…
They are still alive, but in a world he changed
simply by looking back with no false regrets;
all he did was to remember
like the old and be honest like children.
He wasn’t clever at all: he merely told
the unhappy Present to recite the Past
like a poetry lesson till sooner
or later it faltered at the line where…
…
Siguen vivos, pero en un mundo que él cambió
simplemente mirando atrás sin falsos remordimientos;
todo lo que hizo fue recordar
como los ancianos y ser sincero como los niños.
No era nada inteligente: simplemente le dijo
al infeliz presente que recitara el pasado
como una lección de poesía hasta que, tarde
o temprano, titubeara en la línea donde…
“In memory of Sigmund Freud”, 1939. Wystan Hugh Auden. Traducción propia.
Algunas operaciones críticas resultan sintomáticas para determinar la fisionomía de una época. En el caso de Sigmund Freud y nuestro tiempo, lo que se advierte no es tanto una refutación rigurosa como una lenta domesticación, la conversión de una teoría que desestabilizó la autocomprensión moderna en un repertorio de nociones banalizadas, habitualmente mal asimiladas. Tal reducción empobrece el alcance de su obra y desactiva su potencia más incisiva: la que sitúa en el núcleo del yo una heterogeneidad constitutiva que cancela la esencia del sujeto moderno y la sustituye por una estructura escindida.
Freud no introduce simplemente una nueva cartografía de la vida psíquica, inaugura un método trascendental para la reflexión sobre el sujeto. Donde la filosofía postcartesiana había tendido a consolidar la figura de una conciencia, si no soberana, al menos susceptible de clarificación progresiva, el psicoanálisis anuncia una instancia de alteridad interna que desborda cualquier pretensión de autotransparencia.
Reivindicar a Freud implica restituir la densidad de su propuesta frente a su constante trivialización. Entender la imposibilidad de forzar una clausura del yo sobre el ello, principio básico de la doctrina freudiana, es el primer requisito para sustraer la teoría del psicoanálisis a la simplificación del análisis contemporáneo.
“Das Ich und das Es”, 1923
“El yo y el ello” ocupa un lugar decisivo en la arquitectura conceptual del psicoanálisis. Freud reconfigura el mapa estructural de la subjetividad y propone lo que la tradición ha denominado la “segunda tópica”, sustituyendo la distinción anterior entre consciente, preconsciente e inconsciente por una diferenciación funcional entre ello, yo y superyó.
Este desplazamiento va a implicar un marco más complejo. Si la distinción entre consciente e inconsciente respondía a una problemática ligada a la represión y al acceso de las representaciones a la conciencia, esta nueva jerarquía introduce una dimensión dinámica y estructural más profunda. El aparato psíquico deja de ser concebido como un sistema estratificado según grados de conciencia para ser pensado como una configuración de instancias en tensión, cada una con su lógica propia.
El ello designa el polo pulsional originario, depósito de las emociones libidinales y agresivas, enteramente inconsciente y regido por el principio de placer. Freud lo describe como una instancia impersonal, carente de organización coherente y ajena a las categorías temporales y lógicas que rigen la vida consciente. En él no hay negación, contradicción ni mediación: las pulsiones coexisten en una suerte de simultaneidad caótica. El ello no piensa, empuja.
El yo, por su parte, no es una entidad soberana ni un centro estable de identidad, sino una instancia derivada. Freud lo concibe como una diferenciación progresiva del ello bajo la presión del mundo exterior. El yo se constituye en la superficie del aparato psíquico como mediador entre las exigencias pulsionales, las demandas de la realidad y las imposiciones del superyó. Es, en cierto sentido, una instancia fronteriza, sometida a presiones múltiples y estructuralmente frágil.
Die funktionelle Wichtigkeit des Ichs kommt darin zum Ausdruck, daß ihm normalerweise die Herrschaft über die Zugänge zur Motilität eingeräumt ist. Es gleicht so im Verhältnis zum Es dem Reiter, der die überlegene Kraft des Pferdes zügeln soll, mit dem Unterschied, daß der Reiter dies mit eigenen Kräften versucht, das Ich mit geborgten. Dieses Gleichnis trägt ein Stück weiter. Wie dem Reiter, will er sich nicht vom Pferd trennen, oft nichts anderes übrigbleibt, als es dahin zu führen, wohin es gehen will, so pflegt auch das Ich den Willen des Es in Handlung umzusetzen, als ob es der eigene wäre.
La importancia funcional del yo se manifiesta en el hecho de que normalmente se le concede el control sobre los accesos a la motilidad [facultad de moverse]. En relación con el ello, se asemeja al jinete que debe controlar la fuerza superior del caballo, con la diferencia de que el jinete lo intenta con sus propias fuerzas, mientras que el yo lo hace con fuerzas prestadas. Esta parábola va un poco más allá. Al igual que el jinete, si no quiere separarse del caballo, a menudo no le queda más remedio que llevarlo adonde quiera ir, también el yo suele convertir la voluntad del ello en acción, como si fuera la suya propia.
El superyó emerge como heredero del complejo de Edipo y como interiorización de las figuras parentales y de la autoridad normativa. No se limita a ejercer una función prohibitiva, encarna también un ideal del yo, un modelo de perfección que introduce una exigencia permanente. Con esta construcción, Freud complica aún más la maquinaria psíquica: el conflicto ya no se limita a la oposición entre deseo y realidad, sino que incluye la dimensión moral internalizada.
La importancia de esta “segunda tópica” radica en que transforma la comprensión del sujeto. El yo deja de ser el centro transparente de la experiencia para devenir una instancia entre otras, asediada por fuerzas que no controla plenamente. La subjetividad aparece como una estructura descentralizada, atravesada por conflictos irreductibles.
El yo como instancia mediadora y la lógica del conflicto
Uno de los aportes más decisivos de “El yo y el ello” consiste en la desmitificación del yo como instancia de dominio. Lejos de encarnar la soberanía racional, el yo es una formación precaria, obligada a negociar constantemente entre exigencias contradictorias.
Esta función mediadora define su estructura misma. El yo intenta satisfacer las demandas del ello sin exponerse a las sanciones del superyó ni a las consecuencias desfavorables de la realidad externa; en esta triple tensión reside su tarea permanente. A consecuencia, el conflicto no se resuelve, se tramita permanentemente.
Freud muestra, además, que el yo no es enteramente consciente. Parte de sus operaciones -mecanismos de defensa, identificaciones, formaciones reactivas- se desarrollan en el inconsciente. Esta tesis complica radicalmente la topografía psíquica: lo inconsciente ya no se reduce al ello reprimido, e incluye aspectos estructurales del propio yo. La distinción entre instancias no coincide con la distinción entre sistemas conscientes e inconscientes.
El superyó, por su parte, introduce una dimensión particularmente severa del conflicto. Como instancia crítica y normativa, puede ejercer una presión incluso más implacable que la realidad exterior. Freud subraya que la conciencia moral sería el resultado de identificaciones afectivas profundas, cargadas de ambivalencia. El superyó puede tornarse cruel, generando sentimientos de culpa desproporcionados o autoacusaciones persistentes.
La estructura psíquica descrita en el texto es, por tanto, esencialmente conflictiva: no hay armonía originaria ni síntesis final, la vida psíquica se articula como un campo de fuerzas en permanente tensión.
Esta concepción tiene implicaciones antropológicas de gran alcance. El sujeto no puede aspirar a un autocontrol pleno ni a una unidad sin fisuras, la identidad se constituye a partir de identificaciones sucesivas y de compromisos entre instancias heterogéneas.
Un horizonte antropológico
Más allá de su relevancia clínica, “El yo y el ello” posee una dimensión antropológica de gran alcance. La reconfiguración estructural del aparato psíquico no se limita a describir mecanismos terapéuticos y redefine la condición humana en términos de escisión y trabajo permanente. El yo no está llamado a suprimir el ello ni a neutralizar al superyó, sino a sostener una mediación constante entre instancias heterogéneas.
La tarea del yo consiste en ampliar su campo de acción, integrar contenidos inconscientes y reorganizar las relaciones internas sin eliminar las tensiones que las atraviesan. La elaboración psíquica es un proceso continuo, por tanto, el conflicto no se resuelve, se transforma.
Esta perspectiva implica una ruptura con los modelos filosóficos que identificaban madurez con autodominio pleno o transparencia reflexiva. La subjetividad, en el marco freudiano, es estructuralmente vulnerable y dinámica, y su estabilidad queda atada a una posibilidad relativa, fruto de equilibrios inestables más que de síntesis concluyentes; estamos ante un nuevo modelo de lo humano.
La aportación real del texto reside precisamente en esta afirmación: la escisión no es una anomalía, es la forma de nuestra constitución. Reivindicar la densidad conceptual de “El yo y el ello” parte del reconocimiento de que el psicoanálisis no ofrece una promesa de reconciliación definitiva, sino una comprensión más rigurosa de la complejidad estructural del sujeto.
Subconsciente*
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Ampliación del subconsciente
La publicación de “El yo y el ello” marca un momento de madurez teórica en la obra freudiana y reordena el conjunto del edificio psicoanalítico. Con la formulación de la “segunda tópica”, Freud introduce una nueva arquitectura del aparato psíquico que reorganiza conceptos previos relacionados con la dinámica interna del sujeto. La distinción entre ello, yo y superyó establece un marco estructural que influye decisivamente en la teoría del conflicto, en la técnica clínica y en la interpretación de la cultura.
La noción de inconsciente también adquiere una profundidad mayor. El ello concentra las fuerzas pulsionales originarias; el yo emerge como instancia mediadora vinculada a la realidad; el superyó incorpora las exigencias normativas internalizadas. Esta distribución funcional redefine la tarea analítica, que pasa a ocuparse de la modificación de las relaciones entre instancias y del fortalecimiento de la capacidad integradora del yo. La cura se concibe como proceso de elaboración progresiva que amplía el campo de simbolización y favorece una mayor plasticidad psíquica.
La incorporación del superyó añade un eje fundamental en la comprensión de la culpa y la autoexigencia. La severidad interiorizada adquiere un papel central en la economía psíquica y permite explicar fenómenos clínicos vinculados al autocastigo y a la rigidez moral. Esta posibilidad influye de manera directa en desarrollos posteriores, especialmente en el análisis del malestar cultural, un espacio donde la tensión entre pulsión y norma se despliega en el plano histórico y social.
El conflicto ocupa un lugar estructural dentro de esta arquitectura. Las estructuras mantienen relaciones dinámicas que generan tensiones constantes y procesos de negociación interna; la vida psíquica se entiende como trabajo continuo de mediación y transformación. Esta concepción consolida al psicoanálisis como marco interpretativo capaz de integrar terapia, antropología y cultura en un mismo horizonte conceptual.
Wir haben im Ich selbst etwas gefunden, was auch unbewußt ist, sich geradeso benimmt wie das Verdrängte, das heißt starke Wirkungen äußert, ohne selbst bewußt zu werden, und zu dessen Bewußtmachung es einer besonderen Arbeit bedarf. Die Folge dieser Erfahrung für die analytische Praxis ist, daß wir in unendlich viele Undeutlichkeiten und Schwierigkeiten geraten, wenn wir an unserer gewohnten Ausdrucksweise festhalten und zum Beispiel die Neurose auf einen Konflikt zwischen dem Bewußten und dem Unbewußten zurückführen wollen. Wir müssen für diesen Gegensatz aus unserer Einsicht in die strukturellen Verhältnisse des Seelenlebens einen anderen einsetzen: den zwischen dem zusammenhängenden Ich und dem von ihm abgespaltenen Verdrängten.
Hemos encontrado en el yo algo que, aunque inconsciente, se comporta igual que lo reprimido, es decir, que ejerce fuertes efectos sin que seamos conscientes de ello y cuya toma de conciencia requiere un trabajo especial. La consecuencia de esta experiencia para la práctica analítica es que nos encontramos con infinitas ambigüedades y dificultades si nos aferramos a nuestra forma habitual de expresarnos y, por ejemplo, queremos atribuir la neurosis a un conflicto entre lo consciente y lo inconsciente. Debemos sustituir esta oposición por otra, basada en nuestra comprensión de las relaciones estructurales de la vida psíquica: la que existe entre el yo coherente y lo reprimido, separado de él.
“Wo Es war, soll Ich werden”
En 1933, Freud publica un largo ensayo que pretende actualizar la construcción completa del psicoanálisis, se trata de “Neue Folge der Vorlesungen zur Einführung in die Psychoanalyse”, traducido habitualmente como “Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis”. En una de sus conclusiones, Freud incluye el siguiente párrafo.
Sie denken bei dieser Sonderung der Persönlichkeit in Ich, Über-Ich und Es gewiß nicht an scharfe Grenzen, wie sie künstlich in der politischen Geographie gezogen worden sind. Der Eigenart des Psychischen können wir nicht durch lineare Konturen gerecht werden wie in der Zeichnung oder in der primitiven Malerei, eher durch verschwimmende Farbenfelder wie bei den modernen Malern. Nachdem wir gesondert haben, müssen wir das Gesonderte wieder zusammenfließen lassen. Urteilen Sie nicht zu hart über einen ersten Versuch, das so schwer erfaßbare Psychische anschaulich zu machen. Es ist sehr wahrscheinlich, daß die Ausbildung dieser Sonderungen bei verschiedenen Personen großen Variationen unterliegt, möglich, daß sie bei der Funktion selbst verändert und zeitweilig rückgebildet werden. Besonders für die phylogenetisch letzte und heikelste, die Differenzierung von Ich und Überich, scheint dergleichen zuzutreffen. Es ist unzweifelhaft, daß das gleiche durch psychische Erkrankung hervorgerufen wird. Man kann sich auch gut vorstellen, daß es gewissen mystischen Praktiken gelingen mag, die normalen Beziehungen zwischen den einzelnen seelischen Bezirken umzuwerfen, so daß z. B. die Wahrnehmung Verhältnisse im tiefen Ich und im Es erfassen kann, die ihr sonst unzugänglich waren. Ob man auf diesem Weg der letzten Weisheiten habhaft werden wird, von denen man alles Heil erwartet, darf man getrost bezweifeln. Immerhin wollen wir zugeben, daß die therapeutischen Bemühungen der Psychoanalyse sich einen ähnlichen Angriffspunkt gewählt haben. Ihre Absicht ist ja, das Ich zu stärken, es vom Über-Ich unabhängiger zu machen, sein Wahrnehmungsfeld zu erweitern und seine Organisation auszubauen, so daß es sich neue Stücke des Es aneignen kann. Wo Es war, soll Ich werden.
Al hablar de esta separación de la personalidad en yo, superyó y ello, no nos referimos a fronteras estrictas, como las que se han trazado artificialmente en la geografía política. No podemos hacer justicia a la naturaleza de lo psíquico mediante contornos lineales, como en el dibujo o en la pintura primitiva, sino más bien mediante campos de colores difuminados, como en la pintura moderna. Después de haber separado, debemos volver a unir lo separado. No juzguen con demasiada dureza este primer intento de ilustrar lo psíquico, tan difícil de comprender. Es muy probable que la formación de estas separaciones esté sujeta a grandes variaciones en diferentes personas, y es posible que se modifiquen y se reduzcan temporalmente en la función misma. Esto parece ser especialmente cierto en el caso de la diferenciación entre el yo y el superyó, que es la última y más delicada desde el punto de vista filogenético. No hay duda de que lo mismo se produce debido a las enfermedades psíquicas. También es fácil imaginar que ciertas prácticas místicas puedan lograr alterar las relaciones normales entre las distintas áreas psíquicas, de modo que, por ejemplo, la percepción pueda captar relaciones en el yo profundo y en el ello que de otro modo le serían inaccesibles. Es lícito dudar de que por este camino se pueda alcanzar la sabiduría última, de la que se espera toda la salvación. No obstante, hay que admitir que los esfuerzos terapéuticos del psicoanálisis han elegido un punto de ataque similar. Su intención es fortalecer el yo, hacerlo más independiente del superyó, ampliar su campo de percepción y desarrollar su organización, de modo que pueda apropiarse de nuevas partes del ello. Donde estaba el ello, el yo debe advenir.
Una de las lecciones que se desprenden de este extracto es la constatación del carácter inacabado de la teoría del psicoanálisis. Freud mismo sugiere que las diferenciaciones entre el yo, el ello y el superyó no son rígidas ni inmutables, quedan sujetas a variaciones individuales y a cambios a lo largo del tiempo, tanto en el desarrollo del sujeto como en el curso de la terapia.
Esta actitud crítica y abierta frente a su propio sistema teórico debería ser motivo suficiente como para salvar la teoría freudiana. Freud rehúye cualquier dogma optando por un enfoque dinámico que se adapta a las realidades cambiantes del individuo y de la sociedad, y a su vez garantiza la vigencia de su teoría en contextos diversos.
El célebre axioma de Freud, Wo Es war, soll Ich werden / Donde ello estaba, el yo debe advenir, ha sido interpretado de diversas maneras, tanto en el contexto de la teoría psicoanalítica como en el campo de las ciencias sociales y la filosofía. Si bien puede parecer un eslogan terapéutico, una fórmula simplista que resume la misión del psicoanálisis, en realidad encierra una profunda tesis antropológica que va más allá de la psicología individual. Esta afirmación subraya la relación del sujeto con sus impulsos y ofrece una propuesta sobre la constitución del ser humano, su compleja relación con el inconsciente y la forma en que se integra en la cultura y la sociedad.
El psicoanálisis de Freud, desde sus primeros textos hasta la formulación de la “segunda tópica” en «El yo y el ello», plantea un desafío a la concepción tradicional de un sujeto absolutamente autoconsciente. Freud se aparta del ideal ilustrado del individuo como un ser autónomo, claro en sus deseos y consciente de su voluntad; a cambio propone que la psique humana estaría fragmentada, atravesada por instancias inconscientes que escaparían al control consciente y que configuran, en su interacción, las diferentes facetas de nuestra identidad. La frase adquiere un significado más amplio: plantea la necesidad de que el yo se construya y se desarrolle a partir de una relación compleja con el ello, la instancia pulsional originaria que está marcada por el caos, la contradicción y el principio del placer.
La dimensión antropológica de la escisión psíquica
En términos antropológicos, la relación yo-ello sugiere que la estructura del yo está íntimamente vinculada a la escisión que Freud identifica en la psique humana. En lugar de un ser humano unificado y coherente, Freud propone que el sujeto permanece esencialmente fragmentado, dividido entre impulsos inconscientes, normas internalizadas y las demandas de la realidad. Esta escisión no es una anomalía, sino una característica estructural del ser humano.
Desde una perspectiva antropológica, Freud está planteando que la subjetividad humana se configura como un campo de tensiones irreductibles. El proceso de constitución del yo implica una permanente negociación entre las distintas instancias psíquicas: el ello, el yo y el superyó. Esta escisión interna es lo que hace posible la construcción del yo como una instancia mediadora, pero también lo que lo mantiene en constante estado de vulnerabilidad y conflicto. La intervención del psicoanálisis se orienta, precisamente, hacia este proceso de mediación y transformación de las pulsiones del ello, para hacerlas compatibles con las exigencias de la realidad.
El yo deja de ser un centro claro y transparente del sujeto para constituirse en una instancia que se equilibra constantemente y que permanece asediada por fuerzas contradictorias. Esta visión dinámica de la psique humana tiene implicaciones filosóficas y antropológicas. Freud sugiere que el sujeto moderno debe aceptar la escisión de su psique como un hecho fundamental de su existencia; la identidad humana no está orientada hacia la autodeterminación plena, sino hacia un proceso constante de mediación entre lo consciente y lo inconsciente, entre las pulsiones y la moralidad, entre el individuo y la sociedad.
Freud-Kant-Rousseau
Freud-Kant-Rousseau
Freud-Kant-Rousseau
Freud-Kant-Rousseau
Freud-Kant-Rousseau
La vigencia de Freud para el sujeto contemporáneo
La teoría del yo y el ello supone un marco válido para entender la complejidad del sujeto contemporáneo. La psique humana que presenta Freud es un espacio dinámico y dividido, donde el yo, el ello y el superyó luchan por el dominio y la organización de deseos, pulsiones y valores; el hecho de que Freud no propusiera la dominación del yo sobre el ello -como promesa de control y normalización del sujeto-, constituye un punto crucial para su vigencia.
En un paradigma en el que la búsqueda de la autonomía y el control del individuo son ideas prevalentes, el pensamiento freudiano se aleja de la noción simplista de autodominio. En lugar de proyectar un ideal normativo del sujeto, Freud invita a la aceptación de la escisión estructural que caracteriza nuestra existencia, manteniendo siempre la tensión entre los impulsos más primitivos y las exigencias de la moral y la realidad.
Esta posibilidad tiene una particular relevancia en un contexto en el que la autonomía individual se encuentra constantemente al servicio de las dinámicas del mercado. Si la modernidad se ha construido sobre la figura de un sujeto racional, autoconsciente y autogobernado, la teoría freudiana ofrece una crítica contundente a esta idealización, en parte destruida por los dilemas que plantean las normas del consumo al sujeto contemporáneo.
La dispersión del sujeto y el mercado
La escisión del sujeto freudiano se manifiesta en un individuo constantemente dividido entre las pulsiones instintivas del ello, las demandas de la realidad y las normas impuestas por el superyó. Freud desmantela el mito del sujeto decisivo sobre sí, un mito construido sobre la imagen del individuo libre y racional promovido bajo la influencia de la lógica mercantilista.
En las sociedades occidentales actuales -en las que la subjetividad está moldeada por las dinámicas de consumo, competencia y eficiencia-, el sujeto no se enfrenta únicamente a las tensiones internas descritas por Freud, también queda expuesto ante un grupo de deseos donde la producción de necesidades y la satisfacción inmediata se convierten en ejes centrales de la vida cotidiana. El sujeto moderno, en lugar de ser dueño de sus impulsos, es constantemente impulsado a consumir, producir y proyectar una imagen idealizada de sí mismo, a partir de un ello que ya no solo obtiene su eco de pulsiones ancestrales. Esta compulsión mercantil, que exige también una constante adaptación, se entrelaza con las exigencias pulsionales del ello, que no busca simplemente satisfacer necesidades fisiológicas, ahora trata de reafirmarse mediante el placer y la gratificación inmediata.
La idea que parte de un yo que no controla completamente al ello abre una reflexión profunda sobre cómo, en nuestra era, las pulsiones no se suprimen -ni siquiera pueden dominarse en gran medida-, se canalizan hacia el consumo y la producción. Las tensiones entre las exigencias del mercado y la incapacidad del yo para contener las pulsiones del ello generan un escenario tal que el sujeto queda fragmentado y expulsado hacia una constante búsqueda de validación ajena a sí.
El psicoanálisis adquiere una vigencia renovada en la interpretación del sujeto contemporáneo, atrapado entre la represión clásica y las exigencias normativas de una sociedad mercantilista en la que la subjetividad es una mercancía más para el proceso de consumo.
Proceso psíquico y conflicto
Al replantear la estructura psíquica, Freud propone un modelo en el que el ello, el yo y el superyó participan en un trabajo psíquico continuo que nunca se soluciona. Esta concepción resulta crucial para comprender cómo la psique humana se inserta en las complejidades de la sociedad mercantilista, un sistema que constantemente canaliza los deseos hacia un ciclo de consumo y producción, y donde las tensiones internas del sujeto solo son exaltadas.
En lugar de alcanzar la erradicación de los conflictos, la vida psíquica se construye en un continuo movimiento de adaptación y negociación; el fondo freudiano es ampliamente aplicable a un sujeto contemporáneo que vive atrapado entre la compulsión de consumir, producir y satisfacer necesidades impuestas, y sus propias pulsiones individuales. La presión del lenguaje comercial se enfrenta a un yo que constantemente negocia para lidiar con deseos insatisfechos, frustraciones y una creciente sensación de ignorancia íntima.
Freud nos ofrece una visión realista de la psique humana que sigue vigente hoy. El impulso del ello que identificó el psicoanálisis es hoy infinitamente más persistente, acelerado por una realidad que surca el yo con el único objetivo de imponer el código del consumo.
Las últimas conclusiones de Freud
A partir de 1933, el ciclo personal de Freud queda marcado por una serie de acontecimientos cruciales que influyen en sus últimas teorías. El ascenso del nazismo forzó su exilio en Londres -Freud había residido prácticamente toda su vida en Viena-, propiciando el comienzo de un nuevo capítulo en su vida, mientras el cáncer debilitaba su salud. Este período de crisis personal se refleja de manera visible en sus reflexiones finales, en las que se percibe una revisión constante de sus teorías, evitando, por otra parte, cualquier cierre definitivo.
La publicación en 1933 de las “Neue Folge der Vorlesungen zur Einführung in die Psychoanalyse” supone un hito en la maduración de la teoría psicoanalítica. En estos textos, Freud refina aún más sus ideas acerca del yo y el ello, siempre en relación con la noción de un proceso psíquico dinámico que se expande hacia su reflexión final, subrayando una vez más la imposibilidad de cerrar las fronteras entre las instancias psíquicas.
Freud ofrece una visión flexible y compleja del sujeto, reconociendo que la psique humana está en constante movimiento, atravesada por conflictos que nunca se resuelven completamente. Este último capítulo de su vida, marcado por el exilio y la enfermedad, demandó de Freud una perspectiva completamente nueva de su propia experiencia vital, que se trasladó a una teoría del psicoanálisis que empezaba a demandar una expansión más o menos autoconclusiva.
Freud murió en 1939. A lo largo del período final de su vida, mantuvo firme su visión crítica acerca de la posibilidad de reconciliación de la psique humana. Su legado parte de un pensamiento dinámico que sigue siendo relevante más allá del ámbito clínico, también como método sociológico evaluativo en el contexto actual.
El psicoanálisis en Rousseau, según Kant
En “Mutmaßlicher Anfang der Menschengeschichte” (“Probable inicio de la historia humana”, 1786), Kant aborda de forma explícita una aparente contradicción intrínseca en la obra de Jean-Jacques Rousseau. El filósofo alemán analiza los textos en los que Rousseau critica la deriva de la civilización -especialmente el “Discurso sobre las ciencias y las artes” y el “Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres”- y los escritos normativos -“Emilio” y “El contrato social”-, en los que propone una reconciliación del individuo con su libertad. La interpretación superficial de estos textos conduciría a pensar que Rousseau oscila entre la condena radical de la cultura y un intento de reformarla; Kant sostiene que dicha tensión no constituye una incoherencia, sino la expresión de un problema estructural propio de la condición humana.
Los primeros discursos de Rousseau describen el proceso histórico de la civilización como una progresiva desviación respecto a la simplicidad originaria de la naturaleza humana. Las ciencias, las artes y las instituciones sociales, lejos de perfeccionar al hombre, habrían contribuido a generar desigualdad, dependencia y corrupción moral. La cultura aparece como una fuerza que separa al individuo de su disposición natural y lo introduce en un mundo de comparaciones, rivalidades y artificios. Rousseau presenta un diagnóstico profundamente crítico con un progreso histórico que no se traduce necesariamente en la mejora moral de los individuos.
Sin embargo, en textos posteriores, Rousseau plantea un problema normativo: cómo debe organizarse la educación y la comunidad política para que el ser humano pueda desarrollarse conforme a su naturaleza libre. Rousseau no propone un retorno literal al estado de naturaleza -imposible en términos históricos- sino la construcción de una forma de cultura que no destruya la libertad originaria del hombre. El proyecto pedagógico de “Emilio” busca, precisamente, preservar la espontaneidad natural del individuo mientras se introduce gradualmente en el ámbito común; “El contrato social” imagina un orden político en el que la obediencia a la ley sea compatible con la autonomía de los ciudadanos.
Kant interpreta esta aparente contradicción a partir de una distinción decisiva: el conflicto entre naturaleza y cultura no es un error del desarrollo humano, sino una condición inevitable de su historia. La salida del estado natural, que Kant describe como un tránsito desde la tutela del instinto hacia la guía de la razón, constituye simultáneamente una pérdida y un progreso. Para el individuo, el abandono de la inocencia natural implica la aparición del juicio moral, de la culpa y del conflicto; pero para la especie, este mismo proceso representa el inicio del desarrollo histórico de la humanidad. La cultura produce desigualdad y sufrimiento en el plano individual, pero es también el medio a través del cual las disposiciones racionales del género humano pueden desplegarse.
De este modo, Kant sostiene que Rousseau no se contradice: los discursos críticos describen los efectos reales del progreso histórico sobre los individuos, mientras que los textos normativos tientan la posibilidad de una cultura orientada por principios racionales.
Escisión antropológica y conflicto psíquico: de Rousseau a Freud
La interpretación kantiana de Rousseau introduce una tesis antropológica fundamental: la humanidad surge en el momento en que el ser humano abandona la guía exclusiva del instinto y entra en el ámbito de la libertad (entendida como no disposición absoluta del automatismo). La historia humana habría comenzado con la aparición de la mediación la razón, las normas y las instituciones; a partir de entonces, la cultura reconfigura la capacidad humana dentro de un campo de tensiones permanentes.
Este diagnóstico encuentra un sorprendente eco en la teoría psicoanalítica desarrollada más de un siglo después. Freud describe el aparato psíquico como una estructura compuesta por instancias heterogéneas -ello, yo y superyó- cuyas relaciones se organizan en torno a un conflicto permanente; la analogía con el esquema kantiano resulta evidente. Lo que en Kant aparece como tensión entre naturaleza e historia se traduce en Freud en la oposición entre pulsión y norma. El ello puede ser entendido como la expresión psíquica de aquellas disposiciones naturales que preceden a la organización racional de la vida humana, mientras que el superyó representa la internalización de las exigencias culturales que regulan el comportamiento del individuo dentro de la comunidad. El yo, situado entre ambas instancias, desempeña una función similar a la que Kant atribuye a la razón práctica en el ámbito antropológico: una conciencia capaz de mediar entre las fuerzas naturales y las exigencias normativas sin eliminar sus conflictos inherentes.
Tanto en Kant como en Freud, la condición humana queda definida por una escisión constitutiva. Para el alemán, la humanidad surge cuando el individuo abandona la inocencia del estado natural y entra en el campo de la libertad moral; para Freud, la subjetividad se organiza a partir de la interacción conflictiva entre instancias psíquicas que responden a lógicas distintas.
La lectura kantiana de Rousseau anticipa una intuición que el psicoanálisis desarrollará en términos estructurales: la imposibilidad de superar la cuestión natural de manera definitiva y la consiguiente organización conflictiva de los impulsos dentro de un marco cultural.
Un recuerdo incómodo
Auden describe un retorno despojado de remordimientos, una intuición que capta con precisión el origen del psicoanálisis. Freud se apartó de promesas totalizadoras y de una normativa de la subjetividad; lo que hizo fue obligar al presente a enfrentarse con aquello que, creía, debía olvidar. Su intervención consistió, en última instancia, en recordar que el sujeto no coincide consigo mismo, que la razón no gobierna plenamente la vida psíquica y que la cultura no elimina las fuerzas pulsionales que pretende domesticar.
Frente a la pretensión de acabamiento del yo, Auden sugiere que Freud guía al sujeto moderno a través de un círculo dantesco en el que descubre, para su horror y orgullo, que no es dueño de sí mismo.
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