Entre los abundantes caracteres que pueblan “La comedia humana” de Honoré de Balzac, encontramos al abad Birotteau acechado por mademoiselle Gamard y el abad Troubert. El relato de Balzac nos permite analizar brevemente la producción balzaquiana y algunos aspectos de su contenido religioso que, si bien no llega nunca a ser preponderante, no deja de tener cierto interés.
La lucha de salones
En “El cura de Tours” (“Le curé de Tours”) (1832), la señora de Listomère es quien recibe habitualmente al abad Birotteau al caer la tarde, en su salón se reúnen varios miembros de la aristocracia local y el propio abad. El clérigo no solo disfruta del beneplácito de la asamblea, además, últimamente sus compañeros de tertulia le animan a pensar que su nombramiento para la plaza de canónigo en Saint-Gatien está próximo.
Mademoiselle Gamard ve con desprecio y resentimiento el hecho de que el abad Birotteau acuda a la casa de la señora de Listomère. Para ella supone una afrenta personal y una confirmación de que Birotteau la ha traicionado, aliándose con la aristocracia en su contra.
Gamard, burguesa acomodada, al igual que madame Verdurin, se siente humillada e interpreta la relación de Birotteau con la señora de Listomère como una conspiración social. En su opinión, la nobleza de Tours y ciertos sectores del clero la han asediado desde hace tiempo, que Birotteau recurra a ellos refuerza su percepción.
Este resentimiento es aprovechado por el abbad Troubert, quien utiliza la indignación de Gamard para consolidar su propia influencia y manipular la situación en su favor, asegurando que la opinión pública se vuelva contra Birotteau.
Como sucede en “En busca del tiempo perdido”, el resentimiento de salón es el motivo para exacerbar las pasiones de personajes que serán decisivos.
El abad Troubert
El abad Troubert representa la ambición, la astucia y la manipulación en el seno del clero. Se trata de un sacerdote de apariencia austera, reservado y de carácter frío, que oculta tras su humildad una enorme capacidad para la manipulación. Troubert se muestra como un hombre de pocas palabras, pero con una gran habilidad para observar y moverse a través de la jerarquía eclesiástica de provincias.
Aunque inicialmente parece ser un simple sacerdote sin pretensiones, su verdadera naturaleza se revela conforme avanza la historia. Con paciencia, se aprovecha de la ingenuidad del abad Birotteau y del resentimiento de mademoiselle Gamard para consolidar su ubicación en la diócesis. Sin necesidad de un enfrentamiento directo, logra desacreditar a Birotteau y expulsarlo del círculo clerical, apropiándose de su residencia y asegurándose su ascenso.
Finalmente, su estrategia da frutos y es nombrado vicario general y heredero universal de madame Gamard, demostrando que, en ocasiones, el talento para la intriga es más valioso que la virtud.
La infancia de Balzac, el colegio de Vendôme
Honoré de Balzac tuvo una infancia difícil, marcada por el trato frío que le dirigieron sus padres y la rigidez con la que fue educado. Esta falta de afecto le marcó profundamente, posteriormente retrataría varias figuras de autoridad caracterizadas por su falta de empatía.
A los ocho años, Balzac fue enviado al Collège de Vendôme, un internado con un régimen educativo estricto que había heredado métodos de enseñanza de tiempos pasados. Allí, sufrió castigos físicos, una disciplina férrea y largos períodos de aislamiento, lo que alimentó su sensación de abandono.
Al regresar a París con su familia, su relación con ellos siguió siendo distante. Balzac fue obligado a estudiar Derecho, pero detestaba esa carrera y, en lugar de asistir a clases, comenzó a escribir en secreto. Su familia consideraba esta actividad un fracaso y lo rechazó, obligándole a vivir en la pobreza durante años, situación que se acentuó debido a la incapacidad del escritor para tomar una sola decisión financiera correcta.
El paso de Balzac por Vendôme
El Collège de Vendôme, fundado en 1623, fue originalmente una institución dirigida por oratorianos, cuyo sistema educativo integraba una estricta disciplina con un alto nivel académico. La enseñanza se basaba en el rigor intelectual, la memorización, la retórica y el dominio del latín, además de una formación moral orientada a la obediencia y la fe católica. Sin embargo, en 1792, todas las órdenes fueron expulsadas de Francia y el colegio quedó bajo administración secular
Cuando Honoré de Balzac ingresó en el Collège de Vendôme en 1807, la escuela ya no estaba dirigida por la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri, pero aún conservaba su estructura autoritaria y su insistencia en la enseñanza clásica. El ambiente era severo y los castigos físicos eran frecuentes. La vida en el internado estaba marcada por la rigidez, el absoluto aislamiento y la presión académica. Los alumnos debían seguir una rutina estricta de estudio, oraciones y actividades impuestas por los docentes, lo que generaba un clima de represión y obediencia permanente.
Para Balzac, esta etapa fue extremadamente difícil, él era un niño sensible e imaginativo, lo que chocaba con el ambiente rígido del colegio. Sus profesores le consideraban distraído y poco aplicado, porque pasaba demasiado tiempo leyendo en la biblioteca en lugar de seguir el programa académico. De manera indirecta, este período fue crucial en su formación intelectual, Balzac desarrolló una profunda pasión por la literatura, leyendo a autores clásicos y tratados de filosofía de la biblioteca abandonada por los oratorianos.
La rigidez y la frialdad de la educación en Vendôme reforzaron en Balzac una profunda desconfianza hacia las instituciones educativas basadas en principios religiosos, y una fascinación por la lucha social y sus derivaciones, temas recurrentes en su obra. Muchos de sus personajes son producto de la opresión sufrida en su infancia, así como una muestra de la lucha del individuo contra un sistema implacable que no valora la sensibilidad ni la creatividad.
Cuando dejó el colegio en 1813, seis cursos después de su ingreso, Balzac había asimilado un resentimiento que se trasladó a varios de sus relatos.
La restauración eclesiástica
Durante la Restauración borbónica (1815-1830) y la Monarquía de julio (1830-1848), las órdenes vuelven a ser bienvenidas en Francia. Napoleón ya había firmado un Concordato con el papa Pío VII con el que se permitía la reapertura de iglesias, sin embargo, es a partir de la Restauración cuando las órdenes trabajan de forma activa para regresar a Francia, una labor que incluso Napoleón III aceptó durante el Segundo Imperio.
El caso de La Compañía de Jesús
El caso de los jesuitas en Francia es particular. La orden fue expulsada por orden del Parlamento en 1762 (período anterior a la Revolución), tres décadas antes de la expulsión general de las órdenes del territorio francés.
A partir de 1816, los jesuitas comienzan a regresar de manera discreta a Francia. En una década su presencia es tan palpable, que los liberales presionan para que La Compañía de Jesús sea de nuevo expulsada de territorio francés, lo que sucedería en 1880, durante la Tercera República.
Los jesuitas en Francia en 1828
Los jesuitas habían logrado recuperar seminarios y colegios, atrayendo a jóvenes de familias aristocráticas. Su creciente poder generó desconfianza entre los liberales, quienes consideraban que estaban imponiendo un modelo educativo que fortalecía el absolutismo y la influencia clerical, compitiendo además con el modelo estatal laico.
La disputa entre liberales y ultrarrealistas (partidarios de un retorno al absolutismo y al poder de la Iglesia) se intensificó en la década de 1820. Los liberales argumentaban que los jesuitas controlaban demasiadas escuelas, desplazando la educación estatal y formando generaciones bajo valores reaccionarios. Temían que, a medio plazo, su influencia consolidara un gobierno semiteocrático, contrario a las libertades constitucionales.
En junio de 1828, el gobierno de Carlos X cedió a la presión liberal y cerró los colegios jesuitas, obligando a los miembros de la orden a abandonar sus instituciones escolares en Francia. Además, se prohibió enseñar a los sacerdotes no autorizados, lo que afectó indirectamente a otras congregaciones religiosas.
La tensión entre los jesuitas y el Estado de Francia se mantuvo durante los años posteriores, enfrentando a los sectores políticos liberales, partidarios de la absoluta expulsión de los eclesiásticos, con los conservadores, cuya tendencia se inclinaba a devolver los espacios educativos a los jesuitas.
La postura de Balzac
Balzac fue un católico más o menos conservador, que consideró durante gran parte de su vida que la religión católica era un pilar fundamental de la sociedad francesa de su tiempo. Sin embargo, su opinión acerca de la labor de las órdenes religiosas es mutable.
Balzac nos muestra pugnas enconadas entre las jerarquías eclesiásticas, que se recrudecen debido a las ambiciones particulares. Su experiencia personal como alumno de un colegio con métodos educativos heredados de una orden cristiana, y el ambiente general de su tiempo, contrario a la actividad jesuítica, son el entorno adecuado para escribir “El cura de Tours” en 1832.
El personaje religioso en la obra de Balzac
“La comedia humana” no es una crítica sistemática al clero, de hecho, en “El cura de Tours” hay una figura piadosa, la del abad Birotteau, que sirve de modelo para lo que Balzac piensa que debe ser un religioso. Sin embargo, hay un carácter recurrente en sus novelas basado en el cura o abad manipulador, cuyas metas están muy alejadas de los principios de las órdenes.
“El lado oscuro de la Historia contemporánea” (“L’envers de l’histoire contemporaine”) (1848) refleja la influencia del catolicismo ultramontano y las sociedades secretas religiosas en la política francesa. Presenta una visión ambigua de los religiosos, mostrando su capacidad para manipular y ejercer poder en la sociedad.
En “Los campesinos” (“Les paysans”) (1844-1855, obra póstuma) trata las tensiones entre aristócratas, burgueses y campesinos, criticando la corrupción del clero rural, que actúa en función de sus propios intereses y no del bienestar de sus feligreses. “El lirio en el valle” (“Le lys dans la vallée”) (1836) es también una crítica de la influencia del clero en la vida privada y las relaciones personales, especialmente a través del personaje de Madame de Mortsauf, que acaba siendo víctima de una educación religiosa represiva.
El carácter ladino de algunos de los personajes de estos relatos nos muestra un estereotipo balzaquiano muy reconocible, del que el abad Troubert es el epítome.
«El cura de Tours»*
«El cura de Tours»*
«El cura de Tours»*
«El cura de Tours»*
«El cura de Tours»*
«El cura de Tours»*
«El cura de Tours»*
«El cura de Tours»*
“El cura de Tours” como crítica
Balzac nunca utiliza “La comedia humana” para anatemizar a la iglesia, al contrario, su obra se puede tomar como una guía moral para el buen religioso que quiere huir de ambiciones personales y evitar el ambiente post-revolucionario, poco proclive a las injerencias clericales. Sin embargo, “El cura de Tours” es una crítica indudable a la ambición personal propia de ciertos religiosos, llevada además a un ambiente familiar para Balzac, debido a que Tours es su ciudad natal.
No se trata de un señalamiento explícito a una orden o a un estamento, lo que Balzac construye es un contraejemplo moral genérico, basado en su propia experiencia y en el sentir general del período monárquico previo al Segundo Imperio.
Balzac
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Balzac
Balzac
Balzac
Leer a Balzac
Repasando la biografía de Honoré de Balzac, el lector contemporáneo probablemente tenga la sensación de que le debe a Balzac una lectura, por mucho que uno haya vuelto a sus relatos.
Balzac es divertido, misterioso y ameno, un observador incorruptible de la Francia de principios del XIX, que nos descubre una parte imprescindible de un período histórico apasionante.
Las siguientes obras son un escasísimo extracto de sus trabajos completos, reunidos bajo el título “La comedia humana”.
“Papá Goriot” (“Le père Goriot”, 1835)
Considerada una de las obras maestras de Balzac, se trata de una novela que retrata la ambición, la decadencia moral y la lucha de clases en la sociedad parisina. La historia sigue a Eugène de Rastignac, un joven provinciano que llega a París para estudiar derecho y se instala en la pensión Vauquer, donde conoce al anciano Jean-Joachim Goriot.
Goriot es un antiguo comerciante que ha sacrificado toda su fortuna para mantener a sus dos hijas, Anastasie y Delphine, quienes lo desprecian y explotan económicamente para mantener su estatus social. Mientras tanto, Rastignac es seducido por el mundo de la aristocracia y aprende las reglas del ascenso social bajo la tutela del misterioso Vautrin, un criminal disfrazado de hombre respetable.
La novela termina con la muerte solitaria y miserable de Goriot, abandonado por sus hijas, mientras Rastignac, tras su desilusión, decide adentrarse en el juego del poder y la ambición en París, siendo un personaje clave de «La comedia humana».
“Eugenia Grandet” (“Eugénie Grandet”, 1833)
Esta novela es una de las más populares de Balzac y critica la avaricia y la opresión familiar en la Francia provinciana. La historia sigue a Eugénie Grandet, hija de Félix Grandet, un avaro y despiadado comerciante de Saumur.
Eugénie es una joven inocente que se enamora de su primo Carlos Grandet, un joven refinado de París que llega a la casa familiar tras la ruina y el suicidio de su padre. Sin embargo, Félix Grandet se opone a la relación, considerando a Carlos un potencial marido inadecuado. Al descubrir que su padre solo se preocupa por su dinero, Eugénie desafía su autoridad y le entrega a Carlos sus ahorros, demostrando una generosidad que contrasta con la frialdad de su entorno.
Carlos, sin embargo, se marcha a las colonias y, con el tiempo, traiciona a Eugénie al casarse con una mujer rica. Tras la muerte de su padre, Eugénie hereda su fortuna, pero elige una vida de resignación, casándose por conveniencia.
“Esplendores y miserias de las cortesanas” (“Splendeurs et misères des courtisanes”, 1838-1847)
Esta obra sigue la vida del exconvicto Jacques Collin, alias Vautrin, personaje clave de Papá Goriot, y explora la corrupción, la ambición y el mundo del crimen y la prostitución en París.
La historia comienza con el ascenso de Lucien de Rubempré, un joven poeta talentoso pero débil de carácter que, tras su fracaso en “Ilusiones perdidas”, es rescatado por Vautrin. Lucien se introduce en los círculos de la aristocracia y se enamora de Esther van Gobseck, una hermosa cortesana. Sin embargo, su relación está marcada por el control de Vautrin y las intrigas de personajes poderosos.
Cuando Lucien es arrestado por fraude, Vautrin intenta salvarlo utilizando su influencia, sin embargo, Lucien, incapaz de soportar la presión, se suicida en prisión. Vautrin, en un giro inesperado, acepta trabajar para la policía como jefe de investigaciones, mostrando la paradoja de su personaje: un criminal brillante que termina integrándose en el sistema que combatió.
“Los chuanes” (“Les chouans”, 1829)
Esta novela, la primera de «La comedia humana», combina historia, romance y guerra, narrando la lucha entre los realistas monárquicos y los republicanos durante las revueltas de los chuanes, campesinos contrarrevolucionarios.
La historia sigue a Marie de Verneuil, una espía republicana encargada de capturar al líder realista Marquis de Montauran. Sin embargo, ambos se enamoran, lo que genera un conflicto entre su deber y sus sentimientos.
A pesar de sus intentos por escapar del enfrentamiento político, la traición y la brutalidad de la guerra los alcanzan. Al final, Montauran es ejecutado y Marie muere a su lado, simbolizando la imposibilidad de conciliar el amor y la lucha ideológica en tiempos de guerra.
Balzac ofrece en esta novela una representación vívida de la Francia dividida tras la Revolución, mostrando las pasiones, traiciones y sacrificios de ambos bandos.
“La piel de zapa” (“La peau de chagrin”, 1831)
Esta novela mezcla fantasía y realismo para explorar el deseo, la ambición y la decadencia humana. El protagonista, Raphaël de Valentin, es un joven desesperado que, al borde del suicidio, recibe de un misterioso anticuario una piel de zapa mágica que cumple todos sus deseos, pero a costa de acortar su vida.
Raphaël, ahora dotado de una fortuna y éxito inmediato, se sumerge en los placeres de la alta sociedad parisina. Sin embargo, pronto descubre que cada vez que usa la piel para satisfacer sus deseos, esta se encoge y su vida se reduce. Aterrorizado, intenta resistir la tentación, pero la naturaleza humana lo traiciona.
En su último intento de escapar de su destino, se aísla y evita todo tipo de placeres, pero muere consumido por su propio deseo.
Balzac utiliza esta historia como una alegoría del materialismo y la ambición descontrolada, mostrando cómo el éxito y el placer pueden convertirse en una trampa fatal.
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