambridge. Esta tradición se inspiraba en el pensamiento de Immanuel Kant y, sobre todo, de Hegel, su tesis principal proponía una realidad última de naturaleza espiritual y un mundo comprensible como una totalidad racional. En este marco, la metafísica —entendida como la investigación de la estructura última de lo real— era el núcleo de la reflexión filosófica.
Sin embargo, a finales del siglo XIX comenzaron a gestarse tensiones que llevarían a un cambio de paradigma. La ciencia, en particular la física y la biología, estaba transformando nuestra concepción del mundo, y muchos filósofos empezaron a cuestionar los sistemas idealistas por su aparente alejamiento de la experiencia empírica y del método científico. Al mismo tiempo, la lógica matemática y la atención al lenguaje —impulsadas por pensadores como Gottlob Frege— ofrecían herramientas inéditas para analizar conceptos con precisión.
McTaggart se sitúa en el epicentro de esta transición. Su obra busca una fundamentación lógica para el idealismo, y por eso puede considerarse tanto el punto culminante como el último gran esfuerzo del idealismo británico antes de su ocaso.
Aunque la filosofía analítica -método que finalmente se impuso como condicionante del pensamiento posterior a la Segunda Guerra Mundial- lo rechazó en gran medida, lo hizo debatiendo con sus argumentos y buscando soluciones alternativas a los problemas que el idealismo había planteado.
El idealismo británico y su declive
El idealismo británico fue un movimiento filosófico caracterizado por su énfasis en la realidad como un sistema unificado de naturaleza espiritual. Sus principales representantes incluyen a Francis Herbert Bradley, Bernard Bosanquet, Thomas Hill Green y el propio McTaggart. Estos pensadores sostenían que el mundo no podía explicarse adecuadamente si era concebido como un conjunto de objetos materiales independientes, sino que debía entenderse como un todo orgánico, interconectado y racional.
McTaggart se distinguió dentro de este movimiento por su inclinación sistemática. Fue capaz de llevar al idealismo a su expresión más rigurosa, utilizando el análisis lógico para intentar demostrar que el tiempo, el cambio y la materia eran irreales, y que la realidad última debía concebirse como una comunidad de espíritus eternos.
Sin embargo, el idealismo comenzó a perder terreno a principios del siglo XX. Dos de los principales responsables de este giro fueron George Edward Moore y Bertrand Russell, quienes se rebelaron contra lo que consideraban un exceso de abstracción del idealismo. Moore, en particular, criticó duramente la noción de que el mundo sensible era mera apariencia, defendiendo el realismo del sentido común. Russell, por su parte, buscó reconstruir la filosofía sobre bases lógicas y científicas, abandonando la idea de una totalidad espiritual y enfocándose en el análisis de las proposiciones y las relaciones lógicas.
La crisis del idealismo no significó su desaparición inmediata, pero sí lo relegó a un segundo plano frente al realismo y la filosofía analítica, que pasarían a dominar el panorama anglosajón. No obstante, los idealistas dejaron problemas y conceptos que siguieron alimentando el debate. La distinción entre series A y B del tiempo es un ejemplo paradigmático: aunque muchos filósofos analíticos rechazaron la conclusión de McTaggart sobre la irrealidad del tiempo, continuaron utilizando su terminología y tomando su argumentario como punto de partida.
Bertrand Russell, la filosofía analítica y la relación con McTaggart
Bertrand Russell desempeñó un papel crucial en el tránsito desde el idealismo británico hacia la filosofía analítica, junto a Moore y Wittgenstein. Russell había sido inicialmente influenciado por el idealismo durante su formación en Cambridge, pero replanteó críticamente sus premisas. El desarrollo de la lógica matemática y su colaboración con Alfred North Whitehead en “Principia mathematica” (1910-1913) le llevaron a concebir la filosofía como una empresa científica basada en el análisis lógico, no en sistemas metafísicos ampliamente abarcadores.
La relación entre McTaggart y Russell fue más intelectual que personal. Russell reconoció que la enseñanza de McTaggart en Cambridge tuvo influencia en su formación inicial, aunque posteriormente lo consideró un ejemplo de lo que había que superar para renovar la filosofía.
Lo interesante es que, a pesar de sus diferencias, Russell y McTaggart compartían ciertos objetivos técnicos: ambos buscaban precisión conceptual y claridad lógica. Sin embargo, partían de premisas opuestas. Mientras McTaggart utilizaba la lógica para defender que el tiempo no existe y que la realidad es espiritual, Russell la empleaba para fundamentar un realismo pluralista, donde el tiempo y el espacio son aspectos reales del mundo y las proposiciones pueden describirlo con exactitud.
La impronta de Hegel
La figura de Hegel es fundamental para entender el pensamiento de John McTaggart. Aunque este último desarrolló un sistema filosófico propio, su principal apoyo intelectual se encuentra en la tradición idealista alemana y, en particular, en la dialéctica hegeliana.
McTaggart se consideraba explícitamente un hegeliano, aunque su interpretación de Hegel es singular y, en muchos aspectos, heterodoxa. Su proyecto puede entenderse como un intento de sistematizar y racionalizar el hegelianismo, adaptándolo al contexto anglosajón de cambio de siglo.
Hegel y el idealismo absoluto
Para Hegel, la realidad es una totalidad racional que se despliega a través de un proceso dialéctico. Todo lo real es parte de un sistema orgánico cuyo fundamento es el espíritu, que se desarrolla progresivamente en la historia. La verdad, para Hegel, no es algo estático, sino un proceso en el que las contradicciones se superan y se integran en síntesis superiores. Esta concepción dinámica de la realidad influyó profundamente en McTaggart, quien compartía la idea de que la realidad última es espiritual y que la razón puede aprehender su estructura.
Sin embargo, McTaggart no adoptó sin más la dialéctica hegeliana. Aunque reconocía su valor como método filosófico, prefería un enfoque más analítico y despojado del carácter histórico inherente al pensamiento hegeliano. Mientras que Hegel veía la historia como el escenario en el que el espíritu se realiza, McTaggart tendía a considerar la realidad en términos atemporales. De hecho, su famosa tesis sobre la irrealidad del tiempo puede leerse como un alejamiento de la visión hegeliana de la historia, proponiendo en su lugar que la verdadera realidad es una red de relaciones eternas.
De la dialéctica a la lógica
Uno de los aspectos más llamativos de la recepción de Hegel en McTaggart es su interés por la lógica hegeliana. Hegel había entendido la lógica no como un mero conjunto de reglas formales, sino como la exposición del movimiento mismo del pensamiento y de la estructura del ser. McTaggart adoptó esta concepción amplia de la lógica, pero intentó depurarla.
McTaggart es un hegeliano atípico. Aunque comparte con Hegel la idea de que la metafísica debe descubrir las categorías necesarias del pensamiento y del ser, prescinde del elemento histórico y del carácter progresivo del sistema hegeliano. Para McTaggart, la realidad no es un proceso de realización, sino una estructura fija y eterna que la mente puede conocer mediante un análisis lógico riguroso. Esta interpretación permite considerar a McTaggart un neoescolástico del idealismo, más preocupado por la coherencia interna que por el dinamismo histórico.
Comunidad de espíritus y ética del amor
Otro aspecto en el que la influencia de Hegel es evidente en el pensador británico es la concepción de la realidad como una comunidad de espíritus. En la “Fenomenología del espíritu”, Hegel describe cómo la autoconciencia se constituye en relación con otras conciencias, en un proceso que culmina en el reconocimiento mutuo. McTaggart hace de esta intuición el núcleo de su metafísica: la realidad última está formada por personas —o espíritus— que mantienen relaciones eternas entre sí, y la relación suprema entre ellos es el amor. De este modo, su sistema es tanto ontológico como ético, pues la estructura del ser está atravesada por valores morales.
No obstante, McTaggart lleva esta intuición más lejos que Hegel. Si para Hegel la realización del espíritu pasa por instituciones históricas que culminan en el Estado moderno, para McTaggart el énfasis recae en las relaciones personales directas. El Estado, la sociedad y la historia son fenómenos secundarios o incluso irreales en comparación con la red eterna de almas que constituye la verdadera realidad.
Hegelianismo crítico
La relación de McTaggart con el pensamiento de Hegel es compleja. Su rechazo de la realidad del tiempo es un ejemplo patente de la actitud crítica de McTaggart: mientras que para Hegel el tiempo es el marco en que el espíritu se desarrolla, para él es una ilusión que debe superarse para alcanzar el conocimiento verdadero. Además, McTaggart mostró poco interés por la filosofía política de Hegel, centrando su atención en la metafísica y la ética.
McTaggart puede ser visto como un hegeliano lógico: un pensador que acepta la intuición central de Hegel —que la realidad es racional y espiritual— pero la reformula en un sistema atemporal y deductivo.
John McTaggart, la teoría de series A/B
La teoría A/B de John McTaggart aborda el tiempo desde dos perspectivas fundamentales que denomina series A y series B, dos interpretaciones completamente distintas, cuyo nexo compone un argumento acerca la irrealidad material del tiempo.
McTaggart argumenta que la noción realidad aplicada al concepto tiempo es incompatible con la manera en que entendemos su estructura. A partir del análisis de las dos series temporales, desarrolla una tesis audaz que sostiene que el tiempo es, en última instancia, irreductible a cualquier tipo de estructura que podamos concebir.
Series A: El tiempo en términos de «antes» y «después»
Las series A son las más intuitivas y se corresponden con nuestra experiencia cotidiana del tiempo. Están basadas en el movimiento lineal y se organizan según las nociones de pasado, presente y futuro. En una serie A, los eventos son ordenados desde el presente hacia el futuro, mientras que los eventos previos se consideran pasados. Este orden es dinámico, es decir, los eventos cambian de posición en la serie A conforme avanza el tiempo. Un evento que en un momento determinado está en el futuro, se convierte en presente en el siguiente y, posteriormente, en pasado.
El punto fundamental de la serie A es su dependencia del pasaje temporal: siempre estamos en un presente que fluye hacia el futuro, y todo lo que es presente, en algún momento, se convierte en pasado. Esta concepción está intrínsecamente relacionada con el cambio que propone Heráclito y con la experiencia humana del movimiento temporal.
En términos más concretos, si tenemos una serie de eventos como: «1», «2» y «3», la serie A se organizaría de la siguiente manera: «3 es futuro, 2 es presente y 1 es pasado». Esta relación de «antes» y «después» es crucial para entender el tiempo como una sucesión de momentos que se intercalan y se desplazan continuamente.
Series B: El tiempo como relación estática
Las series B, por otro lado, proponen una visión menos dinámica del tiempo. En lugar de organizar los momentos en términos de «pasado, presente y futuro», son ordenados en relación con el orden temporal que existe entre ellos de manera fija e inmutable. En una serie B, los eventos se colocan de manera secuencial sin que cambien su estatus temporal a lo largo del tiempo. Por ejemplo, si «1» precede a «2» y «2» precede a «3», esta relación es inmutable. No importa si 1, 2 o 3 están ocurriendo en el presente o en el futuro; la relación entre los eventos permanece constante, aunque el momento en que ocurrieron, u ocurrirán, cambie.
La principal diferencia entre las series A y B es que en la serie B no existe una experiencia dinámica de avance o flujo temporal. El orden de los eventos es fijo, lo que implica que, en esta serie, los eventos no están necesariamente conectados a un ahora, sino que simplemente siguen una secuencia rígida de relaciones.
El contraste entre estas dos series refleja la diferencia entre dos formas de entender el tiempo: una, como una serie de momentos que fluyen, avanzan y cambian; otra, como una red de relaciones fijas entre eventos.
Ambas series, según McTaggart, son necesarias para una comprensión completa, pero ninguna de ellas por sí sola puede explicar la realidad del tiempo experimentado.
La irrealidad del tiempo en la teoría de McTaggart
McTaggart utiliza las series A y B para argumentar que el tiempo, tal como lo concebimos, es irreal. Según McTaggart, la única manera de entender el tiempo es a través de la combinación de las series A y B, sin embargo, sostiene que, cuando se examinan ambas series de cerca, ninguna de ellas puede proporcionar una estructura coherente que se adecúe a nuestra experiencia temporal.
Problemas con la serie A
McTaggart comienza su argumento señalando que la serie A está llena de contradicciones. Dado que los eventos en esta serie deben cambiar de posición constantemente (de futuro a presente y de presente a pasado), McTaggart afirma que, si el tiempo fuera real, debería ser algo constante y eterno. Sin embargo, en la serie A, lo que se considera futuro se convierte en presente, y lo que es presente se convierte en pasado, introduciendo una noción de dependencia temporal entre los eventos. Esta dependencia provocaría que el tiempo fuera inherentemente dinámico, un principio inconsistente e incompatible con la idea de un tiempo real y constante.
McTaggart concluye que la serie A no puede ser una representación adecuada del tiempo real, porque el movimiento temporal que experimentamos (pasar de futuro a presente y a pasado) implica una serie de contradicciones lógicas.
Problemas con la serie B
Por otro lado, la serie B presenta su propio conjunto de problemas. Aunque la serie B es más estática y parece más lógica en su descripción del orden temporal, el hecho de que los eventos estén organizados de manera fija y no dependan del presente hace que esta visión sea igualmente insatisfactoria.
Si el tiempo fuera simplemente una sucesión fija de eventos, sin flujo o cambio, entonces no tendríamos ninguna experiencia real del tiempo como tal. La serie B no aprehende el cambio dinámico que caracteriza nuestra percepción del tiempo, lo que hace que el tiempo, según esta concepción, no sea algo real.
El tiempo como constructo
En última instancia, McTaggart concluye que el tiempo tal como lo entendemos es irreconciliable con ambas series.
La contradicción entre las series A y B lleva a la conclusión de que el tiempo no existe como una realidad objetiva. El paso del tiempo y nuestra experiencia del mismo son, según McTaggart, simplemente construcciones mentales o ilusorias que no tienen una base sólida en la realidad.
El tiempo sería, simplemente, una proyección de nuestras mentes, y lo que percibimos como el paso del tiempo, una serie de ilusiones basadas en la necesidad de ordenar y dar sentido a los eventos.
McTaggart utiliza las series A y B para argumentar que, aunque ambas series pueden parecer plausibles por separado, ninguna de ellas puede proporcionar una explicación coherente del tiempo real, por tanto, el tiempo sería una ficción y nuestra comprensión del tiempo no sería más que un constructo humano, ajeno a la realidad.
Recepción y crítica de la teoría A/B
La teoría de series A/B de John McTaggart ha generado numerosas interpretaciones. A pesar de que McTaggart utiliza la combinación de ambas series para argumentar la irrealidad del tiempo, muchas de las críticas se centran en la elección entre las dos alternativas.
Gran parte de la crítica actual adopta una postura moderada, defendiendo una concepción del tiempo que puede integrar tanto la serie A como la serie B sin caer en las contradicciones que señala McTaggart. Es posible sostener que la serie A, con su dependencia del presente y el cambio continuo del estado temporal de los eventos, es compatible con una visión más amplia del tiempo en la que el presente es una construcción relativa, pero no necesaria para explicar el flujo temporal en su totalidad. En base a este principio, la serie A no debería entenderse como una concepción estática del tiempo, sino como una forma de ordenar los eventos de manera que se mantenga la estructura de la temporalidad sin necesidad de referirse continuamente al ahora. Esta teoría pone de manifiesto que el tiempo no necesariamente depende de una noción fija de presente para existir como una realidad dinámica.
Arthur Prior, conocido por sus estudios sobre la lógica temporal, abordó la teoría de McTaggart, pero desde una perspectiva lógica más que ontológica. Prior cuestionó la manera en que McTaggart utiliza la noción de presente en la serie A y su implicación de que los eventos deben cambiar de posición a medida que avanzamos en el tiempo. Para Prior, esta concepción no es necesaria para comprender el paso del tiempo, ya que es posible concebir el tiempo de manera que los eventos se ordenen de manera fija (como en la serie B), pero sin perder el sentido del cambio y el flujo temporal. Prior introdujo el concepto de «lógica temporal», que permite concebir la transición entre estados temporales excluyendo la noción de presente, pero sin dejar de reconocer la importancia de la secuencia temporal en el mundo real.
Michael Dummett -célebre analista de la obra de Gottlob Frege-, criticó la teoría de McTaggart desde una perspectiva lingüística. Dummett, al igual que Prior, consideraba que la distinción entre las series A y B no era insalvable, pero a su vez reconocía las dificultades inherentes al intento de definir el tiempo en términos puramente lógicos o estructurales. Dummett argumentó que la serie A refleja mejor nuestra experiencia cotidiana del tiempo, pero que esto no implica que el tiempo deba ser visto como algo dinámico y constante. En lugar de ver la serie A como una representación de un flujo continuo de eventos, Dummett propuso considerar el tiempo como un conjunto de relaciones lingüísticas y significados, sin que esto implique que la temporalidad dependa estrictamente de la noción de presente. Según Dummett, el tiempo no sería una realidad objetiva, sino más bien una construcción lingüística que depende de cómo los seres humanos interpretan y expresan los eventos.
La crítica principal a la teoría de McTaggart suele centrarse en el concepto de «presente» en la serie A, que introduce contradicciones al intentar definir el tiempo en términos de un flujo dinámico. Muchos filósofos sostienen que esta noción no es esencial para comprender el tiempo, permitiendo una asimilación más flexible, capaz de integrar las series A y B sin recurrir a un presente fijo.
Dos teorías
Dos teorías
Dos teorías
Dos teorías
Dos teorías
El cambio como principio y dos conclusiones opuestas
El cambio es el núcleo de las teorías metafísicas de Heráclito y McTaggart. Para ambos, el devenir no es algo incidental o accesorio, sino un principio que define la esencia de la realidad, sin embargo, a pesar de que ambos reconocen el cambio como fundamental, sus conclusiones sobre la naturaleza del tiempo y la realidad son completamente opuestas. Mientras que para Heráclito, el cambio es el principio que ordena y da coherencia al cosmos, McTaggart llega a la conclusión de que el cambio desvela la irrealidad del tiempo tal como lo concebimos.
En la filosofía de Heráclito, el cambio es incesante, pero no caótico; es una ley cósmica, un principio que no solo mantiene el universo en movimiento, sino que lo estructura de manera armónica. El logos de Heráclito subyace a este cambio, dando unidad a la multiplicidad de los eventos y los opuestos, en un proceso constante de transformación.
El tiempo, entendido como devenir, no solo sería solo una sucesión de momentos, sino la estructura misma del ser, un flujo continuo que permite la existencia y la identidad de las cosas.
McTaggart reconoce la importancia del cambio en la experiencia humana del tiempo, pero su conclusión es absolutamente opuesta a la del filósofo jonio. McTaggart argumenta que el tiempo es incompatible con la coherencia lógica que solemos manejar. El cambio experimentado —con su dinámica de futuro, presente y pasado—, no puede ser explicado de forma consistente. En lugar de una estructura armónica como la de Heráclito, McTaggart ve en el cambio una contradicción lógica que desvela la irrealidad del tiempo.
Aunque ambos filósofos sitúan en el cambio un principio fundamental, sus conclusiones sobre su naturaleza son profundamente distintas. Uno de los debates más interesantes que se deriva del enfrentamiento de ambas conclusiones es la realidad o no del tiempo como objeto.
El tiempo como realidad o ficción
Para Heráclito, el tiempo es lo más real; el cambio, la transformación constante de todas las cosas, es lo que constituye la esencia del ser. El tiempo para Heráclito no es un fenómeno secundario, sino el principio fundamental que organiza el universo. Lo que fluye aporta estructura a todo lo existente.
La temporalidad es la ley cósmica que regula la interacción de los opuestos y el tiempo no es solo un aspecto de la experiencia humana, sino el principio ontológico que subyace al cosmos entero.
McTaggart sostiene que el tiempo es ilusorio, una construcción mental que no tiene una base real en la estructura del universo. El filósofo británico muestra que, al intentar comprender el tiempo de manera lógica, se nos presentan contradicciones insuperables. En su análisis, las dinámicas temporales que utilizamos habitualmente son contrarias a la idea de un tiempo constante y objetivo.
La conclusión de McTaggart es que el tiempo, tal como lo entendemos, no existe. Es una ilusión generada por la necesidad humana de ordenar y clasificar los eventos, pero tiene un fundamento real. El paso del tiempo y el cambio que experimentamos no son más que una proyección subjetiva de la mente, sin correspondencia objetiva.
La alternativa de Hegel…
Para Hegel, el tiempo es una dimensión esencial de la existencia, pero su naturaleza es profundamente paradójica. En el sistema hegeliano, el tiempo no puede entenderse como algo estático o cuantificable, sino como una categoría dialéctica ligada al proceso de autoconciencia del espíritu.
Hegel concibe el tiempo como una manifestación necesaria para que el espíritu se reconozca a sí mismo. A medida que el espíritu se despliega y se exterioriza en el mundo, se enfrenta a las contradicciones internas y las tensiones de la finitud, las cuales deben ser resueltas a través del tiempo. El tiempo, entonces, es la forma en que el espíritu se manifiesta y avanza hacia su autocomprensión.
Sin embargo, la relación entre el tiempo y la existencia se complica cuando el espíritu llega a un momento de total autocomprensión. Para Hegel, en el momento absoluto, el espíritu se percibe en su totalidad y supera la temporalidad, es decir, el tiempo deja de ser relevante porque la autoconciencia completa ya no depende de la sucesión temporal. En ese punto, la existencia del tiempo -como algo separado y progresivo- desaparece por haber sido trascendida.
Por lo tanto, para Hegel, el tiempo existe a priori como medio de manifestación del espíritu, pero está abocado a dejar de existir en su forma lineal y progresiva. Este mecanismo hace que sea difícil definir si el tiempo, en última instancia, existe o no para Hegel.
… y la flecha de Zenón
El pensamiento clásico nos ha legado otras percepciones acerca del tiempo que van más allá de las teorías de Heráclito y Parménides. Uno de los razonamientos más intrigantes de la antigüedad es la paradoja de la flecha de Zenón, un problema capaz de plantear dudas fundamentales sobre la naturaleza del tiempo y su existencia.
Zenón de Elea busca desafiar la concepción común de que el tiempo es continuo y fluido, planteando si el tiempo realmente existe o si, por el contrario, es una ilusión.
Zenón de Elea, discípulo de Parménides, formuló varias paradojas con el objetivo de desafiar las nociones tradicionales de la continuidad y el movimiento. La paradoja de la flecha es una de las más conocidas e ilustra su crítica a la comprensión intuitiva del tiempo, su principio sería el siguiente: si una flecha está volando en el aire, en cada momento que se considere, la flecha está en reposo en un lugar específico. Esto se debe a que si dividimos el tiempo en instantes infinitamente pequeños, en cada uno de esos momentos la flecha ocupa una posición fija, sin movimiento. Si está en reposo en cada instante, ¿cómo puede moverse?
Zenón sugiere que, si el tiempo se divide en instantes infinitesimales y el movimiento se percibe como una sucesión de estados estáticos, entonces el movimiento mismo es contradictorio. Si la flecha está en reposo en cada instante y el tiempo se compone de una secuencia de momentos estáticos, el movimiento parece ser un concepto incoherente.
El filósofo eólido cuestiona la existencia real del tiempo: si lo que percibimos como el paso del tiempo es una sucesión de momentos inmóviles, ¿cómo puede existir el flujo continuo temporal?
Como McTaggart, Zenón plantea que el tiempo podría ser una construcción mental que organizamos para dar sentido a los eventos que ocurren, pero sin existencia objetiva. Desde esta perspectiva, el tiempo, al igual que el movimiento de la flecha, sería una ilusión lógica, una forma de entender el cambio, pero no una entidad que realmente exista en términos absolutos.
Una referencia literaria
Jorge Luis Borges juega constantemente con la maleabilidad del concepto tiempo. En uno de sus relatos más breves, “El otro”, el escritor argentino nos acerca a un tiempo recursivo construido entre la vigilia y el sueño. En “El Aleph”, Borges nos muestra un punto temporal absoluto que lo contiene todo. En “Variaciones del espejo”, el protagonista oscila entre un tiempo estático y un torrente temporal que fluye constante.
“Variaciones del espejo” plantea un juego ambivalente: un espacio concreto, aparentemente infinito, constreñido por un tiempo invariable y circundado por una temporalidad lineal. La imagen especular complica aún más las relaciones temporales de la narración.
En este relato, el tiempo parece tender a un Aleph unificador -un tiempo objetivo pero contrario al descrito por Heráclito-, en el que el cambio es puramente subjetivo. El mecanismo interno que rige este cuento se asemeja, de forma sorprendente, a los principios de la física contemporánea.
La física moderna y la concepción actual del tiempo
La teoría de la relatividad de Einstein y, posteriormente, la mecánica cuántica, han dado lugar a modelos en los cuales el tiempo no es una entidad absoluta, sino flexible, relativa e interconectada con el espacio. Estas teorías nos alejan de la visión clásica de flujo continuo, fijo y lineal, que corre de manera constante e irreversible, como si fuera un río incesante que avanza del pasado al futuro.
Un concepto clave para la relatividad es el bloque espacio-temporal, una idea que muestra una visión radicalmente diferente del tiempo. Esta noción se encuentra estrechamente vinculada a la relatividad general, la cual postula que el espacio y el tiempo están entrelazados en una estructura única llamada espacio-tiempo. En este modelo, el tiempo no es algo separado e independiente del espacio; de hecho, el espacio y el tiempo se afectan mutuamente, formando una estructura de cuatro dimensiones (tres espaciales y una temporal). Bajo esta teoría, la noción de tiempo que acompañó a la física clásica de Newton -una corriente lineal y universal- se desintegra.
La relatividad y el bloque espacio-temporal
Según la teoría de la relatividad general de Einstein, el espacio y el tiempo no son absolutos, dependen del observador y de la velocidad a la que este se mueva, lo que implica que el tiempo pueda dilatarse o contraerse. El famoso efecto de dilatación temporal muestra cómo el tiempo pasa de manera diferente para dos observadores en diferentes situaciones de velocidad o en diferentes campos gravitacionales. Este fenómeno ha sido confirmado experimentalmente con relojes atómicos, que muestran que un reloj en movimiento o afectado por un campo gravitacional intenso marca el tiempo de forma diferente a cómo lo hace un reloj estático.
La concepción del bloque espacio-temporal se deriva de la relatividad especial y general, y sugiere que el pasado, el presente y el futuro existen de manera coexistente en un continuo, por tanto, en lugar de un fluir lineal hacia el futuro, todos los momentos temporales pertenecen a un bloque del que conocemos el inicio, el desarrollo y el final, aunque aún no los hayamos experimentado.
En este modelo, los eventos no son solo algo que ocurre en un instante particular, sino que ocupan un lugar dentro de una estructura más amplia, dando al tiempo la capacidad de extenderse de manera similar a las tres dimensiones espaciales.
Este enfoque es radicalmente diferente a la sucesión que plantea Heráclito, además, el bloque espacio-temporal sostiene que el tiempo es estático en un sentido fundamental, ya que todos los eventos están ya dispuestos en un continuo, independientemente de si los experimentamos o no.
Para la física cuántica, el tiempo no es una experiencia fluida o dinámica, sino una propiedad que permanece inalterada en su estructura fundamental, aunque sus manifestaciones puedan parecer diferentes según el observador. Borges parece tomar esta hipótesis para trazar el cuento especular referenciado anteriormente.
¿Es el tiempo real para la física actual?
La concepción de un bloque espacio-temporal puede sugerir que el tiempo, tal como lo entendemos en nuestra experiencia diaria, podría ser una ilusión, una construcción subjetiva que surge de nuestra interacción con los eventos dentro del bloque.
El modelo cuántico, particularmente la interpretación de los universos paralelos de la mecánica cuántica, ofrece una visión que complementa la idea del bloque espacio-temporal. En esta interpretación, la probabilidad de diferentes eventos ocurre en paralelo, lo que sugiere que el futuro también está codificado en el presente, y que lo que percibimos como decisión puede ser solo una manifestación de una realidad mucho más compleja.
La idea cuántica acerca de la desaparición del tiempo lineal podría adecuarse a la visión de McTaggart, sin embargo, la posibilidad de un transcurrir elástico sí parece dotar de cierta objetividad al concepto tiempo.
Determinar el ahora
Investigaciones sobre la percepción del presente han revelado que nuestra conciencia no se basa en un instante puntual, sino en una ventana temporal que incluye un pequeño intervalo de tiempo en el que la información se constituye. Parece haberse demostrado que las personas somos capaces de percibir sucesos a partir de la integración de varias informaciones de forma coherente en pocos milisegundos. Además, los estudios sugieren que nuestro cerebro no está constantemente procesando el presente, la construcción de representaciones del ahora mediante lapsos temporales haría imposible una percepción de continuidad perfecta.
Estas conclusiones cuestionan la concepción de un presente instantáneo e indivisible. En lugar de percibir el tiempo como una sucesión de momentos aislados, los seres humanos experimentaríamos el tiempo mediante un mecanismo de integración constante.
Implicaciones teóricas
Heráclito establece un presente derivado de la transformación a partir de un continuo proceso de conversión. La noción de flujo se adecuaría a las investigaciones modernas sobre la percepción temporal: si el presente no es un momento puntual, sino un intervalo, la concepción heracliteana del tiempo como lucha permanente podría confirmarse.
La revelación de un presente compuesto genera una ambivalencia en la teoría general de McTaggart. Por una parte, flexibiliza la participación del presente, en base al cual pivota la serie A, por tanto, pone en duda los fundamentos de la propia serie. Sin embargo, descomponer el presente en varios momentos implica un cuestionamiento directo sobre la existencia objetiva del tiempo que parece respaldar las conclusiones de McTaggart.
Asentamiento o desaparición, las dinámicas temporales
Heráclito nos presenta el tiempo como el principio sustentador del cosmos, un proceso en perpetuo movimiento. La visión hegeliana, que recoge y profundiza la intuición de Heráclito, sitúa el tiempo como el marco en el que el espíritu se despliega y se autocomprende, en un proceso dialéctico que abarca tanto la temporalidad como la eternidad.
Estas concepciones chocan con la radical crítica de McTaggart, quien argumenta que el tiempo, tal como lo entendemos en nuestra experiencia cotidiana, carece de coherencia lógica. En su lugar, propone que el tiempo es un constructo que no tiene fundamento en la estructura real del cosmos.
Hermann Minkowski, físico ruso que participó en las primeras formulaciones teóricas de la relatividad, pronunció en 1908 una frase decisiva para la concepción contemporánea del tiempo: “De ahora en adelante, espacio y tiempo se desvanecen en sombras”. Minkowski acepta el fin de la categorización absoluta del concepto tiempo que ha regido el pensamiento desde la era clásica, estableciendo que, al igual que sugiere la dialéctica hegeliana, el tiempo ya no es un flujo inmutable hacia el futuro, sino una estructura relativa e interdependiente que pierde su autonomía.
Con la información que nos ha sido dispuesta, la conjetura más probable pasa por una aprehensión profundamente subjetiva, a partir de las transformaciones perceptibles -si las hubiera-.
El enfoque subjetivo sugiere que el tiempo se define en términos de experiencia personal del devenir, a expensas de nuevas informaciones teóricas o repliegues cósmicos que nos obliguen a reconsiderar el asunto. Mientras tanto, recomiendo aprovechar la singularidad de la conciencia para explorar lo real y lo irreal.
Últimas publicaciones
Todas las categorías






