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Los capítulos XI, XII y XIII de la primera parte de “Don Quijote de La Mancha” (1605) incorporan varios de los signos que inauguran la novela moderna. La narración que constituye este excurso resta protagonismo a Quijote y Sancho, pero exhibe el genio completo de Cervantes.

Juego y superego

Harold Bloom establece una curiosa línea que une a cinco personajes en base al juego. Quijote, Sancho, Falstaff, la comadre de Bath y Panurgo son, según dice Bloom, arquetipos en busca de libertad. El método que siguen para abarcar la libertad plena es un juego que implica la cancelación del superyó freudiano.
Apunta Bloom que su diálogo favorito de la obra cervantina es el que se desarrolla entre Quijote y Sancho en el capítulo XXVIII, posterior a una reflexión sobre la prudencia y el valor.

The better part of valor is discretion, in the which better part I have saved my life.

La mejor parte del valor es la prudencia, gracias a la cual he salvado mi vida.

La traducción es propia. Estas palabras de Falstaff en “Enrique IV” (1598) son tomadas por Bloom para establecer un paralelismo entre el caballero inglés y Quijote. En el diálogo entre el hidalgo manchego y su escudero, Quijote justifica su cobardía ante la paliza que recibe Sancho, y le advierte que la causa de su dolor es que le han molido a palos. La respuesta de Sancho es de una gratitud irónica, que forma parte del juego al que se refiere Bloom.
Este juego entre ambos sigue las mismas reglas que observan la comadre de Bath, Panurgo y el mismo Falstaff, y se mantiene porque la recompensa será más importante que la propia realidad: se trata de ser libre.
Sin embargo, para que el juego sea pleno, es imprescindible que se produzca una cancelación íntegra del superego. John Huizinga establece en “Homo Ludens” (1938) que la relación de juego necesaria en toda sociedad implica cierta indiferencia y a la vez reglas, en el proceso de reducción del superego, la indiferencia es absoluta y, por lo general, se respeta una sola regla que absorbe al personaje completo, haciendo de él un ideal.

La construcción del arquetipo literario

Quijote, Sancho, Falstaff, la comadre de Bath y Panurgo son arquetipos que parten de un molde previo, y que han sido bendecidos por el ingenio de sus creadores. Al sublimar su deseo de libertad, se convierten a su vez en moldes que han servido a otros personajes que, en ningún caso, han alcanzado su virtuosismo en lo que estamos llamando juego.
Estos personajes quedan a disposición de la cultura general, o de quien se atreva a proyectar, a partir de ellos, nuevos caracteres.
Cervantes nos demuestra, con su genio infinito, que la libertad no es solo atribuible a la cancelación del superyó a la que se refiere Bloom, sino que puede obtenerse también mediante el proceso contrario. Marcela es el arquetipo opuesto a Quijote, aunque ambos obtienen el mismo rédito de su decisión.

Marcela y Grisóstomo, una tragedia

La historia que nos ocupa es, en realidad, una égloga trágica que se aparta del relato principal, aunque sus dos protagonistas se mantienen presentes durante la trama.
La historia comienza con el encuentro de unos pastores que se topan con Quijote y Sancho, cuando se disponían a pasar la noche al raso en algún punto de Sierra Morena.
Durante el encuentro, Quijote narra en prosa las bondades de una edad dorada en la que la naturaleza proveía, sin que hiciera falta trabajo ni otros artificios. Poco después aparece Antonio, mozo de 22 años, que llega tañendo un rabel; a petición de los pastores, el joven recita una canción que, curiosamente, anticipa la tragedia.
El capítulo XI finaliza con la cura de la oreja de Quijote, una herida causada por el enfrentamiento con el Vizcaíno en capítulo IX. La intervención mantiene al grupo despierto el tiempo suficiente como para recibir, ya en el capítulo XII, la noticia de la muerte de Grisóstomo (Crisóstomo en algunas versiones).

El fingimiento de Marcela

El relato del improvisado heraldo -cuya narración habría escuchado un mediador, que habría relatado los hechos a Cide Hamete Benengeli, interpretación que recoge Cervantes y que es la que llega al lector- atribuye a Marcela una belleza sin par y una familia próspera.
Marcela es hija de Guillermo el rico, un hombre muerto por pena de haber enviudado.
Su hija Marcela, criada por un tío, decide tomar el zurrón y pastorear un rebaño, a pesar del peligro que entraña y de su privilegiada situación.
La decisión que toma Marcela no es muy diferente de la que toma Quijote. El caballero andante abandona su pueblo para vivir en plenitud un personaje que le proporciona la libertad que necesita; Marcela, dueña de un capital más que suficiente y con la seguridad, además, de casarse con quien quiera, decide rehuir la posibilidad de una vida cómoda para dedicarse al pastoreo, en una zona, además, especialmente peligrosa, debido a la despreciable ralea que circulaba habitualmente por Sierra Morena.
Lo que Cervantes nos presenta es, por tanto, un reflejo especular de Quijote.

La vida de Grisóstomo

El pastor, fallecido por propia mano, también ha elegido el oficio de pastor en contra de su destino, pero este lo ha hecho por seguir a Marcela. Grisóstomo ha sido estudiante de Salamanca y asimila todos los saberes, desde la predicción de eclipses, hasta la composición de autos para el día del Corpus Christi.
En compañía de Ambrosio -cuyo fingimiento tiene aún más valor que el de Grisóstomo, pues él se dedica al pastoreo solo por acompañar a su amigo-, ambos deambulan por la sierra en busca de Marcela, que es capaz de escabullirse de cada uno de sus pretendientes.
Desesperado por la indiferencia de Marcela, Grisóstomo acaba suicidándose.

La construcción de Marcela

Uno de los hilos constantes de la égloga son los epítetos referidos a Marcela, previos a su aparición. A esta nueva Galatea, personaje con quien comparte numerosas cualidades, se le atribuye un carácter cruel, siendo además desagradecida, más fiera que mujer, mármol, ingrata y, finalmente, pastora homicida. Ante su presencia, Ambrosio le acusa de desear que el cadáver de Grisóstomo mane sangre*, atribuyéndole también el carácter de un basilisco y la osadía de contemplar el entierro como Nerón observó las llamas de Roma.

*Respecto a esta referencia, entonces era común la creencia de que los asesinados sangraban o se agitaban ante la presencia del homicida. Existía la palabra cruentación para referirse a esta superstición, prueba legal en algunos casos.

Un último insulto

¿O vienes […] a pisar arrogante este desdichado cadáver, como la ingrata hija al de su padre Tarquino?

Esta referencia que incluye Cervantes es errónea.
Tulia la Menor fue la hija del rey Servio Tulio (no de Tarquino), sexto monarca de Roma. Ambiciosa y despiadada, conspiró junto a Tarquino, su cuñado, para derrocar a su padre y obtener el trono. Ambos asesinaron a sus respectivos cónyuges (Tulia estaba casada con Arrunte y Tarquino con Tulia Mayor) para poder casarse. A continuación, Tulia Menor instigó a Tarquino para que tomara el poder por la fuerza.
Tarquino irrumpió en el Senado, declaró ilegítimo el reinado de Servio Tulio y ordenó su asesinato. Mientras su padre yacía moribundo en la calle, Tulia Menor, en un acto de extrema crueldad, pasó su carro por encima del cadáver, de ahí la declaración de Ambrosio.

La intriga de Cervantes

Lo que el escritor complutense busca es predisponer al lector. A través de los juicios de los pastores, conocemos a una mujer de una belleza arrebatadora pero inmoral, un ser que ha utilizado su libertad autoconcedida no para enderezar tuertos, sino para atormentar a quien se acerque a ella.
El reflejo inverso entre la pastora y Quijote muestra, en este momento, a un hombre en pos de ayudar a quien lo necesite y a una mujer capaz de arrasar su propio entorno.

Marcela y Grisóstomo*
Marcela y Grisóstomo*
Marcela y Grisóstomo*
Marcela y Grisóstomo*
Marcela y Grisóstomo*
Marcela y Grisóstomo*
Marcela y Grisóstomo*
Marcela y Grisóstomo*

El encuentro con Vivaldo

Al principio del capítulo XIII, marchando el grupo de pastores hacia el entierro con Quijote y Sancho, se cruzan con dos gentileshombres guardados por tres mozos a pie. Uno de estos hidalgos es Vivaldo, cuyo diálogo con Quijote nos devuelve al hecho lúdico.

La necesidad de participantes en el juego

Bloom habla del juego que entretiene a Quijote y Sancho, y al que acceden la mayoría de los personajes de la novela. En el análisis de Bloom, hay un antagonista que no se presta al juego ninguna de las veces que se cruza con Quijote, se trata de Maese Pedro. Este personaje es, en realidad, Ginés de Pasamonte, uno de los galeotes liberados por Quijote.
La actitud que toma Vivaldo, uno de los dos gentileshombres que llegan también por casualidad al entierro de Grisóstomo, es contraria a la de Pasamonte.
La interacción con Vivaldo es ejemplo de cómo la locura de Quijote genera, en ocasiones, una respuesta que no se limita a la burla o la incredulidad, sino que admite, al menos por un instante, el juego común. Vivaldo no solo sigue el hilo de sus razonamientos, sino que aumenta el diálogo con observaciones que, aunque irónicas, se ajustan a la lógica caballeresca, prolongando así el pasatiempo que Don Quijote propone.
Esta actitud no es un simple recurso de cortesía, sino un hecho recurrente en muchos de los encuentros del hidalgo, mediante su capacidad de inducir un cierto grado de suspensión de la incredulidad. Vivaldo permite que la locura de Don Quijote no se desarrolle en un vacío, en este intercambio de palabras, la fe de Quijote convierte a otros en personajes de su propia historia.

El equilibrio de Vivaldo

Vivaldo desea importunar a Quijote, pero sin estallar la pompa, es decir, manteniendo las reglas del juego. En lugar de enfrentarle a la realidad, lo que hace es establecer juegos de ingenio que no rompen en ningún momento la lógica caballeresca.
En su presentación, Quijote se compara con los Caballeros de la mesa redonda del ciclo artúrico, lo cual ya pone en evidencia su estado.

Apenas le oyeron esto cuando todos le tuvieron por loco; y por averiguarlo más y ver qué género de locura era el suyo, le tornó a preguntar Vivaldo […]

Así expresa Cervantes que todos los que acompañaban al Caballero de la triste figura advirtieron, de inmediato, su enajenación.
Vivaldo, persona muy discreta y de alegre condición, le declara una cierta admiración por haber elegido profesión tan estrecha, es decir, tan sacrificada, lo que satisface a Quijote, que responde con una comparación entre el clero y la caballería. El argumento de Quijote es aprovechado por Vivaldo para comenzar una discusión cuidadosamente irónica.

[…] una cosa, entre otras muchas, me parece muy mal de los caballeros andantes, y es que cuando se ven en ocasión de acometer una grande y peligrosa aventura, en que se ve manifiesto peligro de perder la vida, nunca en aquel instante de acometerla se acuerdan de encomendarse a Dios, como cada cristiano está obligado a hacer en peligros semejantes; antes se encomiendan a sus damas, con tanta gana y devoción como si ellas fueran su Dios, cosa que me parece que huele algo a gentilidad.

El concepto “gentilidad” se refiere al adjetivo gentil, atribuido a las comunidades no cristianas. Quijote trata de explicar la escolástica de la caballería, que es de nuevo rebatida por Vivaldo, señalando que, ante la inmediatez de los choques caballerescos, queda poco margen para encomendarse a Dios tras nombrar a la amada.
Otro fundamento caballeresco que Vivaldo expone al Quijote es el de no tener a quien dedicar la vida heroica, y recurre al ejemplo de don Galaor, hermano de Amadís de Gaula.

Una golondrina sola no hace verano

Así zanja Quijote la discusión, y en esta simple frase encontramos otro juego que expone un hecho argumental básico de “Don Quijote de La Mancha”.

Sancho + Quijote

En el mismo capítulo en el que Bloom analizaba el juego como vía relacional en “Don Quijote de La Mancha”, dice el crítico estadounidense que la suma de ambos protagonistas nos da más que lo que ya nos aportan por separado, que es mucho.
Quijote demuestra en numerosas ocasiones que su inteligencia no está contaminada por su locura, y lo hace varias veces en los capítulos que estamos analizando. En su discusión con Vivaldo, Quijote demuestra grandes dotes deductivas, incluso retóricas, para defender sus ideales, además, es capaz de una cierta adaptación ante las inocentes provocaciones de su interlocutor. Uno de los recursos de los que dispone Quijote, en este caso para zanjar la cuestión romántica, es la frase hecha, un modelo que toma de Sancho.
Sancho Panza se construye a partir del habla popular, cargado de refranes y expresiones tradicionales. Su tendencia a intercalar frases hechas en cualquier conversación refleja su simpleza, en contraste con la retórica idealista de su amo. Lo que sucede en el momento al que nos referimos es que Quijote ya empieza a asimilar cierta parte de la personalidad de su escudero, de la misma forma que Sancho ha cambiado debido a la influencia del caballero.
Las consecuencias de esta asimilación son, en realidad, los fundamentos de la novela moderna. Cervantes idea a dos personajes que no se basan exclusivamente en un arquetipo que se mantiene incólume durante la narración completa, ni se circunscriben a caracteres maniqueístas. Cervantes hace evolucionar a sus personajes principales, provocando una transformación exponencial de la novela como género.

La amada y el linaje

Vivaldo vuelve conscientemente a contentar a Quijote, solicitando que le hable acerca de su amada. También esta conversación sirve para que el gentilhombre ningunee veladamente a Quijote, inquiriendo la alcurnia de Dulcinea, de los Toboso.
Con el asunto de la ascendencia de Dulcinea finaliza este diálogo, del que solo Sancho y Quijote desconocen el verdadero trasfondo.

Referencias y añadidos en “Don Quijote de La Mancha”

Cervantes incorpora en su novela muchas composiciones tomadas de su obra anterior. Es muy probable que la canción del tañedor de rabel sea una composición previa, y es seguro que la canción desesperada de Grisóstomo lo es, de hecho, Cervantes se critica a sí mismo usando a Vivaldo.
Lo que el gentilhombre señala es que hay en la poesía un parte de celos y sospecha que no se adecúa al tema del enamorado no correspondido. Para solucionarlo, Cervantes no modifica los versos de estilo petrarquista, sino que ingenia una justificación por boca de Ambrosio, en un recurso sobresaliente.

La referencia a Virgilio

Relacionada con la lectura del poema hay una mínima referencia a Virgilio, cuando, al final del capítulo XIII, Vivaldo habla de Augusto César y el divino mantuano.
El poeta mantuano Virgilio, sintiéndose gravemente enfermo durante un viaje a Grecia, regresó a Italia y, antes de morir en el año 19 a.C., pidió a sus amigos que quemaran “La Eneida”. Vario Rufo y Plocio Tuca recibieron el encargo, la razón era que Virgilio consideraba que la obra aún no estaba completamente pulida y que no debía publicarse en ese estado.
Sin embargo, el emperador Augusto, consciente del valor de “La Eneida” como mito fundacional de Roma, ordenó que no se destruyera. En su lugar, Vario y Tuca revisaron el texto y realizaron mínimas correcciones, respetando lo escrito por Virgilio. Es esta la historia a la que se refiere Cervantes.
De la misma manera, el poema de Grisóstomo será salvado como muestra, según Vivaldo, de la crueldad de Marcela. Contrario a los deseos del gentilhombre, la historia completa será escrita por Cide Hamete Benengeli, para conservar la dignidad de Marcela.

Segundo signo virgiliano

Los versos de Grisóstomo son una evocación de un infierno que ya le espera.

Y con esta opinión y un duro lazo,
acelerando el miserable plazo
a que me han conducido sus desdenes,
ofreceré a los vientos cuerpo y alma,
sin lauro o palma de futuros bienes.

Así dice Grisóstomo en la cumbre de su desdicha, en una referencia al castigo propuesto por Virgilio a los lujuriosos.
En el Infierno de “La divina comedia” de Dante Alighieri, el viento es el castigo en el segundo círculo, donde son condenados los lujuriosos. Allí, las almas de quienes sucumbieron al deseo carnal son arrastradas por una tormenta eterna y violenta, simbolizando la pasión sin control. Así como en vida se dejaron llevar por sus impulsos, en la muerte son incapaces de encontrar paz, condenados a una tempestad interminable. Grisóstomo se ve presa del viento infernal, sin embargo, es más probable que haya sido castigado en el séptimo círculo.

La procesión de dolientes

Tántalo, Sísifo, Ticio, Ixión (Egión en Cervantes), todos estos atormentados son evocados por Grisóstomo, a cuyos castigos iguala su desesperación. El poeta espera ya ser guardado por Cerbero y las muchas alimañas que moran en el Infierno.

La aparición de Marcela

Al fin, sobre el alto en el que se excava la tumba de Grisóstomo, aparece la pastora a riesgo de exponerse a un sinfín de agravios, que no tardan en aparecer por boca de Ambrosio.

La Marcela real

De la misma forma en la que Quijote y Sancho evolucionan por mutua influencia, Cervantes introduce aquí un cambio de carácter de una forma más compleja, por contraste entre relato y realidad.
Marcela está lejos de ser la mujer vil que nos han contado los pastores, para mostrarse honesta, decidida y comedida. La pastora no está sujeta a pasiones extremas provocadas por una belleza incontestable, al contrario, desprecia cualquier exageración, siendo muy consciente de la realidad. Estos rasgos son los que la convierten en la imagen especular quijotesca.
Marcela acepta su belleza, pero no le atribuye una importancia capital; habla también acerca de lo que conlleva su atractivo, pero racionaliza sus consecuencias. Marcela no está obligada a amar a quien la ame, puesto que estaría sujeta a amar a numerosos hombres y se estaría traicionando.

La voluntad propia

Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos

Esta frase pronunciada por Marcela bien se puede atribuir a Alonso Quijano. Ella ha elegido el pastoreo por libertad y para la libertad, y nadie puede arrebatarle esa decisión.
Marcela no ha dado esperanzas, no ha engañado, nunca se ha mostrado ambigua, al contrario, igual que a Grisóstomo, ha advertido en otras ocasiones que cualquier amor estaría lejos de ser correspondido. Como el fuego o la espada, dice, no es capaz de herir a quien ve el peligro y se pone a salvo.

si alguno por mí muriere, no muere de celoso ni desdichado, porque quien a nadie quiere a ninguno debe dar celos, que los desengaños no se han de tomar en cuenta de desdenes.

Así dice Marcela, añadiendo un aviso a quienes, en el futuro, no entiendan su actitud. Y sin escuchar respuesta, da la espalda y vuelve a su rebaño.

La imagen equivalente de Quijote

Lo que nos muestra Cervantes es un carácter libre, una mujer que se ha dado a sí misma la libertad que dice merecer y que no va a ser influida por intermediarios.
Bloom expresa que la saga de personajes libres están unidos por el aniquilamiento del superego, Marcela llega al mismo empíreo que los anteriores, pero lo hace a partir de un superego estrictamente acusado.
Marcela no solo acepta las categorías éticas más exigentes, además, supone un ejemplo para los demás. En Marcela no existe la desvergüenza de la que hacen gala Falstaff o la comadre de Bath, muy al contrario, se trata de un personaje guiado por un imperativo ético insobornable.
Cervantes nos ofrece así a dos personajes, Marcela y Quijote, que pueden disfrutar de una paz duradera, que renuncian a ella, que abandonan su hogar para abrazar los rigores de una vida estrecha, que se enfrentan a la incomprensión y que consiguen sublimar la personalidad que adoptan, ambos con la libertad como objetivo. Los dos comparten también un principio ético aceptable, pues una desea dedicarse a labores pastoriles, retirada del mundo, y otro desea defender a quienes carecen de protección.
Sin embargo, el espejo se vicia en el detalle.

Superego en Marcela

Trasladado el anterior análisis al principio de egos propuesto por Bloom, Marcela sería un personaje que encarna una conciencia moral autónoma y un fuerte sentido de identidad, lo que la vincula a un superego excepcionalmente desarrollado. En Marcela, el superego surge de la aceptación de normas éticas categóricas y, a la vez, del rechazo de las bajezas morales externas, construyendo una personalidad propia.
Marcela deja claro que su comportamiento no está determinado por la expectativa ajena, sino por una convicción interna. A pesar de la presión que la rodea, se mantiene firme en su decisión.
Este nivel de autodeterminación revela que el desarrollo del superego trasciende el condicionamiento social de la misma manera que su cancelación. Su carácter es tan válido frente a la manipulación emocional, como lo es la personalidad de la comadre de Bath.

La supresión del juego en Marcela

Marcela desprecia cualquier vestigio del juego al que Quijote se ha entregado. Para ella ni lo metafórico ni el doble sentido existen, Marcela es una mujer completamente imbuida de realidad.
Quijote construye su existencia sobre el juego tal y como lo entiende Huizinga, en un espacio de reglas propias, separado de la realidad ordinaria, donde el participante se entrega completamente a su rol. La caballería es, para él, una actividad lúdica pero seria, un universo paralelo con normas propias que Quijote y quienes le rodean pueden aceptar temporalmente. Su relación con Sancho, y con los personajes que se suman a su delirio, demuestra la integración del otro en su visión lúdica del mundo.
Marcela, en cambio, es la antítesis de esta personalidad. Ella se niega a participar en cualquier estructura artificial, ya sea la que le ofrece la sociedad o la de una situación concreta como dama sumisa. Su discurso es un rechazo a la lógica del amor cortés, que la posiciona fuera del marco de interacción en el que otros intentan atraparla.

El crecimiento de un personaje circunspecto

El colofón de Marcela es su impenetrable seriedad. En un relato como el de Cervantes, habría sido efectivo añadir una escena cómica referida a la aparición de Marcela, el público habría entendido una cierta ridiculización de la mujer vilipendiada, como sucede a menudo con Quijote, sin embargo, la pastora se mantiene indemne.
Además de expresarse sin sufrir ninguna humillación, Marcela aparece y desaparece de manera explícita, Cervantes la protege así de la necedad ajena a la que, ay, todos nos vemos expuestos.

El juicio de Quijote

En un último recurso brillante, Quijote dobla la seguridad de Marcela sin que esta llegue a advertirlo. Quijote empuña la espada para dictar sentencia acerca de las palabras de la pastora, siendo juez, curiosamente, quien carece de juicio. Y resuelve Cide Hamete Benengeli, al principio del capítulo XV, que Quijote y Sancho se adentraron en el bosque que guardaba los rebaños de Marcela y que no llegaron a encontrarla.

La lápida de Grisóstomo

Hay una referencia curiosa en la composición que Ambrosio promete para la lápida de Grisóstomo.

Yace aquí de un amador
el mísero cuerpo helado,
que fue pastor de ganado
perdido por desamor.
Murió a manos del rigor
de una esquiva hermosa ingrata,
con quien su imperio dilata
la tiranía de Amor.

Este es el epílogo de la vida de Grisóstomo, una doble redondilla. La redondilla es una construcción típicamente castellana, compuesta por cuatro versos octosílabos que riman en consonante A-B-B-A, la poeta que popularizó esta medida fue Sor Juana Inés de la Cruz, cuyo poema más célebre, titulado precisamente “Redondilla”, comienza de la siguiente manera:

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:

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Lea “Don Quijote de La Mancha”, no tenga miedo. Abra cualquiera de sus capítulos y escudriñe la historia mejor contada de la literatura.

Miguel de Cervantes, biografía y obras escogidas

Miguel de Cervantes Saavedra nació en Alcalá de Henares, Madrid, en 1547. Su padre, Rodrigo de Cervantes, era cirujano, una profesión mal remunerada en la época, lo que obligó a la familia a mudarse constantemente por diversas ciudades de España. Se cree que Cervantes recibió una educación en colegios jesuitas o en la Universidad de Salamanca, aunque no hay registros concluyentes. Desde joven mostró inclinación por la literatura y la poesía, influenciado por el auge del Renacimiento español.
En 1569, tras un posible duelo en Madrid que le obligó a huir, se trasladó a Italia, donde entró al servicio del cardenal Acquaviva. Durante su estancia en Italia, Cervantes conoció la cultura renacentista y leyó a autores como Ariosto y Tasso, que influirían en su estilo literario. Sin embargo, su vida tomaría un giro inesperado al alistarse en el ejército español.

Soldado y cautiverio en Argel

Cervantes se unió a la Armada Española y participó en la Batalla de Lepanto (1571), una de las mayores contiendas navales entre la Liga Santa y el Imperio Otomano. En la batalla, luchó valientemente a bordo de la galera Marquesa y recibió varias heridas, incluida una en la mano izquierda que le dejó secuelas de por vida, de ahí el apodo de «el manco de Lepanto» (aunque en realidad conservó la mano, pero sin movilidad).
Tras su recuperación, continuó su vida militar hasta 1575, cuando, de regreso a España, su barco fue atacado por corsarios berberiscos y Cervantes fue capturado junto a su hermano Rodrigo. Pasó cinco años como prisionero en Argel, sufriendo condiciones extremas y protagonizando varios intentos fallidos de fuga. En 1580, tras el pago de un elevado rescate sufragado por su familia y por la Orden de los Trinitarios, Cervantes fue liberado y regresó a España.

Vida en España y dificultades económicas

A su regreso, Cervantes intentó obtener apoyo económico por sus años de servicio militar, pero sus esfuerzos fueron en vano. A falta de recompensas, se dedicó a la escritura y buscó un puesto estable en la administración. En 1584 se casó con Catalina de Salazar y Palacios.
Durante años trabajó como comisario de abastos para la Armada Invencible, una tarea que le generó problemas legales y le llevó a la cárcel en varias ocasiones por irregularidades en la contabilidad. En 1605 publicó la primera parte de Don Quijote de la Mancha, que le dio fama pero no estabilidad económica. A pesar del éxito, sus últimos años estuvieron marcados por la precariedad y la búsqueda de patronazgo.
Cervantes murió en Madrid el 22 de abril de 1616, dejando una obra que sería la cúspide de la literatura universal.
Las siguientes son algunas de sus obras más importantes, excluyendo “Don Quijote de La Mancha”.

“La Galatea” (1585)

Fue la primera obra publicada por Miguel de Cervantes, una novela pastoril que sigue la tradición de “La Arcadia” de Sannazaro y otros modelos renacentistas. En ella, los pastores idealizados protagonizan historias de amor, desamor y celos en un entorno bucólico. La historia principal gira en torno a la pastora Galatea, quien es cortejada por varios pretendientes, pero decide mantenerse independiente, sin someterse al destino amoroso que otros intentan imponerle.

“Novelas ejemplares” (1613)

Colección de doce relatos breves en los que Cervantes explora distintos géneros y estilos, desde la sátira hasta la novela picaresca. En estas historias, Cervantes demuestra su talento para crear personajes memorables y situaciones ingeniosas, con una combinación de humor, ironía y crítica social.
Entre las más destacadas se encuentra “Rinconete y Cortadillo”, una historia de dos pícaros que se introducen en el mundo del hampa sevillano; “El licenciado Vidriera”, sobre un hombre que cree estar hecho de vidrio y “La gitanilla”, que explora el contraste entre la nobleza y la vida nómada.

“Los trabajos de Persiles y Sigismunda” (1617)

Publicada póstumamente, es una novela bizantina que sigue la tradición de autores como Heliodoro. Los protagonistas, Persiles y Sigismunda, emprenden un viaje lleno de aventuras, peligros y pruebas a través de diferentes países, desde tierras nórdicas hasta suelo romano, en busca de su destino.

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