Hablar del Fernando Pessoa escritor es no hablar de nadie. Como realidad fue traductor comercial y lisboeta, como imaginación, más de 70 personas cada cual con su propio espíritu.
Más allá del “Libro del Desasosiego”, una de las obras en prosa imprescindibles del siglo XX, Pessoa esconde una obra única, cercada por decenas de heterónimos.
Alberto Caeiro, campesino antimetafísico
Alberto Caeiro es, dentro del universo de los heterónimos de Fernando Pessoa, el más singular. Nacido en Lisboa en 1889 y fallecido en 1915 de tuberculosis según la biografía ficticia que Pessoa creó para él, Caeiro vivió casi toda su vida en el campo, apartado de la agitación urbana. A diferencia de sus otros heterónimos, inmersos en profundas reflexiones filosóficas, Caeiro es el poeta de la simplicidad y lo inmediato.
Su obra está marcada por una conexión directa con la naturaleza, Caeiro rechaza cualquier forma de metafísica o de interpretación simbólica del mundo. En su poesía, la realidad se experimenta tal como es, sin filtros intelectuales ni emocionales. «Las cosas son lo que son» resume su actitud anti-filosófica y su rechazo a buscar significados ocultos. Para Caeiro, la realidad no necesita ser interpretada, simplemente debe ser vivida a través de los sentidos. Esta actitud le convierte en un poeta que celebra lo concreto, en contraposición al pensamiento abstracto o emocional que caracteriza a otros heterónimos como Álvaro de Campos o Ricardo Reis.
En sus poemas, Caeiro se presenta como un hombre en paz con el mundo, sin la ansiedad de buscar respuestas a preguntas existenciales. Su poesía tiene un lenguaje claro y sencillo, el poeta observa y describe el mundo tal como lo percibe, sin dejarse llevar por las emociones.
Mientras Reis filosofa sobre la vida y Campos grita su desesperación ante el mundo moderno, Caeiro encuentra tranquilidad en lo evidente y en lo simple, convirtiéndose en un sabio natural que ve el mundo con una mirada fresca, sin artificios.
La poesía de Alberto Caeiro a través de “El guardador de rebaños”
“El guardador de rebaños” es el nombre que le dio Pessoa a una selección de 49 poemas. La obra de Caeiro se completa con los “Poemas inconjuntos”, una serie de reflexiones poéticas.
El título no hace referencia a su actividad, él mismo confiesa que nunca ha sido pastor, el concepto viene de la quietud de su propia alma, semejante a la labor paciente de los pastores. El primer poema, “Yo nunca guardé rebaños”, es un manifiesto en el que mira hacia sus profundidades, uniendo sus sensaciones a su propio entorno. Alberto Caeiro es un agricultor de una zona rural cercana a Lisboa, son los paisajes de la comarca lisboeta los que le sugieren este primer avance de lo que será su poesía completa, si bien uniforme, nunca repetitiva.
Como es habitual en otros heterónimos de Pessoa, el contenido juega constantemente con el contraste de dos o más contrarios, en este caso, el estado de ánimo de Alberto Caeiro. En el primer poema son las emociones melancólicas las que hacen de Caeiro una persona optimista y moderadamente alegre.
Como un poeta socrático, Caeiro dice que la escritura de sus poemas está en su mente, por tanto, cabe pensar que la publicación de su poesía proviene de fuentes secundarias. Al final del poema se identifica plenamente con lo natural que le rodea, de esta reflexión deriva el poema número 5, que comienza con uno de sus versos más conocidos, “Hay bastante metafísica en no pensar en nada”. En el quinto poema articula de nuevo dos ideas contrapuestas, en este caso, pensar en metafísica es no pensar en nada, por tanto, es no pensar.
El misterio de las cosas es echar las cortinas al pensamiento, dice, ¿qué es la verdad?, abrir los ojos al sol. Como en el primer poema, con lo que Caeiro se identifica plenamente es con conceptos como el principio de la mañana y el reflejo de los primeros rayos en los árboles.
Las reflexiones ateas y teológicas
El quinto poema tiene referencias explícitas a Dios, del que dice descreer porque nunca lo vio (Pessoa sí era creyente, aunque profesaba un neopaganismo absolutamente personal). Caeiro solo percibe lo manifiesto, si Dios existiese, se le haría presente.
Esta actitud también atraviesa la mayoría de los versos de Caeiro. Se trata de un ateísmo pertinaz y razonado, que sustituye las viejas creencias por unas aún más viejas, basadas en la naturaleza y el cambio interior a partir de las sensaciones percibidas en el ambiente.
El poema finaliza con una referencia lingüística, en la que le concede su fe a Dios si este se llama “árbol” o “flores”, aunque de ser así, rechaza Dios como palabra.
El poema siguiente, “Pensar en Dios es desobedecer a Dios”, redunda en el sentido anterior desde otro punto de vista. Caeiro retoma la posibilidad de cancelar la razón mientras tenemos ciertos pensamientos, como en el primer poema, y lo utiliza para negar a Dios como idea. La segunda estrofa recomienda hacerse amar por Dios mediante la creencia en la naturaleza.
Un contraste notable con estos versos es el poema 33 de Campos de Castilla, también breve, de Antonio Machado.
“Soñé a Dios como una fragua
de fuego que ablanda el hierro,
como un forjador de espadas,
como un bruñidor de aceros
que iba firmando en las hojas
de luz: Libertad. —Imperio”.
Machado no solo desarrolla un pensamiento de Dios, lo exacerba mediante una tarea brutal, absolutamente contraria a lo natural en Pessoa.
Es curiosa la presencia de los heterónimos en dos autores muy similares tanto en lo profundo como en ciertas cuestiones superficiales de sus biografías, ambos vinculados a entornos muy concretos.
Belleza y verdad en los versos de Caeiro
El poema número 8, “Un mediodía de final de primavera”, tiene una imagen inicial de Jesucristo como un niño devuelto a un mundo inocente, más real que el cielo. Con pasajes que rozan lo sacrílego, Caeiro crea una religión en la que la imagen inmediata es absolutamente ingenua, mientras el contexto es brutal y desconcertante por literal.
La decrepitud de la vida celeste y la decadencia de los estamentos eclesiásticos es confrontada con la vida feliz y saludable del nuevo Cristo, con el que el autor comparte rutinas plenas de felicidad.
El poema siguiente, número 9, “Soy un guardador de rebaños”, abandona la reflexión cristiana para volver al alma como pastor de ideas, estas ideas se forman de sensaciones que son aprehendidas y pensadas con “ojos”, “oídos”, “manos”, “pies”, “nariz” y “boca”. Esta es, realmente, la verdad en Caeiro, su profesión es reunir pensamientos, conservarlos y sacar lo posible de ellos.
El arte y las sensaciones
Como la religión, el arte también es ininteligible para Caeiro, cuando no molesto. Los poemas 11 y 12 hacen referencia a las artes como falsedad, una vuelta a la condena platónica por ser las artes una copia de una copia, infieles a lo natural o a lo real.
El poema 11, “Aquella señora tiene un piano”, reduce el sonido de un piano a un artificio muy inferior al correr de un río. El poema 12, “Los pastores de Virgilio tocaban zampoñas y otras cosas”, comienza con otra referencia musical, pero la atención recae sobre la artificialidad de sus personajes, que no dejan de ser únicamente Virgilio. Curiosamente, de la misma manera en la que él es Pessoa.
Estos versos breves son importantes en la poesía de Caeiro, debido a que denotan una necesidad absoluta de realidad no solo en materia ontológica, sino en todos los aspectos de su realidad, rechazando también cualquier forma de arte, que considera antinatural.
Un último poema
El poema 64, “Me despierto de noche súbitamente”, refuerza esta idea de realidad absoluta en la que vive el poeta. En la noche, el sonido del reloj es todo lo que acontece, la existencia entera. El sosiego de la noche, ¿existe el sosiego de la noche para Caeiro?, es lo que percibe, pero una realidad se interpone y se adueña de todo, el sonido del reloj. Una única metáfora al final de este poema, muy poco común en este poemario, la pequeñez del reloj llena la noche enorme.
Pessoa y Whitman, una breve reflexión
Leer “El guardador de rebaños” es volver a la naturaleza de una forma tan torrencial como sucede con las evocaciones de “Hojas de hierba” de Walt Whitman. Las partes de Pessoa están presentes en muchos otros poemas de su tiempo, en ambas direcciones y en ninguna, a veces Pessoa tiene mucho en común con escritoras y escritores con los que no compartió nada, pero cuyo signo es el mismo.
A Whitman sí lo leyó, en la Casa Fernando Pessoa en Lisboa, de la que hablaré a continuación, se conserva la edición que poseía el poeta portugués de “Hojas de hierba”. En el concepto de naturaleza, más que en cualquier otra de sus imágenes, Whitman está muy presente en Caeiro.
Otros, como el ya nombrado Machado o Miguel Hernández (pastor de profesión), también vislumbraron el mundo tal y como lo vio el lisboeta.
Casa Fernando Pessoa en Lisboa
Si tiene pensado visitar Lisboa, no deje de visitar la Casa Fernando Pessoa (5 € adultos). Situada en la R. Coelho da Rocha 18, muy cerca del Jardim Da Estrela y próximo al cementerio británico, la Casa Fernando Pessoa le permite recorrer las estancias que Pessoa compartía con su familia.
El museo muestra números de la revista Orfeo (publicación modernista creada por Pessoa y otros autores portugueses); reproducciones de algunas de sus pertenencias, incluyendo el arcón en el que se encontraron sus escritos y las últimas palabras del poeta, escritas el día previo a su muerte, “No sé qué me depara el día de mañana”.
Los heterónimos, Fernando Pessoa y compañía
Los heterónimos son un concepto único en la obra de Fernando Pessoa, representando identidades literarias creadas por el propio autor. A diferencia de los pseudónimos, que simplemente ocultan el nombre real de un escritor, los heterónimos poseen biografías, estilos literarios y filosofías de vida completamente desarrolladas. Cada uno de ellos representa una faceta distinta del pensamiento y la personalidad de Pessoa, funcionando como voces independientes dentro de su obra.
Alberto Caeiro es considerado el maestro de los demás heterónimos. Poeta de la simplicidad y la naturaleza, sus versos rechazan cualquier tipo de metafísica o introspección profunda. Para Caeiro, la realidad debe percibirse tal cual es, sin necesidad de interpretarla.
Ricardo Reis, en contraste, es un poeta clásico, influenciado por los valores grecorromanos. Escribe sobre la fugacidad de la vida, la búsqueda del placer moderado y el control emocional. Su filosofía, en ocasiones epicúrea, en ocasiones estoica, invita a disfrutar de la vida con calma, mientras se acepta la inevitable llegada de la muerte.
Álvaro de Campos es el más moderno y vanguardista de los heterónimos. Ingeniero de formación, sus versos abrazan la revolución tecnológica y el progreso, pero también reflejan el vacío existencial y la insatisfacción con el mundo contemporáneo. Sus poemas oscilan entre el entusiasmo y el nihilismo.
Bernardo Soares es considerado un semi-heterónimo. Escribe “El libro del desasosiego”, una obra profundamente introspectiva, marcada por la melancolía y el aislamiento. Soares refleja una versión más cercana a la propia personalidad de Pessoa, sumida en reflexiones existenciales.
Fernando Pessoa, biografía y obras escogidas
Fernando Pessoa (1888-1935) es considerado uno de los más grandes poetas de la lengua portuguesa y una figura central del modernismo literario. Nacido en Lisboa, pasó parte de su infancia en Durban, Sudáfrica, donde su padrastro fue cónsul de Portugal. Este traslado le permitió dominar el inglés, lengua en la que escribió algunas de sus primeras obras y tradujo textos clave de la literatura mundial. A su regreso a Portugal, en 1905, el país estaba inmerso en un fervor cultural y político por el creciente republicanismo y los problemas coloniales, aunque Pessoa optó por llevar una vida discreta y dedicada a la escritura.
Pessoa es reconocido por haber creado un universo literario único a través de sus «heterónimos», identidades ficticias a las que otorgó biografías, estilos y personalidades diferentes. Pessoa desarrollaba distintos estilos poéticos y voces filosóficas en ocasiones contrarias, creando un diálogo literario interno que exploraba la multiplicidad del ser.
Su vida fue solitaria (sus principales relaciones fueron dentro del ámbito familiar) y la dedicó mayoritariamente a su trabajo, la traducción, la poesía y el periodismo, con pocas publicaciones en vida.
El legado literario escondido de Pessoa
Fue tras su muerte, en 1935, cuando se descubrió una vasta obra en un baúl que contenía miles de páginas inéditas. A pesar de la marginalidad intelectual en la que vivió, su obra fue crucial para la renovación poética de Portugal y ha sido objeto de un profundo estudio literario internacional. Dos de sus obras más importantes son “El libro del desasosiego” y “Mensaje”.
El Libro del Desasosiego
Publicado póstumamente, esta obra fragmentaria, atribuida al semi-heterónimo Bernardo Soares, es un texto fundamental en la literatura introspectiva. Pessoa explora temas como el vacío existencial, la soledad y el sentido de la vida desde una perspectiva profundamente subjetiva y melancólica.
Se trata de un texto seminal en la prosa del siglo pasado, que además, sigue desarrollándose en la actualidad debido a que las sucesivas ediciones publicadas incorporan nuevos contenidos recientemente analizados. Por tanto, todavía no tenemos la última versión del texto completo y tardaremos en tenerla.
Lea “El libro del desasosiego”, ábralo por cualquier página, no tenga prejuicios. Si no da con lo que busca, siga intentándolo.
Mensaje (1934)
Es el único libro en portugués que Pessoa publicó en vida. En este poemario épico, lleno de simbolismo y misticismo, exalta el pasado glorioso de Portugal y vislumbra un futuro de redención, a través del mito sebastianista y las figuras históricas del país.
Es importante destacar que la ideología de Pessoa se basaba en un cierto conservadurismo monárquico, muy presente en cada uno de los poemas de “Mensaje”. Esta colección de poemas remitía a un Imperio que se disipaba, del que se podía salvar un ideal.
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