Entre las heroínas de Ibsen, cabe destacar a Hedda Gabler, una especie de Bovary manipuladora en extremo, cuyos propósitos superan con creces a los de Nora Helmer. Su encuentro con Ejlert Løvborg resulta crucial.
El entorno de Hedda Gabler
Hedda Gabler es la protagonista de la obra homónima de Henrik Ibsen, escrita en 1890 y presentada al año siguiente. Se trata de una mujer de fuerte personalidad, un carácter propio de la obra de Ibsen, atrapada en un entorno que desprecia. De origen aristocrático, es hija del prestigioso general Gabler, cuya influencia ha moldeado su carácter orgulloso, frío y manipulador. Hedda está casada con Jørgen Tesman, un académico bonachón pero mediocre. A pesar de su aparente estabilidad, su vida está marcada por la insatisfacción y un deseo de ejercer poder sobre los demás.
Desde el inicio, Hedda se muestra compleja y contradictoria. Anhela libertad y emociones intensas, pero su matrimonio con Tesman la frustra, pues no le ofrece el lujo ni la emoción que anhelaba. En un intento por escapar de la rutina que empieza a detectar una vez casada, trata de controlar su entorno, jugando con las emociones y destinos de quienes la rodean, en especial con Ejlert Løvborg, un antiguo amante y rival coyuntural de su esposo. Su relación con Thea Elvsted, quien ha ayudado a Løvborg a redimirse, despierta en ella una mezcla de celos y desprecio.
Uno de los aspectos más fascinantes del personaje es la relación de Hedda con la destrucción en varias direcciones. Incapaz de adaptarse a un mundo que no le ofrece el poder que desea, manipula a Løvborg para que retome una conducta autolesiva, cuando se da cuenta de que ha perdido el control de la situación, decide suicidarse. Su muerte es tanto un acto de desesperación, como una afirmación final de su independencia.
Hedda Gabler es una de las figuras femeninas más complejas del teatro moderno. Representa, como el personaje más célebre de Flaubert, la lucha entre el deseo de poder y las limitaciones impuestas por la sociedad, en este caso a mitad de camino entre lo burgués y lo aristocrático.
Ejlert Løvborg, crónica de un secuestro
Intelectual brillante pero autodestructivo, Løvborg es un hombre de gran talento que lucha contra sus propios instintos. En el pasado fue un escritor y pensador prometedor, pero sus excesos con la bebida le llevaron a la ruina. Su historia es la de un hombre atrapado entre el deseo de redimirse y una naturaleza autodestructiva, que le dirige constantemente a un abismo al que le empuja definitivamente Hedda Gabler.
Cuando reaparece en la vida de Hedda y de su esposo, parece haber encontrado una oportunidad de redención. Bajo la influencia de Thea Elvsted, ha logrado recuperar su disciplina y escribir una obra maestra, un manuscrito que representa su legado intelectual y su victoria sobre el pasado. Sin embargo, su reencuentro con Hedda despierta en él viejas pasiones y conflictos no resueltos. Ella le incita a abandonar su nueva circunstancia, en parte por celos y en parte por un deseo de admirar a alguien capaz de experimentar la audacia que ella misma no puede permitirse.
El trágico destino de Løvborg se sella cuando, en un acto de debilidad, vuelve a caer en la bebida y pierde su manuscrito, su mayor logro. Hedda, manipuladora y fascinada por su decadente trayectoria, le impulsa a que termine con su vida mediante un acto bello, proporcionándole un arma que perteneció a su padre, el general Gabler, cuyo apellido mantiene como símbolo del desprecio que siente por su marido. Sin embargo, la muerte del hombre cuyo ethos ha secuestrado no ocurre como ella imaginaba, en lugar de un suicidio heroico, Løvborg muere accidentalmente en un prostíbulo, añadiendo un matiz aún más amargo a su destino.
Ejlert Løvborg es un personaje profundamente trágico, símbolo de la lucha entre la autodestrucción y la redención. A diferencia de Tesman, cuya mediocridad le garantiza una vida estable, Løvborg es víctima de sus propios impulsos y de un mundo que no parece conceder segundas oportunidades.
La importancia de las dinámicas en “Hedda Gabler”
El cruce de Løvborg y Gabler no se puede evaluar a partir de un momento estático, sino en base a unas dinámicas que se cruzan y que, al chocar, destruyen a ambos involucrados.
El agón en “Hedda Gabler”
La relación entre Hedda Gabler y Ejlert Løvborg es una colisión de fuerzas opuestas, un agón constante entre estabilidad y caos, entre deseo y destrucción. Hedda es una mujer atrapada en una existencia monótona, en la seguridad de su matrimonio con Jørgen Tesman, un hombre que le niega cualquier atisbo de emoción o desafío. Løvborg, por el contrario, proviene de un entorno turbulento, marcado por el exceso, pero cuando reaparece en la vida de Hedda parece haber encontrado una oportunidad de redención.
El conflicto entre ambos radica en que Hedda, desde su posición de seguridad, anhela el peligro y la intensidad de una vida que no se atreve a vivir, mientras que Løvborg, habiendo experimentado el caos, busca desesperadamente sostener su nueva estabilidad. Cuando Hedda ve en él la posibilidad de la rebelión que ella no puede permitirse, le empuja hacia su anterior naturaleza autodestructiva. Le incita a beber, a arriesgarlo todo y a entregarse a un destino trágico, sin embargo, lo que Hedda imagina como un acto de poder y belleza, termina en un desastre descontrolado: Løvborg no muere con la grandeza que ella idealiza, sino de manera absurda.
Se trata de un juego de tendencias, dos trayectorias opuestas que, trágicamente, se cruzan para provocar una colisión fatal. En esta relación, Hedda y Løvborg no son amantes en el sentido convencional, sino combatientes en un juego de deseos frustrados. Cada uno anhela lo que el otro rechaza, atrapados en un duelo de contradicciones que los conduce a la tragedia.
La disposición psicológica de Gabler y Løvborg
La oposición no viene dada solo por las circunstancias, sino también por la predisposición psicológica de cada personaje.
Henrik Ibsen traza un complejo entramado de tensiones psicológicas y existenciales que se manifiestan con mayor crudeza en su protagonista. Hedda encarna un cisma interior, un desgarramiento que la mantiene suspendida entre dos fuerzas opuestas: el ansia de disolución, de desafío al orden establecido, y la necesidad de preservar su posición dentro de los rígidos márgenes de la respetabilidad burguesa. Su mente acoge una paradoja entre el anhelo de trascender su propia mediocridad a través del riesgo, y la fuerza gravitacional de una rutina que ha aceptado y a la que no se atreve a renunciar.
Løvborg, en cambio, no padece la contradicción esencial que consume a Hedda, su trayectoria vital ha sido errática, pero las situaciones se han sucedido, carentes de paradojas. Løvborg ha descendido a los abismos del desenfreno y cuando lo encontramos en la obra, su rumbo parece firme, pues ha elegido la redención, el trabajo, la sobriedad, incluso el amor, encarnado en la figura protectora de Thea Elvsted. Su decisión es clara, no hay en él un cisma, una naturaleza escindida en dos mitades irreconciliables, como sucede en Hedda.
Hedda proyecta en Løvborg su deseo de caos, de grandeza en la ruina, una posibilidad que, además, conlleva la ventaja de no poner en riesgo su situación. El hombre que había encontrado su camino es arrastrado hacia una perdición que acabará por engullir también a Hedda.
La influencia de Brack
El personaje del juez Brack desempeña un papel fundamental en el desenlace trágico de “Hedda Gabler”, ya que es el agente que termina por arrinconar a la protagonista, empujándola al suicidio. Hasta su última conversación con Brack, Hedda, a pesar de su profunda insatisfacción y su tormento interno, aún conserva un margen de control sobre la situación, sin embargo, cuando el juez revela la vulnerabilidad de su posición y el chantaje al que ya le había sometido anteriormente, le arrebata toda posibilidad de escape, dejándola atrapada en una situación insoportable.
Brack no solo representa el orden burgués y la estructura patriarcal de la sociedad en la que Hedda se siente prisionera, además, introduce una amenaza concreta: el escándalo a través de la dominación personal. Cuando Brack le insinúa que está enterado de su implicación en la muerte de Løvborg y que puede usarlo para someterla, Hedda comprende que ha perdido la única libertad que realmente valora, la de decidir su propio destino sin someterse al poder de un hombre. Brack no le ofrece una salida honorable, sino un cerco opresivo, una amenaza velada de chantaje, en la que ella quedaría atrapada en un juego de subordinación humillante.
Hedda se enfrenta a la peor de sus pesadillas, la mediocridad absoluta y la dependencia impuestas por dos hombres diferentes, a los que aborrece.
Hedda opta por el único acto de rebelión posible, el disparo final.
El teatro de Ibsen*
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El disparo y el portazo
Nora Helmer y Hedda Gabler son dos mujeres complejas, ajenas al arquetipo, cuyo final está marcado por una decisión impulsiva y disruptiva.
El abandono de Nora
En “Casa de muñecas” (1879), Nora Helmer es una esposa aparentemente feliz y sumisa, viviendo bajo la tutela de su esposo, Torvald Helmer, en un hogar que parece idílico. Sin embargo, su matrimonio está basado en una relación de poder desigual, donde Torvald la trata como una criatura frívola e infantil, sin reconocer su autonomía. A lo largo de la obra, se revela que Nora ha cometido un acto ilegal pero noble, falsificando la firma de su padre para obtener un préstamo.
El momento previo al desenlace representa una revelación para Nora que, finalmente, comprende que ha vivido como una muñeca en una casa donde nunca ha sido tratada como un individuo con derechos y voluntad propia. Nora se da cuenta de que no es una persona en el sentido pleno de la palabra, sino un adorno dentro de un sistema que la infantiliza y la manipula. Ante esta epifanía, toma una decisión radical e inesperada, la de abandonar a su esposo y a sus hijos para definir su propia identidad.
El portazo final con el que Nora sale de la casa de los Helmer es uno de los momentos más icónicos del teatro moderno, es un acto de autonomía absoluta, un gesto de rebelión contra la maternidad y el matrimonio impuestos sin opción.
La resolución ante el ostracismo
Ambos desenlaces representan dos formas de rebelión femenina dentro de un entorno opresor, pero a través de soluciones diametralmente opuestas. Ambas mujeres se enfrentan a una sociedad que las reduce a un papel decorativo, sin embargo, mientras Nora elige la huida, Hedda opta por la autodestrucción.
El portazo de Nora es una afirmación de libertad. Al abandonar su hogar, deja atrás no solo a su esposo, sino también a sus hijos y una identidad impuesta, su acto es una apuesta por la construcción de su propio destino. Nora no sabe qué le espera, pero elige lo desconocido, su salida es un acto de valentía y de fe en una posibilidad distinta.
El disparo de Hedda representa una renuncia absoluta. Para ella, la vida fuera de las estructuras que conoce es inimaginable, no encuentra en la sociedad ninguna posibilidad de escape o reconstrucción, a lo que se suma la irresistible posibilidad de la muerte como elección estética, que la persigue durante toda la obra. Su suicidio no es solo una forma de evitar lo que ella considera una humillación, sino también un último intento de ejercer poder sobre su propio destino.
En última instancia, ambas resoluciones suponen una ruptura con un mandato que les es ajeno, pero Nora es capaz de imaginarse, mientras Hedda se apaga en su propio laberinto de contradicciones.
Hedda y el futuro de Tesman
Hedda Gabler ve más allá de la muerte, aceptando una situación que, en parte, la redime a ella y protege a Ibsen ante los lectores de su tiempo.
Las críticas a Ibsen
“Las columnas de la sociedad” (1877), “Casa de muñecas” (1879) y “Espectros” (1881), tres obras maestras de Ibsen, habían provocado reacciones airadas en un país, Noruega, profundamente luterano.
A pesar de que en el año 1845 se legalizan otras confesiones cristianas, la sociedad noruega impone un riguroso confinamiento a partir de los modos morales burgueses. Ibsen es un agitador, las tres obras anteriormente reseñadas son el principio de un discurso que abandona el folclore, para promover una alternativa moral en su propio país.
Ante las reacciones hacia su producción, Ibsen escribe “Un enemigo del pueblo” (1882), para tratar de aleccionar a sus compatriotas desde un exilio que había comenzado en 1864.
El resto de su producción mantendrá, con variaciones estilísticas, este espíritu reformador que lleva al extremo en “Hedda Gabler”, aunque con una reserva.
La recepción inicial de “Hedda Gabler”
Cuando Henrik Ibsen estrenó Hedda Gabler en Munich en 1891, la obra generó reacciones mixtas, aunque la mayoría de los críticos de la época la consideraron oscura y difícil de interpretar.
En sus primeras representaciones, se acusó a Hedda Gabler de ser un personaje antipático y moralmente reprobable, lo que generó el rechazo del público en general. Algunos críticos consideraban que la protagonista carecía de motivaciones comprensibles, y su compleja psicología fue vista como artificial e incoherente. Además, se criticó masivamente el final de la obra, ya que el suicidio de Hedda era un desenlace nihilista y carente de la redención que muchos espectadores esperaban. Sin embargo, sí hay un atisbo de redención en Hedda, que Ibsen introduce para amortiguar el escándalo.
La aceptación de Hedda Gabler
Al final de la obra, Thea Elvsted y Jørgen Tesman trabajan para recuperar la obra de Løvborg, Hedda se aparta, habiendo tomado ya la decisión final tras hablar con Brack.
Thea: Å gud, hvis jeg bare kunde beånde din mand også.
Hedda: Å, det kommer nok — med tiden.
Thea: ¡Oh Dios, si yo pudiera inspirar a tu esposo también!
Hedda: Oh, eso llegará — con el tiempo.
La traducción es propia. Hedda acepta que Thea Elvsted llegará a ser la amante de su marido, y así lo manifiesta de manera velada pero explícita. El guion que añade Ibsen, y que no suele aparecer en las traducciones al castellano, indica una reflexión que puede interpretarse como una derrota, como un alivio, o como una forma de reforzar su decisión. En cualquier caso, Hedda expone sin duda que piensa en las consecuencias de su suicidio y en el futuro de Tesman.
Henrik Ibsen construye un personaje de una ambigüedad moral excepcional, un ser paradójico que deja tras de sí un desorden que será pronto reestructurado, mediante un desenlace que, si bien no redime completamente su naturaleza, sí introduce un matiz compensatorio.
Cuando Thea Elvsted expresa su anhelo de inspirar también a Tesman, Hedda responde con un comentario en apariencia irónico, pero que revela una conciencia premonitoria. Hedda entrevé que su desaparición permitirá la consolidación de una nueva relación entre Elvsted y Tesman, unidos por un propósito intelectual común. Su suicidio supone un futuro que, sin su presencia, se ordena de manera natural. La decisión también beneficia al difunto Løvborg, cuya obra podrá ser revisada y publicada sin que el carácter de Hedda se entrometa en el proceso.
Ibsen, plenamente consciente de que su protagonista sería objeto de una crítica feroz, introduce esta sutil concesión para atenuar la dureza de Hedda. No busca justificarla, pero sí dotarla de una última acción que, aunque en esencia nihilista, tiene consecuencias loables. Este ápice la distancia radicalmente de Emma Bovary, cuya muerte supone un acto de pura desesperación sin ningún atisbo de previsión o consideración por el mundo que deja atrás. Emma se consume en su propia decadencia, ajena al desastre que su desaparición inflige sobre su entorno. Si Bovary encarna la evasión como impiedad absoluta, Hedda, con una frase, añade un cálculo que es, en última instancia, un descargo para Ibsen.
Hedda Gabler
Hedda Gabler
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Hedda Gabler
La teatralidad en Hedda
Desde el inicio de la obra, Hedda Gabler se mueve en un escenario que ella misma construye y en el que trata de ser la protagonista absoluta. Su actitud y comportamiento no responden únicamente a impulsos emocionales, sino a una necesidad consciente de escenificar su vida, de dotarla de un dramatismo que compense la mediocridad que tanto desprecia. No es suficiente con influir en quienes la rodean, Hedda necesita que cada uno de sus actos tenga un impacto estético y simbólico, como si viviera ante un público que la espera constantemente.
Cada palabra que pronuncia, cada gesto, está calculado para reforzar una imagen imaginada. Su relación con los demás se rige por un juego de máscaras que empieza con Tesman (fingiendo interés y resignación) y sigue con Thea Elvsted (condescendiente y sutilmente cruel) y con Brack (manteniendo una tensión seductora). La relación que mantiene con Løvborg es la más teatral de todas, en la medida en que lo trata como a un actor sometido a su propio drama, obligado a representar el papel que ella le impone.
Esta obsesión por la teatralidad alcanza uno de sus puntos culminantes en la quema del manuscrito de Løvborg. El momento es una auténtica puesta en escena, Hedda no se limita a destruir el texto de manera funcional, sino que convierte el acto en un ritual grandioso.
Hedda (kaster et af hæfterne ind i ilden og hvisker hen for sig ): Nu brænder jeg dit barn, Thea! — Du med krushåret! (kaster et par hæfter til i ovnen.) Dit Og Ejlert Løvborgs barn. (Kaster det øvrige ind.) Nu brænder, — nu brænder jeg barnet.
Hedda (arroja uno de los cuadernos al fuego y susurra para sí misma): ¡Ahora quemo a tu hijo, Thea! — ¡Tú, de cabellos rizados! (arroja un par de cuadernos más a la chimenea). Tu hijo y el de Ejlert Løvborg. (Arroja el resto). Ahora arde, — ahora quemo al niño.
Hedda eleva el simbolismo de la destrucción del manuscrito refiriéndose al objeto con la palabra barn (niño/hijo) al destruirlo, borrando el legado intelectual de Løvborg y el lazo que le une con Thea. En un solo acto, elimina lo que considera una amenaza y reafirma su propio dominio sobre la escena.
El fuego como espectáculo, la quema del manuscrito
El fuego es un elemento teatral más en “Hedda Gabler”, de hecho, aparece en la primera conversación entre Hedda y Thea, cuando esta recuerda que Hedda la amenazó con quemarle el pelo en el colegio. En la escena de la quema del manuscrito, Hedda convierte el fuego en una herramienta estética, un medio a través del cual da forma a su propio personaje.
Para ella no basta con haber apartado a Løvborg, ni con haber socavado su relación con Thea, necesita que la desaparición de su obra sea un acto escenificado, una demostración de su dominio sobre los destinos ajenos. Mientras las llamas consumen el manuscrito, Hedda se embriaga de la idea de intercesión en el destino de los demás, con la misma precisión con la que un dramaturgo compone la historia.
No es casualidad que, tras este momento de aparente victoria, el destino de Hedda comience a desmoronarse. La catarsis no le otorga el poder que imaginaba, manteniéndola aún más atrapada.
La quema del manuscrito es su último gran gesto antes de descubrir que, lejos de ser la autora de los destinos que la bordean, no es más que una pieza dentro de una maquinaria que la anula por completo.
Leer “Hedda Gabler”
La obra de Henrik Ibsen mantiene íntegra su vigencia. El período que comienza en 1877 con “Las columnas de la sociedad” y que se desarrolla con “Casa de muñecas” (1879), “Espectros” (1881), “Un enemigo del pueblo” (1882), “El pato salvaje” (1884), “La casa Rosmer” (1886), “La dama del mar” (1888), y “Hedda Gabler” (1890), estas dos últimas atribuidas ya a una postrera etapa simbolista, constituye la parte más interesante de la obra de Ibsen.
Lea cualquiera de las obras de Ibsen y tendrá la oportunidad de disfrutar de los pilares del teatro contemporáneo.
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