Michel de Montaigne no solo reflexiona acerca de numerosos temas de su tiempo, además, nos lega una forma literaria que sigue siendo muy popular a día de hoy. Sus ensayos, escritos entre 1533 y 1592, suponen un impulso crucial para el Humanismo del último Renacimiento, como movimiento capaz de transformar los paradigmas de occidente.
Breve introducción a los “Ensayos” de Montaigne
Michel de Montaigne fue un escritor, filósofo y humanista francés del Renacimiento, célebre por haber inaugurado un nuevo género literario: el ensayo.
Tras una carrera temprana como jurista y funcionario (llegó a ser alcalde de Burdeos), Montaigne se retiró a su château familiar en 1571, donde se dedicó a leer y reflexionar en la biblioteca de la torre. Fruto de ese retiro intelectual surgen sus “Essais” (“Ensayos”), publicados por primera vez en 1580. En ellos, Montaigne explora una amplia variedad de temas -la muerte, la amistad, la educación, la naturaleza humana, entre otros- escribiendo a través de una voz personal, escéptica y profundamente introspectiva.
Con esta obra, Montaigne sienta un precedente único, logrando combinar la sabiduría de la antigüedad con una sensibilidad nueva, que da lugar al ensayo moderno.
El nacimiento del ensayo
Si bien puede decirse que existieron precursores del género (las “Cartas a Lucilio” de Séneca o “Los trabajos y los días” de Hesíodo presentan reflexiones personales con múltiples digresiones), Montaigne fue el primero en dar forma consciente al ensayo como género literario propio, de hecho, fue Montaigne quien acuñó el término “ensayo” (en francés essai, cuyo significado es intento o prueba) para describir sus escritos. En 1580 publicó los dos primeros libros de sus “Ensayos”, a los que añadiría un tercer libro en 1588.
En el prólogo, “Al lector”, Montaigne aclaraba que no pretendía escribir un tratado sistemático ni impartir doctrina, sino realizar un libro de buena fe dedicado a su propia experiencia cotidiana, esta actitud definió el género a partir de un texto breve, en el que el autor describe una reflexión que, tácitamente, se advierte subjetiva.
A diferencia del tratado académico, o del discurso didáctico, el ensayo no busca conclusiones definitivas, sino explorar un tema con honestidad y espíritu crítico.
Montaigne le dio así al ensayo su nombre y sus rasgos esenciales, consolidándolo como una forma literaria nueva.
Las innovaciones formales y temáticas de Montaigne
Montaigne revolucionó la escritura de su tiempo mediante innovaciones estilísticas y temáticas que definieron el ensayo.
El pensador francés adoptó un estilo sumamente personal e introspectivo, partiendo de la primera persona, para examinar sus propios pensamientos, vivencias y defectos con franqueza. Para Montaigne, él mismo era la materia de su libro y, en efecto, convirtió su autoanálisis en eje de la obra. Esta subjetividad se combina con un escepticismo metodológico y el uso de una duda precartesiana como base, Montaigne no cree estar en posesión de ninguna verdad absoluta, sino que, constantemente, cuestiona sus propias ideas.
La razón escéptica
Su filosofía podría etiquetarse de escéptica, pues él mismo reconoce que muchas de sus tesis están mediadas por el momento y las circunstancias, un punto de partida muy diferente a la expresión dogmática propia de la Europa anterior a la corriente humanista. Inspirado por los escépticos antiguos, adoptó como lema la pregunta “¿Qué sé yo?”, para expresar que el conocimiento humano es limitado, subjetivo y provisional.
Como efecto, su escritura no pretende aleccionar al lector ni imponerle una idea, el rechazo dogmático se aplica incluso a la forma, pues una de las características principales del género ensayístico inaugurado por Montaigne es, precisamente, que no tiene una estructura fija.
Estructura
Otra innovación formal que incorpora Montaigne es la estructura libre y digresiva de sus textos. A diferencia del rígido orden lógico de los tratados escolásticos, los ensayos de Montaigne avanzan de forma asociativa, siguiendo el curso natural del pensamiento. Montaigne mezcla anécdotas personales, reflexiones filosóficas y ejemplos históricos sin un orden preestablecido, lo que da a su prosa un tono conversacional, a veces errático, pero siempre cercano. Esta prosa de sobremesa, como la definió Borges, crea la ilusión de un diálogo amistoso con el lector, invitándole a recorrer con él las idas y venidas de su mente con sinceridad, sin ocultar sus vacilaciones.
Referencias
Montaigne hizo además un uso abundante de lo que ahora llamamos intertextualidad. El francés era un humanista erudito y un lector voraz, sabemos que su educación le permitió dominar el latín y el griego, y en su retiro leyó a fondo a los clásicos; como consecuencia, sus páginas están repletas de citas y referencias a autores antiguos como Plutarco, Séneca, Virgilio o Lucrecio.
Lo que consigue en sus ensayos Montaigne es tratar temas contemporáneos a él, desde una perspectiva amplia que incorpora los estudios clásicos, fundamentales para el pensamiento europeo.
La constante dialéctica con otras voces confiere a sus ensayos una rica polifonía cultural, donde las ideas propias dialogan con la sabiduría de la antigüedad, evitando la cita por mera erudición ostentosa.
Una visión hacia sí mismo
La introspección individual y la herencia intelectual colectiva se fusionan en su obra de una manera muy innovadora, además, el tono franco de Montaigne no rehúye expresiones coloquiales para transmitir sus ideas, en otro signo del abandono de la solemne retórica de su época, baste Erasmo como comparación. Este estilo cercano -por momentos irónico, otras veces profundamente emotivo- contribuyó a que sus ensayos mantuvieran cualidades atemporales y universales. Montaigne habla del ser humano en general, desde la experiencia concreta del propio autor, para crear una conexión inmediata con el lector, cuya eficacia se mantiene con el paso del tiempo.
4 ensayos*
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Cuatro ensayos clave para entender a Montaigne
“Philosopher, c’est apprendre à mourir”
En el ensayo titulado “Philosopher, c’est apprendre á mourir” (traducido habitualmente como “Filosofar es aprender a morir”), Montaigne explora la relación entre la filosofía y la muerte.
Retomando una máxima de Cicerón, afirma que meditar sobre la mortalidad es el mejor camino para vivir sin miedo. Montaigne sostiene que la conciencia de la muerte nos libera de muchas servidumbres, porque quien ha asimilado la inevitabilidad de morir, puede relativizar los temores y las ambiciones vanas.
Envisager la mort, c’est envisager la liberté. Qui a appris `a mourir s’est affranchi de l’esclavage. Il n’y a rien de mal dans la vie, pour celui qui a bien compris qu’être privé n’est pas un mal.
Contemplar la muerte es contemplar la libertad. Quien ha aprendido a morir se ha liberado de la esclavitud. La vida no tiene nada de malo si se comprende que estar privado de ella no es un mal.
Este fragmento sintetiza la lección central del ensayo, la meditación constante sobre la muerte nos enseña a desprendernos de los miedos y, por tanto, nos hace verdaderamente libres.
Montaigne ejemplifica de manera sintética su método ensayístico, referenciando sus argumentos con la autoridad de los clásicos y añadiendo su propia reflexión personal. Insiste en que acostumbrarse a la idea de la muerte proporciona “dulce tranquilidad” (“douce tranquillité”) a la vida, pues quien no teme al final, puede saborear el presente sin angustia.
Otra de las cualidades que separa este breve texto de la literatura anterior es la capacidad de Montaigne para despojar a su pensamiento de escatología. El escritor francés obvia cualquier referencia mística para ubicarse más allá de la vida, en ningún momento ofrece un consuelo que traspase la racionalidad absoluta, prescindiendo de referencias teológicas.
La relevancia de “Filosofar es aprender a morir” en la obra de Montaigne es incalculable, se trata de una meditación filosófica que combina estoicismo y epicureísmo, donde la voz del autor, serena, íntima, confesional, demuestra cómo el ensayo puede convertir la filosofía abstracta en consejo vital práctico.
La influencia de este texto se percibe en numerosos pensadores posteriores que abordaron el tema de la muerte, incluyendo a Blaise Pascal, que dialoga críticamente con Montaigne en sus “Pensées” (“Pensamientos”) (1670), o los ensayos trascendentalistas de Emerson y de Thoreau, acerca de cómo prepararse para la muerte.
“Sur l’amitié”
En “Sur l’amitié” (“Sobre la amistad”), Montaigne escribe un conmovedor elogio de la amistad perfecta, inspirado por su relación con su íntimo amigo Étienne de La Boétie, fallecido en 1563. Este ensayo es especialmente revelador en cuanto al estilo personal de Montaigne, pues intercala recuerdos biográficos con reflexiones generales sobre la naturaleza de la amistad.
Montaigne distingue la verdadera amistad, rara y exclusiva, de las amistades ordinarias o utilitarias. Describe además cómo, en una amistad ideal, las almas de los amigos se unen en una sola, en una comunión total de voluntades y afectos.
Es famoso el pasaje en que Montaigne, incapaz de explicar racionalmente por qué amaba tanto a su amigo, recurre a una fórmula sencilla y a la vez enigmática.
L’amitié, […], est une chaleur générale et universelle, au demeurant tempérée et égale à elle-même, une chaleur constante et tranquille, toute de douceur et de délicatesse, qui n’a rien de violent ni de poignant.
La amistad, […], es un calor general y universal, templado e igual a sí mismo, un calor constante y tranquilo, todo dulzura y delicadeza, sin nada violento ni conmovedor.
Montaigne expresa la idea de que la verdadera amistad es inexplicable en términos racionales, pues su única razón de ser es la identidad común y profunda entre dos seres.
La relevancia de “Sobre la amistad” en la tradición ensayística es múltiple. Por un lado, constituye uno de los primeros ejemplos de ensayo íntimo y emotivo en el que un autor se presta a hablar de sus sentimientos personales, antecediendo a tantas confesiones literarias posteriores. Por otro lado, fija una visión idealizada de la amistad que influirá en la literatura, por ejemplo, la frase “Parce que c’était lui, parce que c’était moi” (“Porque era él, porque era yo”) ha pasado a la posteridad como epíteto de una amistad absoluta y desinteresada.
Muchos ensayistas y moralistas, desde Emerson en “Friendship” hasta las reflexiones de Schopenhauer y Nietzsche sobre la amistad, partieron de la premisa de que la amistad verdadera es rara y preciosa, propuesta por Montaigne en este texto. Además, estilísticamente, este ensayo muestra la capacidad de un Montaigne que comienza hablando de la amistad, para comentar la unión de las almas a través de ejemplos que incluyen a Horacio y a Aristóteles, reseñar la amistad legendaria entre Orestes y Pílades, y volver a La Boétie con melancolía.
“Sur les cannibales”
“Sur les cannibales” (“Sobre los caníbales”), incluido en el Libro I de los “Ensayos”, es uno de los textos más famosos de Montaigne, por su adopción pionera del relativismo cultural. En este ensayo, Montaigne relata las costumbres de un pueblo indígena de Brasil (los tupinambás), que practicaban el canibalismo ritual con prisioneros de guerra, y compara esos hábitos con los de la civilización europea.
Lejos de condenar automáticamente a los indígenas como salvajes, Montaigne cuestiona los prejuicios etnocéntricos de su época. Afirma que muchas cosas que los europeos llaman barbarie no lo son en absoluto, y que occidente debería tratarlas de extrañas a sus creencias, sin ir más allá en el juicio.
Je trouve qu’il n’y a rien de barbare et de sauvage dans ce peuple, sinon que chacun appelle barbarie ce qui ne fait pas partie de ses usages.
No creo que haya nada bárbaro o salvaje en este pueblo, salvo que todo el mundo llama bárbaro a lo que no forma parte de sus costumbres.
Con esta frase, Montaigne desmonta la oposición simplista entre civilización y barbarie, sugiriendo que lo bárbaro es un concepto relativo, un constructo definido por la norma cultural de quien juzga. Para los tupinambás, por ejemplo, era incomprensible la avaricia europea por el oro, mientras que para los europeos resultaban horribles los rituales antropofágicos indígenas.
Montaigne llega a invertir la crítica. Tras describir con cierta admiración la valentía y sencillez de los indígenas, señala que hay más crueldad en las torturas europeas, que en el acto de comerse a un enemigo muerto. Esta comparación provocativa invita al lector renacentista a cuestionar la supuesta superioridad moral de Europa.
La relevancia de “Sobre los caníbales” es inmensa, teniendo en cuenta que inauguró en el pensamiento occidental una mirada más objetiva y empática hacia los pueblos extraeuropeos, anticipando las ideas del buen salvaje que desarrollaría Rousseau en el siglo XVIII. Además, en un sentido más amplio, Montaigne mostró el potencial del ensayo como herramienta de crítica social y moral, capaz de desafiar las convenciones de su sociedad para plantear dudas al lector.
La principal inspiración literaria que produjo este texto la encontramos en Shakespeare, cuyo Calibán en “La tempestad” (1611) y el discurso de Gonzalo sobre una sociedad utópica natural tienen su origen en esta reflexión de Montaigne. “Tristes trópicos”, el decisivo tratado antropológico de Claude Lévi-Strauss, también parte de la aceptación de Montaigne hacia las costumbres de culturas muy alejadas de Europa.
“Sur l’âge”
“Sur l’âge” (“Sobre la edad”), el último capítulo del Libro III y cierre de los “Ensayos”, es considerado el testamento intelectual de Montaigne.
El autor recapitula muchos de sus temas predilectos, como la imperfección del conocimiento, la importancia de los sentidos, la moderación en la vida o la aceptación de cada cual hacia sí mismo, bajo una consigna general: solo la experiencia vivida puede guiarnos adecuadamente.
Montaigne aboga por una filosofía práctica, arraigada en las realidades del cuerpo y del mundo cotidiano, rechazando las reglas excesivamente generales o estrictas, y afirmando que la diversidad de circunstancias impide que haya una receta única para todas las situaciones.
Este ensayo tiene un tono especialmente sencillo, pragmático y conciliador. Montaigne se muestra consciente de sus limitaciones, de su edad (habla de los achaques de la vejez y de cómo adaptarse a estas molestias) y, en general, de la condición humana común a todos. Un pasaje muy conocido subraya, precisamente, la comunidad fundamental de todos los seres humanos a lo largo de su existencia.
Je tiens pour certain que depuis cet âge, mon esprit et mon corps ont plus décliné qu’augmenté, et plus reculée que avancé. Il se peut que ceux qui emploient comme il faut leur temps, le savoir et l’expérience s’accroissent avec leur vie.
Tengo por cierto que desde cierta edad, mi espíritu y mi cuerpo ha declinado más que ha aumentado, y ha reculado más que avanzado. Puede ser que quienes emplean adecuadamente el tiempo, el saber y la experiencia acrecientan sus vidas.
Esta cita resume dos ideas clave: la visión igualitaria y desacralizadora del ser humano, y la reivindicación de la vida ordinaria y equilibrada, sin exigir santidad heroica ni gloria extrema. Montaigne proclama la primacía de la experiencia común: las mejores vidas son las que emplean mejor su tiempo subjetivamente, sin establecer cánones.
En este ensayo, Montaigne también insiste en el autoconocimiento y confiesa sus gustos personales y sus hábitos diarios, para concluir que cada cual debe encontrar su propia manera de vivir, acorde con su propia naturaleza.
Montaigne cierra los “Ensayos” con una reflexión que es a la vez humilde y profundamente humanista, el escritor francés nos lega la idea de que la sabiduría consiste en vivir en armonía con nuestra condición humana, aprovechando la experiencia propia como guía.
La relevancia de este texto en la tradición ensayística es visible en numerosos autores modernos que, siguiendo su estela, han escrito sobre la vida cotidiana, la vejez, la salud o la felicidad, desde una perspectiva personal, utilizando expresiones que van más allá del ensayo -como Proust- o manteniendo esta forma, como Miguel de Unamuno en “Del sentimiento trágico de la vida” (1912).
Montaigne, al final de su obra, nos deja una imagen del ensayo como género abierto, cambiante, debido a que la experiencia humana es inagotable.
Montaigne
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La influencia de Montaigne en la literatura posterior
La influencia de Montaigne en la literatura y el pensamiento occidental es difícil de valorar en su adecuada medida, el pensador francés desarrolla un nuevo discurso que, apoyado en referencias anteriores, ofrece una nueva forma de expresión a quien esté dispuesto a reflexionar.
Al concebir el ensayo como forma literaria, el pensador francés abrió un camino que transitarían multitud de escritores en los siglos siguientes. Ya a finales del siglo XVI, el inglés Francis Bacon publicó sus “Ensayos sobre moral y política” (1597) inspirados en la forma del pensamiento de Montaigne, aunque con un estilo más conciso.
Durante la Ilustración, la huella de Montaigne se aprecia en moralistas y filósofos, por ejemplo en Voltaire y Diderot, aunque también en Rousseau, cuyas “Confesiones” (1782) parten de la sinceridad personal que Montaigne había ejemplificado.
Blaise Pascal dialogó directamente con Montaigne, admitiendo su agudeza para revelar las miserias y grandezas del hombre. En el ámbito anglosajón, Montaigne fue venerado por autores como Laurence Sterne y por numerosos ensayistas victorianos del siglo XIX.
No solo filósofos y ensayistas se nutrieron de Montaigne, también poetas y novelistas reconocen su influencia. Shakespeare tomó de Montaigne ideas para “La tempestad”, como se ha mencionado anteriormente, pero también Friedrich Nietzsche aceptó haber admirado a Montaigne profundamente, llegando a llamarle su “amigo póstumo”.
En el siglo XX, autores como André Gide, Thomas Stearns Eliot, Italo Calvino o María Zambrano expresaron su deuda intelectual con Montaigne. Marcel Proust, en “En busca del tiempo perdido”, comenta que su protagonista lee a Montaigne, hallando consuelo en sus páginas, y ejemplificando la cercanía existencial que muchos lectores sienten con el gascón.
En lengua española, la tradición del ensayo (que se desarrolla sobre todo a partir del siglo XIX con autores como José Cadalso, y más tarde a partir de ensayistas como Mariano José de Larra, Miguel de Unamuno, Emilia Pardo Bazán y José Ortega y Gasset), tiene en Montaigne un antecedente fundamental.
La forma en que estos y otros muchos autores abordan temas culturales, filosóficos o introspectivos en primera persona está directamente inspirada en el paradigma ensayístico de Montaigne.
Leer hoy a Montaigne
Leer hoy los “Ensayos” es una experiencia similar a la de disfrutar de “Don Quijote de La Mancha”, teniendo en cuenta que tanto Montaigne como Cervantes fundaron las estructuras modernas de ensayo y novela. Además, los temas tratados por Montaigne siguen siendo un rico cosmos de ideas, muchas de ellas aún aplicables a la vida personal del lector.
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